Capítulo 11. Soler
—Al día siguiente del entierro —dice Gonzalo—. La tiró a la basura de la cocina, cortada. Yo la saqué y la volví a colgar como pude. Es lo único valiente que he hecho en veintisiete años.
Coge el bastón con las dos manos.
—Déjame arreglarlo a mi manera, Lucía. Una semana. Tengo cita con un notario de Logroño que no es Íñigo y que no le debe nada a nadie de esta casa. Lo que era de tu padre volverá a ser tuyo. Sin escándalos. Sin periódicos. Sin que mis hijos tengan que odiar a su madre.
—¿Y los franceses?
—No habrá venta si yo no quiero.
—La deuda vence el cinco de octubre. Sin prórroga.
—Ya lo sé. —Casi sonríe—. Lo oí desde la escalera, a la hora del café. En francés.
Me mira un momento más de la cuenta. Lo que tiene en la cara no es miedo. Se parece más al orgullo, y no tiene ningún derecho a él.
No le digo que la deuda de su bodega está en un expediente con mis iniciales.
Él no me pregunta qué hago con el fondo de Madrid.
Esa noche, cada uno se guarda un secreto en el bolsillo. Y los dos sabemos que el otro también lo lleva.
* * *
Para subir, Gonzalo sí me coge del brazo. No dice nada y yo tampoco. Subir es otra cosa.
Pesa menos de lo que parece. Cada cuatro escalones se para, y yo me paro con él, y escuchamos la casa: el reloj del vestíbulo, una contraventana suelta en el ala de servicio, su respiración con el silbido del final.
En el rellano, la raya de luz sigue debajo de la puerta de Victoria.
Gonzalo me aprieta el brazo. Me suelto y me pego a la pared, en la sombra del cuadro de la vendimia.
—¿Gonzalo?
La voz sale de dentro, sin sueño. Clara.
—Soy yo.
—Son las tres menos diez. —Una pausa. Cruje un muelle de la cama—. ¿Con quién hablabas abajo?
Se me para el corazón. Abajo. Lo ha oído. Si abre ahora, me encuentra en bata en el rellano, con el sobre de seda en el bolsillo y todo lo que acabo de oír escrito en la cara.
—Con la manzanilla —dice él—. Me la he tomado fría y le he dicho cuatro cosas.
Silencio al otro lado. Luego algo que puede ser una risa corta o un suspiro.
—Tómate la pastilla.
—Ahora.
La luz no se apaga. Gonzalo se queda delante de la puerta hasta que oye pasar otra página. Luego se vuelve hacia la sombra donde estoy y me hace un gesto con la mano: vete.
Recorro el pasillo pegada a la pared, hasta nuestra puerta. Antes de abrir, miro atrás. Sigue allí, apoyado en el bastón delante de la puerta de su mujer, como un centinela que ya no se tiene en pie.
* * *
Vuelvo al cuarto a las tres. Álvaro duerme de lado, con un brazo colgando fuera de la cama, como un niño que se ha caído de sueño. Me siento en el sillón de la ventana con las piernas encogidas y lo miro.
Abro la libreta sobre las rodillas. «Viernes 18, 2:50. Gonzalo». Debajo no sé qué poner. Llevo meses apuntando lo que me debe esta familia, y esta noche el que más me debe le ha mentido a su mujer para taparme a mí. No tengo columna para eso.
Cierro la libreta.
Si Gonzalo hace lo que ha dicho, en una semana la mitad de esta bodega será mía.
Solo mía: nos casamos con separación de bienes, con unos papeles que preparó el mismo Lasa.
La mitad de la casa donde nació Álvaro. La mitad de la viña vieja de su abuelo.
La mitad de todo lo que él cree que algún día será suyo.
Y él no sabe nada.
Me acuerdo de mi madre.
De la última vez que la vi despierta, en una habitación del hospital de La Paz con la ventana a un aparcamiento.
Pesaba cuarenta kilos. Tenía las manos llenas de manchas y de pinchazos: unas manos que habían fregado escaleras, portales y oficinas ajenas durante veinte años y que ya no podían sostener un vaso.
Me pidió el bolso. Lo abrió con mucho esfuerzo y sacó del bolsillo de la cremallera un anillo que yo no le había visto puesto nunca y un papel cuadriculado doblado en cuatro.
—Esto era de tu padre —me dijo—. Lo uno y lo otro.
Leí la carta de pie, junto a la cama, con el traqueteo de los carros de las enfermeras en el pasillo. Tres veces. Cuando levanté la vista, ella lloraba sin hacer ruido.
—Me dijeron que no servía de nada —susurró—. Un abogado de oficio. Que ellos tenían un contrato con firma y yo un papel de libreta. Tenía razón, hija. Perdí.
—No perdiste nada.
—Perdí. —Me apretó la mano con lo poco que le quedaba—. Pero tú no eres como yo. Tú lees los papeles. Tú sabes dónde se esconde lo que no quieren que veas.
—Mamá, descansa.
—Ya descansaré. —Cerró los ojos un momento.
Cuando los abrió, miraba el techo, no a mí—.
¿Sabes qué es lo que más rabia me da? Que se rieron.
En el juzgado, el día que me tomaron declaración.
La mujer de Montalbán se rió cuando mi abogado enseñó la carta.
Una risa así, bajita, detrás de un guante.
Yo estaba en la tercera fila, contigo de la mano, y la oí.
—¿Por qué no me lo contaste nunca?
—Porque tenías que crecer sin odiar a nadie. —Me buscó la cara con la mano—. Ya eres mayor. Ahora haz lo que quieras.
Fue lo último que me dijo con los ojos abiertos.
Murió once días después, un martes de madrugada, con la butaca de al lado ocupada por mí, dormida. No la oí irse. Me desperté con la luz gris y supe que se había ido antes de mirarla, por el silencio.
Me puse el anillo esa misma tarde, en la mano derecha, porque en la izquierda me quedaba grande.
De lo único que no me habló nunca fue de una tarde de la primavera de 2003.
Yo tenía diez años. Volvió de Logroño con los ojos rojos, sin decir dónde había estado, y esa noche no cenó.
Durante semanas llevó en el bolso un sobre de un banco que no era el nuestro.
Un día dejó de estar. Nunca supe qué había dentro. Nunca se lo pregunté.
No creo en el destino. Creo en los números. Pero casi dos años después de enterrarla, en marzo, aquella fila de la hoja de cálculo con el nombre de los Montalbán me tuvo mirando la pantalla hasta que se apagó sola.
* * *
Pienso en despertar a Álvaro y contárselo todo de golpe. La feria, la deuda, mi padre, la curva, la silla. Me imagino su cara.
No lo despierto.
Me meto en la cama con cuidado, sin tocarlo. Él se da la vuelta en sueños y me abraza por la cintura, y murmura mi nombre contra la nuca.
—Lucía…
Mi nombre de verdad no lo ha dicho nunca. Lo tiene en la punta de la lengua cada noche, y no lo sabe.
* * *
A las cinco y media, Álvaro se despierta antes que yo.
Me encuentra con los ojos abiertos, mirando el techo. No me pregunta nada. Me aparta el pelo de la cara, me besa la sien, el pómulo, la comisura de la boca, sin prisa, con la casa todavía a oscuras y el primer pájaro probando en el alero.
—Tienes cara de no haber dormido —murmura.
—No he dormido.
—Pues duerme ahora. —Me abraza por detrás, con la boca en mi nuca—. Yo vigilo.
Me pasa un pie por encima de los míos.
—Estás helada. ¿Has salido?
—He bajado a por agua.
La misma frase de la noche del calado. Él la recibe igual que entonces, sin preguntar nada más, y me frota los pies con los suyos hasta que se me calientan.
Me cree. Es lo que peor llevo de él.
Me quedo quieta dentro de sus brazos. Él no sabe que hace tres horas estaba sentada en la silla de mi padre, con su padre llorando a mi lado. No sabe que la mujer que le dio la vida copió un nombre en una cocina hasta que le salió igual.
Me vuelvo hacia él. Lo beso. Lo beso de verdad, con una urgencia que lo sorprende, porque necesito estar en algún sitio donde no haya papeles.
Se ríe contra mi boca, medio dormido. Luego deja de reírse. Me sujeta la cara entre las palmas para mirarme en la penumbra, y yo cierro los ojos antes de que pueda.
Cuando termina la madrugada, él se duerme otra vez, sonriendo.
A las seis bajo a la cocina. Remedios ya está encendiendo el horno, con el mandil puesto y el moño hecho. Cierro la puerta.
—Gonzalo lo sabe —le digo—. Desde mayo. Esta noche me ha sentado en la silla de mi padre.
Remedios se sienta de golpe en un taburete: las piernas no la sostienen. Se santigua. Llora un poco, sin hacer ruido y sin quitarse el mandil, con las manos en el regazo.
Y por fin dice el nombre.
—Te dije que era una mujer. La que vi aquella primavera en esta mesa, de madrugada, con el papel de calco encima de una carta de tu padre.
—Se limpia la cara con la manga—. Era la señora.
Doña Victoria. Ensayaba la letra de don Tomás como ensaya ahora la suya: en los márgenes de todo, con esa pluma negra.
Una vez, y otra, y otra, hasta que le salía igual.
—¿Y los calcos? ¿Dónde están?
—Los quemé. —Lo dice muy deprisa, mirando el horno—. La mañana del entierro de tu padre, en la chimenea de la cocina. Me lo mandó ella. —Se pone de pie—. Mientras don Gonzalo esté contigo, a mí no me echa nadie de esta casa. Por eso te lo digo hoy y no antes.
Me agarro al borde de la mesa.
La madera está tibia del horno. Paso la palma por encima buscando no sé qué: una muesca, el surco de una pluma que apretó demasiado. No hay nada. Años de pan amasado lo han borrado todo.
Esta mesa. Esta cocina. Estas baldosas.
Las mismas manos que me regalaron un delantal.
Subo al primer piso sin saber para qué. La puerta del dormitorio de Victoria está entornada; ella ya ha bajado a desayunar.
Desde el pasillo se ve el tocador, con el espejo de tres hojas, los cepillos de plata alineados y, en el centro, sobre un tapete de encaje, la estilográfica negra con el capuchón dorado.
Me quedo en el umbral. Podría entrar. Podría coger esa pluma y partirla en dos con las manos, o tirarla por la ventana a la grava del patio, o metérmela en el bolsillo y dejarla caer en el pozo.
No entro.
No es la pluma lo que quiero. Es que lo diga ella.
—¿Buscas algo?
Cristina sale de su cuarto con ropa de correr y una coleta tirante. Se para a dos metros de mí y estira un gemelo contra la pared.
—Victoria ya ha bajado —dice—. Si buscas a Victoria.
—Buscaba a Remedios.
—En el cuarto de Victoria. —Mira el tocador por encima de mi hombro, la pluma en su tapete—. A estas horas.
—Me he equivocado de puerta. Son todas iguales.
—Sí. Todas iguales. —Cambia de pierna—. Yo que tú no me equivocaría mucho. Victoria cuenta hasta los cepillos.
—¿Los cuenta ella o se los cuentas tú?
No contesta. Sonríe con media boca y baja la escalera a trote corto, con unas zapatillas blancas que no hacen ruido en los peldaños.
Me quedo en el umbral. La pluma sigue en su sitio.
Yo no. Me acaba de ver en la puerta equivocada la persona equivocada.
* * *
A las nueve, el desayuno se sirve en el comedor. Victoria lee el periódico con la pluma en la mano, escribiendo su nombre en el margen de la página de economía, junto a una columna sobre el precio de la uva. Victoria Garay. Victoria Garay. Victoria Garay.
Ayer me habría parecido una manía de mujer aburrida.
Hoy veo a una mujer practicando.
Cuando me siento, deja la pluma.
—Buenos días, Lucía —dice Cristina, con la taza en los labios—. ¿Encontraste a Remedios? Arriba, digo.
Victoria levanta los ojos del periódico. Solo un poco.
—Estaba en la cocina —contesto—. Donde está siempre.
—Claro. —Cristina sopla el café—. Qué tonta.
—Lucía, después de tu espectáculo con los franceses, he pensado que desde hoy comerás en la cocina. Con Remedios. Ya que tanto te gusta servir el café.
Cristina sonríe y le pasa la mantequilla como una hija buena. Bea no levanta los ojos del móvil, pero deja de escribir.
—Remedios te pondrá un plato en la mesa pequeña —sigue Victoria—, la que está al lado del fregadero. Que allí se está calentita.
Le sonrío.
—Gracias, Victoria. En esa cocina se aprenden muchas cosas. —Doblo la servilleta—. Sobre todo de madrugada.
A Victoria se le escapa la pluma de los dedos. Rueda por el mantel y cae al suelo con un golpe seco.
Nadie se mueve a recogerla.
—Mamá, ya basta —dice Álvaro.
Pero no es él quien se levanta.
* * *
Es Gonzalo.
Deja la servilleta junto al plato, se pone de pie con el bastón y camina hasta la cabecera delante de su mujer, de sus hijos y de Cristina. Aparta la silla tallada. Las patas chirrían igual que anoche.
—Lucía come en esta mesa —dice, sin alzar la voz—. Y se sienta aquí.
Nadie respira.
Me levanto. Camino hasta la cabecera. Me siento en la silla de mi padre delante de todos, a plena luz de la mañana, con el sol entrando por los ventanales y dibujando la sombra del respaldo sobre el mantel.
—Vaya, papá —murmura Bea—. Esto sí que no lo esperaba nadie.
Álvaro nos mira a los dos, a su padre de pie y a mí sentada, y algo se le queda quieto en la cara. No pregunta. Todavía.
Victoria se ha quedado blanca. No mira a su marido. Me mira a mí. Mira la silla. Y en su cara, esta mañana, no hay desprecio.
Hay miedo.
—Esa silla no, Gonzalo —dice, muy bajo.
—Esa silla sí.
Victoria se agacha a recoger la pluma. La destapa. Y en el margen del periódico, debajo de su propio nombre repetido, escribe con letra perfecta un apellido que no es el suyo.
Soler.