La nuera Capítulo 10. La silla de mi padre
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Capítulo 10. La silla de mi padre

Mi nombre se queda flotando en el despacho, entre el olor de la manzanilla y el del cuero viejo.

No echo a correr. No miento. Me quedo de pie junto a la puerta con la mano en el picaporte de latón, esperando a que llame a alguien. A Victoria. A Lasa. A Julio, para que me saque de esta casa con la maleta.

No llama a nadie.

—Cierra —dice—. Por favor.

Cierro.

Estoy a solas con el único Montalbán que sabe cómo me llamo de verdad. Y no sé si eso me salva o me hunde.

Hago la cuenta por costumbre. Tres pasos hasta el pasillo. La maleta, en el altillo del armario. Tres horas y media de carretera hasta Madrid. Y ni una sola razón para correr que no sea el miedo.

Gonzalo se levanta del sillón apoyándose en el bastón. Le cuesta: lo hace en dos tiempos, como los hombres muy cansados.

—Aquí no —dice—. Ven conmigo.

* * *

Bajamos la escalera principal a oscuras. Él delante, un escalón cada vez, con la mano en la barandilla. Yo detrás, oyéndole respirar con un silbido fino al final de cada inspiración.

En el rellano del primer piso se para delante de una puerta. Por debajo sale una raya de luz amarilla. Es la de su dormitorio. El de Victoria.

Se queda quieto, escuchando. Dentro suena una página al pasar. Luego nada.

—Desde que nos casamos lee hasta las tres —murmura—. Luego se toma media pastilla y no la despierta ni una tormenta.

No hay reproche en la voz. Solo la exactitud de quien ha contado muchas noches desde el otro lado de una puerta.

A mitad del tramo siguiente se detiene a coger aire. Le ofrezco el brazo.

—En mi casa bajo solo —dice—. Mientras pueda.

Sigue bajando. Yo detrás, con el brazo todavía medio extendido en la oscuridad.

—Lo supe en la pedida —dice sin volverse—. En mayo. Cuando Álvaro anunció que os casabais, te quedaste callada y empezaste a frotar el pulgar contra ese anillo. Así.

Lo hace él en el aire, con su mano vieja de nudillos hinchados.

Se me encoge el estómago. Llevo catorce meses midiendo cada palabra y me ha delatado un gesto que no sé que hago.

—Tu padre hacía eso con su alianza cuando pensaba.

En las catas, en el banco, en las broncas con los proveedores.

Sin darse cuenta. —Baja otro escalón—. Y ese anillo lo compró él, para tu madre, en una joyería de la plaza de la Paz.

Yo estaba delante. Me pidió opinión. Le dije que la piedra era demasiado pequeña.

Me tapo el anillo con la otra mano. Tarde.

—Ella no se lo puso nunca —le digo—. Lo llevaba en el bolso, en el bolsillo de la cremallera.

—Tu padre se habría enfadado. —Lo piensa—. O no. Con ella no se enfadaba nunca.

Se para en el último escalón.

—Luego busqué tu partida de nacimiento. Los apellidos cambiados a los dieciocho. No me costó mucho.

—¿Y no dijiste nada?

—Te di mi bendición —dice—. Delante de mi mujer, que no la quería dar.

Me acuerdo de aquella tarde de mayo como de una foto.

El salón de esta casa con las ventanas abiertas y olor a lilas.

Álvaro, nervioso, con una camisa recién planchada que le quedaba estrecha.

Victoria en el sofá de terciopelo, con las piernas cruzadas y un vermú que no se bebió.

Bea mirando el móvil. Yo, con un vestido azul de rebajas, sentada en el borde de una butaca, muy recta, con las manos en el regazo.

Media hora antes me había encerrado en el baño de invitados.

Puse las muñecas debajo del chorro frío hasta dejar de sentirlas, lo que hago siempre antes de un examen.

En el espejo, una mujer muy bien peinada me miraba con cara de no haber dormido.

Iba a sentarme en el salón del socio de mi padre a esperar que me dijera bienvenida.

Me sequé las manos. Le di la vuelta al anillo, con la piedra hacia la palma, para que no se viera.

No sirvió de nada.

Álvaro lo dijo de pie, delante de la chimenea, sin preámbulos: que nos casábamos en septiembre, aquí, en la sala de barricas. Que ya estaba decidido. Mientras lo decía, me buscó la mano por detrás del respaldo de la butaca. La tenía empapada. Fue lo único de aquella tarde que no me dio miedo.

Victoria dejó el vermú en la mesita.

—Ya veremos —dijo.

Nada más. Ya veremos. Y me miró las manos, el vestido de rebajas, los zapatos.

Entonces Gonzalo, que no había abierto la boca en toda la tarde, se levantó del sillón. Cogió su copa. La levantó hacia mí, solo hacia mí.

—Bienvenida a esta casa, Lucía. —Y luego, más bajo, mirándome el anillo—: Ya era hora.

Nadie entendió aquel «ya era hora». Victoria pensó que lo decía por Álvaro, que tenía treinta y cinco años. Álvaro se rio.

Esa noche, Victoria me acompañó hasta la habitación de invitados. Me dio dos besos que no llegaron a tocarme y me colocó bien el cuello del vestido.

—Las chicas como tú se casan una vez, querida —me dijo—. Procura que te dure.

Me pasé la noche sin dormir, preguntándome qué había querido decir Gonzalo.

Ahora lo sé.

* * *

El comedor está en penumbra. La luna entra por los ventanales y cae en rectángulos fríos sobre la mesa de nogal. Gonzalo camina hasta la cabecera y pone la mano sobre el respaldo de la silla tallada.

La aparta de la mesa. Las patas chirrían sobre la madera del suelo.

—Siéntate.

No me muevo.

—Es la silla de tu padre. La compramos juntos en un anticuario de Logroño, en el noventa y ocho.

Eran dos, iguales. Una para cada cabecera, una para cada socio.

—Tiene la voz muy baja—. La mía la quemé en esa chimenea en el noventa y nueve.

Esta no pude. Nadie se ha sentado en ella desde junio de aquel año.

Solo mi hijo, una vez, de niño. Lo levanté del brazo y le hice daño.

Pienso en Álvaro con diez u once años, colgando del brazo de su padre en este comedor, sin entender qué había hecho mal.

Me acerco.

Me siento.

El cuero está frío. Tiene la forma de otra espalda.

Gonzalo se sienta a mi derecha, en su sitio de siempre. Y por fin entiendo por qué no preside nunca su propia mesa: lleva años comiendo al lado de un muerto.

—Tu mujer no quería esta boda —digo—. Tú sí. ¿Por qué?

Tarda en contestar.

—Porque me estoy muriendo, Lucía. Ya lo has leído. —Señala el techo, el despacho—. Y pensé que era la manera. Tenerte dentro. Devolverte lo de tu padre poco a poco, sin que nadie tuviera que… —Se le rompe la frase—. Sin que nadie tuviera que saber nada.

—Sin confesar.

—Sin confesar.

Se frota la cara con las dos manos, como si quisiera borrarse.

—Llevo veintisiete años sin dormir una noche entera.

Me acuesto y veo la curva, los chopos, las luces azules de la Guardia Civil.

Me levanto y veo esta silla. En mayo apareciste tú, en mi salón, con el anillo de Pilar en la mano y un vermú.

En junio el médico me dijo lo que tengo.

—Me mira—. ¿Sabes qué sentí? Alivio. Me daban una última oportunidad de hacer una cosa bien. Y encima con fecha.

Le cambia la voz. A un hombre que no la levanta nunca.

Le entra la tos. Se dobla sobre la mesa con el pañuelo contra la boca, y el ruido rebota en los ventanales. Me levanto sin pensarlo.

La cocina está a oscuras. Lleno un vaso en el grifo a tientas. La luna entra por el ventanuco y cae sobre la mesa de pino, larga y vacía, con las sillas recogidas debajo. Me quedo mirándola un segundo más de lo que hace falta. No sé por qué.

Cuando vuelvo, Gonzalo tiene la frente apoyada en el nogal. Le acerco el vaso. Las manos le tiemblan tanto que no puede cogerlo, así que se lo sujeto yo, con la mía debajo de la suya, y bebe a sorbos cortos, igual que un niño con fiebre.

—Gracias —dice. Y luego, más bajo—: ¿Y mi hijo? ¿Qué es mi hijo en todo esto?

Lo esperaba. No esta noche.

—No es parte de nada.

—Te he preguntado qué es. No qué no es.

Arriba, en el primer piso, Álvaro duerme sin saber que le estamos nombrando.

—Le quiero.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de lo que me convenía.

Gonzalo se queda mirando el vaso.

—Es lo único que me ha salido bien en esta casa —dice—. Y no lo hice yo. Se hizo él solo, a pesar de su madre y de mí. —Levanta los ojos—. Entonces esto te va a doler más que a mí.

—¿Más que a ti?

—A mí ya no me queda tiempo para que me duela.

* * *

Saco del bolsillo de la bata el sobre de seda. Desde la noche del calado lo llevo encima siempre. Desdoblo la carta y la dejo sobre el nogal, delante de él, girada para que pueda leerla.

Papel cuadriculado. Tinta azul. La letra inclinada, con prisa.

«Pilar, yo no he firmado nada.»

Gonzalo saca las gafas del bolsillo de la camisa. Se las pone. Lee las cinco líneas. Cuando llega a la última, se las quita y se tapa los ojos con la mano.

Tarda mucho en hablar. Yo no le ayudo. Llevo toda la vida esperando este silencio.

—Yo no falsifiqué nada —dice al fin—. Íñigo me trajo el contrato a la oficina con la firma de tu padre ya puesta.

Yo puse la mía debajo. Vi la letra y supe que algo no estaba bien, porque Tomás no habría vendido su mitad ni muerto de hambre.

Y no pregunté. —Traga saliva—. Los bancos nos cerraban la puerta.

Mi suegro ponía el dinero si yo mandaba solo. Y firmé.

Se me cierra la garganta.

—Y él se mató en la carretera esa misma noche.

—La noche que lo supo. —Gonzalo mira la silla donde estoy sentada—. No fue un error de papeles, Lucía. Fue un robo. Y yo lo dejé hacer.

Lo ha dicho. En voz alta, en su comedor, con la luna encima.

Llevo catorce meses imaginando este momento. Creía que iba a sentir victoria. Lo que siento es frío. Un frío que me sube desde el cuero de la silla hasta la nuca.

Después del frío llega lo otro.

Me levanto. No lo decido: me levanto, y la silla de mi padre chirría detrás de mí.

—Mi madre se pasó la vida de rodillas en escaleras ajenas —le digo. No grito. En esta casa, de noche, no grita nadie—. Con esa carta en el bolso. Y tú tenías una bodega, un suegro y una mesa de nogal, y firmaste porque los bancos os cerraban la puerta.

Gonzalo no se defiende. Recibe cada frase con los ojos abiertos.

—Dilo otra vez —le pido—. Lo de que firmaste.

—Firmé, Lucía. —Respira por la boca—. Y después he vuelto a firmar cada día. Cada vez que me callaba en esta mesa.

Me vuelvo a sentar porque es eso o caerme. Tengo las manos encima del nogal, temblando, y no las escondo.

—¿Nos buscaste alguna vez? A ella y a mí.

—Hasta que entraste por esa puerta, no.

—¿Por qué?

—Porque si os encontraba, tenía que mirar.

Nadie en esta casa me ha dado nunca una respuesta tan honrada. Por eso la odio.

Gonzalo coge las gafas de la mesa y las deja sobre la carta, encima del «Pilar».

—¿Qué quieres, Lucía? —pregunta—. Dímelo tú. ¿Dinero? ¿La mitad? ¿Que se sepa en toda la Rioja?

Lo he pensado mil veces. En el metro, en la oficina, en el piso de mi madre vacío. Creía que tenía la respuesta escrita.

No es la que me sale.

—Quiero que nadie vuelva a decir que mi padre era un empleado.

Gonzalo cierra los ojos.

—Eso lo dijo ella. Delante de la francesa. Lo sé.

—Lo dijo como quien aparta una silla para pasar. —Pongo la mano sobre el brazo de la silla tallada, el de la derecha, gastado por otra mano—. Él no era un empleado. Era tu socio. Plantó contigo la viña de la entrada. Compró contigo estas sillas.

—Era mi amigo —dice Gonzalo, muy bajo—. Eso es lo que no te ha contado nadie, porque nadie lo sabe ya. Antes de socio, era mi amigo.

Se le escapa algo parecido a una sonrisa.

—Nos conocimos en la Estación Enológica de Haro, con veinte años.

Él era el único de la clase que se atrevía a decirle al profesor que un vino estaba mal.

Yo era el que tomaba los apuntes. —Mira la mesa, el sitio vacío enfrente—.

Durante muchos años fuimos uno: él hablaba y yo hacía las cuentas.

Él tenía las ideas y yo el apellido para que nos fiaran.

Cuando compramos estas sillas, nos reímos una tarde entera en el anticuario, porque eran tan feas que nadie más las quería.

—¿Cómo era? —le pregunto—. No el socio. Él.

Gonzalo lo piensa.

—Tomaba el café de pie, en la cocina, con Remedios. Decía que sentado se le enfriaban las ideas. —Casi sonríe—. Y cuando un vino le salía mal, se lo bebía él solo, a escondidas, para que no tuviera que bebérselo nadie más. Así de tonto era.

Me río. No quiero, y me río, con la boca cerrada, delante del hombre que lo dejó hacer. A él también se le escapa. Durante un segundo somos dos personas que echan de menos al mismo.

—¿Y qué pasó?

—Que yo me casé con una mujer que tenía un padre. —Lo dice sin rencor—. Y él no.

—¿Quién escribió su nombre, Gonzalo?

Niega con la cabeza.

—Eso no te lo voy a decir yo. No esta noche. —Se levanta apoyándose en la mesa—. Es la madre de mis hijos.

No hace falta más.

Pienso en la foto de su despacho. La bodega recién construida, dos hombres en la puerta. Cortada por la mitad con unas tijeras.

—La foto de arriba —digo—. ¿Quién la cortó?

Gonzalo se queda quieto con la mano en el bastón. Fuera, un perro ladra dos veces en alguna finca lejana.

—Ella.