La nuera Capítulo 9. Una mujer de traje gris
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Capítulo 9. Una mujer de traje gris

A las dos de la madrugada encuentro lo que buscaba en la página nueve de un periódico chileno.

Hace tres años, Maison Delorme se retiró de la compra de una viña en el valle de Colchagua a una semana de firmar.

Motivo: había aparecido un antiguo socio del vendedor reclamando su parte, con papeles debajo del brazo.

La operación la dirigía la hija del dueño.

En la foto sale a la puerta de una notaría de Santiago, con traje oscuro, apartando con la mano el micrófono de un periodista.

Hélène Delorme. Pelo corto. Cara de no haber sonreído en esa semana.

Guardo la foto en una carpeta del móvil y me quedo mirándola un buen rato.

A los Delorme no les asustan las deudas. Les asustan los socios que salen de debajo de la alfombra.

Y yo soy la hija de uno.

* * *

El jueves, a las diez, bajo a la cocina por la escalera de servicio. Remedios está sacando de la alacena la cafetera grande, la de plata, la de las visitas.

—A mí me han dicho que me quede en el cuarto —le digo.

—Ya lo sé. Lo ha dicho delante de mí. —Frota la cafetera con un paño hasta que se ve la cara en ella—. Hoy sirvo sola. Siete cubiertos, dos fuentes, el vino y el café. Con lo que pesa esto.

—¿Y si no puedes con todo?

—A la hora del café me suele dar el lumbago. —Deja la cafetera en la bandeja, con el asa hacia mí—. Hoy me va a dar seguro.

No me mira. Vuelve a los fogones.

Subo al cuarto. En el dorso de un tique de gasolina escribo la frase en francés, la del vencimiento, y la leo en voz baja delante del espejo del baño. Seis veces. A la séptima ya no me tiembla la erre.

Rompo el tique en trozos muy pequeños y los tiro al váter.

* * *

A las once en punto, un coche negro con matrícula de Burdeos sube por el camino de los álamos.

Lo veo todo desde la galería del primer piso, detrás de la cortina de encaje, como me han ordenado.

Baja primero un joven delgado con dos maletines. Después, ella. Cincuenta años, traje gris de corte recto, pelo corto y canoso, ningún adorno salvo un reloj de hombre en la muñeca. Estrecha la mano de Victoria sin sonreír y la de Cristina sin mirarla.

En el salón, Cristina empieza su presentación en francés. Hélène la deja llegar a la tercera frase. En la cuarta la corta, en castellano, con acento y sin un solo error.

—Mejor en español. Así no perdemos tiempo.

Cristina se queda con la boca abierta y el mando del proyector en la mano, como una estatua de sí misma.

Victoria sonríe como si nada. Nadie le ha dicho nunca que una sonrisa que no llega a los ojos se ve perfectamente desde el piso de arriba.

Oigo el bastón antes que los pasos.

Gonzalo llega por el fondo de la galería y se queda junto a mí, detrás de la misma cortina. Huele a jabón de afeitar y a algo dulce de jarabe. No me pregunta qué hago aquí.

—Mi mujer dice que toso demasiado para una visita —murmura—. Así que estoy en la cama.

—Yo también estoy en mi cuarto.

—Se nota.

Abajo, Hélène se acerca a un ventanal y mira el camino de los álamos.

—Los plantamos el primer año —dice Gonzalo—. Crecen deprisa y se mueren pronto. Como todo lo que se planta para impresionar a alguien.

Plantamos. En plural.

Se le escapa la tos. La ahoga contra la manga hasta ponerse rojo, para que no suba hasta el salón. Cuando puede respirar, mira a la francesa otra vez.

—Esa mujer no ha venido a comprar vino —dice—. Ha venido a buscar lo que no sale en las fotos.

Se va por donde ha venido, apoyándose en la pared entre paso y paso. Me quedo con la mano en la cortina.

No sé si me ha dicho eso para asustarme o para avisarme.

* * *

Cuando bajan al calado, yo bajo también. Por la escalera de servicio, descalza otra vez, y me quedo en la penumbra de las primeras barricas, donde no llega la luz.

Hélène recorre la bóveda con las manos a la espalda. Pregunta por la humedad, por la temperatura en agosto, por la edad de la piedra. Golpea una barrica con los nudillos y escucha el sonido como un médico escucha un pecho. Luego se para ante los nichos del fondo.

—¿Y estos?

—Vinos antiguos —dice Victoria—. Sin interés comercial.

—En una compra todo tiene interés, madame. —Hélène se detiene delante de la placa del siete—. ¿De qué año son?

—Del principio. Mi marido fundó la bodega en 1998.

—¿Él solo? En el registro mercantil de ese año figuran dos socios.

Victoria no duda ni un segundo.

—El otro era un empleado. Un enólogo que trabajaba para nosotros. Se fue enseguida.

En la penumbra me clavo las uñas en la palma hasta hacerme daño.

Un empleado. Se fue enseguida.

Así cabe mi padre en la boca de esta mujer: en una frase dicha de pasada, sin pararse, como quien aparta una silla para pasar.

Apunto en la cuenta. Esta no va con número. La apunto con su nombre.

* * *

A la hora de comer, la conversación se atasca.

El joven de los maletines hace una pregunta en francés, técnica, sobre la deuda: las condiciones del préstamo, las garantías, si existe cláusula de vencimiento anticipado o de prórroga.

Cristina no la entiende. Bea pasa páginas de su dossier de cuarenta y no la encuentra. Lasa carraspea y se mira el plato.

Es mi momento. Llevo toda la noche preparándolo.

Entro con la cafetera en la mano, igual que el primer lunes.

— L'échéance est le cinq octobre, et il n'y a aucune clause de prorogation —digo, mientras le sirvo el café a Hélène—. El acreedor es un fondo que no refinancia. Si ustedes compran, compran con esa fecha encima de la mesa.

Silencio. El joven de los maletines me mira con la boca entreabierta.

Me inclino un poco más sobre la taza de Hélène y bajo la voz. Solo para ella.

—Y yo, en su lugar, revisaría bien la historia de las participaciones. Las bodegas antiguas a veces tienen socios que nadie recuerda. —Una pausa—. Pregúntele a Colchagua.

Hélène levanta los ojos. Me mira de arriba abajo. La cafetera. Las tiritas en los dedos. El anillo con la piedra verde.

—¿Y usted quién es?

—La mujer de mi hijo —dice Victoria, muy deprisa, con la voz tensa como un cable.

—Ah. —Hélène sonríe—. Entonces es de la familia.

Victoria no contesta. Por una vez, no le sale nada.

Al fondo de la mesa, Lasa ha dejado el tenedor en el plato. Lo tiene cogido todavía, con los nudillos blancos, y la punta tintinea contra la porcelana hasta que lo suelta.

Cuando vuelvo a la cocina con la cafetera vacía, lo escribo de pie junto al fregadero: «Jueves 17, 15:10. Lasa. Sin prórroga. Tenedor».

Remedios, a mi lado, se frota los riñones con una mano. Ha vuelto el lumbago.

Al despedirse, en la escalinata, Hélène abre su cartera y saca una tarjeta. La apoya en la carpeta del joven de los maletines, escribe algo en el reverso con tinta negra y sopla.

—El teléfono impreso lo coge mi secretaria —dice—. Este lo cojo yo.

Me la da a mí. No a Victoria.

Desde la puerta del comedor, Bea lo ve todo. Y saca el móvil.

* * *

El móvil me vibra en el bolsillo antes de que el coche negro llegue al final del camino de los álamos. Julián.

Me encierro en el baño de servicio para contestar.

—¿Te has vuelto loca? —No saluda—. Delorme acaba de llamarme desde el coche. Dice que la nuera de la casa le ha explicado el vencimiento mejor que sus abogados. En francés. ¿Qué más le has dicho a esa mujer, Lucía?

—El vencimiento. Que no hay prórroga. Lo que pone en nuestro requerimiento.

—Si esa francesa ata cabos y averigua quién lleva el expediente, se acabó todo: la venta, el bonus y tu puesto. —Le oigo respirar—. Te lo dije el primer día: aquí se viene a cobrar, no a jugar a los detectives. Si esa venta se cae por algo que tú has dicho, no te cubro.

—No se va a caer por nada que yo haya dicho.

Es verdad. Si se cae, será por algo que hizo otra persona hace años. Yo solo le he dicho a Hélène dónde mirar.

—Más te vale —dice Julián, y cuelga.

Me miro en el espejo del baño de servicio, el que tiene una esquina picada. Tengo las mejillas encendidas y los ojos muy abiertos, como una niña que acaba de hacer una travesura y todavía no sabe si la van a castigar.

Cuando abro la puerta, Cristina está en el pasillo de servicio, apoyada en la pared, con los brazos cruzados. Tiene los ojos rojos y el rímel intacto. Eso cuesta.

—Muy bonito tu francés —dice—. ¿Dónde lo aprendiste? ¿Fregando en París?

—En Lyon. Allí también hay escaleras.

No se ríe. Se aparta de la pared.

—Delante de la mujer que va a comprar esta casa —dice, muy bajo—. Llevo un mes preparando esa presentación. Un mes, Lucía. Y tú entras con una cafetera.

—Tú has entrado con un proyector. Cada una entra con lo que tiene.

Se le tuerce la boca. Durante un segundo parece que va a llorar otra vez, o a pegarme. No hace ninguna de las dos cosas.

—Victoria te está buscando —dice—. Yo que tú no la haría esperar.

Se va por el pasillo hacia el salón, a desmontar un proyector que nadie ha mirado.

Victoria me alcanza en la despensa diez minutos después, entre los sacos de harina. Tiene la cara blanca y se le abren las aletas de la nariz.

—¿Quién te crees que eres?

La miro con calma. Me guardo la tarjeta en el bolsillo del pantalón sin prisa, para que lo vea.

—La mujer de tu hijo, Victoria. Lo acabas de decir tú, delante de todos.

Le tiembla la barbilla. Abre la boca y la cierra.

Cuando por fin le sale la voz, ya no es la de las visitas.

—En esta casa ya hubo uno que se creía más listo que nadie con los números. Que hablaba con todo el mundo, que se metía a la cuadrilla en el bolsillo. —Se alisa la falda con las dos manos—. Duró un año, querida.

Un saco de harina se me clava en la espalda. No me aparto.

—Pues yo llevo doce días —le digo—. Ya veremos.

Salgo. En el pasillo me flaquean las piernas, pero eso ya no lo ve nadie.

* * *

Álvaro sube al cuarto a las siete, todavía con el polvo del calado en los zapatos. Cierra la puerta con la espalda y se queda apoyado en ella.

—Desde cuándo.

No es una pregunta. Es un reproche con el tono de una pregunta.

—Desde Lyon. Viví allí un año, con una beca. Te lo conté.

—Me contaste que estuviste en Lyon. No que hablabas francés como una de ellas. —Se pasa la mano por la cara—. Lo ha dicho Hélène en la escalinata, delante de mi madre: que en treinta años de compras no había oído a nadie explicar un vencimiento tan claro. Ni siquiera a sus abogados.

—¿Y tu madre qué ha dicho?

—Nada. —Por fin se le escapa media sonrisa—. Es la primera vez que la veo callada delante de una visita.

Se sienta a mi lado en la cama. Me coge la mano de las tiritas y le da vueltas, sin besarla esta vez.

—¿Qué más sabes hacer que yo no sepa, Lucía?

Me lo pregunta medio en broma. Medio.

—Cocinar fatal. Bailar regular. Abrir botellas con las rodillas.

—Eso ya lo sabía. —Me suelta la mano—. Lo otro, digo.

Lo miro. Él me mira. Durante un segundo largo los dos sabemos que hay una puerta en esta habitación, y que ninguno de los dos se atreve a abrirla.

—Lo otro, poco a poco —le digo.

Se inclina hacia mí. Me roza la boca con la suya, sin llegar a besarme, y se queda ahí, respirando, con la frente casi en la mía. Le noto el polvo del calado en el pelo. Espero.

No me besa.

Asiente. Se levanta. En la puerta se vuelve.

—Mi madre se lo ha merecido —dice—. Lo del francés. Pero no me vuelvas a esconder nada que yo pueda ver con mis ojos.

Cierra al salir. Me quedo sentada en la cama con la tarjeta de Hélène en el bolsillo, quemándome a través de la tela.

* * *

A las once de la noche, Remedios me para en la escalera con una taza de manzanilla humeante en un plato.

—Súbesela a don Gonzalo, al despacho. A mí no me abre. A ti sí te abrirá.

El despacho está en penumbra. Solo hay encendida una lámpara de banquero con la pantalla verde sobre la mesa de nogal. Gonzalo duerme en el sillón de cuero, con la cabeza caída hacia un lado y la respiración ronca.

Dejo la taza. Y veo el sobre.

Blanco, alargado, abierto, con el logotipo de un hospital de Logroño y una línea impresa debajo: servicio de oncología. Al lado, el frasco de pastillas sin etiqueta de la despensa y un pañuelo de tela doblado con manchas marrones, secas.

No debería. Lo hago.

Tres páginas de palabras que no entiendo, en un idioma de cifras y siglas. Entiendo dos: «avanzado» y «paliativos». Y en el margen de la última, a bolígrafo azul, con la letra de Gonzalo, una sola palabra subrayada dos veces.

«Semanas.»

Tengo tres relojes. La deuda. La venta. Y el de un hombre que se muere sin haber dicho lo que sabe.

Dejo el informe exactamente como estaba, con la esquina del papel sobre el frasco. Detrás del sillón cuelga una fotografía enmarcada de la bodega recién construida: piedra limpia, álamos recién plantados, sin hojas. Delante de la puerta, un hombre joven con traje.

Del otro solo queda un hombro.

Alguien cortó la foto por la mitad con unas tijeras y la volvió a enmarcar torcida, con un hueco de cartón blanco donde falta el resto.

Me doy la vuelta hacia la puerta sin hacer ruido.

—Déjalo. No importa —dice una voz a mi espalda—. Ya lo sé yo.

Gonzalo tiene los ojos abiertos. No se ha movido. Me mira desde la penumbra con una calma que da miedo.

—Tu padre también leía los papeles de los demás cuando creía que nadie lo veía —dice.

Y antes de que pueda respirar, pronuncia mi nombre completo. Despacio. Con los dos apellidos.

—Lucía Ibarra Soler.