Capítulo 8. Lo que un hombre debería haber dicho
—Nada que importe esta noche —le digo, y apago la luz.
Es mentira. Es la primera mentira que le digo mirándolo a los ojos, en vez de callarme. Lo noto en el estómago, como un trago de vinagre.
Álvaro tarda en dormirse. Lo sé por la respiración, que no se le acompasa, y por la mano, que me busca dos veces bajo la sábana. Me quedo boca arriba en la oscuridad, oyendo crujir la casa.
Me pregunto cuántas mentiras caben en un matrimonio antes de que se rompa.
Yo lo calculo todo. Eso no sé calcularlo.
* * *
Por la mañana, junto a mi taza, Remedios ha dejado una hoja del bloc de la bodega, con el membrete. Tres palabras con letra de trazo grueso, firme:
«La viña vieja».
Hace frío. La niebla sube del Ebro y se engancha entre las cepas a media altura, como algodón sucio. Me abrocho el abrigo hasta el cuello y bajo por el camino de tierra.
Gonzalo me espera junto a la cepa más vieja de la finca, un tronco gris retorcido como un puño. Está de espaldas, apoyado en un bastón que no le había visto nunca, de madera oscura y puño de asta.
—Gracias por venir —dice, sin volverse.
Me paro a dos pasos. Este hombre se quedó con la mitad de mi padre. Y me ha citado a solas, en la niebla, donde no nos ve nadie.
En Madrid, a esto lo llamaríamos una reunión sin abogados. Siempre es la más peligrosa.
—¿Cómo se llamaba tu madre? —pregunta.
Siento el frío en la nuca.
—Pilar.
Asiente sin sorpresa.
—Vivió en Logroño.
—Un tiempo. Luego en Madrid.
—Limpiaba escaleras. Lo dijo mi mujer en el brindis. —Pone la mano abierta sobre la corteza, que se le deshace en escamas grises—. Esta viña la plantó mi padre en el cuarenta y siete. Aguanta heladas, sequías, granizo, plagas. Lo único que no aguanta es que la abandonen.
No sé si me está hablando de la viña.
Le da la tos. Una tos larga, que lo dobla sobre el bastón y no se acaba nunca. Sin pensarlo, le sujeto el brazo. Debajo de la chaqueta casi no hay nada: hueso y tela.
Cuando se le pasa, se limpia la boca con el pañuelo y lo dobla hacia dentro antes de que yo vea el color.
—A Álvaro, ni una palabra de esto.
—¿De la tos?
—De que me has tenido que sujetar.
Le suelto el brazo. Me arde la mano. Acabo de impedir que se caiga el hombre al que vine a hundir.
—¿Tu madre te habló alguna vez de esta casa? —pregunta, sin mirarme.
—Nunca.
Es la segunda mentira en doce horas. Esta me sale mejor. Eso me asusta más que la primera.
—Hay cosas que un hombre debería haber dicho hace mucho —sigue—. Cuando todavía servía de algo decirlas.
Se vuelve. Tiene los ojos húmedos, o es la niebla.
Abre la boca.
En el camino de tierra suena un claxon. Dos veces, cortas. El Mercedes plateado de Victoria, que baja a la peluquería de los martes en Logroño, ha reducido al ver a su marido entre las cepas. No para. Solo avisa.
Gonzalo se aparta de la viña.
—Otro día —dice.
Y vuelve hacia la casa despacio, con el bastón hundiéndose en la tierra húmeda.
Me quedo sola con la niebla y con una certeza que no me deja respirar: él sabe algo.
La pregunta es cuánto.
* * *
A las nueve ya estoy en la fila, con el delantal de ayer tieso de mosto seco.
Remedios tenía razón: hoy duele más. Se me han hinchado las manos durante la noche, y los cortes de ayer se abren con el primer racimo.
Julio pasa por detrás y me cambia las tijeras sin decir nada. Se lleva las de mango rojo y me deja unas de mango negro, con la hoja recién afilada.
—Las rojas son para el primer día —dice—. Usted ya ha tenido el suyo.
En la hilera vecina, la mayor de las mujeres de Ecuador, la que ayer bajó la vista al cesto, se quita los guantes y me los tiende. Son de cuero fino, gastados en las yemas, blandos como una piel vieja.
—Póngase estos. Con los de goma se le cuecen las manos.
—¿Y usted?
—Yo ya no tengo nada que se corte. —Me enseña las palmas, duras y amarillas de callo—. Veinte vendimias.
En el almuerzo, Anselmo desenvuelve el bocadillo sin mirarme.
—En el bar de Briones dicen que la nuera le ha contestado a la señora delante de la cuadrilla. —Muerde—. Mi cuñado dice que no se lo cree.
—¿Y usted qué le ha dicho?
—Que el cesto lo tenía yo en los brazos. Que no me lo ha contado nadie.
Las mujeres se ríen bajito. Uno de los chicos rumanos repite «vocación» con acento, y se ríen más.
Me río con ellos. Me duelen las manos, me duelen los riñones, y me río. Hace años que no me río así con gente a la que no le he mirado las cuentas.
* * *
A las siete, cuando vuelvo de la viña, el Mercedes plateado está aparcado al pie de la escalinata.
Victoria está al pie de la escalera principal, con el peinado de la peluquería intacto y el bolso todavía colgado del antebrazo. No ha subido a cambiarse. Me estaba esperando.
—Esta mañana te he visto en la viña vieja con mi marido.
—Me ha enseñado la cepa de su padre. La del cuarenta y siete.
—Sé de quién es esa cepa, gracias. —Mira mis botas, que dejan tierra en las baldosas—. Ayer llamó a mi hijo al despacho para preguntarle si eras feliz. Hoy te cita entre las cepas a primera hora, con niebla. A mí no me ha citado en una viña ni cuando éramos novios.
Lo que hay en su voz no es una orden. Es algo más viejo. Dura un segundo.
—Será que le gusta madrugar —le digo.
—Mi marido está enfermo. —Baja la voz, porque Remedios se ha asomado a la puerta de la cocina—. Los enfermos se encariñan con cualquiera que les ponga buena cara. Y dicen cosas. Recuerdos, tonterías, cosas de la fiebre. —Se acerca un paso—. No te las creas. Y sobre todo no las repitas.
—¿Qué cosas, Victoria?
Sonríe.
—Las que se dicen con fiebre.
Sube la escalera sin prisa. No se le mueve un pelo.
Me quedo en el vestíbulo, con la tierra de mis botas en las baldosas. Ella todavía no sabe lo que sé yo. Pero acaba de enseñarme lo que teme.
Esa noche lo apunto: «Martes 15, 19:05. Victoria. Miedo a que hable él».
* * *
El miércoles, la casa entera se prepara para los franceses.
Remedios saca del aparador la vajilla de los bordes dorados y la lava pieza a pieza.
Julio poda los setos de la entrada y rastrilla la grava del camino hasta dejarla como un mantel.
Bea imprime cuarenta páginas de números en color y las encuaderna con espiral.
Cristina ensaya en el salón una presentación en francés, con un proyector apuntando a la pared, tropezando una y otra vez con las erres.
— Notre vignoble familial a été fondé en mille neuf cent quatre-vingt-dix-huit…
Paso por detrás con una cesta de servilletas y me muerdo el labio para no corregirle la pronunciación.
En el comedor, Bea pelea con una encuadernadora sobre la mesa grande. Tiene cinco montones de cuarenta hojas y mete los canutillos de plástico con los dientes apretados.
—Ya que pasas —dice al verme—, sujeta.
Sujeto. Ella perfora. La máquina hace un ruido de huesos.
—Tranquila, que no tienes que entender nada —dice—. Son números.
—Qué alivio.
Mientras busca otro canutillo, paso las hojas del primer dosier con el pulgar. Ventas. Existencias. Hectáreas por variedad. En la página treinta y uno, la deuda: un solo cuadro con el importe y el nombre del fondo. Ni fechas, ni garantías, ni una palabra del vencimiento.
Mañana alguien va a preguntar por eso. Y aquí no está.
—¿Qué? —Bea me mira por encima del canutillo—. ¿Has visto algo que te guste?
—Los colores. Muy alegres.
Resopla y sigue perforando.
Me gano la vida encontrando agujeros en los informes de otros. Este es el primero que me callo. Me pica en las manos más que los cortes.
A media tarde, Álvaro me coge de la mano en el pasillo y me baja al calado por la entrada de las visitas.
—Diez minutos —dice—. Necesito que pruebes una cosa antes de que lleguen los franceses y lo estropeen todo.
Entre las barricas nuevas hay una con una tiza blanca: «Viña vieja, 2025». Álvaro saca con la pipeta de cristal un poco de vino, oscuro y espeso, y lo deja caer en una copa. Me la da.
—No lo bebas todavía. Huélelo.
Huele a mora, a tierra después de la lluvia, a algo tostado que no sé nombrar. Se lo digo. Él sonríe como un crío al que le han aprobado un examen.
—Eso tostado es la barrica. Lo otro es la viña. —Me quita la copa, bebe del mismo sitio donde he puesto yo los labios—. Mi padre dice que este vino sabe a quien lo planta. Yo creo que sabe a quien lo bebe.
—Eso es una cursilada, Álvaro.
—Ya lo sé. —Me empuja con suavidad contra la barrica—. Pero te has puesto colorada.
Me besa. Huele a vino nuevo y a madera, y en el calado hace frío, y él está caliente. Le meto las manos por debajo del jersey. Durante un minuto entero no pienso en la deuda, ni en Delorme, ni en la placa número siete que está a treinta metros, al fondo, en la oscuridad.
Se enciende la luz del pasillo de barricas.
—Perdón —dice Cristina desde la escalera, con una carpeta contra el pecho—. Victoria quiere las fichas técnicas de la cosecha. Para mañana.
No se va. Se queda en el último escalón, mirándonos, hasta que Álvaro se aparta de mí y va a buscar las fichas al cuartito de la entrada de visitas. Cristina y yo nos quedamos solas, a cinco metros, con el olor del vino entre las dos.
—Aquí abajo se enfría uno enseguida —dice.
—A mí no.
Cristina sonríe sin ganas y sube la escalera detrás de Álvaro, sin esperarme.
A la hora de cenar, Victoria me lo dice delante de todos, mientras se sirve ensalada.
—Mañana, mientras estén los Delorme, te quedas en tu cuarto, Lucía. Los franceses vienen a ver una bodega, no a conocer al servicio.
Cristina se ríe. Esta vez no se tapa.
Álvaro deja el tenedor en el plato con un golpe seco.
—Mamá.
—Es por su bien, hijo. No habla francés, no entiende de números. ¿Para qué va a pasar un mal rato?
Sigo comiendo.
Apunto en la cuenta: «al servicio». Ya van tres.
* * *
Después de cenar llamo a Nuria desde el banco de piedra del jardín, debajo del magnolio, donde la cobertura llega a rachas.
—¡La señora de Montalbán! —grita al descolgar—. ¿Qué tal la vida de terrateniente? ¿Te han dado ya un caballo?
—Me han dado un delantal.
—Ya lo sé. Estaba delante, ¿recuerdas? Todavía me duelen los dedos de los botones.
Me río. Le cuento la vendimia, las tiritas, la cuadrilla que llamó al timbre con el cesto. No le cuento el calado, ni la carta, ni a Remedios rezando a oscuras.
—Oye —dice al final, más bajo—. ¿Tú estás bien? Te noto la voz rara. Como cuando lo de tu madre.
La luz de la ventana de Cristina se enciende en el primer piso. Una silueta se acerca al cristal y se queda allí, mirando el jardín.
—Estoy bien. Es que aquí la gente se acuesta muy pronto.
—Mentirosa. —Lo dice con cariño, como lo ha dicho desde los quince años—. Cuando quieras contármelo, me lo cuentas. Y si esa señora te vuelve a regalar algo, me llamas y voy con el coche.
—¿Para qué?
—Para atropellarla, Lucía. Para qué va a ser.
Cuelgo riéndome. Arriba, la silueta de Cristina sigue en la ventana.
No sé cuánto tiempo lleva ahí.
* * *
Arriba, en el cuarto, Álvaro va de la ventana a la puerta y de la puerta a la ventana como un animal enjaulado.
—Mañana bajas conmigo. Me da igual lo que diga mi madre.
—No. Déjalo estar.
—¿Por qué? —Se para delante de mí—. ¿Por qué le aguantas todo? ¿Qué te pasa con ella, Lucía? Cualquier otra ya se habría ido. O le habría tirado el delantal a la cara.
Porque cada desprecio de tu madre es una puerta que se me queda abierta, pienso. Porque nadie vigila a quien desprecia.
—Porque no quiero que te pelees con ella por mí.
Se sienta en la cama, derrotado, y me coge las dos manos. Tiene las uñas moradas todavía; el mosto no se va ni con lejía.
—No sé cómo lo haces —dice—. De verdad que no lo sé.
Le acaricio la nuca. Él apoya la frente en mi hombro y se queda así, muy quieto, como un niño que se ha cansado de llorar.
—Prométeme una cosa —murmura—. Que si algún día te hartas de esta casa, me lo dices antes de irte. No después.
—Te lo prometo.
Lo digo muy deprisa. Demasiado deprisa.
* * *
A la una bajo a por agua. En el pasillo del primer piso hay una raya de luz debajo de la puerta del saloncito de seda verde, y una voz.
La de Victoria. Habla bajo, por teléfono, con el tono de dar órdenes que no admiten vuelta.
—… mañana, mientras estén los franceses, en su cuarto. Y si mi marido vuelve a bajar a la viña con ella, me lo dices. —Una pausa—. No, Cristina, no hace falta que lo entiendas. Hace falta que me lo digas.
Me pego a la pared. El suelo de madera está frío bajo los pies descalzos.
—Ya sé que la mira —sigue Victoria—. Desde la boda no hace otra cosa. Se está muriendo y se le va la vista detrás de la nuera. —Una risa corta, sin ganas—. No, no es eso, Cristina. Ojalá fuera eso.
Cuelga. Oigo sus pasos hacia la puerta.
Subo la escalera de dos en dos, sin agua, y me meto en la cama con el corazón dando golpes. Álvaro se da la vuelta en sueños y me pasa un brazo por encima.
«Ojalá fuera eso.»
Victoria no sabe todavía por qué me mira su marido. O lo sabe, y es peor.
* * *
No hablo francés, según mi suegra.
Viví un año en Lyon con una beca, en un quinto sin ascensor de la Croix-Rousse desde cuyo balcón se veían bajar los tejados rojos hacia el Saona.
Compartía piso con dos chicas de Marsella que me enseñaron a discutir de fútbol y a pedir el pan sin acento.
Mi madre me mandaba cada mes un sobre con cincuenta euros y una nota escrita a mano: «Come bien. No gastes en tonterías. Te quiero».
Allí aprendí a leer balances de verdad. Un profesor bajito y miope que olía a tabaco de pipa nos puso las cuentas de una empresa textil quebrada y nos pidió el momento exacto en que había empezado a mentir.
Lo encontré en una nota al pie, en el tercer año: una provisión que desaparecía sin explicación.
«Ojos de inspectora de Hacienda», me dijo.
Esa tarde pensé en un contrato con una firma que no era la de mi padre. En una nota al pie que nadie había leído.
Y decidí a qué me iba a dedicar.
* * *
Álvaro se duerme pasada la una.
Yo me levanto sin hacer ruido, me siento en el sillón de la ventana con el portátil sobre las rodillas y busco el nombre que ha repetido Cristina toda la tarde con sus erres torcidas.
Maison Delorme. Cinco generaciones en Burdeos. Viñedos en Pomerol, en Chile, en Sudáfrica. Una web con el retrato del abuelo fundador y una frase sobre la honradez en la primera página.
Cierro los ojos un momento.
Mañana, Victoria, vas a oírme hablar francés.