La nuera Capítulo 7. El primer cesto
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Capítulo 7. El primer cesto

—Y el que quedó —añade Anselmo, levantándose con un crujido de rodillas— no volvió a bajar a la viña con la cuadrilla. Ni una vez en veintisiete años.

Se sacude las migas del pantalón y vuelve a su fila sin despedirse.

Me quedo bajo el almendro con el bocadillo en la mano y el corazón en la garganta. Luego llamo a Madrid. Aquí, entre cepas, a cien metros de cualquier pared, es el único sitio de la finca donde nadie puede oírme.

—Te iba a llamar yo —dice Julián—. Delorme ha pedido revisar las cuentas antes de cerrar. Vienen el jueves. Hélène Delorme en persona, la hija del dueño. Dicen que se lee hasta las notas al pie.

—¿Y el aval?

—Llegó el miércoles por mensajero. La casa de Portales, con escudo y todo. —Se ríe—. Tu suegra ha puesto encima de la mesa la casa de su padre para ganar treinta días. Espero que sepas lo que haces.

A lo lejos veo a Anselmo doblado sobre una cepa, cortando de abajo arriba con un giro corto de muñeca.

—Lo sé.

—Pues que se note el jueves. Si esa francesa firma, cobramos. —Una pausa—. Y tú también. No lo olvides.

Cuelga. Me guardo el móvil en el bolsillo del delantal manchado.

Julián quiere que la francesa compre. Yo necesito que no compre nunca.

Y el jueves vamos a estar las dos en la misma mesa.

* * *

A mediodía, un todoterreno sube por el camino de tierra levantando una nube de polvo. Frena al borde de la viña. Álvaro baja dando un portazo y viene hacia mí entre las cepas, casi corriendo, con la cara desencajada.

—¿Qué haces aquí?

—Vendimiar.

—Me lo ha dicho Remedios. Mi madre… —Me mira el delantal, las manos con dos tiritas, el pelo pegado a la nuca—. Nos vamos a casa. Ahora mismo.

—No. Me quedo hasta que acabe la cuadrilla.

Se queda mirándome con la boca abierta. Luego se quita la chaqueta, la cuelga de una cepa, coge unas tijeras de la caja de Julio y se pone a cortar en la fila de al lado.

Uno de los chicos rumanos silba. Las mujeres de Ecuador se ríen bajito, tapándose la boca. Desde lo alto de la fila, Anselmo levanta el porrón hacia nosotros.

El hijo de la casa, cortando racimos entre los temporeros. Anselmo lo acaba de decir: desde entonces, ningún Montalbán ha vendimiado con la cuadrilla.

Trabajamos una hora en silencio, a un metro el uno del otro, separados por una hilera de cepas. Cuando nuestras cajas se llenan a la vez, nos agachamos a por ellas al mismo tiempo y nos damos con la frente.

Se ríe. Me coge la cara con las dos manos, con los guantes llenos de mosto, y me besa ahí mismo, entre las cepas, sin importarle que nos vea medio pueblo.

—Estás loca —me dice contra la boca.

—Me lo dicen mucho.

Me mira la mano cortada. Me quita el guante con cuidado y me besa el corte como si pudiera curarlo.

No me lo merezco, pienso. Y no le aparto la mano.

* * *

A las cuatro, el coche blanco vuelve a pararse en el camino. Esta vez baja Cristina sola, con unas botas de agua tan nuevas que todavía brillan y un termo de acero en la mano.

Álvaro está al otro lado de la loma, ayudando a Julio a enganchar el remolque. Ella lo busca entre las cepas. Me encuentra a mí.

—Le traía café —dice, y levanta el termo un palmo—. Solo, sin azúcar. Lo toma así desde los dieciséis.

—Cuélgalo de la cepa, con su chaqueta. Ahí lo verá.

No lo cuelga. Se queda en el borde del camino, donde la tierra no mancha, y saca el móvil.

—Mira qué bien sales. —Me enseña la pantalla. Soy yo esta mañana, doblada sobre una cepa, con el delantal todavía blanco y la eme bordada a la altura del estómago—. Se la he mandado a Victoria. Y a mi padre, que guarda todo lo que pasa en esta casa desde hace treinta años.

—Que la guarde con fecha. Lunes catorce. Así no se le olvida cuándo empezó.

—¿Cuándo empezó el qué?

—Mi vendimia.

—Álvaro no ha cogido unas tijeras en su vida. Su padre se lo pidió cada septiembre hasta que se cansó de pedírselo.

—A lo mejor no se lo pedía bien.

—¿Y tú cómo se lo has pedido?

—No se lo he pedido.

Me mira las manos. Las tiritas, los guantes de otra, el mosto seco debajo de las uñas. Luego mira hacia la loma, por donde baja Álvaro con la camisa pegada a la espalda.

No espera a que llegue. Deja el termo en el suelo, junto a la caja de las tijeras, y se vuelve al coche.

Álvaro ve el termo al llegar. No pregunta de quién es. Lo aparta con el pie para que no se vuelque y sigue cortando.

Lo sumo en la cuenta, aunque ese punto no lo he ganado yo.

* * *

A las cinco, en el descanso de la tarde, nos lavamos en la fuente de piedra que hay al pie de la loma, la de los animales, con un caño de hierro y un pilón verde de musgo.

El agua sale helada. Álvaro mete la cabeza debajo y sale sacudiéndose como un perro.

Me salpica entera. Le tiro agua con las dos manos.

Se ríe. Me agarra de la cintura y me sienta en el borde del pilón, con los pies colgando y el delantal empapado, y se queda de pie entre mis rodillas, mojado hasta la camisa.

—Hueles a mosto —dice.

—Tú también.

—Yo huelo a mosto desde que nací. —Me aparta un mechón de la frente con un dedo—. Tú es la primera vez.

Me coge la mano derecha para lavarme el corte. Se para en el anillo. Le da la vuelta con el pulgar, despacio, hasta que la piedra verde mira hacia arriba.

—Era de tu madre.

—Sí.

—En la boda mi padre no le quitaba los ojos de encima. —Frunce el ceño—. Pensé que era por ti. Que le habías gustado. Mi padre no mira a nadie dos veces.

—Es un anillo corriente, Álvaro.

—Ya. —No me suelta la mano—. Pero él lo miraba igual que mira las botellas viejas. Las que no deja tocar.

Me bajo del pilón. Le doy un beso rápido, con sabor a agua de fuente, y echo a andar hacia la fila antes de que me vea la cara.

* * *

A las seis, cuando la última caja sube al remolque, me lleva al calado por la entrada de las visitas, la de la bodega.

Quiere enseñarme las barricas nuevas de roble francés que han llegado de Burdeos para esta cosecha.

Está feliz, sucio, con las manos tan moradas como las mías, y habla sin parar de tostados y de poros de la madera.

Pasamos junto a los nichos del fondo. Me paro delante del siete.

—¿Y aquí?

—Las botellas del primer año. Del noventa y ocho. —Se encoge de hombros—. Mi padre no deja que nadie las toque. Ni yo tengo la llave.

Enciendo la linterna del móvil y la acerco a la reja. Dentro, entre polvo gris y telarañas, hay botellas tumbadas en filas. Casi todas tienen la etiqueta arrancada; solo queda en el vidrio un rectángulo pálido con restos de cola.

Unas pocas, no del todo.

Le queda un trozo de papel amarillento, con letras doradas de imprenta antigua: «…LER Y MONTAL…». Y debajo, más pequeño: «COSECHA 1998».

Apago la linterna antes de que él mire.

—¿Qué pasa?

—Nada. Que aquí abajo hace frío.

Me abraza por detrás con la barbilla en mi hombro. Me cuenta que su abuelo excavó este calado con dos hombres y una mula. Que la primera barrica su padre la compró a plazos. Que si algún día la bodega es suya, quiere hacer un vino solo con la viña vieja, con el nombre de la parcela en la etiqueta.

No sabe que me está hablando de la mitad que era de mi padre.

No sabe que a tres palmos de su cara hay una botella que lo cuenta.

* * *

Cuando subimos, el patio de la bodega ya está en sombra. Los remolques se han ido y huele a mosto pisado y a gasoil.

Gonzalo está sentado en una pila de cajas vacías, junto a la tolva, con la rebeca gris abrochada hasta el cuello y un racimo en la mano. Come las uvas de una en una. Las aprieta con la lengua y escupe la piel en la palma.

—Papá, ¿qué haces aquí fuera? Hace frío.

—Lo de todos los años. —No levanta la vista del racimo—. La primera uva se come en la bodega, no en la mesa. Para que la casa se entere de que ha empezado. Lo decía mi padre.

Me tiende el racimo. Cojo una. Está tibia todavía de sol, y la piel cruje entre los dientes antes de soltar el dulce.

—¿Qué te parece?

—Que está buena.

—Buena está siempre. —Por fin me mira—. Fíjate en lo que te deja cuando ya te la has tragado.

Me fijo. Algo áspero en la lengua, como cuando se muerde un lápiz.

—Amarga un poco.

—Eso es el año. Este va a ser bueno. —Se fija en mis dedos vendados—. Julio te ha dado las tijeras del mango rojo.

—¿Se nota?

—Son las peores de la caja. Se las da a los nuevos el primer día, para ver quién vuelve el segundo.

—Vuelvo mañana.

—Ya lo sé.

Se levanta agarrado al borde de la tolva. Álvaro le ofrece el brazo. Gonzalo se lo mira un segundo, como se mira algo que uno no ha pedido nunca, y lo coge.

Los veo cruzar el patio al paso del más viejo. Álvaro no sabe dónde poner la otra mano.

Llevo nueve días en esta casa y no había visto a ese padre y a ese hijo tocarse.

* * *

En la cocina no consigo deshacer el lazo del delantal. Los dedos no me cierran. Tiro de una punta y el nudo se aprieta más, empapado, duro como una cuerda de tender.

Remedios deja el cucharón en el puchero y se pone detrás de mí. Tarda un minuto largo. Lo va aflojando con las uñas, a tirones cortos, sin decir nada. Me lo saca por la cabeza.

—¿Lo echo a lavar?

—No. —Me lo cuelgo del brazo—. Todavía no.

Me mira. No pregunta. Llena una palangana de agua caliente, le echa sal de la orza y me mete las dos manos dentro.

El escozor me sube hasta los codos. Aprieto los dientes. Se me saltan las lágrimas y me caen en la palangana, porque no tengo con qué secármelas.

—Mañana te dolerá más —dice Remedios—. Pasado, menos. Al cuarto día ya no te acuerdas.

—¿Y si no hay cuarto día?

—La señora no te ha mandado a vendimiar, niña. Te ha mandado a que te vayas. —Me pone un trapo limpio en el hombro—. Tú vendimia.

* * *

Esa noche, Victoria ha mandado poner la cena en el comedor grande. Mantel de hilo bordado, candelabros de plata, la vajilla de los bordes dorados. Cristina, a la derecha de Álvaro otra vez. Yo bajo la última, duchada, con el pelo mojado en una coleta y tiritas en tres dedos.

—¿Qué tal en el campo, querida? —pregunta Victoria, sirviéndose vino. Cristina se tapa la sonrisa con la servilleta—. ¿Has encontrado tu vocación?

Antes de que pueda contestar suena el timbre de la puerta principal. Remedios va a abrir y vuelve al comedor con cara de no saber qué hacer.

—Señora, es la cuadrilla.

En el vestíbulo, bajo la lámpara de hierro, están Julio, Anselmo y dos de las mujeres de Ecuador, con la ropa del campo y las manos recién lavadas. Anselmo lleva en brazos un cesto de mimbre con los mejores racimos del día: grandes, apretados, casi negros.

—El primer cesto de la vendimia es para quien ha trabajado la tierra —dice el viejo, en voz bien alta, para que llegue al comedor—. Así se ha hecho siempre en esta casa. Desde don Tomás.

Y me pone el cesto en los brazos. A mí. Delante de la puerta abierta del comedor. Delante de Victoria.

Me vuelvo hacia la mesa con los racimos contra el pecho.

—Sí, Victoria —digo—. Creo que he encontrado mi vocación.

—Bien dicho, señora —murmura una de las mujeres.

Victoria se queda con la copa a medio camino. Cristina deja de sonreír. Bea mira a Anselmo un rato largo, sin decir nada.

Y Gonzalo, en su sitio de siempre, junto a la silla vacía, ha dejado los cubiertos sobre el plato.

Mira el cesto. Me mira a mí. Mira a Anselmo, que da media vuelta con la boina en la mano y sale sin despedirse.

Cuando la cuadrilla se va, Gonzalo no vuelve a comer. Se levanta a mitad del segundo plato, dice que está cansado y sube a su despacho. Oigo su tos por la escalera, larga y húmeda, hasta que se cierra una puerta.

Victoria se llena la copa hasta el borde.

—Qué gente tan pintoresca —dice.

Nadie le contesta.

* * *

Victoria me espera en el rellano del primer piso, debajo del cuadro de la vendimia de 1952. Ha subido antes que nadie. Tiene la copa todavía en la mano.

—Esa gente no viene a esta casa a darte cestos —dice, sin levantar la voz—. Mañana mismo despido a Anselmo.

—Si lo despides mañana, a mediodía lo sabe todo Briones. Y a la noche, todo Haro.

—Que lo sepan.

—Lo sabrán también los franceses. —Me apoyo en la barandilla—. Una bodega que echa a la calle a un jornalero de setenta años en plena vendimia porque le regaló un cesto a la nuera. Hélène Delorme lee hasta las notas al pie, ¿no?

Victoria me mira un rato. Luego sonríe, y es la sonrisa más tranquila que le he visto.

—Tienes razón, querida. No lo despido. —Da un sorbo a la copa—. Hay cosas mucho peores que despedir a un viejo. Y tengo tiempo para pensarlas.

Me roza el hombro al pasar. Huele a perfume caro y a vino tinto.

—Buenas noches, Lucía. Que descanses. Mañana hay que madrugar para la viña.

Se va por el pasillo. No la oigo cerrar su puerta.

En el cuarto saco la libreta negra y la apoyo en la rodilla. Me cuesta sujetar el bolígrafo. «Lunes 14, 22:40. Victoria. Anselmo. Tiempo para pensarlas».

Debajo, con peor letra: «Ella también cuenta los días».

* * *

A las once, Álvaro sale del baño con el pelo mojado y una toalla al cuello y se sienta en el borde de la cama. Tiene una cara que no le conozco. Seria. De alguien que ha oído algo que no entiende.

—Mi padre me ha llamado a su despacho.

—¿Te ha regañado por lo de la viña?

—No. —Se frota las manos, todavía moradas entre los dedos—. Me ha preguntado si eras feliz aquí. Si te tratamos bien. Mi padre no ha preguntado eso en su vida, Lucía. Ni por mi madre.

Me siento a su lado. El delantal manchado cuelga del respaldo de la silla, donde lo dejé al entrar, como una bandera rara.

—¿Y qué más?

Me mira un rato, buscando en mi cara algo que no encuentra.

—Que quiere hablar contigo. Mañana. A solas.

Me coge la mano. No me la suelta.

—Lucía. ¿Hay algo que yo no sepa?