La nuera Capítulo 6. Para que conozcas tu sitio
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Capítulo 6. Para que conozcas tu sitio

La colilla me quema la planta del pie todo el miércoles. No la herida, que es pequeña. La pregunta.

Bea me sirve el café en el desayuno sin decir nada. Me pasa la sacarina. Me pregunta si he dormido bien, y cuando le digo que sí sonríe un poco más de la cuenta.

No sabe qué hablé con Remedios. Sabe que bajé.

Y en una partida, saber dónde ha estado la otra ficha ya es medio tablero.

* * *

Esa semana busco.

Victoria firma el aval el miércoles en el despacho de Lasa y vuelve a casa con los labios tan apretados que no le cabe una palabra.

Cristina se instala en el despacho de Gonzalo con su portátil y una taza de té verde que nunca se acaba.

Bea viaja a Logroño dos veces y a Bilbao una, y cuando vuelve habla por teléfono en francés paseando entre los setos.

Yo miro.

Miro las carpetas que se quedan en las mesas cuando Cristina sale a fumar con Bea. Los cajones de la biblioteca. Los libros de cuentas antiguos que nadie abre desde hace años. Es lo que sé hacer: leer lo que la gente deja a la vista creyendo que nadie lo lee.

El jueves voy a Logroño con la excusa de comprarme unas botas de agua.

El Registro Mercantil está en un primer piso de la avenida de la Paz, con un mostrador de formica y una funcionaria que se toma el café detrás de una mampara.

Pido la historia registral de Bodegas Soler y Montalbán desde la constitución.

Pago once euros con la tarjeta. Me siento a esperar en una silla de plástico naranja, al lado de un hombre que viene a depositar las cuentas de una carpintería.

A los veinte minutos me dan cuatro hojas grapadas.

Constitución, 1998. Dos socios al cincuenta por ciento: Tomás Soler Garrido y Gonzalo Montalbán Ruiz. Domicilio social, el de la bodega. Capital, una cifra pequeña, de dos hombres que empiezan.

Y en 1999, una línea seca: declaración de unipersonalidad. Socio único, Gonzalo Montalbán Ruiz. Abril de 1999. Ni una palabra más.

Dos meses después, la sociedad cambia de nombre. Bodegas Montalbán.

Me guardo las hojas en el forro de la chaqueta. En la calle Portales me compro las botas de agua, para que la excusa sea verdad. Pasando por delante de un palacete con escudo de piedra, levanto la vista. La casa del padre de Victoria. La del aval.

Tiene las contraventanas cerradas.

Ahora tengo el nombre de mi padre en un papel oficial. Lo que no tengo es el papel que lo borró.

No encuentro nada más en la casa. Ni una copia del contrato de 1999. Ni una carta. Ni un nombre. Parece que esta bodega naciera de la nada en el año dos mil, con un solo dueño y una sola historia.

El viernes subo sola a la biblioteca del segundo piso, una habitación forrada de estanterías hasta el techo que huele a polvo y a cuero. En el estante más bajo hay una fila de álbumes de fotos encuadernados en piel verde, con el año grabado en dorado en el lomo.

Los voy sacando. 1990. 1993. 1995. Bautizos, vendimias, Victoria joven y guapísima en una playa de San Sebastián, Bea con trenzas, Álvaro en un triciclo.

1998.

Las primeras páginas están llenas: la obra de la bodega, los cimientos, un hombre con casco señalando un plano. A partir de la página doce hay huecos. Rectángulos más claros en el cartón amarillento, con las esquinas de papel adhesivo todavía pegadas. Página tras página, hasta el final.

Alguien arrancó las fotos. Muchas.

En una de las pocas que quedan, la de la inauguración, hay una mesa larga con copas. En un extremo, cortado por el borde de la imagen, se ve el brazo de un hombre con chaqueta de pana. Solo el brazo. La mano apoyada en el mantel.

En el dedo anular lleva una alianza. Y tiene el pulgar encima, como si la estuviera frotando.

Cierro el álbum. Lo devuelvo a su hueco exacto.

No hay álbum de 1999.

Cuando me vuelvo, Gonzalo está en la puerta.

No le he oído subir. Lleva una rebeca gris encima de la camisa, aunque fuera hace calor, y se apoya en el marco con una mano. Mira la estantería. No a mí: a la estantería. Al hueco que hay entre el lomo de 1998 y el de 2000, donde cabría un álbum más.

—¿Buscabas algo?

—Fotos de Álvaro de pequeño.

—Están en el de 1990. En el triciclo. —Tose, se tapa la boca con el pañuelo—. Mi mujer los ordena cada Navidad. Le gusta que todo esté en su sitio.

Se queda un momento más, mirando el hueco. Luego se va por el pasillo, arrastrando un poco el pie izquierdo.

No me ha preguntado qué hacía con el de 1998 en las manos. Me ha visto con él.

* * *

El sábado, Álvaro me lleva al mercado de Haro.

Bajamos andando desde el aparcamiento, entre puestos de pimientos asados y de quesos, cajas de setas, ristras de ajos, un hombre que vende navajas sobre una manta.

Todo el mundo saluda a Álvaro. «Álvaro, hijo», «¿Cómo va la uva?

», «Dale recuerdos a tu padre». Una quesera le mete en la boca un trozo de queso de oveja sin preguntar, como cuando tenía cinco años.

A mí me miran. Con educación, pero me miran. La del delantal.

En el puesto de los pimientos, una mujer muy mayor, de luto, con un pañuelo negro anudado bajo la barbilla, me coge la mano para darme el cambio y no me la suelta enseguida.

—Usted no es de aquí.

—Soy de Madrid.

—Ya. —Me mira la cara, despacio, de abajo arriba—. Pues tiene usted cara de aquí.

—Eso se lo dice a todo el mundo, Felisa —se ríe Álvaro.

Felisa no se ríe. Me suelta la mano. Se queda mirándome los dedos mientras guardo el monedero, el pulgar sobre el anillo.

Nos sentamos en un banco de la plaza de la Paz con un cucurucho de churros entre los dos. Álvaro tiene azúcar en la barba. Se lo quito con el dedo.

—Cuando seamos viejos —dice, con la boca llena— vendremos aquí todos los sábados. Tú comprarás los pimientos y yo me pelearé con el de las navajas.

—¿Y si no llegamos a viejos aquí?

—¿Dónde vamos a llegar, si no?

Lo dice tan seguro que me tengo que mirar las manos.

* * *

Cuando volvemos, mi bolso no está donde lo dejé.

Lo dejé colgado del respaldo de la silla, junto a la ventana, con la cremallera cerrada. Está en la silla, sí. Pero colgado del otro lado, y con la cremallera abierta tres dedos.

Me quedo quieta en la puerta. Álvaro entra detrás de mí con la bolsa de los pimientos y no ve nada.

Lo abro. Está todo: la cartera, el cargador, la libreta negra, las llaves del piso de Madrid. Todo en su sitio. Demasiado en su sitio, como lo deja alguien que ha sacado las cosas una por una y las ha vuelto a meter con cuidado.

Lo único que no hay es lo único que buscaban.

Me llevo la mano al pecho, al bolsillo interior de la chaqueta, donde va el sobre de seda desde la noche del calado. Ahí está. Duro, pequeño, caliente de mi cuerpo.

«En esta casa se registran los bolsos», me dijo Remedios a oscuras.

No le digo nada a Álvaro. Esa noche duermo con la chaqueta colgada de la cabecera de la cama, a un palmo de la almohada.

* * *

El lunes catorce, a las siete de la mañana, Victoria entra en la cocina con algo blanco doblado entre las manos.

Estoy sola en la mesa grande con una taza de café. Lo deja delante de mí, con mimo, como quien deja un regalo.

El delantal. El de la boda. Con la eme dorada.

—Hoy empieza la vendimia —dice—. Vas a ir con la cuadrilla. Para que conozcas tu sitio. Y ponte mi regalo, que para eso te lo di.

En el fregadero, Remedios deja de mover las manos.

Me termino el café. Dejo la taza. Me levanto y me ato el delantal a la cintura, encima de los vaqueros, con el mismo lazo firme de la boda.

—Dile a la cuadrilla que me espere.

Victoria se va sin contestar. Sus tacones suenan por el pasillo hasta perderse en la escalera.

Apunto en la cuenta: un delantal, dos veces.

En la puerta del patio está Bea, apoyada en el marco, con chaleco acolchado, botas de agua y un cigarrillo entre los dedos.

—¿Duermes bien, Lucía?

—Muy bien, gracias.

—Qué suerte. Esta casa cruje mucho de noche. —Da una calada larga y suelta el humo hacia arriba—. Sobre todo las escaleras de abajo.

Tira la colilla al suelo y la aplasta con la punta de la bota, mirándome a los ojos.

—Se te cae ceniza en los escalones —le digo—. Alguien podría quemarse.

Bea sonríe de verdad. Es una sonrisa que da más miedo que las otras.

* * *

La cuadrilla espera junto a los remolques, detrás de la bodega.

Treinta personas: dos familias de Ecuador con los hijos mayores, un grupo de chicos rumanos, jubilados de Haro y de Briones que vienen cada septiembre porque la vendimia es lo único que los saca de casa.

Sombreros de paja, gorras de propaganda de abonos.

El capataz es Julio, el hijo de Remedios. Cuarenta años, ancho, con la cara curtida y las cejas de su madre. Me da una caja de plástico verde, unas tijeras de mango rojo y unos guantes gastados. Mira el delantal un segundo. No pregunta.

—Se corta por el rabillo, de abajo arriba. El racimo no se toca con la mano, que se estropea. Y ojo con los dedos, que estas no perdonan.

La primera hora me corto dos veces.

A la tercera, el delantal ya no es blanco. El mosto lo ha ido tiñendo de morado desde el bajo hasta el bordado, y la eme de Montalbán, empapada de jugo oscuro, parece una herida abierta.

A las diez me duelen los riñones como no me han dolido nunca. Los muslos. La nuca. Las manos se me pegan dentro de los guantes.

Sigo. Nadie de la familia está mirando.

Por eso sigo.

A las diez y media, un coche blanco frena al final de la fila, en el camino de tierra, y levanta una nube de polvo que tarda en posarse.

Bajan Victoria y Cristina. Gafas de sol, pañuelos de seda, zapatos que no pisan nunca la tierra. Se quedan en el borde del camino, junto al coche, mirando hacia las cepas.

Hacia mí.

Cristina saca el móvil y me hace una foto. Luego otra. Victoria le dice algo al oído y las dos se ríen.

—¡Julio! —llama Victoria, con la voz de dar órdenes—. Que no se canse la señora, que es de ciudad. No vaya a ser que se nos estropee antes de la vendimia.

Treinta personas se quedan quietas entre las cepas. Nadie se ríe. Una mujer ecuatoriana, a dos plantas de mí, baja la vista al cesto.

Me arden las mejillas. Me arde el cuello, debajo del pañuelo. Me arde algo más adentro, en un sitio que no tiene nombre y que lleva toda una vida esperando a que alguien de esta familia me mire así para poder odiarlos a gusto.

Corto otro racimo. De abajo arriba.

—La señora corta mejor que muchos, doña Victoria —dice Julio, sin levantar la voz, sin dejar de trabajar—. Si la cansamos, ya se lo diré.

Victoria se queda un segundo con la boca abierta. Después se sube al coche. Cristina guarda el móvil y la sigue.

El polvo tarda otra vez en posarse.

Julio no me mira. Pasa por detrás de mí con una caja llena al hombro y, al pasar, me deja en el borde del cesto una botella de agua fría.

* * *

A las once, la cuadrilla para a almorzar a la sombra de un almendro. Bocadillos de chorizo envueltos en papel de aluminio, vino en porrón, una bota de agua fresca que pasa de mano en mano. Me siento un poco aparte, sobre una caja vacía puesta del revés.

Un temporero viejo se sienta a mi lado sin pedir permiso. Setenta y tantos años, boina negra, camisa de cuadros abrochada hasta el cuello a pesar del calor, unas manos grandes y nudosas como raíces de cepa.

—Anselmo —dice, por toda presentación. Le da un trago al porrón, un chorro fino que le cae en la boca sin perder una gota—. Veintinueve vendimias en esta casa. Esta es la treinta.

—Lucía.

—Ya sé quién es usted. La del delantal. —Señala mis manos con la barbilla—. Usted corta como cortaba don Tomás.

Se me queda el bocadillo a medio camino.

—De abajo arriba —sigue— y con la muñeca, no con el brazo. Ya nadie corta así. Los jóvenes cortan con el hombro y luego se quejan.

Nadie me ha enseñado a vendimiar. He cogido las tijeras como me ha parecido natural.

Y lo natural, al parecer, era la muñeca de mi padre.

—¿Quién era don Tomás? —pregunto. Me sale la voz más fina de lo que quiero.

Anselmo se encoge de hombros. Mira la viña, no a mí.

—El otro. —Le da otro trago al porrón y se seca la boca con el dorso de la mano—. Aquí antes había dos jefes, señorita. Luego hubo uno.