La nuera Capítulo 5. Nicho siete
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Capítulo 5. Nicho siete

—… y por el alma de Tomás, Señor, que no tuvo quien rezara por él en esta casa.

Me quedo quieta en el penúltimo escalón, con las zapatillas en la mano.

El calado de los Montalbán está excavado en la roca, a doce metros bajo la cocina: una bóveda de sillería larga como la nave de una iglesia, con barricas de roble apiladas a los lados y, al fondo, una fila de nichos con rejas de hierro y placas de esmalte blanco.

Huele a madera húmeda y a vino dormido. En alguna parte cae una gota, siempre en el mismo sitio, con la paciencia de algo que lleva así cien años.

Remedios está sentada en un taburete, bajo una bombilla desnuda, con un rosario de cuentas de madera entre los dedos y un llavero enorme en el regazo. Treinta o cuarenta llaves de todos los tamaños.

Me ve. Termina el avemaría. Besa la cruz.

Luego apaga la bombilla y enciende una linterna pequeña.

—Aquí abajo no hay cobertura —dice—. Y de noche no baja nadie.

—Estaba rezando por mi padre.

—Llevo veintisiete años rezando por tu padre, niña. Hoy por fin tenía a quién decírselo.

* * *

Me siento en una barrica tumbada, frente a ella. La linterna apunta al suelo, entre las dos. Remedios me mira en silencio, igual que en la cocina.

—Tu padre te traía en la vendimia —dice al fin—.

Tendrías cinco años, seis a lo sumo. Te sentaba en la mesa grande y yo te ponía mosto en un vaso de duralex, de los verdes, y te ponías perdida, hasta los calcetines.

Él te miraba con esos ojos que tienes. —Se toca el pecho con la mano abierta—.

En el banquete, cuando te ataste el delantal y te volviste a sentar tan tranquila, te miré a la cara y era él.

No me acuerdo de esa cocina. Ni del mosto, ni del vaso verde. De mi padre tengo poco, y casi todo prestado: frases de mi madre, cuatro fotos, una chaqueta de pana que olió a tabaco de liar durante años en el fondo de un armario.

Y esta mujer me acaba de devolver una tarde entera.

—Lo sabes desde el sábado —le digo.

—Desde el sábado. Y no se lo he dicho a nadie. —Tiende la mano—. Enséñamela.

—¿Cómo sabes que hay algo que enseñar?

—Porque tu madre vino a verme. —Baja la mano—.

En el verano del noventa y nueve, al mercado de Haro, un jueves.

Te traía de la mano. Me dijo que Tomás le había dejado una carta, que en la carta ponía que él no había firmado nada, y que si yo había visto algo en esta casa, lo dijera. Delante de un juez.

—¿Y qué le dijiste?

—Que no había visto nada. —Se le arruga la barbilla—. Y me fui a casa con la compra a medias. Tu madre se quedó allí, entre los puestos, contigo de la mano. No me lo he perdonado nunca.

Le doy el sobre.

Remedios desdobla la carta con mucho cuidado, por sus pliegues gastados. Lee las cinco líneas moviendo los labios, sin voz. Cuando llega a la última, la linterna empieza a temblarle.

—Es su letra —dice—. Tenía prisa hasta para escribir. Dejaba las letras abiertas, sin cerrar, como si le diera pena terminarlas.

—¿Cómo era?

—Silbaba. Todo el día, por el calado, por las viñas, siempre la misma canción, una de Serrat.

Desafinaba. —Casi sonríe—. Y se reía muy alto.

Don Gonzalo era el serio. Tu padre era el que hacía que la gente quisiera trabajar aquí.

El primer día que vino a esta casa, con los planos de la bodega debajo del brazo, me llamó de usted.

«Remedios, ¿usted cómo toma el café?» En siete años de servir aquí, nadie me lo había preguntado.

Me guardo cada palabra. Las cuento, igual que cuento los escalones.

—Él decía la verdad —dice—. Yo lo vi.

—¿Qué viste?

Dobla la carta por los pliegues viejos y me la devuelve.

—Aquella primavera, la del noventa y nueve, había luz en la cocina de madrugada.

Muchas noches. Una vez bajé a por agua porque mi niño tenía fiebre.

Había una mujer en la mesa grande, con un papel de la oficina y otro papel fino encima, transparente.

Copiando. Una letra de hombre, inclinada. Una vez, y otra, y otra.

—¿Quién era?

Remedios se levanta.

—No me preguntes eso.

* * *

Echa a andar entre las barricas, hacia el fondo, con el haz de la linterna saltando sobre la piedra. La sigo.

A mitad de la bóveda se para y alumbra una barrica distinta de las demás. Más vieja, más oscura, con los aros de hierro comidos de óxido, apartada en un rincón sobre dos calzos de madera. No tiene número de lote. No tiene tiza.

En la tapa, grabadas a punta de navaja, hay dos iniciales y un año.

«T. S. — G. M. 1998».

—La primera barrica que llenaron —dice Remedios—.

La grabaron una noche de agosto, con una botella de orujo y una navaja de don Tomás.

Yo les subí unos huevos fritos a las tres de la mañana.

—Pasa la luz por las letras—. Doña Victoria mandó quitarla del calado tres veces.

Don Gonzalo la volvió a bajar tres veces. Al final la dejó en paz.

Pongo los dedos en la te. La madera está fría y lisa en los bordes de la letra, gastada por alguna mano que la ha tocado muchas veces.

No son mis dedos los primeros.

—Remedios. Por favor.

—Mi hijo es capataz en esta bodega. Mi casa es de los Montalbán.

Mi marido está enterrado en un nicho del cementerio de Haro que pagó don Gonzalo cuando no teníamos ni para la caja.

—Se para en seco y se vuelve—. Si yo hablo, niña, nos vamos a la calle los dos, mi Julio y yo.

Y a ti no te cree nadie. Yo soy la criada y tú eres la nuera que llegó con lo puesto.

Tiene razón. Y lo peor es que lo sé.

En Madrid lo arreglaría con una cifra. Le ofrecería un contrato, un abogado, una casa a su nombre. Pero esta mujer no está hablando de dinero. Está hablando de miedo. Y el miedo no se compra con descuento.

—No te pido que hables ahora —le digo—. Te pido que no te olvides de lo que viste.

—Llevo veintisiete años intentando olvidarlo. —Se le quiebra la voz—. No me sale.

Se detiene delante del último nicho de la fila. Placa de esmalte blanco, el número pintado en negro: siete. La reja tiene una cerradura pequeña, comida de óxido. Remedios busca en el llavero una llave diminuta con un hilo rojo atado al ojo.

No la mete en la cerradura. Solo la toca con la yema de los dedos, como quien toca una medalla.

—Aquí dentro está lo que queda de tu padre en esta casa —dice—. Nadie abre este nicho desde hace años.

—¿Y esa llave?

—Me la dio él. —Hace girar el hilo rojo entre los dedos—.

El día que llenaron el nicho con las botellas del primer año.

Me dijo: «Remedios, una vez al año, por San Juan, les quita usted el polvo, que el vino viejo es como la gente mayor: agradece una visita».

—Se le escapa algo parecido a una risa—.

Nunca la he usado. Ni para el polvo. No me he atrevido.

—¿Por qué sigues aquí, Remedios? Después de todo.

Tarda en contestar. La gota cae en su sitio de siempre.

—Porque si me voy yo, aquí abajo no reza nadie por él.

—¿Qué hay dentro?

—Vino.

Y apaga la linterna.

* * *

Nos quedamos a oscuras. El roble. La gota.

Siento su mano áspera, la del agua caliente, cerrarse sobre mi muñeca. La misma que me marcó Victoria ayer en el comedor. Esta no me hace daño. Me sujeta.

Y en la oscuridad, sin avisar, se me rompe algo.

No lloro desde el entierro de mi madre. Ni en el tanatorio, ni en el piso vacío, ni cuando firmé la compra de la deuda con su anillo en el dedo.

Lloro ahora, sentada en una barrica, a doce metros bajo tierra, delante de una mujer que me vio con un vaso de mosto hace toda una vida.

Lloro sin ruido, con la boca cerrada, para que no se oiga en la escalera.

Remedios no dice nada. No me suelta la muñeca hasta que paro.

—Esa carta, guárdala donde nadie la busque —me dice al oído—. En esta casa se registran los bolsos.

—¿Quién los registra?

—Vete a dormir. Y no bajes aquí sola nunca. De noche, en esta casa, siempre hay alguien despierto.

Arriba, muy lejos, cruje un peldaño.

Remedios me aprieta la muñeca. Nos quedamos quietas en la oscuridad, sin respirar, escuchando. Un roce. Un clic pequeño, metálico, el de un mechero que no prende a la primera. Luego nada.

Contamos hasta cien. Ella lo cuenta moviendo los labios; lo sé porque noto su aliento en la oreja.

—Ya —dice al fin—. Sube tú primero. Si hay alguien, has bajado a por agua y te has perdido. Eres nueva. A las nuevas se les perdona perderse.

Subo delante de ella, a tientas, con una mano en la pared fría y la otra apretando el sobre en el bolsillo de la bata. Cuento los escalones para no pensar. Doce metros. Cuarenta y ocho escalones.

En el último, justo antes de la puerta de la cocina, mi pie descalzo pisa algo pequeño y caliente.

Me agacho.

Es una colilla. Todavía encendida.

La apago con los dedos. Me la guardo en el bolsillo de la bata, junto al sobre.

Cuando entro en el cuarto, Álvaro está sentado en la cama con la lámpara de la mesilla encendida.

—¿Dónde estabas?

—Abajo. Bebiendo agua.

Me mira los pies. Los tengo negros de polvo de piedra hasta los tobillos.

—Hueles a bodega —dice.

—Es que la cocina huele a bodega. Esta casa entera huele a bodega.

Se queda callado un momento. Luego aparta la sábana para que me meta.

—Mañana te compro unas zapatillas —murmura, ya con los ojos cerrados—. No se baja descalza a esa cocina en septiembre. Se coge frío.

Apaga la luz. Me pasa el brazo por encima, como todas las noches, y en dos minutos respira hondo.

Yo me quedo despierta con la colilla en el bolsillo y los pies helados contra sus piernas. No me ha preguntado nada más. No sé si es porque se lo cree, o porque no quiere saberlo.

En esta casa fuman dos personas.

Y una de ellas duerme pared con pared con mi cama.