La nuera Capítulo 4. La llave de la cinta verde
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Capítulo 4. La llave de la cinta verde

El martes a las once, un taxi de Logroño frena al pie de la escalinata y de él baja la mujer del vestido verde botella.

Hoy lleva gafas de sol, abrigo claro y tres maletas de piel color camel que el taxista saca del maletero de una en una, resoplando. Victoria sale a recibirla con los brazos abiertos. Dos besos. Un tercero, más largo, como a una hija que vuelve de lejos.

Yo estoy en el último peldaño con un cesto de ropa recién recogida en la cadera.

—Cristina se queda con nosotros hasta la venta —me dice mi suegra, sin mirarme—. Va a llevar los papeles de los franceses.

Cristina se baja las gafas hasta la punta de la nariz. Me repasa de arriba abajo: los vaqueros, la camisa remangada, el cesto.

—Tú debes de ser la del delantal. Me han hablado mucho de ti.

—Qué curioso —le digo—. A mí nadie me ha hablado de ti.

Se le borra la sonrisa de golpe. Victoria la coge del brazo y se la lleva dentro hablando de otra cosa.

Julio, el capataz, que hoy hace también de chófer, sube las maletas por la escalera principal. Victoria le ha dado a Cristina la habitación de invitados del primer piso.

La que está pared con pared con la nuestra.

* * *

Las sábanas de esa habitación las hacemos Remedios y yo. Nadie me lo pide; subo detrás de ella con el cesto y me pongo al otro lado de la cama.

Remedios no me dice que no. Estira la bajera desde su lado y yo desde el mío, y la tela se tensa entre las dos con un chasquido. Huele a lavanda y a sol. Doblamos las esquinas a la vez, sin mirarnos.

—¿Esta noche? —le pregunto, muy bajo, mientras metemos la almohada en la funda.

—A medianoche. Como dice el papel. —Da dos golpes a la almohada con la palma—. Y quita esa cara, niña, que la señorita Cristina lo mira todo y lo cuenta todo.

—¿A quién se lo cuenta?

Remedios coloca la colcha, la alisa con las dos manos y no contesta. En la puerta se vuelve y mira la cama, perfecta, como una tarta antes de cortarla.

—A quien le paga las maletas —dice. Y se va.

* * *

A la hora de comer, Victoria reparte los sitios como quien reparte cartas en una partida que ya tiene ganada.

Cristina, a la derecha de Álvaro. Bea, enfrente.

Lasa, que ha venido a comer con su hija, junto a Gonzalo.

Y yo, en el último sitio, el que está pegado a la puerta de servicio, por donde entra y sale Remedios con las fuentes.

—Así ayudas si hace falta —dice Victoria—, que tú de eso sabes.

—Desde luego, Victoria. Y desde aquí oigo todo lo que se dice en la cocina.

Bea se atraganta con el agua. Cristina se ríe con la boca cerrada y me pasa el pan sin mirarme.

Durante la comida, Cristina habla de Burdeos, de los Delorme, de su máster de derecho mercantil en París, de una cata en Saint-Émilion y de un verano en Menorca con Álvaro que nadie le ha preguntado. Álvaro mastica con la cabeza baja. Lo noto rígido a mi lado; cada frase de Cristina le cae encima.

No sé qué me molesta más: el verano en Menorca o lo bien que le sale a ella contarlo.

—En Menorca fue donde te mareaste en el barco, ¿verdad, Cristina? —pregunta Gonzalo, con los ojos en el plato—. Álvaro tuvo que volver a puerto a las dos horas. Me lo contó él.

A Cristina se le queda la copa en el aire. Bea se tapa la boca con la servilleta. Álvaro mira a su padre con la boca abierta.

Gonzalo sigue cortando su cordero. No me mira. No hace falta.

En un momento dado abre el bolso para buscar el móvil y saca antes el llavero. Lo deja sobre el mantel, junto a su copa. Entre las llaves del coche y del despacho hay una antigua, de hierro, larga, con el ojo en forma de trébol y una cinta de raso verde anudada.

—¿Todavía la tienes? —pregunta Álvaro.

—Nunca me la pidió nadie —dice Cristina. Y mira a Victoria.

Victoria se lleva la copa a los labios.

Es la llave de esta casa.

—Como si fuera suya —murmura Bea, y nadie sabe si lo dice con asco o con envidia.

* * *

Con el segundo plato, cordero asado con patatas, Victoria saca el folleto que quieren hacer para Burdeos. La historia de la casa contada bonita, para los franceses.

—Habrá que contar bien los principios —dice—. Desde el noventa y ocho. Íñigo, tú te acuerdas de todo. Lo del noventa y nueve también.

Lasa se está sirviendo agua. La jarra golpea dos veces el borde del vaso y salpica el mantel. Deja la jarra con mucho cuidado. Esconde la mano derecha bajo la mesa.

—Eso ya está todo en los papeles —dice, sin levantar la vista.

A un hombre de setenta y un años le puede temblar la mano por mil razones.

Saco la libreta negra del bolsillo trasero, por debajo del mantel, y apunto: «Martes 8, 14:20. Lasa. Noventa y nueve. Jarra».

Es la tercera línea que escribo sobre él. La primera es de la boda.

* * *

Por la tarde, Cristina hace su jugada.

Desde el despacho de Gonzalo, con Victoria inclinada sobre su hombro, escribe al fondo de Madrid. Se presenta como abogada de la familia para la venta y pide acceso inmediato a toda la documentación de la deuda: contrato, garantías, historial, comunicaciones con el banco. Con copia a Julián Rey.

Julián me reenvía el correo a los cuatro minutos. En el asunto, una sola palabra: «¿Qué hago?».

Si Cristina ve el expediente, verá quién lo lleva. Mi nombre completo está en la segunda página.

Estoy en el jardín de atrás podando un rosal que nadie me ha pedido que pode. Me quito un guante con los dientes y escribo con los dedos manchados de tierra:

«Contesta con el reglamento interno: solo tratamos la documentación con el abogado titular del deudor. Ni colaboradores ni familiares. Cita el artículo. Que suene a máquina».

A las siete llega la respuesta del fondo al despacho.

No la veo llegar: la oigo. Bea la lee en voz alta en el salón, indignada, paseando con el portátil en las manos.

El fondo agradece el interés, pero solo tratará la documentación con don Íñigo Lasa.

No con colaboradores de su despacho. Ni con familiares suyos.

Cristina se pone roja hasta las orejas.

Victoria le acaricia el brazo y le dice que no tiene importancia, que esa gente de Madrid es así.

Yo entro en ese momento con una bandeja de aperitivos.

—¿Aceitunas?

* * *

Media hora después, Cristina me encuentra en el jardín de atrás, con el rosal a medias y la tijera en la mano.

Viene sin abrigo, con los brazos cruzados contra el fresco de la tarde. Se para a dos metros. Mira el rosal, no a mí.

—Esas no se podan en septiembre —dice—. Se podan en febrero. Lo sabe cualquiera que haya crecido en una casa con jardín.

—Entonces no lo sabe cualquiera.

—No. —Se acerca un paso—. Te voy a ahorrar trabajo, Lucía. Conozco a Álvaro desde que teníamos quince años. Sé lo que hace cuando algo le pesa: se va a la viña, se pasa tres días sin hablar, y vuelve. Siempre vuelve. A lo de siempre.

—¿Y lo de siempre eres tú?

—Lo de siempre es esta casa. —Sonríe—. Yo vengo incluida.

Corto una rama seca. Cae a mis pies.

—Esta noche, en el porche, te va a poner su jersey sobre los hombros —dice—. El azul, el de cuello alto. Me lo ponía a mí. En Menorca, en el barco. En el Espolón, en Navidad. Es lo que hace cuando no sabe qué decir.

No contesto. No porque no tenga respuesta. Porque me duele, y no quiero que lo vea.

Ella lo ve igual.

—Buenas noches, señora Montalbán —dice, y se va por el sendero de grava, con la cabeza alta y la cinta verde de la llave asomándole por el bolsillo del pantalón.

Me quedo con la tijera abierta en la mano hasta que se me enfrían los dedos.

* * *

Después de cenar, Álvaro me lleva de la mano al porche de atrás, el que mira a la viña vieja. Nos sentamos en el escalón de piedra. Baja aire del monte, oliendo a tomillo, y él se quita el jersey azul de cuello alto y me lo pone sobre los hombros sin preguntar.

Me lo quito y se lo devuelvo.

—Tengo calor —le digo.

Es mentira. Él lo sabe, y no pregunta.

—Siento lo de Cristina —dice—. Te juro que no sabía que mi madre iba a meterla en casa.

—¿Estuviste enamorado de ella?

Lo pregunto sin pensarlo. Me sale de un sitio que no controlo.

Él tarda en contestar. Arranca una brizna de hierba del borde del escalón y la dobla entre los dedos.

—Estuve siete años haciendo lo que se esperaba de mí, Lucía. La carrera que quería mi padre. Las fiestas que quería mi madre. La novia que les gustaba a los dos. —Tira la brizna—. Contigo es la primera vez que elijo algo yo.

Se vuelve hacia mí.

—¿Y tú? ¿Has elegido algo alguna vez sin que nadie te lo pidiera?

Pienso en una hoja de cálculo, un día de marzo, y en una fila con su apellido.

—Una vez.

—¿Y salió bien?

—Todavía no lo sé.

Se ríe bajito. Me besa la sien.

Me quedo mirando las cepas, que en la oscuridad parecen viejos encorvados a mitad de camino. Este hombre acaba de decirme que soy lo único que ha elegido en su vida.

Y yo lo elegí a él en una feria, con una carpeta de balances en el bolso.

Le cojo la mano. Está caliente.

Tengo miedo. No de Victoria. No de Cristina.

Del día en que él se entere.

* * *

A las once y media, mientras Álvaro se ducha, la televisión de Cristina se calla al otro lado de la pared. La oigo hablar por teléfono. La pared de esta casa es de ladrillo viejo, y su voz pasa entera.

—No, papá. Victoria no sabe nada de eso. —Una pausa—. Porque me lo ha preguntado ella, por eso te llamo. Quería saber qué pasó en el noventa y nueve, para el folleto de los franceses.

Me quedo quieta, sentada en la cama, con el peine en la mano.

—Vale. —Otra pausa, más larga—. Vale, papá. No pregunto. Pero no me hables así, que no tengo quince años.

Cuelga. Al rato vuelve a sonar la televisión, más alta que antes.

Lasa le ha dicho a su hija que no pregunte. Lo anoto en la libreta, debajo de la jarra.

A medianoche la casa duerme. Álvaro respira hondo a mi lado. Al otro lado de la pared, la televisión de Cristina murmura todavía, muy bajita.

Me pongo la bata. En el bolsillo meto el sobre de seda con la carta de mi padre. He dudado todo el día si llevarla. La llevo.

Bajo descalza por la escalera de servicio, con las zapatillas en la mano para que no suenen los peldaños.

La puerta del calado está al fondo de la cocina, detrás de una cortina de hule. Baja, de madera claveteada, con una escalera de piedra en espiral que se hunde en la oscuridad.

Solo que hoy no está a oscuras.

Desde abajo, por el hueco de la escalera, sube una luz amarilla. Y un murmullo que tardo en entender.

Alguien, ahí abajo, está rezando por mi padre.