La nuera Capítulo 3. Lo que vino a buscar
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Capítulo 3. Lo que vino a buscar

Gonzalo se levanta el primero y no sale por la puerta del pasillo. Sale por la de servicio.

Le sigo con la bandeja vacía como excusa.

Lo encuentro en la despensa, una habitación estrecha y fresca que huele a harina, a pimentón y a madera vieja.

Está de espaldas, entre sacos de legumbres, con una mano apoyada en la estantería.

Saca del bolsillo un frasco de plástico sin etiqueta, se echa dos pastillas en la palma y se las traga sin agua.

Luego tose.

No es una tos de resfriado. Es larga, húmeda, de las que doblan a un hombre por la mitad y lo dejan apoyado en la madera con los ojos cerrados.

Doy un paso atrás. La tarima cruje.

Gonzalo se endereza de golpe y guarda el frasco. Cuando se vuelve ya tiene su cara de siempre: seria, cansada, educada. La de un hombre que no le ha dado una explicación a nadie en cuarenta años.

—¿Necesitas algo, Lucía?

—Buscaba el azúcar.

Señala un tarro de cristal a la altura de mis ojos, justo delante de mí. Lo cojo. Al salir, se para en el umbral y me mira la mano. El anillo.

Esta vez no aparta los ojos a tiempo.

Y yo tampoco.

* * *

A mediodía saco el coche de Álvaro y lo aparco al final de un camino de tierra, entre cepas, donde no llega nadie. Subo las ventanillas.

—Buen trabajo lo del aval —dice Julián nada más descolgar—. La madre ha tragado. No me lo esperaba tan pronto.

—Julián. Lo de los franceses.

—Lo de los franceses es una noticia excelente. —Le oigo teclear—. Si Delorme compra, cobramos el cien por cien de una deuda que pagamos al setenta. Nueve millones de beneficio en un mes.

—Si venden, esa familia sale limpia.

—Si venden, tú te llevas un bonus que no has visto en tu vida. —Una pausa. Un claxon al otro lado del teléfono, en la Castellana—. A mí me da igual quién pague. Lo sabes.

Lo sé.

En marzo, en una hoja de cálculo, entre una fábrica de muebles de Valencia y una cadena hotelera de Canarias, apareció un nombre: Bodegas Montalbán.

Treinta millones de deuda, con la viña, el calado y las existencias como garantía.

El banco quería quitársela de encima con descuento.

Me quedé mirando aquella fila tanto rato que se me apagó la pantalla.

Entré en el despacho de Julián y le dije que valía más de lo que pedían por ella. Me hizo tres preguntas, las tres de números. Dijo que sí.

No le hablé de mi padre. Ni entonces ni nunca.

—Y otra cosa, Lucía —dice ahora—. Los Montalbán no son tu familia. No te encariñes. Mientras tu nombre no salga en ningún papel que ellos lean, tu boda es asunto tuyo. Y ventaja mía.

Cuelga.

Me quedo mirando las viñas por el parabrisas. Los racimos cuelgan ya negros, pesados, con esa capa de polvo blanco que aquí llaman pruina.

No te encariñes.

Hace catorce meses ya era tarde para eso.

Fue en una feria del vino en Madrid, en un pabellón de Ifema que olía a moqueta nueva y a tinto derramado.

Llevaba tres semanas preparando aquella tarde.

Me había aprendido el catálogo de Bodegas Montalbán, las añadas, los premios, el nombre del tonelero que les vendía las barricas.

Me había comprado una chaqueta que no era ni de oficina ni de fiesta, para no parecer compradora ni curiosa.

Llegué al expositor de los riojas a las seis y diez. Él estaba detrás del mostrador, con la camisa remangada y una mancha de vino en el puño, peleándose con un sacacorchos que no quería salir.

—¿Me deja? —le dije.

Le quité la botella, la sujeté entre las rodillas como mi madre sujetaba los botes de conserva, y el corcho salió entero. Se me quedó mirando.

—¿Dónde ha aprendido eso?

—En una cocina. —Le devolví la botella—. ¿Puedo hacerle una pregunta sobre barricas?

Era la pregunta que había preparado la noche antes: por qué una bodega pequeña de la Rioja Alta seguía comprando roble francés de grano fino cuando las de su tamaño se habían pasado al americano. Sabía que le iba a encantar contestarla. Lo que no sabía era cómo.

Estuvo veinte minutos hablando. De la madera, que respira. De su padre, que no dejaba entrar un tonel americano en el calado. De una viña vieja que daba poco y daba bien. Hablaba con las manos, y cada vez que se le escapaba una palabra técnica se paraba a preguntarme si me estaba aburriendo.

No me aburría. Ese fue el primer problema.

A las seis y media, una periodista se acercó al mostrador y él le pidió que esperase un momento. A las siete menos cuarto se lo pidió a un distribuidor alemán. A las siete apagaron las luces del pabellón y nos quedamos los dos en la penumbra, con la botella a medias y dos copas de cata.

—No sé cómo te llamas —dijo, tuteándome por primera vez.

—Lucía.

—Lucía qué.

—Ibarra.

Lo apuntó en el reverso de una ficha de cata, debajo de su teléfono, y me la dio.

—Por si tienes más preguntas sobre barricas.

Nadie pregunta nunca por el segundo apellido. Él tampoco lo hizo.

Era el plan. Entrar en la casa. Buscar el papel que mi madre no encontró nunca.

Lo que no estaba en el plan era que se riera echando la cabeza atrás, como mi padre en las cuatro fotos que tengo de él. Ni que me llevara a ver amanecer entre las cepas en pleno enero, con escarcha, solo para enseñarme que el sol toca primero las viñas viejas.

Ni aquel martes de febrero en mi piso de Lavapiés.

Él cocinaba unos espaguetis malísimos, con demasiado ajo, y me contaba algo sin importancia sobre un tractor atascado en una cuneta.

Yo lo miraba desde el sofá, con una copa en la mano.

Se volvió a buscar la sal. Y en ese momento, sin ningún motivo, supe que si algún día tenía que elegir entre él y mi padre, alguien iba a perder.

Todavía no sé quién.

Tengo dos relojes en marcha. El de la deuda y el de la venta. Los dos se paran el mismo lunes.

Y un tercero que no sé leer.

* * *

A media tarde, cuando bajo a la cocina a por agua, encuentro en la mesa pequeña, junto al fregadero, un tarro de cristal con una crema amarillenta y un papel debajo. Árnica. Huele a monte y a farmacia de pueblo.

En el papel, con la letra redonda de colegio antiguo, pone una sola palabra.

«Muñeca».

Remedios está de espaldas, pelando patatas. No se vuelve.

Me unto la crema allí mismo, de pie, mientras ella pela. Ninguna de las dos dice nada. Cuando dejo el tarro en la mesa, ella alarga la mano sin mirar, lo coge y lo guarda en el bolsillo del mandil.

Es la primera vez en mi vida que alguien de esta casa me cura algo.

* * *

A las seis, Victoria me manda llamar al saloncito de la planta baja.

Estoy a solas con ella. Una habitación pequeña, forrada de seda verde, con un escritorio de marquetería y el retrato al óleo de un hombre de bigote blanco. Encima del escritorio, abiertos, los papeles del aval. Han llegado por mensajero a las cuatro. Al lado, una cuartilla en blanco.

—Siéntate.

No me siento.

Victoria no se ofende. Destapa la estilográfica negra y, en la cuartilla, escribe su nombre. Victoria Garay. Debajo, otra vez. Escribe como respira: limpia, rápida, sin una duda.

—Esto lo firmo el miércoles, delante de Íñigo —dice, sin levantar la vista—. Mi abogado dice que es un trámite. Treinta días, y los franceses pagan. ¿Tú qué opinas? Tú entiendes de fondos, ¿no? Trabajas en uno.

—Trabajo en análisis financiero.

—Análisis. —Escribe su nombre por tercera vez—. Qué palabra tan bonita para mirar las cuentas de los demás.

Deja la pluma. Me mira por fin.

—Te voy a decir una cosa, Lucía, para que no perdamos el tiempo ninguna de las dos.

Mi hijo se ha casado contigo porque está enamorado.

Me parece muy bien. Los hombres de esta familia se enamoran mal y deprisa: es de herencia.

Pero esta casa no la sostiene mi hijo. La he sostenido yo, treinta años, con estas manos, mientras su padre miraba las viñas.

Las levanta. Son blancas, con las uñas color carne y un solitario en el anular que vale más que mi piso de Lavapiés.

—Así que vas a hacer lo que hacen las nueras listas. Vas a ser simpática en las comidas, vas a salir guapa en las fotos, y no vas a bajar al calado, ni a la viña, ni al despacho de mi marido. —Sonríe—. Ni a la cocina.

—¿Por qué a la cocina no?

—Porque ahí está tu delantal, querida. Y yo ya sé que te queda bien.

Vuelve a coger la pluma. La audiencia ha terminado.

Al salir me fijo en el retrato. El hombre del bigote blanco mira la habitación con los mismos ojos claros de su hija. Debajo, en una placa de latón, hay un apellido.

Garay.

En la escalera me cruzo con Bea, que baja con el bolso al hombro y las llaves del coche en la mano.

—¿Te ha dado la charla? —pregunta, sin pararse del todo—. La de las nueras listas.

—Me la ha dado.

—A mí me dio la de las hijas listas. A los quince. —Se sube las gafas de sol a la cabeza, aunque ya está anocheciendo—. Ser simpática, salir guapa en las fotos y no meterse en el despacho de papá. Lo cumplí todo menos lo de simpática.

Baja dos peldaños más y se vuelve.

—No te creas que te tengo lástima, ¿eh? Es que me hace gracia. Llevo treinta y nueve años esperando a que alguien le lleve la contraria a mi madre en su propia casa.

Se va antes de que pueda contestarle. Oigo el motor de su coche en la grava y luego nada.

* * *

Por la noche, Álvaro sale de la ducha con el pelo mojado y se mete en la cama oliendo a jabón de almendra. Me busca la cintura por debajo de la sábana.

—Hoy has estado muy callada —murmura contra mi cuello.

—Tu madre me ha marcado la muñeca.

Se queda quieto. Enciende la lámpara. Me coge la mano y gira el brazo hacia la luz. Las cuatro marcas ya están moradas.

—Mañana hablo con ella.

—No. —Le apago la lámpara—. Mañana no hablas con nadie.

—Lucía…

—Ven aquí.

Lo beso para que se calle. Funciona. Funciona siempre, y es lo que más miedo me da: que con él no tengo que fingir esto. Que esto, precisamente esto, es lo único verdadero que traigo a esta casa.

Después, con la cabeza sobre su pecho y su corazón todavía deprisa debajo de mi oreja, le pregunto por la silla.

—¿Por qué nadie se sienta en la cabecera?

—Mi padre no se ha sentado ahí nunca. —Bosteza—. Cuando yo tenía diez u once años me senté una vez, jugando a ser el jefe. Me levantó del brazo sin decir nada. Me hizo daño. Es la única vez que le he visto enfadado de verdad.

—¿Y qué te dijo?

—Que ese sitio no era suyo. —Se ríe bajito, ya medio dormido—. Mi madre dice que son manías de viejo.

Se duerme enseguida, con un brazo encima de mí.

Yo no.

Me quedo mirando el techo, haciendo girar el anillo con el pulgar. Pienso en una silla que nadie ocupa desde hace años en una casa que fundaron dos hombres.

Pienso en quién sería el otro.

Lo sé, claro. Pero esta noche me pregunto si Gonzalo también lo piensa cada mañana.

* * *

A la una menos cuarto, alguien roza la puerta del dormitorio.

No es una llamada. Es un roce de nudillos, leve, casi un arañazo.

Me levanto sin encender la luz y abro una rendija. En el pasillo no hay nadie. Solo la lámpara amarilla del rellano y el tictac del reloj de pie.

En el suelo, a mis pies, hay un papel doblado en cuatro. Una hoja de las que se usan en la cocina para apuntar la compra, con una esquina manchada de aceite.

La desdoblo junto a la ventana, a la luz de la luna sobre las viñas. Letra redonda, de colegio antiguo, a lápiz y apretando mucho.

«Mañana a medianoche. En el calado. Baja sola.»

Debajo hay una línea más, con otra presión en el lápiz. Escrita después, y pensada mucho.

«Y trae lo que te dio tu madre.»

Lo que me dio mi madre es una carta de cinco líneas.

Nadie en esta casa sabe que existe.