Capítulo 2. El fondo de Madrid
—Aquí no —dice Remedios, de espaldas, con las manos otra vez dentro del agua—. Ahora no.
Recojo la copa del suelo. La dejo en el escurridor. Espero una frase más, una amenaza, un nombre, lo que sea.
No llega nada. Solo el ruido del grifo y, arriba, el pasodoble.
Subo la escalera de servicio con las piernas de otra persona. En el rellano me choco con Álvaro, que viene a buscarme con la pajarita deshecha y la frente brillante.
—¿Dónde te habías metido? La tía Asun quiere despedirse de ti.
—Estaba ayudando en la cocina.
Se ríe y me besa la frente.
—Eres imposible.
Si supieras, pienso. Y le sonrío.
* * *
El domingo, la casa amanece llena de vasos sucios y de manteles manchados de vino.
Los invitados de fuera se van después de comer, en una procesión de coches que levanta polvo por el camino de los álamos.
Victoria se encierra en el despacho de Gonzalo con el teléfono. Bea se va a Logroño sin decir para qué.
Álvaro me lleva a la viña vieja.
Nos sentamos en el murete de piedra que separa las cepas del camino, con las piernas colgando, como dos críos. Él arranca un racimo, lo limpia en la camisa y me pone una uva en la boca. Está caliente de sol, dulcísima, con una pepita amarga en el centro.
—Ochocientos kilos por hectárea —dice—. La de abajo da seis mil. Mi madre quiere arrancarla y plantar otra cosa. Mi padre no deja ni que se le acerque una máquina. Es lo único en lo que le he visto llevarle la contraria en treinta años.
—¿Y por qué?
—Nunca lo dice. Mi padre no explica nada. Lo hace y ya.
—¿Y tú? ¿Le llevas la contraria a tu madre?
—Yo me voy a la viña. —Se encoge de hombros—. Es otra forma.
Me besa. Sabe a uva y a la resaca de ayer. Le meto los dedos en el pelo y por un momento no hay deuda, ni carta, ni apellido. Solo él y el sol de septiembre en la nuca.
Se aparta un poco y me mira de cerca, con los ojos entornados por la luz.
—Tú no eres de Madrid.
Se me para algo en el pecho.
—Claro que soy de Madrid.
—Dices «majo» como mi abuela. Y anoche, en el baile, le dijiste a la tía Asun que el chorizo «estaba de muerte». —Sonríe—. Eso no lo dice nadie en la Castellana.
—Mi madre era de Logroño. —Es verdad. Por eso me sale tan fácil—. Nos fuimos a Madrid cuando yo tenía catorce años.
—¿Y por qué no me lo habías dicho?
—Porque no me lo habías preguntado.
Me mira un segundo más. Luego me pone otra uva en la boca y se ríe, y yo me río con él, y la mentira se queda ahí, entre las cepas, a medio decir.
Cuando abro los ojos, miro hacia la casa.
En la ventana del despacho, en el segundo piso, hay una figura de pie detrás del cristal. Inmóvil. Mirando hacia la viña. Hacia nosotros. No se le distingue la cara, pero sí la postura: un hombre que se apoya en el marco para estar de pie.
Levanto la mano para saludar.
La figura se aparta de la ventana.
* * *
La cena del domingo es la primera en familia.
Victoria me sienta a su izquierda, que es el sitio de honor, y durante el primer plato es encantadora.
Me pregunta por Madrid, por mi trabajo, por los botones forrados del vestido.
Me sirve ella misma el vino. Bea la mira con una ceja levantada, como se mira a un gato que de pronto se pone a ladrar.
Con el segundo plato entra Remedios con la fuente del cordero, y Victoria deja de sonreír.
—Déjala ahí, Remedios. —Se vuelve hacia mí—. Sirve tú, querida. A ver cómo lo haces.
Remedios deja la fuente en el centro de la mesa y se aparta hasta la puerta de servicio, con las manos cruzadas sobre el mandil. Álvaro abre la boca. Le pongo la mano en la rodilla por debajo del mantel.
Me levanto. Cojo los cubiertos de servir.
Sirvo primero a Gonzalo, que es el mayor de la mesa: un trozo de pierna, sin grasa, porque le he visto apartarla en el banquete.
Luego a Victoria. Luego a Bea, a Álvaro, y al final a mí, el trozo más pequeño, el del borde.
Cuchara por la izquierda, sin rozar el plato con la fuente, sin una gota en el mantel.
Victoria me mira el plato. Luego me mira a mí.
—¿Quién te ha enseñado eso?
—Mi madre. Los sábados limpiaba en un restaurante de la calle Laurel, en Logroño. Me llevaba con ella y me sentaba en la cocina, y yo miraba a los camareros.
—Se nota —dice Victoria, y coge el tenedor.
Nadie habla durante un rato. Se oye el reloj del pasillo y el ruido de los cubiertos.
—Está muy bueno el cordero, Lucía —dice Gonzalo de pronto, sin levantar la vista—. Gracias.
Es la primera frase que me dirige en su casa.
* * *
Esa noche no duermo.
A la una, con la casa en silencio, me siento en la cama con el portátil sobre las rodillas y la pantalla al mínimo.
En un documento compartido, línea a línea, Julián y yo escribimos la reunión de mañana.
Cada objeción de Victoria, con su respuesta.
Cada silencio. El momento exacto en que hay que apretar.
Álvaro se da la vuelta y abre un ojo.
—¿Trabajas en tu luna de miel?
—La luna de miel es después de la vendimia. Lo dijiste tú.
—Lo dije yo. —Me pasa un brazo por la cintura y apoya la frente en mi cadera—. Pero no te pedí que te trajeras Madrid a la cama.
—Es solo un informe. Diez minutos.
—Diez minutos —repite, ya medio dormido—. Te cronometro.
Se queda dormido con la mano en mi pierna. Yo escribo con una sola mano para no despertarlo, y al final del documento, en rojo, pongo la última línea.
«Si piden tiempo, aval personal de Victoria. Con la casa de Portales».
Él respira tranquilo contra mi cadera. Le estoy preparando la ruina a su madre a veinte centímetros de su cara.
* * *
El lunes, a las nueve menos cinco, cruzo el pasillo de la planta baja con una bandeja de plata entre las manos.
Seis tazas de porcelana, una jarrita de leche, el azucarero, una cafetera de acero que pesa más de lo que parece.
Me la ha preparado Remedios sin preguntar y sin mirarme, y junto a mi taza del desayuno ha dejado un tarro de mermelada de albaricoque.
No la he pedido. Es la que me gusta desde niña. La que mi madre compraba los domingos en el mercado de Logroño, cuando todavía vivíamos allí y ella todavía tenía fuerzas para ir al mercado.
Esa mujer sabe quién soy. Y me pone mermelada. No sé si eso es una amenaza o un abrazo.
Empujo la puerta del comedor con el hombro.
—Las reuniones de la familia son para la familia, Lucía —dice Victoria desde el fondo de la mesa, sin levantar la voz.
—Solo traigo el café.
—Pues sírvelo y vete —dice Bea, sin levantar los ojos del portátil—. Y ponte el delantal, que para eso te lo regalaron.
—Me lo pondré, Bea. El día que haga falta.
Dejo la bandeja en el aparador. No me voy. Me quedo junto a la ventana, cafetera en mano, a tres metros de la mesa donde la familia de mi marido va a hablar de treinta millones de euros que no tiene.
La mesa del comedor es de nogal, para catorce. En la cabecera hay una silla de respaldo alto, tallada con hojas de parra, con el asiento de cuero agrietado. Vacía. Siempre vacía. Gonzalo se sienta en el lateral, a su derecha, como quien guarda el sitio a alguien que se retrasa.
Victoria preside desde el otro extremo, con Bea a un lado y Álvaro al otro. Álvaro me busca con la mirada y me guiña un ojo a escondidas. Frente a él, Íñigo Lasa abre una carpeta azul y saca una carta impresa en papel grueso.
La lee en voz alta. Membrete de un fondo de inversión de Madrid. Requerimiento formal de pago: treinta millones cuatrocientos mil euros entre principal e intereses. Vencimiento, cinco de octubre. Sin posibilidad de prórroga.
La redacté yo un jueves de agosto, en la planta once de un edificio de cristal de la Castellana, con un café de máquina y el aire acondicionado demasiado alto. Me sé cada coma.
Mientras Lasa lee, Victoria destapa su pluma, una estilográfica negra con el capuchón dorado, y escribe su nombre en el margen del papel que tiene delante. Victoria Garay. Debajo, otra vez. Y otra. Cada vez con la letra más limpia.
Yo también escribo cuando pienso. Pero yo escribo números.
* * *
—Es un fondo buitre —dice Bea cuando el abogado termina—. Compran la deuda por cuatro duros y luego te ahogan.
—Es un fondo —corrige Lasa—. Y tiene la ley de su parte.
A las diez en punto, Bea gira el portátil hacia el centro de la mesa. En la pantalla aparece un despacho con vistas a la Castellana, una planta en una esquina y un hombre de cincuenta y ocho años con gafas de montura fina y corbata azul.
Julián Rey. Mi jefe.
—Buenos días. Represento al fondo propietario de su deuda.
Me quedo detrás de la pantalla, fuera del encuadre, con el móvil en el bolsillo de la chaqueta y el pulso tranquilo. Me sé el guion de memoria. Lo escribí yo.
Bea carraspea.
—Llevamos semanas hablando por correo con alguien que firma «L. I. S.». ¿No va a estar?
—L. I. S. está de viaje —dice Julián sin pestañear—. Hablen conmigo.
Tres letras al pie de cada correo que esta familia ha recibido desde junio. Bea las tiene en su bandeja de entrada cada mañana.
Y no las ve.
Victoria empieza con encanto. La historia de la casa, las medallas de Burdeos y de Londres, tres generaciones de apellido en la Rioja Alta, la confianza entre caballeros. Julián la escucha con la cara de quien espera a que termine un anuncio.
—Señora Montalbán, el cinco de octubre se paga o se ejecuta. Mi fondo no refinancia. No es nada personal.
Victoria deja la pluma sobre el papel lleno de su nombre. Entrelaza las manos.
—Tenemos una oferta de compra. Un grupo de Burdeos, Maison Delorme. Quieren la bodega entera: la marca, las viñas, el calado, la casa. Con lo que paguen, su dinero estará en su cuenta antes del vencimiento.
Se me enfría el café en la mano.
Eso no estaba en ningún informe. Ni en las cuentas del registro, ni en los correos con el banco, ni en los meses de notas que llevo en una libreta negra.
Si venden la bodega entera antes del cinco de octubre, la deuda se paga, mi fondo gana dinero, y la mitad que le quitaron a mi padre desaparece para siempre dentro de un grupo francés que no ha oído su nombre en la vida.
Y la venta tiene fecha. El mismo lunes.
Saco el móvil sin mirar la pantalla. Escribo con el pulgar cuatro palabras.
«Ahora. El aval. Portales.»
En el portátil, Julián baja la vista hacia su teléfono, lee y vuelve a mirar a la cámara con la misma cara.
Bea levanta los ojos. Mira la pantalla. Me mira a mí. Vuelve a mirar la pantalla.
—¿A quién escribes tanto, Lucía?
—A mi jefe. En Madrid, los lunes no perdonan.
Me sonríe con media boca. De esas sonrisas que se guardan para luego.
—Me parece muy bien que vendan —dice Julián—. Pero hasta que vendan, el fondo quiere garantías. Un aval personal por el total de la deuda. Suyo, señora Montalbán. Con su patrimonio propio. La casa de la calle Portales, por ejemplo.
El silencio cae sobre la mesa como un mantel mojado.
La casa de Portales es el palacete de su padre en Logroño. Tres plantas, balcones de forja, un escudo de piedra sobre la puerta. Donde se crió. Donde se casó. La que sale en las revistas cada vez que alguien escribe sobre las grandes familias del vino.
—Eso es inaceptable —dice Lasa.
—Es la condición —dice Julián—. Sin aval, mañana pido el embargo preventivo de las existencias. Cada botella de su calado.
Victoria mira a Gonzalo. Gonzalo mira la silla vacía. Bea mira su portátil. Álvaro mira a su madre. Es la primera vez que la ve pedir algo.
—Mándeme los papeles —dice Victoria al fin, muy bajo.
La pantalla se apaga.
Apunto en mi cuenta mental: un delantal, una casa con escudo. Vamos uno a uno.
Me acerco a la mesa y le relleno la taza.
Victoria me sujeta la muñeca. Fuerte, con los dedos clavados en el hueso. Sin mirarme.
—Ni una palabra de esto fuera de esta mesa.
—Yo solo sirvo el café, Victoria.
Me suelta. En la piel de la muñeca me quedan cuatro marcas rojas.
Una por cada dedo.