La nuera Capítulo 1. El delantal
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Capítulo 1. El delantal

Treinta días antes, el cuchillo de plata golpea tres veces el cristal y doscientas personas se callan a la vez.

Victoria Montalbán se levanta en la mesa presidencial. Seda gris perla, el moño plateado sin un pelo fuera de sitio, las perlas de su madre sobre el escote. Levanta la copa hacia mí con la sonrisa que se le pone a una camarera nueva. Me mira la cara. Me mira la mano derecha. Solo un segundo.

—Por Lucía —dice—, que viene de una familia muy trabajadora. Su madre fregaba escaleras en Logroño. Así que le hemos traído algo para que no pierda la costumbre.

Una doncella con guantes blancos cruza el salón y deja delante de mi plato una caja de cartón atada con un lazo de raso.

No debería abrirla. La abro.

Dentro, doblado sobre papel de seda, hay un delantal. Blanco, almidonado, con una eme bordada en hilo dorado sobre el bolsillo. La eme de Montalbán.

La risa empieza en la mesa tres. Una risa corta, de mujer. Salta a la mesa de al lado, y a la siguiente, y se extiende por el salón como el vino derramado que busca el borde del mantel.

Siento el calor subirme por el cuello. Siento a Álvaro, a mi izquierda, quedarse de piedra. Siento doscientas caras esperando a que la novia llore.

Y sonrío.

Porque la deuda de treinta millones que va a hundir esta bodega lleva seis meses en un cajón de mi despacho de Madrid. Porque la compré yo. Porque la mujer que acaba de regalarme un delantal está brindando, sin saberlo, en una casa que ya no es del todo suya.

Me levanto.

El vestido cruje. Es de crepé marfil, con la espalda al aire y una fila de botones forrados. Nuria ha tardado veinte minutos en abrochármelos esta mañana, maldiciendo cada uno en voz baja. Saco el delantal de la caja. Lo despliego en el aire para que todo el mundo vea bien la eme dorada.

Y me lo ato a la cintura, encima de la seda. Un lazo firme a la espalda.

El salón se queda mudo. Nadie se ríe ya.

—Gracias, Victoria —digo—. Lo voy a cuidar mucho.

Me siento. Cojo el tenedor. Sigo comiendo el solomillo.

A mi izquierda, Álvaro aprieta la copa hasta que se le ponen blancos los nudillos. Busca algo que decir y no lo encuentra. Al otro lado de la mesa, Victoria se ha quedado de pie un segundo de más, con un brindis que ya no brinda por nada. Al final se sienta sin beber.

Solo una persona en la mesa presidencial no mira el delantal.

Gonzalo Montalbán, el padre del novio, el fundador de la casa, me mira la mano derecha. El pulgar con el que, sin darme cuenta, estoy frotando el anillo de mi madre: oro fino, una piedra verde muy pequeña. Lo hago desde niña, cuando pienso. No sé hacerlo de otra manera.

A Gonzalo se le ha puesto la cara del color del mantel.

Lo guardo en la memoria, como guardo en el trabajo los números que no cuadran.

* * *

—Lo siento —me susurra Álvaro, con la boca pegada a mi pelo—. De verdad. Mi madre es…

—Tu madre es tu madre.

Le cojo la mano por debajo del mantel. Tiene callos en la base de los dedos, de las tijeras de podar, y la piel caliente. Me la aprieta como si fuera yo la que se está ahogando.

Él no sabe nada. Esa es la parte que pesa.

Esta mañana, en la sala de barricas, entre velas y flores blancas, he firmado el libro de la boda con una pluma prestada. Con buena letra, sin prisa, como me enseñó mi madre: Lucía Ibarra Soler.

Casi nadie se fija en el segundo apellido. Me aseguré de ello a los dieciocho años, cuando le di la vuelta en el registro civil y puse el de mi padre detrás, donde nadie mira.

En esta casa, ese apellido estuvo en la etiqueta de la primera cosecha.

Después lo arrancaron.

* * *

En la mesa tres, la de las primeras risas, alguien vuelve a levantar la copa. Es Beatriz, la hermana de Álvaro. Bea para la familia: treinta y nueve años, directora comercial de la bodega, mechas caras y el móvil en la mano hasta en una boda.

—¡Por la nueva Montalbán! —grita—. ¡Con delantal y todo!

Esta vez se ríen menos. Un camarero se queda quieto con la botella a medio servir.

—Gracias, Bea —le digo, y levanto mi copa hacia ella—. Por ti, que llevas la tuya llena desde las ocho.

Alguien se atraganta de la risa en la mesa de los primos de Bilbao. Bea se queda con la boca abierta y la copa en el aire.

Junto a ella hay una mujer rubia con un vestido verde botella demasiado bonito para la boda de un ex. Cristina Lasa. La ex de Álvaro: siete años juntos. Victoria la ha sentado a dos sillas de la novia. Me mira como se mira una mancha en un vestido prestado.

* * *

El baño de señoras está al fondo del pasillo de las barricas, detrás de una puerta de roble con el pomo de hierro. Echo el pestillo y me apoyo en el lavabo con las dos manos.

En el espejo hay una novia con un delantal de criada atado encima de un vestido de crepé. La miro. Ella me mira a mí.

Me tiemblan las manos. No un poco: mucho. Las meto bajo el grifo de agua fría hasta que me duelen los dedos, y aun así siguen temblando.

Seis meses preparando esta casa igual que se prepara una auditoría. Los nombres, las deudas, los horarios, quién bebe y quién calla. Lo tenía todo en una carpeta azul. En ninguna página ponía que me iba a doler.

Llaman a la puerta con los nudillos.

—Soy yo. Abre o tiro la puerta, que llevo tacones y me da igual.

Nuria. Abro. Entra con el ramo todavía en la mano, porque al final nadie lo ha querido coger, y cierra detrás de ella con el codo.

—¿Tú estás bien de la cabeza? —Me señala la cintura con las rosas—. ¿Por qué no se lo has tirado a la cara?

—Porque es lo que quería.

—¿Quién?

—Ella. Quería que llorase o que se lo tirase. Cualquiera de las dos cosas le servía.

Nuria me mira un rato. Me conoce desde los quince años y todavía no ha aprendido a saber cuándo le miento. Hoy tampoco lo sabe.

—Te has casado con un hombre guapísimo y con una suegra de película de miedo —dice al final—. Dime por lo menos que le quieres.

—Le quiero.

No miento. Eso es lo peor.

Me da la vuelta y me arregla el lazo del delantal a la espalda. Tira de las cintas con el mismo cuidado con el que esta mañana me abrochaba los botones.

—Pues que se fastidie la señora —dice—. Con delantal estás guapísima. Pareces una novia de anuncio de colonia.

Me río. Me sale a medias, pero sale.

Cuando abro la puerta, Cristina Lasa está en el pasillo. Se retoca los labios delante del espejo de cuerpo entero que hay junto a las barricas. Me ve por el cristal. Guarda la barra de labios en un bolso diminuto, del mismo verde que el vestido.

—Siete años —dice, sin volverse del todo—. Siete años con Álvaro, y Victoria nunca me regaló nada. —Le sonríe al espejo—. Debe de quererte muchísimo.

Nuria da un paso adelante. La paro con la mano.

—Seguro que a ti te tiene guardado algo mejor —le digo—. Para cuando vuelvas.

A Cristina se le congela la sonrisa en el cristal. Es solo un segundo. Lo suficiente para saber que esa vuelta ya está hablada. Y que no la ha hablado con Álvaro.

* * *

El primer baile es un vals. Lo ha elegido Victoria.

Álvaro me lleva por la pista con la mano abierta en mi espalda, justo encima del lazo. Baila mejor de lo que dice. Huele a vino y a la colonia de su padre, que se ha puesto hoy por primera vez en su vida.

—No te lo has quitado —dice.

—Me lo ha regalado tu madre. Sería de mala educación.

Se ríe contra mi sien. Es una risa que le sale de la tripa, la primera de toda la noche.

—Eres la mujer más rara que he conocido.

—Lo sé.

—Mañana te llevo a la viña vieja. —Me hace girar, y la falda y el delantal giran conmigo—. Cuando se haya ido todo el mundo. Para que veas lo único de esta casa que merece la pena.

—¿Lo único?

—Lo único, aparte de ti.

Me aprieta contra él. Doscientas personas nos miran, y yo solo noto su mano en la espalda y el pulso de su cuello contra mi frente. Durante media vuelta de vals se me olvida para qué he venido.

Luego veo a Gonzalo.

Está de pie junto a una columna, sin bailar, con una mano en el respaldo de una silla. Tose en un pañuelo blanco, lo dobla sin mirarlo y se lo guarda en el bolsillo. Y sigue mirándome la mano derecha.

Media vuelta más, y me acuerdo.

* * *

Pasada la medianoche, la orquesta toca algo lento. Álvaro empuja por la pista la silla de ruedas de su tía abuela, en círculos, entre aplausos.

Me vibra el bolso.

Salgo a la terraza. Los viñedos bajan hacia el Ebro en hileras perfectas bajo una luna casi llena, y la noche huele a tierra caliente y a racimo maduro. La vendimia empieza el lunes de la semana que viene.

El mensaje es de Julián Rey, mi jefe.

«Esta tarde les ha llegado el primer requerimiento. Ya saben que no habrá prórroga. Felicidades por partida doble.»

Lo leo dos veces. Lo borro.

Dentro del bolso, junto al móvil, hay un sobre pequeño de seda color marfil.

Lo toco sin sacarlo. Ahí dentro, doblada en cuatro, está lo único que me dejó mi padre.

Una hoja de libreta cuadriculada, cinco líneas en tinta azul.

Las escribió deprisa la tarde en que se mató en la curva del Ebro, a cuatro kilómetros de esta terraza.

La primera línea dice: «Pilar, yo no he firmado nada».

La última: «Si me pasa algo, que Lucía lo sepa».

Yo tenía seis años. Lo he sabido después.

A través del cristal veo a Victoria junto a la barra.

Habla con un hombre de pelo gris y traje oscuro.

Es Íñigo Lasa, el padre de Cristina y el abogado de la familia desde siempre.

El hombre que preparó mi separación de bienes y me la dio a firmar sin decir una palabra de mi segundo apellido.

En toda la cena no ha levantado la vista del plato. A él lo miro un poco más.

Ella sonríe a los que pasan; él no. En un momento dado, Victoria se le acerca al oído y le dice algo corto. Lasa asiente sin levantar la cabeza.

Luego Victoria se endereza y recorre el salón con la mirada, buscando una cara.

La mía.

La encuentra a través del cristal. Levanta su copa un par de centímetros, como quien saluda a una conocida en un restaurante. Yo levanto la mía.

Ninguna de las dos bebe.

* * *

A la una y media, todavía con el delantal puesto, recojo dos bandejas de copas sucias de una mesa abandonada. Bajo con ellas por la escalera de servicio.

Nadie me lo ha pedido. Por eso lo hago.

La cocina de los Montalbán es enorme. Azulejo blanco hasta el techo, cacerolas de cobre en fila. En el centro, una mesa larga de pino, gastada por cien años de cuchillos y de harina. Las cocineras del banquete se han ido. Solo queda una mujer de espaldas, fregando, con las mangas remangadas.

Sesenta y tantos años. Moño gris. Mandil azul sobre el vestido negro. Las manos rojas del agua caliente.

Remedios, el ama de llaves. Lleva en esta casa casi tantos años como mi marido. Antes de la boda la vi cuatro veces, siempre de lejos, con una bandeja en las manos. Nunca me ha dirigido la palabra.

Dejo las bandejas junto al fregadero.

Ella deja de fregar. Se seca las manos en el mandil una y otra vez, sin quitarme los ojos de encima. Me mira el delantal. Me mira el anillo. Me mira la cara, larga, detenidamente, como se mira una foto antigua para saber si la persona sigue siendo la misma.

Arriba, la orquesta ataca un pasodoble. Alguien grita de alegría y retumban las palmas en la tarima.

Remedios da un paso hacia mí y baja la voz, por si las paredes de su propia cocina la oyen.

—Tienes los ojos de tu padre.

Se me cae la copa que tengo en la mano. No se rompe. Rueda por el suelo de baldosa hasta sus pies.

Nadie en esta casa debería saber quién era mi padre.