La nuera
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Prólogo
Mi suegra me regaló un delantal el día de mi boda. Delante de doscientos invitados.
Treinta días después entro por la puerta principal de su bodega con una caja de galletas bajo el brazo.
Son las nueve y veintiocho de la mañana. Lunes, cinco de octubre.
Nadie me para. La casa huele a café recién hecho y a mosto, como todas las mañanas de vendimia, y arriba se oye un secador de pelo.
Ella se está peinando para firmar. Se pondrá el vestido azul marino y las perlas de su madre, bajará la escalera despacio y sonreirá al notario como sonríe a todo el mundo: como si ya le debieras algo.
Yo bajo antes.
La caja es de lata, azul, con un molino holandés desvaído en la tapa y los bordes oxidados. Pesa poco. Casi nada.
En la escalera de piedra que baja a la sala de barricas todavía hay pétalos secos de mi boda, aplastados entre las losas. Me casé aquí abajo hace un mes, entre velas y flores blancas, con un vestido de botones forrados y una carta de mi padre escondida en el bolso.
Ese día firmé el libro de la boda con mis dos apellidos. Nadie leyó el segundo.
Hoy lo van a leer todos.
Abajo, al fondo de la sala, una mujer de traje gris me espera sentada a una mesa larga, sola, con una carpeta cerrada delante. Levanta la vista hacia el reloj de la pared. Luego me mira a mí.
—Diez minutos —dice.
Dejo la caja sobre el mantel.
Hace treinta días, la mujer que se está peinando arriba levantó una copa delante de toda la Rioja para recordarme cuál era mi sitio.
Tenía razón. Yo también lo sabía.
Es esta mesa.