La mujer que volvió con la marea Capítulo 38. El pabellón
98%

Capítulo 38. El pabellón

El pabellón

El tirador de madera hubo que alzarlo primero y correrlo después, con dos dedos, porque si no se clava y no cede ni a tiros.

Lo hizo ella, sin pensarlo y sin que nadie se lo dijera.

Lo sabía desde una noche de julio de mil novecientos uno y lo había vuelto a hacer una noche de octubre del mismo año, con una bolsa de lona al hombro, y aquella tarde de septiembre lo hizo sin pensarlo, con el faldón del abrigo todavía en la mano, y la puerta cedió a la primera.

Dentro estaba el escaño junto a la lumbre, la mesa coja calzada con la laja de la playa, la lámpara de la tulipa despicada, el arcón que hacía de despensa y de asiento, y el catre estrecho contra la pared del fondo.

Seis años de un hombre viviendo solo se notaban en dos cosas: en que todo estaba limpio y en que no había nada de más.

Magnus encendió la chimenea con turba y leña menuda y tiró a la primera, derecha, sin una hebra de humo hacia dentro, porque había norte flojo desde el mediodía y aquella chimenea solo tira con norte. Ninguno de los dos lo comentó.

Kelda dio una vuelta por el cuarto mientras él atizaba, como daba una vuelta por todas las habitaciones en las que entraba, y fue reconociendo cosas suyas sin decirlo: el tirador, la chimenea que solo tira con norte, el cristal rajado con su cordón de masilla ya negro de años.

Había otras que no eran de entonces. Una repisa clavada al muro con tres libros del puerto y un manual de contabilidad con las tapas comidas.

Un tarro de clavos. Una fotografía pequeña de un hombre con patillas, que tuvo que ser el padre de él.

Y en un clavo, detrás de la puerta, un empalme de cabo hecho a mano, de los de aprendiz, guardado como se guarda un diploma.

Comieron sopa en la mesa coja, con la laja aguantando bajo la pata, y hablaron de la temporada porque era de lo que sabían hablar los dos.

Kelda le contó lo de los veintiún barriles rechazados del año y por qué habían sido esos y no otros.

Él le contó que Heddle quería meterle un tirante más al tinglado antes del invierno.

Ella le dijo que lo metiera. Fregaron los dos platos, uno lavando y otro secando, y ninguno de los dos dijo nada de lo que estaba pasando, que era que se estaba haciendo de noche y que el catre seguía contra la pared del fondo.

Fue Kelda quien lo dijo, porque le tocaba a ella y porque llevaba cuatro meses sabiendo que le iba a tocar.

—Quiero quedarme esta noche. Dilo si no.

—No voy a decir que no.

—Dilo si hay algo que no quieras. Lo digo en serio, Magnus. No quiero que mañana me entere de nada.

Magnus lo pensó de verdad, que era lo único que ella le pedía cuando preguntaba.

—Quiero la lámpara encendida —dijo—. No apagada del todo. Eso es lo que quiero.

—Hecho.

Le deshizo la trenza ella misma esta vez, de pie junto a la lumbre, porque en julio de mil novecientos uno se la había deshecho él cordón a cordón con una torpeza aplicada y aquella noche le apetecía hacerlo a ella.

Después le desabrochó el chaleco, que era más difícil de lo que parecía, y le sacó la cadena del reloj y la dejó sobre la mesa, donde sonó una vez contra la madera.

No tenían prisa y no fingieron tenerla. Kelda había pensado en aquello más veces de las que pensaba reconocer en voz alta, y todas las veces lo había pensado con un nudo, porque la última vez que había estado en aquella cama tenía veintidós años y a la semana siguiente todo lo suyo se había caído.

Aquella tarde el nudo no estaba. Lo buscó, por curiosidad, y no estaba.

Lo que había era lo otro, que llevaba meses debajo de las cuentas: una sed vieja y perfectamente despierta.

Se desnudaron a medias, entre la lumbre y el catre, con esa torpeza doméstica de dos personas que llevan todo el día de pie: el abrigo en el escaño, la falda doblada porque Kelda no dejaba una falda tirada ni el día del juicio, las botas de él a un lado y los calcetines gordos que ella no se quitó hasta el final porque el suelo de piedra estaba helado y ninguno de los dos tenía ya veintidós años.

Se rieron de eso. Fue lo primero que pasó en aquella cama.

Después fue otra cosa.

Kelda se lo tomó con la calma con que se hace lo que se ha deseado mucho tiempo y ya no corre peligro de escaparse.

Le pasó las manos por los hombros, por el pecho, por la cicatriz que le había salido en el antebrazo del temporal de mayo, y notó bajo los dedos un cuerpo que conocía y que no era el mismo: más delgado, más duro de los brazos, con dos costillas marcadas que en mil novecientos uno no estaban y con las manos de un hombre que lleva seis años tirando de cabos.

Se lo dijo, porque le apeteció decirlo y porque llevaba cuatro meses callándose cosas así en una oficina.

—Estás hecho un jornalero.

—Soy un jornalero.

Él la tocó como había aprendido en una noche de julio y como no había vuelto a tocar a nadie en seis años, si es que era verdad lo que decía la isla y lo que ella no le preguntó nunca: pidiendo.

No con la boca, con las manos, parándose en cada sitio el medio segundo que hace falta para que la otra persona pueda decir que no.

A la tercera vez, Kelda le cogió la muñeca y le puso la mano donde la quería, y dijo aquí, y así, y más despacio, con la voz baja y práctica de dar instrucciones en el agua, y notó lo que aquella voz le hacía a aquel hombre, que era exactamente lo mismo que le hacía seis años atrás y que ella recordaba perfectamente.

La lámpara quedó encendida, baja, y los dos se vieron.

Kelda no se tapó y no se lo pensó. Tenía veintiocho años, una cicatriz de anzuelo en el muslo de los catorce, los hombros de remar y las manos que tenía, y aquel hombre llevaba seis años sin ver a ninguna mujer en aquella cama, y que la mirara como la miraba le gustó de una manera limpia y sin vuelta.

Él le besó el hombro, y después la clavícula, y después estuvo un rato largo donde ella le dijo que estuviera, con una paciencia que en mil novecientos uno no tenía y que Kelda atribuyó, con la parte de la cabeza que nunca se apagaba del todo, a los mismos seis años que le habían enseñado a leer un libro mayor.

Hubo un momento, cuando él se detuvo encima de ella y la miró para preguntar, en que Kelda entendió que aquella pregunta no era ceremonia ni costumbre: era un hombre que había dejado de dar cosas por supuestas en octubre de mil novecientos uno y que no iba a volver a darlas por supuestas nunca, y que aquello, que a otra mujer le habría parecido poco, a ella le parecía lo más grande que tenía él para ofrecer.

—Sí —dijo Kelda—. Ven.

El catre se quejó igual que se quejaba, porque era el mismo catre, y aquello les hizo gracia a mitad de todo y no estropeó nada.

En algún momento Kelda se incorporó y se puso encima, porque le apeteció y porque podía, y él la dejó y la miró desde abajo con las dos manos abiertas en sus caderas, sin dirigir nada.

Ella marcó el compás y él lo siguió, y en algún momento dejó de haber compás.

Kelda le dijo su nombre dos veces, la segunda contra el cuello, y le oyó decir el suyo entero, con los dos apellidos, que fue una tontería enorme y le gustó.

Después se quedaron quietos, enredados en la cama estrecha, sin buscar cada uno su lado.

Ninguno de los dos dijo nada durante un rato largo.

La turba silbó. Por la ventana del paso, el cristal seguía rajado en diagonal con su cordón de masilla, y la llama de la lámpara se partía en dos al llegar allí, una luz a cada lado de la grieta, y Kelda la estuvo mirando un rato con la cabeza en el hombro de él sin decir de qué se acordaba.

Y pensó, sin melancolía y sin buscarlo, que no era lo mismo.

Aquella noche de julio de mil novecientos uno había sido de dos personas estrenando algo con toda la vida por delante y la certeza tonta de que todo iría bien.

Esta era de dos personas que sabían exactamente lo que puede pasar, porque había pasado, y que estaban allí de todas formas.

No era mejor ni peor. Era más caro, y por eso valía más.

Fue ella quien habló primero, porque quedaba una cosa.

—En la iglesia dijimos lo que había que decir. Yo quiero decir lo mío.

Magnus se incorporó un poco sobre el codo.

—Yo también.

—Empiezo. —Kelda se apoyó en el brazo—. No te prometo que vaya a estar de acuerdo contigo.

Vamos a discutir de dinero, de la casa, de tu comité y del calendario, y en algunas voy a tener razón y en otras no, y las dos cosas me van a costar admitirlas.

Lo que te prometo es que no me voy a callar.

Ni cuando me convenga, ni cuando esté cansada, ni cuando piense que te voy a hacer daño.

Y si algún día tengo que irme otra vez, te lo voy a decir a la cara antes de hacer el equipaje.

—Eso es más de lo que me merezco.

—Eso es lo que hay. Di lo tuyo.

Magnus tardó, porque era un hombre que preparaba las cosas y aquello no lo tenía preparado.

—Yo no te prometo protegerte —dijo—. Eso lo intenté una vez a mi manera y ya sabemos lo que salió.

—Buscó las palabras—. Te prometo que no voy a decidir por ti.

Ni lo grande ni lo pequeño. Que lo que sepa lo vas a saber el mismo día, aunque me deje en ridículo, aunque no esté resuelto y aunque yo quede como lo que soy.

Y que cuando me equivoque, que va a ser pronto, lo vas a oír de mí y no de Kirkwall.

—¿Nada más?

—Y que no voy a volver a pedirte silencio. Ni un día, ni una hora, ni para nada. Si algún día me oyes empezar esa frase, me la cortas.

—Te la corto.

—Una cosa más, y es la única que se parece a una promesa bonita. —La miró—. Que no vas a tener que ser fuerte conmigo. Puedes serlo si quieres, que ya sé que te gusta. Pero no te va a hacer falta.

Kelda se quedó callada un momento.

—Esa ha estado bien —dijo—. Y no te la pongo en ninguna columna, que conste, porque las promesas no se anotan. Se cobran cuando vencen.

Volvieron a hacerlo de madrugada, más corto y más callado, medio dormidos los dos, y aquella segunda vez fue la que Kelda se quedó para sí, sin contársela a nadie nunca, porque no tuvo nada de particular y por eso fue suya del todo.

Se durmieron tarde y mal, porque el catre era estrecho y los dos tenían costumbres de seis años de dormir solos, y a las cuatro Kelda se despertó con el codo de él en la espalda y se cambió de lado y se volvió a dormir. Fue, pensó después, la parte más matrimonial de la noche.

A las seis y cuarto la despertó el ruido.

Lo conocía antes de abrir los ojos: el agua raspando la grava, despacio, con esa cadencia larga que hace la vaciante en una barra cuando queda poco. Se levantó, se echó el abrigo por encima y salió.

Estaba amaneciendo con el norte flojo y el cielo limpio por el este. Abajo, el paso empezaba a descubrir: primero el lomo, oscuro y brillante, después las charcas largas, y el agua bajando por los dos lados a la misma velocidad, que es como baja cuando no hay viento que la empuje.

No había haar y no hacía falta farol. Se veía la punta de Rossay, la línea baja de la costa y, al norte, el islote con su casa entera y una hebra de humo saliendo de la chimenea, porque su abuela llevaba levantada desde las cinco como llevaba levantada desde las cinco sesenta años.

Magnus salió detrás con una manta por los hombros y se puso a su lado, sin tocarla, mirando lo mismo.

—¿Cuánto queda? —preguntó.

Kelda miró la línea de espuma sobre la grava, miró la charca de la izquierda y el color del agua en el canal, y contó por dentro como contaba desde los nueve años.

—Media hora para poder cruzar por el lomo y una hora para cruzar sin mojarse los pies. La bajamar viene a las ocho y diez. —Se recogió el pelo suelto con una mano—. Si quieres ir a la nave a las siete, vas con las botas puestas y llegas con los pies secos por el otro lado, que no es lo mismo.

—Iré a las siete y media.

—Haces bien. Y si algún día te tengo que sacar otra vez de un arrecife, cóbrame tú el pasaje, que la última vez lo cobré yo y salió caro.

Magnus se rio con todo el pecho, sin vigilarse, igual que se reía en mil novecientos uno cuando ella le decía una cosa así, y aquel ruido en la puerta de un pabellón alquilado a las seis y media de la mañana fue lo más parecido a un final feliz que Kelda Flett estaba dispuesta a reconocer.

Se quedaron los dos en la puerta del pabellón mirando bajar el agua, con la manta y el abrigo y el frío de septiembre en la cara, hasta que el lomo de grava quedó descubierto de punta a punta y se pudo ver el camino entero hasta la otra orilla.