La mujer que volvió con la marea Capítulo 37. La elección
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Capítulo 37. La elección

La elección

La temporada se cerró el sábado catorce de septiembre a las cuatro de la tarde, con la última partida marcada y un libro que cuadraba a la primera.

Kelda lo comprobó en la oficina del tinglado con Jessie Linklater al lado, porque el cierre lo hacía ya la muchacha y ella solo lo repasaba.

Tres mil ochocientos doce barriles curados desde junio.

Tres mil setecientos noventa y uno con la marca de la Corona, veintiuno fuera por las razones anotadas en su sitio.

Dos partidas cobradas de Stettin sin devolución, una tercera en camino.

Los jornales, pagados al día desde el primer lunes.

Las retenciones del cinco por ciento, anotadas nombre a nombre en el libro de participaciones, con treinta y tres cuentas abiertas y ninguna descuadrada.

Y en la última página, la que importaba: los intereses de noviembre de las preferentes de Halcro y Flett, mil nueve libras y pico, provisionados enteros y con ciento cuarenta libras de sobra.

Aquella sociedad iba a pagar. No por buena voluntad ni por agradecimiento: porque tenía marca, contratos y libros, que son las tres cosas que hacen que un puerto pague.

—¿Falta algo? —preguntó Jessie.

Kelda repasó las columnas una vez más, por costumbre y no por desconfianza.

—Falta que lo firmes tú. Yo ya no pinto nada aquí.

—Usted lo ha hecho todo este verano.

—Yo he mirado. Lo ha hecho la gente que cura el pescado.

—Usted es la de las preferentes.

—Las preferentes cobran y callan, que para eso las hice así. —Le pasó la pluma—. Firma.

La muchacha lo firmó, con la letra grande y apretada de quien todavía escribe pensando en cada trazo, y Kelda cerró el libro y se lo dejó a ella.

Hicieron el último inventario de la estación aquella misma tarde, ella y la señora Rattray, y fue un trabajo de dos horas que en mayo le habría costado dos días: barriles vacíos, sal, redes, cestas de cuarto de cran, tablones y herramienta, todo contado y anotado en un libro que se quedaba allí y que ella no iba a volver a abrir.

A las seis firmó el acta de entrega del inventario al comité.

La firmó como apoderada de Halcro y Flett por última vez en aquel asunto, porque el acuerdo de espera había muerto en junio y lo que quedaba entre su casa y aquel puerto eran participaciones preferentes, un dividendo y cuatro materias reservadas.

Aquella fue la parte del día que le costó más y no se lo dijo a nadie.

Llevaba cuatro meses en aquella isla y se iba el martes.

Se iba dejando la estación con su capataza de remate, el libro de participaciones en manos de una chica de diecinueve años, el comité de cinco reunido cada mes y un gerente que había leído sus cuentas en voz alta tres veces delante de todos.

Si el vapor del diecisiete se hundía con ella dentro, aquel puerto seguiría funcionando el jueves.

Eso era lo que había venido a hacer y lo había hecho.

Y le costó, porque una cosa es saber que un sitio funciona sin ti y otra cerrar un libro y comprobarlo en una columna.

Kelda estuvo un cuarto de hora sola en la oficina del tinglado, después de que se fuera la muchacha, mirando la dársena por la ventana pequeña.

Cuatro meses atrás había entrado en aquel comedor con una cartera y un requerimiento notificado, dispuesta a llevarse por delante lo que hiciera falta.

Se iba dejando un puerto con voto, una escritura a nombre de su abuela, un hombre sin propiedades y una marca de la Corona en las duelas.

No era lo que había planeado en Leith en febrero. Era mejor y le había costado más.

Aquella tarde, además, hizo la única cosa que llevaba pendiente desde mayo y que no era de nadie más que suya: bajó al varadero con Tam Isbister, quitó la lona de la Skua y la viraron entre los dos.

Tam le enseñó las costuras y la brea de las cinco primaveras que le había ido dando, y el cabo de la proa, el del regalo de boda, que había aguantado seis inviernos y estaba para cambiar.

Kelda pasó la mano por la regala y decidió dejarla allí un año más, porque de mayo a septiembre iba a necesitarla y porque una barca varada seis años vuelve al agua despacio.

Aquella noche le escribió a Agnes la última nota del verano, cuatro líneas, y una carta larga de las que se escriben una vez al año: que la solución se sostenía, que la garantía de calidad de la primera partida no había costado un penique, que el crédito de las ocho mil se amortizaba según lo previsto, y que llegaría el dieciocho por la noche con tiempo de sobra para el contrato de Danzig.

Y una última línea, que le costó tres versiones y dejó en la más seca: que a partir de mayo trabajaría cinco meses al año desde Rossay y siete desde Leith, todos los años, y que si eso no le servía a la casa, lo hablaran en octubre con los libros delante.

El domingo por la mañana bajó a Sel Holm con la marea.

Marion tenía la casa puesta: cortinas, cama, el arca en su sitio, la orza de Willa en el estante y una gata gris que había aparecido en agosto y se había quedado.

Hablaron de la contribución de los cinco chelines, de si convenía encalar antes del invierno y de la cuña que había que meterle a la ventana del sur. En ningún momento hablaron de nada más.

Al despedirse, ya en la puerta, Marion le dijo una sola cosa y la dijo mirando la hierba.

—Tú haz lo que tengas que hacer, y hazlo entero. Yo aquí estoy bien y no me debes nada.

Aquella misma tarde fue al pabellón.

Cruzó por el camino del acantilado, que estaba seco, con el viento del norte flojo y la luz larga de septiembre. No llevaba carpeta. Se dio cuenta a mitad de camino y le hizo gracia: era la primera vez en cuatro meses que iba a ver a aquel hombre sin un papel en la mano.

Magnus estaba fuera, en la puerta, sentado en un cajón, remendando una nasa vieja con dos trozos de red que le había dado una cuadrilla.

Lo hacía mal y despacio, y se le notaba que llevaba un rato.

Llevaba la camisa arremangada y el chaleco puesto, y la cadena del reloj colgaba por fuera, a la vista, como la llevaba desde el cuatro de septiembre.

Se levantó al verla llegar, se limpió las manos en el pantalón y esperó, sin adelantarse un paso.

—Buenas tardes. ¿Pasa algo en la nave?

—No pasa nada en ninguna parte. Está todo cerrado. —Kelda se paró a dos pasos—. Vengo a contestarle.

Él dejó la nasa en el suelo y se quedó con las manos quietas, y no dijo nada. Eso también lo había aprendido en seis meses, y era, de todas las cosas nuevas que tenía, la que más le gustaba a ella.

—Le voy a decir primero lo que no es, para que no haya confusión.

—Kelda había preparado aquello dos noches y se salió del guion en la primera frase—.

Esto no es que le perdone lo de mil novecientos uno.

Yo no sé perdonar eso y no creo que aprenda.

Usted se quedó callado en aquel comedor y al día siguiente hizo una lista con horas y mi abuelo no estaba en ella, y eso no se arregla, ni con una carta en un periódico, ni con seis lonas en un tejado, ni con nada.

Se queda ahí. Va a estar ahí cuando seamos viejos.

Magnus asintió una vez, muy despacio.

Magnus no protestó, no matizó y no dijo que llevaba seis años pagándolo.

Se quedó de pie, encajándolo, y Kelda vio en su cara una cosa que no había visto nunca en aquel hombre y que en mil novecientos uno no habría sabido reconocer: alivio.

El alivio del que oye por fin dicho en voz alta lo que lleva años diciéndose solo.

—Y le digo lo que sí es. —Dio un paso—. Llevo cuatro meses mirándole trabajar.

Le he visto entregar once llaves y pedir un sueldo.

Le he visto no escribir dos líneas a Stettin que le habrían ahorrado una semana de disgustos.

Le he visto que le rechacen ciento cuarenta barriles y no buscar a quién echarle la culpa.

Y le he visto leer sus cuentas en voz alta delante de treinta y tres personas que pueden despedirle.

Eso no borra lo otro. Pero es mucho más de lo que la mayoría de la gente hace en su vida entera, y yo no pienso hacer como que no lo he visto.

—Kelda...

—No he acabado. Falta lo mío, que es lo que le interesa.

—Respiró—. En julio de mil novecientos uno yo no tenía casa, ni oficio, ni un chelín que no dependiera de un empleo de mi abuelo, y me casé con usted, y estaba enamorada hasta las cejas, y las dos cosas iban juntas y yo no sabía separarlas.

Hoy tengo dos habitaciones en Leith pagadas, cuarenta por ciento de una casa con mi apellido en la puerta, un poder en la cartera y veintidós mil libras encima de este puerto.

Si mañana usted desaparece, yo cojo el vapor el miércoles y no se me mueve una sola cifra.

—Lo sé —dijo Magnus—. Es lo mejor que le ha pasado a esta conversación.

—Es lo mejor que me ha pasado a mí. —Y entonces, sin avisarlo y sin pensarlo, cambió de tratamiento, y no se dio cuenta hasta tres frases después—: Así que esto que hago ahora no lo hago porque me haga falta.

Lo hago porque te quiero y porque me cuadra la cuenta, que son las dos únicas razones buenas que conozco para hacer nada.

Alargó la mano y le tomó la cadena del reloj.

Él no se movió. No dijo una palabra, no se llevó la mano allí, no la ayudó.

Kelda abrió la anilla con los dedos, que le costó, porque seis años de leontina habían apretado el alambre y ella tenía las uñas cortas de trabajar.

Tuvo que usar las dos manos y apoyar los nudillos contra el pecho de él, y notó que Magnus dejaba de respirar y volvía a respirar.

Sacó el aro de oro liso de Cecilia Sinclair y lo dejó libre en la palma.

Después soltó la cadena, que volvió a su sitio con el reloj, y se quedó mirando el anillo un momento.

Pesaba nada. Era lo que había pesado siempre y a Kelda le vino a la cabeza, sin buscarlo, la única vez de su vida en que un objeto pequeño le había pesado menos de lo que debía en la palma de la mano, y la apartó, porque aquella cuenta estaba cerrada y en el sitio de las cuentas cerradas.

Se lo puso ella misma.

Le costó pasar el nudillo. Aquella no era la mano de veintidós años que había entrado en aquel aro a la primera en una iglesia de Sandgeo: era una mano de veintiocho, más ancha en los nudillos de tanto cabo y tanta caja, con una cicatriz blanca en el índice de una espina de arenque del ocho de agosto. Empujó, giró, y entró.

—Ya está —dijo—. Y no es para que se sepa en Kirkwall. Es que es mío y lo quiero puesto.

Magnus tardó en poder hablar. Tenía los ojos brillantes y no hizo nada por disimularlo ni nada por enseñarlo, y cuando habló no hizo un discurso, y ella se lo agradeció más que cualquier otra cosa de las que hizo aquel año.

—Gracias por decir lo de mil novecientos uno primero —dijo—. Si me lo hubieras dado por perdonado, yo no me lo habría creído.

—No te lo doy.

—Ya lo sé. —Se miró las manos un momento—. Voy a seguir haciendo las cosas de la única manera que sé, que es despacio y llegando tarde a casi todo. Lo que no voy a hacer es decidir por ti. Ni una vez más. Ni para bien.

—Eso ya está escrito en el acuerdo de la Sociedad.

—Eso está escrito para el gerente. —La miró—. Lo otro te lo digo a ti.

—¿Y si un día se te olvida?

—Entonces me lo dices y yo lo arreglo el mismo día, delante de quien haya que arreglarlo. —Magnus se encogió de hombros—. No tengo otra cosa, Kelda. No tengo casa que ofrecerte, ni dinero, ni apellido que valga nada en Kirkwall desde junio. Tengo eso y tengo un sueldo de ciento treinta libras.

—Y tienes esto —dijo Kelda, y le enseñó la mano con el anillo puesto—, que llevabas seis años cargando por dentro del chaleco sin ningún derecho.

—Ninguno.

—Pues ya lo tienes. Y quiero decirte una cosa más y con esto acabo: si algún día me vuelvo a ir de esta isla, no va a ser porque me echen. Va a ser porque lo decida yo, en voz alta y contándotelo antes.

Se quedaron un rato así, de pie, con la nasa a medio remendar en el suelo y el norte flojo moviendo la hierba del camino.

Abajo, en el camino de la punta, pasó el carro de Heddle y el carpintero levantó la mano al verlos, y los dos le devolvieron el saludo, y aquello tampoco tuvo nada de particular y fue exactamente lo que a Kelda le pareció mejor de toda la tarde: que los vieran, a plena luz, delante de una casa alquilada.

—Tengo la lumbre puesta —dijo Magnus al fin—. Y sopa, que es lo que sé hacer.

—¿Hay norte?

Magnus miró la veleta del tejadillo, que era una tabla clavada por su padre, y contestó como contestaba ella a esas preguntas, mirando y no suponiendo.

—Hay norte flojo desde el mediodía.

—Pues entremos, que refresca.

Anduvieron los veinte pasos hasta la puerta sin prisa ninguna, ella delante porque iba delante siempre, y entraron sin prisa.

Kelda se paró un momento en el umbral, no por nada solemne, sino porque el faldón del abrigo se le enganchó en el pestillo y tuvo que soltarlo, y mientras lo soltaba miró el mar, que estaba quieto, y la barra que empezaba a descubrir con la vaciante.

Después cerró la puerta detrás de los dos.