La mujer que volvió con la marea Capítulo 36. Los términos
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Capítulo 36. Los términos

Los términos

El cuatro de septiembre, a las siete y media de la tarde, Kelda cerró el libro de la temporada y se dio cuenta de que ya no tenía ningún motivo para estar en aquella isla.

Estaban los dos en la oficina del tinglado, cada uno en un lado de la mesa, como llevaban dos meses.

Habían acabado las cuentas del trimestre para el comité: la primera partida cobrada y liquidada desde Stettin sin una sola devolución, la segunda ya marcada, los jornales al día, las participaciones retenidas y anotadas por Jessie en su libro, y los intereses de las preferentes de Halcro y Flett provisionados hasta noviembre.

La casa de Leith la esperaba desde el veinte de agosto. Tenía dos cartas de Agnes sin contestar del todo y un contrato de Danzig que renovar en octubre.

—Mañana subo el resumen al comité —dijo Magnus, apilando las hojas—. ¿Se lo leo entero o solo las partidas nuevas?

—Entero. Es el primero que lee usted y va a haber cuarenta años de juntas comparándolo con este.

—Entero, entonces.

Kelda se levantó, se puso el abrigo y se quedó de pie con la mano en el respaldo de la silla.

—Salga un momento conmigo, que quiero hablar de una cosa que no es del trimestre.

Salieron al muelle. Era esa hora de septiembre en que el agua se queda quieta y la luz dura más de lo que parece, y anduvieron hasta el final de la coronación nueva sin decir nada, y allí se pararon, uno al lado del otro, mirando la dársena.

—Me voy el diecisiete —dijo Kelda—. Tengo que estar en Leith para el contrato de Danzig y llevo tres semanas de retraso con mi socia. Se lo digo con antelación porque hay que cerrar lo del inventario y porque no quiero que se entere por Jessie.

—Está bien.

—No he acabado. —Se volvió hacia él—. Voy a decirle lo que quiero y lo voy a decir entero y de una vez, porque si lo digo a trozos me voy a pasar el invierno arrepintiéndome. Usted no conteste hasta que termine.

Magnus se metió las manos en los bolsillos y esperó.

—Primero, lo que no cambia. Yo me llamo Kelda Flett y me voy a seguir llamando Kelda Flett.

Tengo el cuarenta por ciento de una casa que está en la puerta de una calle de Leith con mi apellido pintado, y quince años de pagarés que pagar por ese cuarenta por ciento.

Eso no se vende, no se traslada aquí y no se deja en manos de nadie.

Mi socia tiene cincuenta y cinco años y me está enseñando desde hace seis; le debo los inviernos que le queden de trabajo, y se los voy a dar.

—Lo sé.

—Segundo, el calendario, que es lo difícil.

De mayo a septiembre esto no funciona sin alguien que sepa comprar pescado y mirar barriles, y ahí estoy yo, y no de visita: de temporada entera.

De octubre a abril, el que no funciona sin mí es Leith: los contratos se cierran en invierno, y quien no está sentado en esa oficina en enero no vende en junio.

—Kelda hizo la cuenta con los dedos, como la había hecho cuarenta veces en una semana—.

Eso son cinco meses aquí y siete allí, todos los años, mientras Agnes viva y probablemente después.

Y el vapor tarda lo que tarda, y en enero hay semanas en que no sale.

—Y hay más. En Leith tengo casa, y esa casa no es un cuarto de fonda: son dos habitaciones en Couper Street que he pagado seis años y donde ha vivido mi abuela conmigo, y las pienso conservar.

Y tengo obligaciones que no se pueden mandar por correo: hay quince días en enero y quince en abril en que yo no me muevo de aquella oficina ni por un entierro.

—¿Y el resto?

—El resto es lo que no sé. Esa es la tercera cosa y es la que me ha tenido tres noches sin dormir.

—Se apoyó en la barandilla—. Usted es el gerente de una sociedad en la que yo tengo veintidós mil libras y un veto sobre cuatro cosas, y una de esas cuatro cosas es nombrar y despedir al gerente.

Eso es un nudo, y es el mismo nudo que nos señaló sir James Rennie en mayo, y no se deshace porque nosotros seamos buena gente.

Si yo tengo la mano sobre su puesto, usted no me va a llevar la contraria en esta mesa el día que haga falta, y el día que no me la lleve, este puerto lo va a pagar.

—¿Y qué hace usted con eso?

—Ya lo he hecho. —Sacó del bolsillo del abrigo una hoja doblada y se la puso en la mano, y aquella fue la primera vez en dos meses que se tocaron los dedos y ninguno de los dos lo comentó—.

Está firmado esta mañana y sellado por Sutherland.

Halcro y Flett se abstiene formalmente, por escrito y para siempre, en toda materia reservada que afecte al gerente de la Sociedad.

Ese voto lo ejerce Agnes Halcro, sola, desde Leith, y si Agnes falta lo ejerce quien la suceda en el sesenta por ciento.

Yo no voto su puesto. Ni para ponerlo ni para quitarlo.

Magnus leyó la hoja entera a la luz que quedaba. Eran seis líneas y una firma, y estaban redactadas como redactaba ella: sin un adjetivo y sin una salida.

—Esto le quita a usted poder de verdad.

—Esto me quita el poder de tenerle cogido —dijo Kelda—. Lo otro no me hace falta.

Se quedó callada un momento, con las manos en la barandilla.

—Y la última, que es la que me importa. Llevo dos meses viéndole trabajar.

Sé lo que hizo en junio y sé lo que le ha costado, y sé lo que hizo en octubre de mil novecientos uno y eso tampoco se me ha ido.

Las dos cosas están y van a seguir estando; no se me han cancelado y no quiero que se me cancelen, porque el día que se me cancele la segunda va a ser porque he dejado de mirar.

—Lo miró de frente—. Yo no vuelvo a una casa de nadie.

No vuelvo a depender. No voy a tener otra vez todo lo mío colgando de una firma que no sea la mía.

Si usted quiere algo conmigo, tiene que caber dentro de eso, y eso es lo que hay, y no pienso hacerlo más pequeño para que quepa mejor.

Se calló. Se había quedado sin aire en la última frase y se obligó a respirar despacio dos veces antes de rematar, porque no pensaba acabar aquello con la voz temblando después de haberla tenido firme seis años.

—Ahora hable usted.

* * *

Magnus tenía preparadas desde julio tres cosas para decir, y las tres se le cayeron en aquel muelle en el orden en que se le ocurrieron.

La primera era una disculpa larga y bien hecha, de las que se preparan por la noche. La segunda era una lista de las cosas que había cambiado desde mayo, con fechas, por si hacía falta enseñarla. La tercera era pedirle que se quedara.

Ninguna servía, y la tercera era, además, la de siempre: pedirle a aquella mujer que se quedara en un sitio por él.

Lo que le salió fue lo primero que era verdad.

—No me lo haga más pequeño. Se lo pido yo también.

Kelda esperó, con la cara quieta.

—Le voy a contestar por orden, que es como me ha hablado usted. —Magnus dobló la hoja y se la devolvió—. Esto no se lo acepto como regalo, se lo agradezco como acierto. Está bien hecho. Lo habría pedido yo si se me hubiera ocurrido, y no se me había ocurrido, y eso también dice algo de mí.

—Siga.

—El calendario. Cinco meses aquí y siete en Leith, y yo aquí los doce, porque este es mi trabajo y porque no voy a pedirle al comité que me perdone medio año.

—Lo dijo sin lástima—. Eso son siete meses al año separados y no voy a fingir que me parece poco.

Así que le propongo lo que se puede hacer, que no es mucho y es concreto.

Noviembre y febrero, yo bajo a Leith. En noviembre porque hay que estar delante cuando se cierran los precios de la sal y del flete, y en febrero porque es cuando se firma lo del Báltico; eso es trabajo de la Sociedad, lo aprueba el comité y lo paga la Sociedad, y si no lo aprueba, lo pago yo y voy igual.

Son dos veces quince días. Y en diciembre, si quiere usted subir, hay dos semanas en que aquí no se cura nada.

—Cinco semanas en siete meses.

—Cinco semanas en siete meses. Es poco y es lo que hay este año.

Y no le voy a decir que las cartas lo arreglan, porque no lo arreglan: yo escribo mal y usted escribe como un acta.

Pero el vapor sale casi todas las semanas y lo que llegue por el vapor lo contesto el mismo día.

Eso sí lo sostengo. —Magnus miró el agua—.

Dentro de tres, si Jessie Linklater aprende lo que va a aprender en su almacén y el comité me deja formar a otra persona para los libros, yo puedo estar fuera seis semanas seguidas en invierno sin que esto se caiga.

Eso no es una promesa: es un plan, y se revisa en la junta de enero de mil novecientos once, y si no funciona, no funciona.

—¿Dónde vive usted ahora?

—En el pabellón de la costa. —Y aclaró lo que ella ya sabía—: Se lo alquilo a la Sociedad por seis libras al año, con contrato, aprobado en la junta de julio.

Helmsgarth es la sede y yo no duermo allí.

Si usted viniera a vivir a ese pabellón, sería su casa igual que la mía y pagaríamos tres libras cada uno, y quiero decirlo así de feo porque es así: yo no tengo nada que ofrecerle.

No tengo casa, no tengo tierra, no tengo participaciones y no las voy a tener.

Tengo un sueldo de ciento treinta libras al año y un comité de cinco personas encima.

—Eso ya lo sabía.

—Lo sabía usted. Yo lo he tardado seis años en decirlo en voz alta sin que me sonara a ruina. —Se volvió hacia ella—. Y ahora le digo lo que quiero, que es lo que usted me ha pedido y es la parte que no había dicho nunca.

Se lo dijo entero, mirándola, sin prepararlo y sin bajar la voz cuando pasó por detrás un hombre con un carro.

Que quería una vida con ella y la quería sabiendo lo que costaba: siete meses de cartas, dos viajes al año y dos personas cansadas.

Que quería decidir las cosas de los dos entre los dos, y que eso no era una frase: que significaba que ninguna decisión que la afectara a ella se tomaba sin decírselo antes, aunque fuera él solo el que tuviera que tomarla; y que si alguna vez volvía a haber un asunto feo, lo iba a contar el mismo día, con el asunto todavía sin resolver y él quedando mal.

—Nada de verdades protegidas. Ni una. Ni para ahorrarle un disgusto, ni para tener yo tiempo de arreglarlo, ni por no estropearle una semana buena. Eso es lo único que le pido y es lo único que tengo que dar.

—Eso se dice muy fácil en un muelle.

—Por eso le digo también el modo, que es lo que no dije en mil novecientos uno.

—Magnus contó con los dedos, y eran cosas pequeñas y por eso servían—: Las cuentas de esta sociedad las va a ver usted trimestre a trimestre, las mande el comité o no, y si hay un mal número lo va a saber por mí antes que por el libro.

Si viene un pleito, se lo escribo el día que llegue la citación.

Si alguien de esta isla le pone a usted un nombre por la espalda, se lo cuento yo, aunque el nombre me deje a mí peor.

Y si algún día vuelvo a pensar que callarme una semana es lo prudente, quiero que se acuerde usted de lo que le costó la última vez y me lo diga a la cara.

Kelda no dijo nada.

—Y si algún día hay hijos —siguió Magnus, y le costó—, no van a crecer en una casa donde el padre firma lo que le ponen delante sin leerlo. Eso se lo puedo prometer porque es lo único de lo de mil novecientos uno que está entero en mi mano.

—Y hay una cosa que no le voy a proponer —añadió—, y se la digo para que no la espere.

No le voy a pedir que nos casemos otra vez, ni que arreglemos papeles, ni que le pongamos fecha a nada.

Estamos casados desde el dieciocho de julio de mil novecientos uno y no he movido un dedo para dejar de estarlo, y si usted quiere lo contrario, lo que quiera lo firmo yo el mismo día.

Eso también está en su mano y siempre lo ha estado.

Se quedaron callados un rato largo, con el agua quieta abajo y la luz acabándose.

Entonces Magnus hizo la única cosa que había preparado y sí hizo.

Se abrió el chaleco, sacó la cadena del reloj entera y la dejó colgar por fuera, a la vista, sobre el paño oscuro. En el extremo, junto al reloj de su padre, el aro de oro liso de Cecilia Sinclair, gastado por dentro, con seis años de leontina encima.

No lo desprendió. No se lo tendió. No se lo puso en la palma.

—Esto lo tengo desde aquella noche —dijo—. Lo cogí de la mesa yo, no se me cayó del bolsillo. No se lo doy, porque usted lo dejó en una mesa y es suyo hasta que decida otra cosa. Lo que hago es dejar de esconderlo, que llevaba seis años haciéndolo por dentro del chaleco como si fuera mío.

Kelda lo miró.

Miró el aro un momento largo, sin alargar la mano, y después le miró a él a la cara.

—El diecisiete tengo vapor —dijo.

—Lo sé.

—Le contesto antes.

Y echó a andar por el muelle hacia el pueblo, y Magnus se quedó donde estaba, con la cadena fuera y la luz acabándose, y no la siguió.