La mujer que volvió con la marea Capítulo 35. La escritura
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Capítulo 35. La escritura

La escritura

El día que acabaron el tejado, el veintiséis de agosto, sobraron once losas y eso a Heddle le pareció una vergüenza personal.

—Once —dijo, contándolas otra vez en el montón del muro norte—. Alguien las apiló en mil novecientos uno demasiado bien y ahora me sobran.

Eran las mismas. Las que la cuadrilla de Kirkwall había retirado del tejado aquella tarde de octubre y había dejado ordenadas junto al muro, porque la piedra de cubierta vale dinero y aquellos hombres cobraban por trabajo bien hecho.

Llevaban seis años allí, criando líquenes, y volvieron arriba de una en una, a pulso, por la misma escalera por la que habían bajado.

La obra había costado cinco semanas y la madera.

Kelda había hecho el presupuesto en junio, como hacía todo, en dos columnas: lo que sobraba y lo que faltaba. Sobraban los muros, la viga, las losas del tejado, la puerta y el suelo. Faltaba la madera entera de la cubierta, el herraje, la cal, la turba del hogar y cinco semanas de tres hombres.

Los muros no dieron trabajo: estaban enteros, coronados con lona y brea desde enero de mil novecientos dos y repasados todos los marzos, y lo único que hubo que hacer fue rejuntar dos tramos del lado sur y levantar tres hiladas donde el hastial se había desmochado.

La viga maestra seguía en su sitio, la del naufragio, y Heddle la sondeó con un punzón de arriba abajo y no encontró blando.

Lo caro fue lo que en aquellas islas es siempre caro, y es la madera.

Aquí no hay árboles: no los hay en toda la isla, ni uno que valga para una viga, y lo que se techa se techa con lo que llega por mar.

Los cabios hubo que encargarlos a Kirkwall, y en Kirkwall vinieron del vapor, y el primer pedido llegó corto porque el aserradero se equivocó de medida y hubo que esperar once días al siguiente vapor con el tejado a medio armar y lonas encima.

Once días de agosto perdidos por un aserradero, y esa fue la única lágrima de aquella obra, que se la llevó el presupuesto.

Lo trajo todo el hijo de Clouston en su lancha, cuatro viajes, sin cobrar el flete.

Pagó la obra Marion, de su lata y de lo que llevaba ahorrado desde mil novecientos uno, hasta donde llegó: veintiséis libras con catorce.

El resto, cuarenta y una libras y pico, lo puso Kelda, y hubo discusión sobre eso una tarde entera en la cocina de Willa, y acabó como acaban las discusiones con Marion Flett, a medias: Kelda pagaba la madera y su abuela los jornales, y quedó apuntado en un papel que Marion guardó.

La cuadrilla fueron Heddle y dos hombres, con el chico de los Clouston echando una mano los días que no salía, y trabajaron de lunes a sábado con las mareas, porque a Sel Holm se entra y se sale cuando deja el agua y no cuando uno quiere.

Magnus no puso un pie en la isla en las cinco semanas.

Preguntó una vez, a mediados de agosto, en la oficina del tinglado y en tono de gerente, si hacía falta una lancha de la Sociedad para la madera, y Kelda le dijo que no, que ya la traía el chico de los Clouston.

No volvió a preguntar. La única cosa suya que entró en aquella obra fueron las seis lonas y las cinco latas de brea de seis marzos, que era lo que había mantenido en pie los muros, y de eso no se habló en Sel Holm ni una vez.

El día veintisiete, a las diez de la mañana, Kelda cruzó el paso con su abuela y con la carpeta debajo del brazo.

Era bajamar y la barra estaba seca y ancha, con las charcas bajas y la grava del ayre crujiendo como cruje siempre. Marion cruzó despacio, con sus setenta y cuatro años y el bastón que usaba desde mayo, y no se paró ni una vez.

La casa se veía desde el principio del paso.

Tejado nuevo, piedra vieja, la chimenea rematada, el hastial derecho, y la puerta colgada en sus goznes con el cerrojo nuevo, la puerta de siempre, la que habían desencajado y dejado apoyada contra el muro con el cerrojo intacto, rehecha por Heddle con dos tablas nuevas y la vieja lijada.

Kelda le había preguntado dos veces aquella semana si quería ir antes a verla y las dos veces le había dicho que no, que cuando estuviera.

No había vuelto a pisar el interior desde la noche del veinticinco de octubre de mil novecientos uno, y de aquella noche lo único que le había oído contar a su nieta en seis años fue que hacía frío.

Marion llegó hasta el umbral y se paró en seco, a dos pasos.

—Hasta aquí.

Kelda esperó.

—¿Tú sabes por qué salí yo de esta casa?

—dijo Marion, mirando la puerta—. Porque vino un hombre con un papel.

Eso es todo lo que hizo falta. Un hombre con un papel y seis que subieron al tejado.

La casa estaba entera y el papel la vació en una tarde.

—Se apoyó en el bastón con las dos manos—.

Un tejado nuevo no arregla eso, hija. Un tejado nuevo lo único que hace es que el que venga la próxima vez con otro papel encuentre la casa más bonita.

—Lo sé.

—Entonces no me digas que entre.

Kelda había preparado tres cosas que decir y ninguna servía. Lo comprobó allí de pie, en la grava, con su abuela mirando una puerta a dos pasos: que todo lo que se le ocurría era consuelo, y que el consuelo, con aquella mujer y con aquel asunto, era exactamente el insulto.

Así que hizo lo que sabía hacer. Abrió la carpeta allí mismo, de pie en el paso, y sacó el documento.

—No venía a decirte que entres. Venía a traerte esto.

Se lo puso en las manos, no en el suelo ni en la piedra: en las manos abiertas, las dos, que es como se dan en aquella isla las cosas que se dan de verdad.

Eran dos pliegos con el sello del registro, la copia de la escritura de segregación y la de transmisión, otorgadas el dos de julio e inscritas aquella semana, con el nombre de Marion Flett, viuda de Erlend Flett, escrito tres veces.

—Esto ya me lo dijeron en julio.

—Te lo dijeron. Ahora lo tienes tú en la mano y con el sello puesto. No es lo mismo que te lo cuenten.

Marion las sostuvo con las dos manos y las miró un rato largo. Leía despacio, moviendo los labios en los renglones difíciles, y no aceptó ayuda.

—Enséñame dónde está mi nombre.

Kelda se lo señaló. Los tres sitios.

—¿Y esto qué quiere decir exactamente? No me lo cuentes bonito.

—Quiere decir que esta casa, este terreno, el varadero y el paso están separados de la finca y puestos a tu nombre en el registro de Edimburgo. Que son tuyos y no de la Sociedad, ni de Halcro y Flett, ni míos.

—¿Quién puede quitármela?

—Nadie. Ni yo. Ni un gerente, ni un comité, ni un banco de Kirkwall. No hay deuda encima. No hay renta que pagar. No va con ningún oficio ni con ningún empleo, que es lo que la hacía de ellos.

—¿Y si me muero?

—Es tuya para dejársela a quien te dé la gana, y eso ya te lo dijo el procurador en julio. Está escrito ahí, en el segundo pliego.

Marion buscó el renglón, lo encontró, se lo hizo señalar con el dedo y lo leyó dos veces.

—¿Y qué hay que hacer para que siga valiendo? Porque los papeles caducan, y las casas se las lleva quien las cuida.

—No caduca. Se paga una contribución pequeña al año, cinco chelines y pico, y ya está. La primera está pagada hasta el año que viene.

—Eso lo pago yo.

—Eso lo pagas tú.

—Bien —dijo.

Y no dijo nada más, ni le dio las gracias, ni la miró, porque las dos habrían tenido que hacer algo con eso y ninguna de las dos quería hacer nada con eso a las diez de la mañana en mitad de un paso de marea.

Dobló los pliegos por la mitad, se los metió en el bolsillo interior del abrigo, se enderezó, dio los dos pasos que faltaban y abrió su puerta.

Entró sola. Kelda se quedó fuera, en la grava, con la carpeta vacía debajo del brazo.

Dentro se oyó a su abuela andar por la casa, despacio: el suelo, las dos habitaciones, la vuelta.

Se oyó abrir y cerrar la ventana del sur.

Se oyó el ruido hueco de un bastón dando dos golpes en una viga, que era Marion comprobando la madera nueva a su manera.

Se oyó, al final, un silencio de un par de minutos en el que no se oyó andar a nadie.

Después la oyó cerrar el cerrojo nuevo desde dentro, una vez, y volver a abrirlo.

—Está bien —dijo Marion desde la puerta—. Entra, que hay que barrer esto.

Tenía los ojos igual que siempre y la voz igual que siempre, y en la mano derecha, apretados contra el bastón, los dos pliegos doblados, que no soltó en toda la mañana.

Tardó en salir. Kelda estuvo fuera unos minutos largos, de pie en la grava, mirando el paso y sin asomarse, porque aquella era una casa en la que ella ya no entraba sin que la invitaran.

Barrieron hasta las cuatro con la puerta abierta de par en par y el polvo saliendo en nubes hacia el paso.

El suelo de losa estaba lleno de polvo de piedra y de virutas; el hogar se estrenó aquella tarde con turba nueva y tiró bien a la primera; el arca de la ropa, la mesa y el escaño volvieron de casa de Willa en la lancha del chico de los Clouston.

Willa subió por la tarde con una olla, un saco de harina y la orza de loza, que llevaba seis años yendo y viniendo entre las dos casas y volvió a su estante.

Bella Linklater mandó a una de sus hijas con un cesto.

El pastor Scarth no subió, porque le habían dicho que Marion no quería bendiciones de casa nueva, que la casa era vieja.

No había cortinas ni cama todavía. Marion durmió aquella noche en la cama prestada de siempre, en Sandgeo, y se mudó del todo el sábado, porque las cosas se hacen en su orden y porque una mujer de setenta y cuatro años no duerme en un suelo para demostrarle nada a nadie.

Kelda se quedó a dormir sola en la casa la noche del viernes, para dejar aireado y para que el fuego no se apagara los dos primeros días.

Durmió en su cuarto, en un jergón en el suelo, con la ventana entornada. El cuarto era el mismo hueco de siempre bajo el hastial, tres pasos por cinco, con el altillo encima y la ventana pequeña mirando al paso, y estaba vacío de todo salvo del jergón, un cabo de vela y sus botas.

Se acostó a las once y se quedó despierta hasta pasada la una.

No pensó en nada concreto.

Fue todo por los oídos y por los pies. El tercer escalón de la escalerilla del altillo seguía cediendo con el mismo chasquido, porque Heddle no lo había tocado.

El agua sonaba en la barra igual que había sonado veintidós años, con el mismo sonido lento y rascado de la grava, y a las tres de la madrugada, cuando la marea cambió, el sonido cambió con ella y Kelda se despertó sin saber por qué y lo entendió en dos segundos, como se entiende lo que se sabe de memoria.

Olía a cal y a madera nueva y debajo, muy al fondo, a lo de siempre.

Se durmió a las cuatro y algo, y durmió de un tirón, como no dormía desde mayo.

Se despertó a las seis con el sol dando en la pared blanca del sur, la que se había encalado tres veces en su vida y la última de ellas el día antes de que ella dijera que sí.

Y supo lo que quería, con la claridad tonta de las cosas que uno lleva sabiendo tiempo y no se ha dicho por escrito.

Quería aquello. Todo aquello junto y sin descontar nada: los inviernos en Leith con sus libros, su firma y su casa de Couper Street, y los veranos aquí; su apellido en una puerta de Leith y su abuela cerrando su propio cerrojo desde dentro; y a aquel hombre, que no era el de mil novecientos uno y tampoco era otro, y del que llevaba dos meses apartando los ojos en un tinglado.

Lo notable no fue quererlo. Lo notable fue que quererlo ya no la ponía en peligro.

Seis años atrás, decir que sí a aquello había significado entrar en una casa ajena, sin oficio, sin dinero propio, sin nadie a quien preguntar y con todo colgando de la firma de un hombre.

Ahora tenía cuarenta por ciento de una casa de curado, un poder de la sociedad en la cartera, veintidós mil libras de crédito encima de un puerto, una abuela con escritura y un cerrojo, y una barca en el varadero de Sandgeo con el cabo de su boda en la proa.

Podía perderlo. Podía arruinarse, podía equivocarse en una temporada, podía perder un pleito. Lo que no podía era perderlo porque un hombre firmara un papel y otro lo llevara a su puerta.

Esa era la diferencia entera, y era toda la diferencia.

Se quedó un rato sentada en el jergón, con la manta por los hombros, mirando la pared encalada y la luz subiendo por ella.

Después se levantó, avivó el fuego, barrió lo de la noche, cerró la casa de su abuela con la llave nueva y cruzó el paso con la bajamar de la mañana sin decidir todavía qué iba a hacer con lo que sabía, ni cuándo, ni cómo se dicen esas cosas cuando llevan seis años sin decirse.