Capítulo 34. La primera partida
La primera partida
El cuatro de agosto, a las seis y media de la mañana, Bremner rechazó ciento cuarenta barriles de los novecientos que había en la nave.
Lo hizo como lo hacía todo: sin prisa y sin levantar la voz. Llevaba dos horas abriendo tres de cada diez, midiendo con la vara el nivel de la salmuera y tendiendo puñados de arenque por tamaños sobre las tapas. Al llegar a la pila del fondo, la de los primeros quince días, dejó la vara.
—Esta pila no está rematada. —Metió la vara en el tercer barril—. Aquí falta un dedo largo de salmuera. Se llenaron el día que se llenaron y nadie ha vuelto a completarlos a los diez días, como está mandado. Y en esta otra hay matties y fulls en el mismo lote, mezcladas, con el mismo número.
Magnus no discutió. Llevaba dos meses de gerente y había aprendido la primera lección de su nuevo oficio en la segunda semana: que discutirle la ley a un hombre del Board es perder, y que la única contestación útil es preguntar qué hay que hacer.
—¿Qué hace falta para que pasen?
—Que se rematen barril por barril con salmuera de la misma fuerza y se vuelvan a cerrar. —Bremner escribió en su libreta—. Y los mezclados, no pasan. Esos se abren, se seleccionan y se empacan otra vez. Si quiere mi marca en ellos, los quiero como si entraran hoy.
Eran ciento dos barriles para rematar y treinta y ocho para rehacer enteros, y el vapor salía el día once.
Fue culpa de la obra, y fue culpa suya. Las ocho mil libras habían entrado en la nave en junio y julio a contrarreloj: piso de hormigón con pendiente y canal, agua corriente, farlines nuevos a la altura que había dicho Bella Linklater.
La bomba de vapor y el almacén de sal quedaban para el invierno.
Durante tres semanas de julio, mientras se fraguaba el piso nuevo, se había curado en la nave vieja y en dos tinglados prestados, con las cuadrillas repartidas y sin nadie fijo a cargo del remate, y el remate es el trabajo que no se ve y que decide si un barril vale dinero en Stettin o vale saldo en el muelle.
—Lo mismo que en el cinco y el seis —dijo Magnus en voz alta, para nadie—. Prisa y sal.
Aquello no se arreglaba con apellidos. Bremner no le debía nada, no había cenado nunca en Helmsgarth y en junio había leído el periódico como todo el mundo. Se arreglaba con ciento cuarenta barriles y seis días.
Echó la cuenta en el reverso de un conocimiento de embarque, allí de pie.
Si los ciento cuarenta no salían marcados el once, había tres caminos y ninguno bueno: venderlos en Kirkwall sin marca, a menos de la mitad; mandarlos sin marca a Stettin, que era peor, porque un comprador que abre un barril sin corona en la primera partida de una casa nueva ya no compra la segunda; o retrasar la partida entera hasta el vapor siguiente, catorce días, con novecientos barriles ocupando una nave que tenía que empezar a llenarse otra vez el lunes.
Fue a decírselo al comité aquella misma mañana, como estaba obligado, y se lo dijo entero, incluida la parte en que la culpa era suya por no haber puesto a una persona fija en el remate durante la obra.
Clouston preguntó cuánto se perdía si no llegaban al vapor.
Heddle preguntó si servía madera de los barriles viejos.
Bella Linklater no preguntó nada: se levantó, dijo que necesitaba nueve mujeres y dos días, y se fue a buscarlas.
Y hubo una cosa más, que a Magnus le duró toda la semana en la cabeza.
Cuando acabó de exponer, Tam Isbister preguntó, sin ningún filo en la voz, quién iba a ser el responsable del remate a partir de ahora, y Magnus dijo que él.
Tam contestó que él ya tenía bastante con el resto y que eso era un puesto, no un descuido, y propuso que se pagara a una de las cuadrilleras por hacerlo y responder de ello.
Se votó allí mismo, salió que sí, y el puesto se lo dieron a la señora Rattray, con dos chelines más a la semana.
Era una decisión mejor que la suya y la habían tomado en cuatro minutos sin él.
Trabajaron el cinco y el seis desde las cinco de la mañana.
Los ciento dos se remataron con salmuera nueva medida al areómetro, tapa a tapa.
Los treinta y ocho se abrieron en el suelo nuevo, se separaron las selecciones sobre tableros y se volvieron a empacar en capas, y salieron treinta y cinco barriles buenos y tres de mixto que se vendieron después en Kirkwall a precio de lo que eran.
Bremner volvió el siete por la tarde. Abrió tres de cada diez otra vez, midió el nivel con la vara, tendió el pescado por tamaños sobre las tapas y estuvo veinte minutos sin decir palabra, y aquellos veinte minutos se los pasó Magnus de pie junto a la puerta con las manos a la espalda, igual que el resto de la nave.
Después marcó.
La marca iba a fuego en la duela: la corona, la palabra que dice el país, el tamaño, el año y las iniciales del oficial y del curador. Ochocientos noventa y siete barriles de la primera partida de la Sociedad del Puerto de Sandgeo salieron marcados. Los tres de mixto, no.
Jessie Linklater anotó los ochocientos noventa y siete en su libro y los cantó en voz alta al acabar, y hubo un ruido en la nave que no era exactamente un aplauso.
Magnus estuvo mirando aquello un rato más largo del que hacía falta.
Era la primera vez en la historia de aquel puerto que una duela salía de allí con una marca de la Corona, y eso no lo había conseguido él: lo habían conseguido nueve mujeres en dos días y un hombre de Kirkwall que no le debía nada.
Lo otro lo estaba peleando Kelda desde el treinta de julio en Leith, con cartas y dos telegramas, y era más difícil que la marca.
La casa de Stettin que compraba el arenque de Sandgeo llevaba años comprándoselo a Magnus Sinclair, y lo que llegó a Leith en la última semana de julio fue una carta muy cortés preguntando quién era la Sociedad del Puerto de Sandgeo, quién respondía de ella, cuánto capital tenía y por qué debían aceptar barriles con un nombre que no existía en ningún sitio en el mes de mayo.
Ofrecían seguir comprando con el nombre viejo.
Ofrecían también, y eso era lo que de verdad querían, comprar a precio de casa desconocida hasta que el nombre nuevo tuviera dos temporadas.
Magnus lo supo el treinta y uno, por una copia que ella le mandó al tinglado sin comentarios, y estuvo dos días con la carta en el bolsillo dándole vueltas a una idea que se le ocurrió tres veces y que descartó las tres.
La idea era escribir él. Conocía al agente desde hacía nueve años, había cenado con él en Leith, le había fiado una partida en el cuatro.
Dos líneas suyas habrían bastado para que aquella casa aceptara el nombre nuevo sin preguntar.
Y habrían sido dos líneas del señor de Rossay avalando con su apellido a una sociedad que existía precisamente para dejar de depender del señor de Rossay.
No las escribió. Se lo dijo así al comité, por si alguien pensaba que estaba de brazos cruzados, y Clouston le contestó que hacía bien y que a ver si lo sostenía en octubre, cuando hubiera que pedir dinero.
Kelda contestó por telegrama y lo cerró en tres días.
Lo que ofreció no fue dinero. Ofreció que Halcro y Flett, de Leith, casa conocida en Stettin desde hacía veinte años, garantizara la calidad de la primera partida entera: si el comprador abría los barriles al llegar y encontraba algo que no correspondiera a la marca, devolvía y Halcro y Flett respondía del importe y del flete.
A cambio pidió una sola cosa, que no costaba un penique y que era la única que le importaba: que los barriles fueran marcados con el nombre nuevo desde el primero, y que en la liquidación constara el nombre nuevo.
Aceptaron.
Magnus se enteró por una nota de dos líneas que le llegó al tinglado el ocho, escrita con letra pareja: cerrado con Stettin, garantía de Halcro y Flett a la calidad, nombre nuevo en la duela, embarque el once.
Se la guardó en el bolsillo del chaleco y no contestó nada, porque no había nada que contestar y porque en aquella nota no había ni una palabra que no fuera de trabajo.
La partida salió el once en el vapor. Novecientos barriles menos tres.
Magnus estuvo en el muelle hasta que cargaron el último, contándolos con Jessie Linklater, que llevaba el libro y cantaba los números en voz alta con una seguridad que en junio no tenía.
Cuando el vapor dobló la punta se quedaron los dos mirando, y la muchacha dijo que le parecía mentira que aquello valiera tanto dinero.
—Vale lo que valga cuando lo abran en Stettin —dijo Magnus—. Hasta entonces son barriles.
La feria de Lammas de Kirkwall empezó el lunes doce y duró tres días.
Magnus bajó el martes por asuntos del puerto y se quedó por la tarde, como se queda todo el mundo.
La calle ancha estaba tomada por los puestos de género, los caballos, las cestas y los tenderetes de dulces; había un hombre de Aberdeen vendiendo remedios a voces desde un cajón, dos ferias de ganado en las afueras y más gente de la que cabe en esa ciudad.
Tres cuartas partes de Rossay estaban allí.
Vio a Bella Linklater comprando botas para su hijo pequeño y a Tam Isbister discutiendo el precio de un cabo con una convicción que no había gastado nunca en discutir con él.
Vio a Jessie Linklater comprándose un cuaderno de tapas negras con su primer sueldo y a la señora Rattray discutiendo con un hombre de Stromness sobre cuchillos.
Y vio, junto al tenderete de los pañuelos, a Kelda Flett, que había subido en el correo de la mañana con Marion y con Jessie Linklater y llevaba a un peedie de los Clouston de la mano porque alguien se lo había endosado.
Se saludaron como se saludaban desde junio: de lejos, correctamente, con dos palabras de trabajo.
Llevaban dos meses así. Se veían casi a diario, en el tinglado, en la nave, en las juntas, y hablaban de sal, de barriles, de fletes y del libro de participaciones, y ni una sola vez, en dos meses, había salido de la boca de ninguno de los dos una frase que no cupiera en un acta.
La feria de Lammas era el mercado grande del año y lo había sido siempre: allí se vendía el ganado, se ajustaban criados, se compraban las botas del invierno y se pagaban deudas viejas, y por la noche había baile porque hay baile donde hay gente y dinero.
Magnus llevaba yendo desde niño y aquel año fue el primero en que bajó sin ser nadie: ni el señor de Rossay, ni el propietario del puerto, sino un hombre que lleva unos libros y a quien la mitad de la calle ha leído confesándose en el periódico.
Le fue mejor de lo que esperaba. Le dieron la mano cuatro personas que en junio se habían cruzado de acera, y dos no se la dieron.
El baile fue por la noche, en la plaza, con un entarimado montado por la mañana y tres músicos, y empezó como empiezan estas cosas, con los jóvenes y los que no tienen vergüenza, y a las diez ya bailaba medio Kirkwall.
Magnus estuvo en el borde una hora, con un vaso que no se bebió, hablando con Gaudie de la temporada.
Cuando los músicos cambiaron a algo lento, se apartó de Gaudie y cruzó la plaza.
No dijo nada. Se quedó de pie delante de ella, a un paso, con las manos a los costados, y esperó.
Kelda lo miró. Estuvo un momento sin moverse, el tiempo justo para que aquello fuera una decisión y no una inercia. Después le dio a Marion el chal que llevaba en el brazo, que era su manera de contestar, y se levantó.
Marion cogió el chal sin comentar nada y siguió mirando a los músicos.
Bailaron dos piezas.
Él le puso la mano derecha en la cintura, por encima de la tela, y le tomó la izquierda con la suya; ella le puso la derecha en el hombro.
No hablaron. Kelda bailaba bien y con una seriedad de faena, marcando ella los giros la mitad de las veces, y a Magnus le costó tres compases entender que el que no sabía llevar era él y otros tres dejar de intentarlo.
Fue el contacto más largo que habían tenido en seis años. Duró lo que duran dos piezas y a él le pareció exactamente lo que era: mucho tiempo.
A media plaza había ochenta personas de Rossay mirándolos, y ninguna se hizo la despistada. Aquello también estaba en la cuenta y los dos lo sabían al levantarse.
En la segunda pieza, con el giro, la cadena del reloj se le movió dentro del chaleco y el aro dio contra el botón, y Magnus notó que ella lo notaba, porque Kelda bajó los ojos un instante hacia su pecho y los volvió a subir sin decir nada y sin cambiar el paso.
Él no se llevó la mano allí. No lo nombró, no lo sacó, no lo ofreció.
Cuando acabó la segunda pieza, los músicos pararon a beber y la gente se movió, y quedaron los dos de pie en mitad del entarimado con la mano de él todavía en su cintura, un segundo más de lo que había durado la música.
—Gracias —dijo Magnus.
—A usted.
Fue todo lo que se dijeron en tres días de feria.
Kelda volvió con Marion, y él volvió con Gaudie, que tuvo el buen gusto de seguir hablando de la temporada como si no hubiera visto nada.
No habían bailado nunca. Ni una vez en su boda, ni en seis años de nada.
Magnus se acordó de aquello con la música ya sonando otra vez y se quedó con el vaso en la mano un rato largo, en el borde de la plaza, mirando bailar a la gente de su isla.