Capítulo 33. La junta
La junta
—Yo no firmo nada que deje ese puerto en manos de un Sinclair —dijo Tam Isbister—, y el que quiera firmar, que firme.
Eran las siete de la tarde del veintiocho de junio, en el almacén viejo de Sandgeo, con treinta y una personas sentadas en cajones y bancos de la iglesia y el resto de pie contra la pared. Kelda llevaba veinte minutos hablando y aquella fue la primera cosa que dijo alguien.
Tam tenía sesenta y cinco años, la mano izquierda todavía torcida del temporal de mayo y la cara de quien lleva cuarenta años pagando un atraque por adelantado.
—No lo digo por la carta del periódico, que la carta está bien. Lo digo porque en esta isla el papel siempre lo firma uno y lo paga otro. Usted se va a Leith en septiembre, señora, y aquí nos quedamos nosotros con lo que haya quedado escrito.
—Por eso he venido a que lo escriban ustedes conmigo —dijo Kelda—.
Pregunten, y lo que no se pueda contestar no se pone.
Y si a alguien le parece que esto es un favor que les hace una casa de Leith, que se levante ahora y lo diga, porque no lo es: es un cobro.
Yo tengo veintidós mil libras encima de este puerto y quiero cobrarlas, y he calculado que las cobro mejor con ustedes dentro que con ustedes fuera. Eso es todo lo que hay debajo.
Kelda dejó que el murmullo corriera y esperó a que se apagara solo, que es lo que hacen los murmullos cuando nadie los alimenta.
—Tiene usted razón en las dos cosas, señor Isbister.
Me voy a Leith y el papel lo pagan ustedes.
Por eso no he traído un papel hecho. —Señaló la pared vacía detrás de ella—.
He traído a un procurador que cobro yo, seis líneas y cuatro horas.
Si a las once de la noche esto no se sostiene delante de ustedes, no se firma.
Estuvieron cuatro horas aquella noche, y otras tres el sábado, y otras dos el martes siguiente. Kelda no llevó estatutos. Llevó una hoja grande clavada en la pared con seis líneas escritas y las fue rellenando delante de todos, tachando y volviendo a escribir, según las preguntas.
La primera fue la de Tam, y la contestó Sutherland, que estaba allí por su cuenta y cobrando.
—Si esto ha de ser de ustedes, el puerto no puede seguir siendo del señor Sinclair.
Tiene que cambiar de dueño, y el dueño nuevo tiene que ser una cosa que no se muera ni se case ni se arruine: una sociedad inscrita, de las que la ley llama industriales y de previsión.
Esa sociedad puede tener tierras, almacenes y barcos a su nombre.
—¿Y él qué se lleva por vender?
—Nada.
Se hizo un ruido en el almacén.
—Nada —repitió Sutherland—. La finca, el puerto, la estación, los almacenes, las embarcaciones y la casa se traspasan a la sociedad por veinticuatro mil libras, que es una tasación corta hecha por un tasador de Kirkwall que no es amigo de nadie.
Sobre esas cosas hay una deuda de veintidós mil cuatrocientas cuarenta libras con Halcro y Flett, de Leith.
La sociedad asume esa deuda y con eso paga el precio.
Al señor Sinclair le sobran mil quinientas sesenta libras, y de esas no se lleva un penique: las aporta a la sociedad para que ustedes empiecen a pagarse sus participaciones.
—¿Y quién le ha obligado a eso? —preguntó la mayor de las Baird desde el fondo.
Nadie contestó, porque Magnus no estaba en la sala. Kelda había pedido que no estuviera aquella primera noche y él había dicho que le parecía bien.
—A mí me obligaría la vergüenza —dijo Willa Corrigall desde la tercera fila, sin levantarse—. Que es lo único que obliga a los ricos, y solo a los que la tienen.
Nadie le contestó a eso tampoco, y la reunión siguió.
Antes de todo aquello hubo dos escrituras.
La primera fue la renuncia de Isobel al derecho vitalicio de residencia, firmada el once de junio y elevada a escritura pública el veinticuatro, sin la cual la casa no se podía transmitir libre de nada.
La segunda la ordenó Kelda antes que ninguna otra.
El dos de julio, Sutherland otorgó la escritura de segregación de la vivienda de Sel Holm, con su terreno, su varadero y el paso, separándola del resto de la finca; y a continuación la de transmisión a favor de Marion Flett, viuda de Erlend Flett, sin precio, como restitución por el desalojo de mil novecientos uno, con renuncia expresa de la interesada a reclamar cualquier otra indemnización por aquellos hechos. Quedó inscrita aquella misma semana.
Marion lo supo aquella tarde, en la cocina de Willa, y lo único que preguntó fue si la casa era suya para poder dejársela a quien le diera la gana. Sutherland le dijo que sí. Entonces dijo que estaba bien y siguió cosiendo.
El instrumento se quedó en el despacho del procurador, con una copia en la carpeta de Kelda. Marion no había vuelto a pisar el interior de aquella casa desde la noche del veinticinco de octubre de mil novecientos uno y no pensaba hacerlo hasta que tuviera tejado.
Kelda lo había ordenado así por una razón de oficio que explicó en la junta cuando se lo preguntaron: que una vivienda que se saca de una finca ya hipotecada se saca antes de que nadie transmita nada, con el consentimiento del acreedor, que en este caso era ella, dado por escrito en su condición de apoderada.
Si se hacía después, quedaba colgando de la buena voluntad de la sociedad nueva, y la buena voluntad no se registra.
Con Sel Holm fuera, lo demás se pudo empezar a escribir.
Las preguntas del sábado fueron de dinero y fueron peores que las del jueves.
—Participaciones. —Bella Linklater se puso de pie para hablar, como en la iglesia—. ¿Y de dónde saco yo el dinero para comprar participaciones, señora? Yo tengo lo que gano y lo que gano se come.
—De ahí. —Kelda escribió en la hoja de la pared—.
Una participación vale una libra. Cada miembro toma las que quiera y las paga con una retención del cinco por ciento de lo que cobre, jornal o reparto, hasta completarlas.
Ni una libra por adelantado. Si un año no se cobra, no se retiene, y no se pierde lo pagado.
—¿Y si me voy de la isla?
—Se le devuelve lo pagado. Nadie se queda con su dinero.
—¿Y si esto quiebra? —Era Clouston, desde la puerta, con la gorra en la mano—. ¿Vienen a por mi casa?
—No. —Sutherland levantó la voz para los del fondo—. En estas sociedades se responde hasta donde llega lo que uno ha puesto y ni un penique más. Su casa no entra. Va en el primer artículo y ustedes lo leerán antes de firmar.
—¿Y usted, señora? —Tam otra vez—. Porque usted es la que tiene las veintidós mil libras encima.
Esa era la pregunta, y Kelda la llevaba esperando desde el jueves.
—Halcro y Flett cancela la deuda entera a cambio de participaciones de otra clase.
Cobran un cuatro y medio por ciento antes que nadie, y si un año no hay para pagarlas, se acumula y se paga cuando lo haya.
No votan en lo ordinario: ni en jornales, ni en quién trabaja, ni en qué se compra, ni en cómo se cura.
—Escribió en la pared—. Votan en cuatro cosas: si se vende algo de la sociedad, si se pide dinero nuevo a un banco, si se cambia a qué se dedica esto y si se nombra o se despide al gerente.
En esas cuatro tenemos derecho a decir que no. En las demás no pintamos nada.
—¿Y por qué se queda esas cuatro?
—Porque la deuda es de veintidós mil libras y mi socia tiene cincuenta y cinco años y un negocio en Leith que da de comer a cuarenta personas.
Si les dijera que Halcro y Flett pone eso encima de la mesa y se calla del todo, les estaría mintiendo.
El día que alguien aquí quiera vender el muelle para tapar un mal año, me va a encontrar delante.
Tam se rio por lo bajo, de mala gana.
—Al menos lo dice.
—Lo digo y va escrito. —Kelda se volvió hacia la sala—. Y ahora lo otro, que es lo que ustedes han venido a preguntar y todavía no me han preguntado. ¿Quién manda?
Se hizo silencio.
—Un miembro, un voto. El que tenga una participación y el que tenga cincuenta, el mismo voto.
Las mujeres de las cuadrillas son miembros igual que los patrones.
La junta elige cada año un comité de cinco, y el comité manda sobre el gerente.
El gerente es un empleado: cobra un sueldo, no tiene participaciones, no vota y se le despide como a cualquiera.
—¿Y el gerente va a ser él?
—El gerente lo eligen ustedes. Se ha presentado y hay que votarlo. Si sale que no, se busca otro y él se va a buscar trabajo a otra parte, y esto sigue igual.
—¿Y usted qué es en todo esto? —preguntó Bella—. Porque usted no es de aquí ya, ni es la mujer del gerente, ni es dueña, ni es socia nuestra.
—Yo soy la que representa a la acreedora, y cuando esto esté firmado me habré quedado sin papel en esta isla. —Kelda lo dijo sin adornarlo—. No voy a ser miembro. No puedo serlo y no debo: el que presta no manda en la casa del que trabaja.
Aquello fue lo que más costó. Se discutió el sábado hasta las once y el martes otra vez.
Heddle, el carpintero, dijo que quién mejor, que llevaba seis años pagando jornales con dinero suyo.
La mayor de las Baird dijo que precisamente por eso: que a ver quién le lleva la contraria en una junta a un hombre que ha sido el señor toda la vida.
Bella Linklater dijo que ella lo votaba con una condición, que las cuentas se leyeran en voz alta cada tres meses delante de todos, «porque yo no leo bien y no pienso firmar lo que no entienda».
Clouston preguntó qué pasa si el gerente se equivoca, y Sutherland le contestó que se le despide con un mes de aviso, como a todo el mundo.
Tam Isbister dijo que él votaba que no, y que lo decía delante y no por detrás.
Salió que sí a mano alzada el dos de julio por la tarde: veintiséis a favor, cinco en contra, dos abstenciones.
Los miembros fundadores firmaron el tres de julio en el almacén viejo, por orden de llegada: Tam Isbister el primero, y a quien le preguntó por qué firmaba después de haber votado que no, le contestó que una cosa es un hombre y otra cosa es un puerto.
Detrás, Sandy Clouston y su hijo, Bella Linklater, las dos Baird, la señora Rattray, el carpintero Heddle, Willa Corrigall, que puso dos libras y dijo que lo hacía por el muelle y no por nadie, y el resto de patrones y mujeres de las cuadrillas hasta treinta y tres.
Marion Flett no firmó: dijo que ella ya tenía su casa y que las sociedades son para los que trabajan.
Hubo una tercera noche, la del martes, que fue la de los nombres.
Hubo que decidir cómo se llamaba aquello y costó más que las participaciones.
Se propusieron cinco nombres y ninguno gustó a todos, y al final Sutherland se hartó y dijo que las sociedades no se llaman como los barcos y que pusieran el del sitio, y así quedó: Sociedad del Puerto de Sandgeo. Se registró con ese nombre.
Y hubo, esa misma noche, un momento que Kelda no había previsto.
Cuando Heddle preguntó quién llevaría los libros de las participaciones de cada miembro, que era el trabajo aburrido y el que de verdad importaba, se levantó Jessie Linklater, que tenía diecinueve años y llevaba tres semanas sujetando el otro extremo de una cinta de medir, y dijo que ella sabía leer una etiqueta y sumar, y que aprendía rápido.
Se votó y salió que sí, con el sueldo de media jornada y la obligación de aprender contabilidad con quien hiciera falta, y a Bella se le puso una cara que Kelda tardó en identificar, porque era la de una madre que no sabe si está orgullosa o asustada, y es la misma.
—Que aprenda en Leith —dijo Kelda—. Tres meses, en mi almacén, y la casa le paga el alojamiento. Vuelve en octubre sabiendo llevar un libro mayor.
Bella la miró y tardó en contestar, y lo que contestó fue que su hija decidiera.
Magnus firmó la transmisión aquella misma tarde, de pie, delante de los treinta y tres.
Firmó siete hojas, una detrás de otra, sin leerlas porque las había leído antes, y no dijo una palabra en toda la ceremonia salvo el sí del juramento del cargo, que en aquella sociedad era una fórmula corta redactada por Sutherland: llevar los libros con verdad, someterlos al comité cada tres meses y leerlos en voz alta en junta ordinaria.
Después puso los libros sobre la mesa, abiertos por la primera página del ejercicio, y empezó a leer en voz alta las partidas de junio para el comité recién elegido, que se sentó a escuchar con los sombreros en las rodillas.
Cuando llegó a la partida de la sal, Bella Linklater lo paró y le preguntó por qué se compraba en Kirkwall y no en Liverpool, y Magnus tuvo que explicarle delante de todos que en Liverpool era mejor y salía más barata por quintal, y que la compraban en Kirkwall desde hacía dos años porque él no había querido cambiar de proveedor.
—Pues cámbiese —dijo Bella.
—Sí, señora.
A las nueve de aquella noche, la Sociedad del Puerto de Sandgeo era dueña de un muelle con dos pilastras nuevas, una estación de curado que no podía obtener la marca de la Corona, tres almacenes, cuatro embarcaciones, una casa de dieciocho cubiertos con el ala norte cerrada y una deuda de veintidós mil cuatrocientas cuarenta libras con una casa de Leith.
Y Magnus Sinclair era un hombre de treinta y tres años sin propiedades, sin capital, con un sueldo por convenir y un comité de cinco personas por encima.
Kelda lo miró desde el fondo de la sala, de pie, con la carpeta bajo el brazo.
Él no la buscó con los ojos ni una vez en toda la tarde.