La mujer que volvió con la marea Capítulo 32. El periódico
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Capítulo 32. El periódico

El periódico

El semanario llegó a Sandgeo el diecinueve de junio en el correo de la mañana, y Magnus lo compró en la tienda de Willa Corrigall como todo el mundo, por su penique, porque le pareció que esconderse de un papel que había escrito él era la última de las cobardías que le quedaban disponibles.

Estaba en la segunda página, entero, sin cortes, con sus cuatro puntos numerados y su nombre al pie.

Lo habían compuesto en cuerpo pequeño para que cupiera y ocupaba dos columnas y media.

Encima, el semanario había puesto tres líneas de su propia cosecha diciendo que publicaba aquel escrito a petición y a cargo del firmante y que devolvía el importe.

Willa le cobró el penique sin decir nada, le dio el cambio y después, cuando él ya se iba, habló a su espalda.

—Yo lo dije en el novecientos uno.

—Lo sé. Me lo contó Isbister. Por la letra.

—Por la letra. —Willa cerró el cajón—. Y no me hizo caso ni el pastor. Buenos días, señor Sinclair.

Lo leyó de pie, junto al mostrador, con el papel que ya había leído cuatro veces manuscrito y que impreso decía exactamente lo mismo y pesaba el triple.

Tres líneas le sonaron distinto en letra de imprenta: «que si hubiera hablado aquella noche, o si al día siguiente hubiera puesto a su familia por delante de su apellido, aquel desalojo habría necesitado pasar por encima de él y probablemente no habría ocurrido».

Eso lo iban a leer en voz alta en cuarenta cocinas aquella semana.

Lo había escrito él, y lo había escrito así a propósito, y aun así le costó doblar el periódico con las manos firmes.

Aquel día y el siguiente aprendió lo que cuesta.

En Kirkwall, adonde bajó el veinte por asuntos del puerto, el mayor de los Baikie lo vio venir por la calle ancha, le sostuvo la mirada dos segundos, se tocó el sombrero y se metió en la puerta de un notario que casi seguro no necesitaba.

El médico nuevo, que ya llevaba seis años allí, cruzó a saludarlo y se quedó cuatro minutos hablando de la lluvia con una amabilidad tan cuidadosa que era peor que el desprecio.

En el mostrador del banco, el empleado que siempre lo pasaba directamente al despacho le dijo que el señor director estaba ocupado y le ofreció esperar, y esperó cuarenta minutos con el sombrero en las rodillas mirando pasar a gente que entraba antes que él.

Cuando lo recibieron, fue cortés y fue clarísimo.

La línea de crédito de la temporada, que se renovaba desde antes de morir su padre, quedaba suspendida hasta que se aclarase la situación patrimonial de la finca.

Le hablaron de prudencia, de comité, de circunstancias.

Gaudie, su agente, se lo resumió después en la calle con una sola frase: que un banco no castiga a nadie por confesar, pero que tampoco le presta a una casa de la que se sabe que dentro se falsifican firmas.

—¿Y usted qué me aconseja? —preguntó Magnus.

—Ya no sé aconsejarle, señor. Usted tomó una decisión de las que no tienen consejo. Lo que sí le digo es lo que va a pasar: sin esa línea, en septiembre no compra usted ni la sal.

En el mismo banco, al salir, se cruzó con un armador de Stromness que le debía dos favores y con el que había cenado cuatro veces. El hombre le dio la mano, le preguntó por la temporada y, en mitad de la respuesta, miró por encima de su hombro y descubrió que tenía muchísima prisa.

Lo de la señora Groat fue distinto y peor.

Se la encontró a la salida de la catedral, con el sombrero de las visitas, y la mujer del sheriff sustituto se le acercó con los ojos húmedos a decirle que qué disgusto, que qué vergüenza para la familia, que ella siempre había dicho que aquella pobre muchacha, y Magnus tuvo que escuchar durante tres minutos cómo la persona que había repartido la historia por dos condados en mil novecientos uno se ponía ahora del lado bueno, gratis y sin que le costara nada.

Y hubo otra cosa, que no esperaba.

Y hubo dos más, pequeñas, que apuntó en su cabeza sin saber para qué.

El chico de los Clouston, que ya era un hombre con lancha propia, le dijo buenos días por su nombre y sin el señor delante, y no fue una falta de respeto sino otra cosa.

Y el pastor Scarth le paró en el camino y le dijo, sin bajar la voz y en mitad de la carretera, que había hecho bien y que era tarde, las dos cosas en la misma frase, que era exactamente lo que Magnus pensaba y no había oído decir a nadie.

En el muelle de Sandgeo, la tarde del veinte, Bella Linklater dejó el cuchillo, se limpió las manos en el delantal, salió del farlin y le tendió la mano. Magnus se la dio. Ella se la apretó una vez, fuerte, como se da la mano en el trabajo.

—Usted no ha hecho nada por nosotras —dijo—. Pero ha puesto su nombre donde hay que ponerlo, y eso mi madre no lo vio hacer nunca a ningún señor de esta isla. Ya está.

Y volvió al farlin, y a los dos minutos ya estaba riñendo a una de sus mujeres por el empaque de un barril. Fue el único contacto físico que tuvo Magnus Sinclair en toda aquella semana y le duró tres segundos.

La resolución del procurador fiscal llegó el veinte por la tarde, por conducto de Sutherland.

Contra David Omand se acordaba proceder.

Los hechos, como los resumía el escrito, eran la confección de un documento que no había sido otorgado por quien aparecía firmándolo y su presentación y uso para producir efectos; y, en concurso con eso, el manejo de fondos y encargos a través de su cuenta de despacho para adquirir y sustituir una pieza ajena, con perjuicio de tercero.

En el lenguaje del oficio: falsificación y uso de documento falso, y fraude.

Se le citaría en los términos ordinarios y la instrucción seguiría su curso.

Respecto de la señora Isobel Sinclair, no se acordaba iniciar procedimiento.

El escrito lo decía en dos líneas y sin adjetivos: que los elementos aportados no contenían, respecto de esta persona, corroboración independiente suficiente de su participación; que la atribución directa descansaba en el testimonio de una sola testigo; que los pagos y encargos se habían canalizado a través de la cuenta de un tercero y no constaban documentos de su mano; y que no existiendo otra fuente de prueba, no procedía.

No decía señora. No decía familia. No hablaba de rango, ni de apellido, ni de posición: era un párrafo de oficina aplicando una regla que se aplica igual a un carretero.

Magnus lo leyó dos veces en el despacho de Sutherland y después subió a Helmsgarth y se lo llevó a Kelda, que estaba en el gabinete del ala oeste con los borradores de la Sociedad.

La encontró con Sutherland y con una hoja grande llena de cuadros y flechas que tapó con el brazo sin disimulo cuando él entró, y Magnus no preguntó qué era.

Ella leyó el escrito de pie, entero, y se lo devolvió.

—Estaba dicho desde el ocho de junio.

—Lo estaba. —Magnus dobló el papel—. A mí me sigue pareciendo insoportable.

—Y a mí. —Kelda se quedó un momento con la mirada en la ventana—. A Omand se le ve la letra. A quien estaba de pie al lado, no. Y en esta isla hay ochenta personas que saben perfectamente lo que pasó en aquel gabinete, y ninguna de las ochenta vale como prueba.

No dijo más y volvió a sus borradores, y Magnus entendió que no había nada que contestar a eso, porque no lo había.

Sutherland añadió de viva voz lo que no ponía el escrito y Magnus quiso oírselo entero: que los recibos y la correspondencia de aquel despacho de 1901 no aparecían, que Omand había tenido seis años para limpiarlos y que era de suponer que lo había hecho; que la mediación por cuenta de cliente es precisamente lo que borra el nombre de quien paga; y que si algún día Omand decidía hablar y señalar a su principal, tampoco bastaría, porque su declaración sola no vale contra nadie.

—¿Y si en el juicio dice delante de todos que ella se lo mandó? —preguntó Magnus.

—Entonces lo sabrá Kirkwall entero y no lo sabrá el tribunal. No es lo mismo, señor Sinclair. Pero tampoco es nada.

Effie Leask prestó su declaración ante el sheriff el veinticuatro, en Kirkwall, en audiencia pública, y contó lo mismo que había jurado ante el notario, sin quitar ni añadir.

Dos días después seguía trabajando en Helmsgarth, con su cuarto reservado en casa de Willa por si lo necesitaba, con su procurador pagado por adelantado hasta diciembre y con un billete a su nombre en la oficina de la consignataria que no había usado.

Nadie le ofreció nunca nada a cambio de nada.

Isobel se marchó el veintiséis de junio, cuatro meses y medio antes de la fecha que ella misma había puesto en la minuta de renuncia.

No hizo falta que nadie se lo pidiera ni que nadie se lo dijera.

Entre el diecinueve y el veinticinco, aquella mujer recibió dos visitas de cortesía menos que en cualquier semana de su vida, le devolvieron una invitación de Kirkwall con una excusa de salud y el pastor Scarth, que llevaba treinta años subiendo a tomar el té los martes, subió el martes, tomó el té y no volvió a subir.

La prima segunda de la calle de la catedral escribió una carta muy afectuosa en la que se alegraba mucho de saber de ella y lamentaba tener la casa en obras.

No dio explicaciones ni las pidió nadie.

Mandó recado a Firth el lunes de que preparara los baúles, escribió a una pensión de Edimburgo de las que anuncian en el periódico, encargó el pasaje con su propio dinero y se fue en el vapor de la mañana, sin visitas de despedida y sin una sola nota para nadie de la casa.

Magnus la acompañó al muelle, porque era su tía y porque no pensaba discutir consigo mismo sobre eso, y esperaron media hora en el pantalán sin hablar.

Al subir, ella se volvió desde la pasarela y dijo la última cosa que le dijo en su vida delante de testigos:

—Cuida los libros.

Nada más. No dijo adiós, no dijo perdóname, no nombró a nadie. Dos palabras, y eran de administración, que era su idioma entero.

Magnus se quedó mirando el vapor hasta que dobló la punta, y lo que sintió no fue alivio ni pena, sino una cosa fría y exacta: que aquella mujer había llevado la casa de su padre durante veinte años, que él había firmado sin leer todo lo que ella le puso delante, y que si alguien tenía que haber estado en su sitio en aquel gabinete de octubre, discutiendo y mirando los papeles, era él.

Aquella tarde, en la casa vacía, Magnus hizo dos cosas.

La primera fue bajar a la cocina y decirle al servicio, con Firth al lado, que a partir de aquel día él llevaría la casa hasta que hubiera dueño, que nadie iba a perder su puesto por el cambio si estaba en su mano evitarlo y que la señora Tulloch pasaba a decidir el gasto entero sin consultárselo a nadie.

La segunda fue sentarse en el comedor, solo, en la cabecera, delante de una mesa de dieciocho puesta para uno, con la vitrina al fondo y el nicho vacío enfrente.

Cenó allí por costumbre y por disciplina, y a mitad de la sopa entendió que aquella habitación ya no le daba miedo y que tampoco le decía nada, y que llevaba seis años cenando delante de un agujero porque era la única penitencia que se había permitido y que ni siquiera esa se la había ganado.

Al día siguiente mandó a Firth que cerrara el comedor grande y empezó a comer en la cocina.

El veintisiete por la mañana bajó a la oficina del tinglado con dos cosas: el llavero entero y los libros del puerto, los de la finca y los de la estación, en dos brazadas.

Kelda estaba en la oficina del tinglado con Sutherland y con los borradores, a las siete y media de la mañana.

—Vengo a entregar esto —dijo Magnus—. Llaves y libros. Todos. Y a pedir una cosa, y prefiero pedirla delante de su procurador para que quede clara.

—Dígala.

—Cuando esto tenga dueño nuevo, sea quien sea, necesito trabajo.

Sé llevar este puerto y esta estación mejor que nadie de esta isla y peor de lo que voy a saber llevarlos dentro de tres años.

Pido un puesto de gerente, a sueldo, con contrato, con cuentas que se revisen, y a las órdenes de quien mande.

Si no me lo dan, me buscaré la vida en otra parte y no habrá una palabra más sobre el asunto.

Sutherland se quitó las gafas y miró a uno y a otra con la cara de un hombre que lleva cuarenta años en despachos y muy pocas veces ha visto esto.

Kelda tardó en contestar y contestó como contestaba las ofertas.

—¿Con qué sueldo?

—El que se pague en Kirkwall por el mismo trabajo. No sé cuál es. Lo averigua usted y lo acepto.

—¿Y si el que manda le corrige delante de sus hombres?

—Entonces me corrige delante de mis hombres. —Magnus no se movió—. Llevo seis años mandando solo y he llevado esta casa a una subasta. No estoy en condiciones de poner condiciones.

—Lo tendré en cuenta.

—Es todo lo que le pido.

Y era todo lo que le pidió. No dijo una palabra del matrimonio, ni del anillo que llevaba en la leontina, ni de un beso en un socaire, ni de perdón, ni de derecho a quedarse en la casa de su padre.

Dejó el llavero sobre la mesa, junto a los libros, contó en voz alta las once llaves para que Sutherland las anotara, y se fue al muelle a trabajar.