La mujer que volvió con la marea Capítulo 31. Lo que dicen los números
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Capítulo 31. Lo que dicen los números

Lo que dicen los números

El defecto apareció el miércoles doce por la mañana, en el suelo de la nave de curado, y valía ocho mil libras.

Kelda llevaba dos horas allí con una regla y una libreta.

La nave tenía el piso de tierra apisonada con tablones encima, sin desagüe, y el agua de la salmuera se iba donde le daba la gana; la bomba era de mano y sacaba lo que sacaba; los farlines estaban a la altura equivocada para mujeres que trabajan doce horas; y el tejado, en tres crujías, dejaba pasar luz.

Lo escribió sin adornos en la primera hoja del informe: aquella estación no conseguiría la marca de la Corona en esas condiciones.

Ni ese año ni ninguno. Un oficial del Fishery Board entra, mira el suelo, mira el agua, abre tres barriles y se va.

Y sin marca no hay Danzig, ni Stettin, ni Königsberg; hay venta local, precio de saldo y un puerto que no cubre los intereses de nadie.

Arreglarlo costaba, según el constructor de Kirkwall y sus propias cuentas de Leith, ocho mil libras. Piso de hormigón con pendiente y canal, agua corriente a la nave, bomba de vapor, farlines nuevos, cubierta, y almacén de sal con suelo levantado.

Ocho mil libras que ya no existían, porque las ocho mil libras del mundo se habían quedado en una carta de sir James Rennie que Magnus Sinclair había contestado con un no.

Aquella tarde le enseñó las cuentas a Magnus en la oficina del tinglado, porque el acuerdo la obligaba a dar cuenta y porque quería verle la cara.

—Ocho mil —dijo él, y se quedó mirando la hoja un rato—. Lo sé desde el año pasado. Pedí presupuesto en octubre y lo guardé en el cajón, que es lo que se hace con los presupuestos que no se pueden pagar.

—Enséñemelo.

Se lo enseñó. Era del mismo constructor y daba siete mil seiscientas, sin la bomba de vapor.

Kelda lo cotejó con el suyo, corrigió dos partidas al alza y lo grapó a su informe, y no dijo lo que estaba pensando, que era que un hombre que pide un presupuesto que no puede pagar y lo guarda es un hombre que ya sabía lo que había que hacer.

Así que el jueves trece, Kelda cerró el modelo de liquidación y lo dejó en la mesa terminado, con todas sus cifras, y era un modelo bueno.

Con la renuncia al derecho de residencia firmada, la finca, la casa, el puerto, los almacenes, la estación y las embarcaciones salían a venta ordenada entre veinticinco y veintisiete mil libras.

Tasación conservadora, veinticinco. De ahí se cobraba el principal, veintiuna mil, y los intereses vencidos, mil cuatrocientas cuarenta.

Quedaban para Halcro y Flett, descontados gastos, honorarios y el descuento por vender en una isla, alrededor de tres mil quinientas libras limpias sobre una inversión de diecisiete mil seiscientas cuarenta hecha en marzo.

Un año y tres meses. Dos temporadas de cualquier otro negocio no daban eso.

Y no había que arriesgar un penique más.

Debajo, en la columna que Kelda había llevado desde el principio y que no era financiera, estaba lo otro: treinta y tres puestos de trabajo, veintidós de ellos de mujeres que no tienen otro sitio donde ganar dinero en esta isla; un puerto que pasaría a manos de gente de fuera o se cerraría; y una comunidad que había aguantado seis inviernos malos pensando que el año que viene sería mejor.

Eso no iba en el informe de una acreedora.

Kelda lo escribió igual, en una hoja aparte, porque su socia iba a preguntar y ella no pensaba mentirle por omisión.

Y debajo, para sí, apuntó la cifra que llevaba dos días sin poder colocar en ninguna columna: veintidós de esos treinta y tres puestos eran de mujeres de esta isla, y ella sabía exactamente lo que valen doce chelines a la semana cuando no hay otros doce chelines en veinte millas a la redonda.

Agnes Halcro llegó en el vapor el jueves por la tarde, con un maletín y dos días de tiempo, y no quiso que la llevaran a Helmsgarth.

—A la fonda de Sandgeo. Y mañana a las siete en el muelle.

—¿Cómo está eso? —preguntó en la puerta de la fonda, con el maletín todavía en la mano.

—Peor de lo que dicen los libros y mejor de lo que parece desde el vapor.

—Eso lo dice todo el mundo de todo. Mañana lo veo yo.

Inspeccionó el viernes entero. Anduvo el muelle de punta a punta, pisó las dos pilastras rehechas, se metió en el tinglado de sal con los dedos y sacó un puñado para olerlo; midió con el pie la altura de los farlines, se quedó veinte minutos mirando trabajar a la cuadrilla de Bella Linklater sin decir palabra, subió a dos barcas y preguntó a los patrones cuánto sacaban en un año bueno y en uno malo.

A Bella Linklater le preguntó tres cosas y las tres eran de oficio: cuántos barriles saca una cuadrilla en un turno cuando el pescado viene bien, cuánto se pierde por sal mala y qué le cambiaría ella a esa nave si mandara.

Bella contestó a las tres sin soltar el cuchillo y a la tercera se explayó cuatro minutos, y Agnes lo apuntó todo.

Al mediodía pidió los libros y no volvió a levantar la cabeza hasta las cinco.

A las cinco, en la oficina del tinglado, le hizo las preguntas a Magnus, con Kelda delante y sin ahorrarle nada.

—¿Cuántas temporadas ha perdido usted dinero seguidas?

—Cuatro.

—¿Por qué?

—Dos por precio y dos por calidad. La calidad es culpa mía: compré sal barata en el cinco y seis porque no tenía para la buena, y se me echó a perder género. El precio no es culpa de nadie.

—¿Y por qué no cerró en el cinco, cuando tocaba?

—Porque tenía treinta y tres personas y no fui capaz.

—No fue capaz o no quiso.

—No quise. —Magnus no bajó los ojos—. Y le costó a esta casa dos mil trescientas libras y el prado de arriba.

Agnes escribió algo en su libreta.

—Última. Si mañana esto tiene dueño nuevo, ¿usted qué sabe hacer que no sepa hacer otro por menos dinero?

—Conozco a cada hombre de este puerto y a cada mujer de esas cuadrillas, sé qué barco entrega bien y cuál entrega tarde, llevo seis años haciendo estos libros con mi propia mano y en cuatro me he equivocado en todo lo que se podía uno equivocar.

Eso último también cuenta, señora, porque los errores ya los he pagado y no los voy a repetir.

Agnes cerró la libreta.

—Es la mejor contestación que me ha dado usted en todo el día.

Aquella noche cenaron las dos solas en la fonda, y fue entonces cuando Agnes le hizo a Kelda la pregunta que le había prometido en marzo.

—Le dije que se la volvería a preguntar aquí. ¿Es negocio o es herida?

Kelda tenía la respuesta desde hacía tres días y aun así le costó decirla.

—Fue negocio y fue herida. Las dos cosas, el mismo día y en la misma cabeza.

Compré esos bonos porque estaban baratos y porque llevaban ese apellido, y en marzo le contesté a usted solo la mitad, la que cabía en el acta.

—Dejó el tenedor—. Llevo seis semanas aquí y lo que he aprendido no es que una cosa fuera mentira.

Es que con la herida se decide muy mal y con la cuenta sola se decide frío.

Le voy a dar una recomendación que se sostiene con números, y quiero que sepa que la otra parte también estaba.

Agnes la miró un rato largo por encima de la taza.

—Bien. —Y después—: Ahora dígame la solución, que para eso he venido.

—Todavía no la tengo entera —dijo Kelda—. Tengo el esqueleto y me falta lo que más me importa. Deme hasta mañana por la tarde.

—Le doy hasta mañana por la tarde. Y le adelanto mis condiciones, para que trabaje usted con ellas puestas y no me traiga un castillo.

Se las puso antes del postre, cuatro, contadas con el mango del cuchillo sobre el mantel.

Primera: ni una libra más de las reservas de Leith.

La inversión de las ocho mil sale de crédito garantizado con los contratos bálticos y se amortiza contra el propio negocio del puerto, no contra la casa de Sandgeo.

Segunda: la marca. Si la estación no está en condiciones de obtener la marca de la Corona en la temporada siguiente, el arreglo se revisa entero y Halcro y Flett recupera su posición de acreedora sin discusión.

Tercera: la deuda no se perdona ni se convierte en confianza.

Se transforma en algo que cobre y que mande en lo que importa, y eso lo redacta un procurador, no un apretón de manos. Y cuarta:

—¿Quién lleva esto? Porque usted tiene una casa en Leith, Flett, y yo tengo cincuenta y cinco años.

—Eso se lo contesto la semana que viene.

—Se lo contesta usted a sí misma, que es la que tiene que dormir.

El sábado quince por la mañana, antes de escribir la respuesta, Kelda cruzó a Sel Holm con la bajamar.

Marion estaba allí, como estaba casi todos los días desde mayo, con la falda arremangada, sacando la hierba de entre las losas del suelo de su casa sin tejado.

Habían quitado la lona por el buen tiempo y los muros blancos de julio de mil novecientos uno se veían enteros bajo el cielo, con la viga maestra atravesando el vacío.

Kelda se sentó en el umbral, en la piedra donde habían comido pan con manteca el día antes de decir que sí.

—Tengo que contestar hoy. Si vendo, cobramos tres mil quinientas libras y nos volvemos a Leith en septiembre. Si no vendo, hay que meter ocho mil en esa nave y atarse a este puerto cinco años.

Marion siguió con la hierba un rato.

—Tu abuelo decía una cosa de este puerto y la decía siempre igual.

—Se enderezó, con el manojo en la mano—.

Decía que aquí el año que viene depende de si el señor ha tenido buen invierno.

Eso era lo que le fastidiaba. No que fuera duro, que duro lo es en todas partes.

Que dependiera. —Tiró la hierba al montón—.

Si vendes, cobras. Y el año que viene vuelve a depender de otro señor, que a lo mejor es peor o a lo mejor es mejor, y esta gente seguirá igual que estaba cuando tu abuelo tenía veinte años.

Tú sabrás lo que te sale de la cuenta, hija. Yo de números no sé.

Kelda se quedó allí sentada media hora más, en el umbral, mirando el paso descubierto y la punta de Rossay al otro lado.

Hizo por última vez la cuenta que llevaba haciendo desde marzo, y esta vez la hizo entera, con la columna que no se escribe.

Tres mil quinientas libras eran tres mil quinientas libras.

Con eso, en Leith, se compraba media casa de curado o se le pagaba a Agnes buena parte de los pagarés de su cuarenta por ciento.

Era dinero limpio, ganado con trabajo y sin hacerle a nadie nada que no estuviera escrito en un papel firmado por su deudor.

Y estaba lo otro, que no era bondad y ella no pensaba llamarlo así.

Ella podía quedarse con aquel puerto. Podía ejecutar, comprarlo barato en la subasta a través de Halcro y Flett, poner un gerente y ser durante treinta años la persona a la que en esta isla se le pregunta.

Lo había pensado tres veces desde mayo y las tres se había parado en el mismo sitio: en una mujer sentada a una mesa sin un papel de más, diciéndole a un carbonero que el gasto de esta casa lo lleva otra desde hace veinte años.

Isobel Sinclair no había hecho lo que hizo por dinero. Lo había hecho para seguir siendo la que decide. Kelda tenía ahora en la mano exactamente eso, y le había costado seis años y un muerto aprender lo que hace con la gente.

Volvió con la marea, se sentó en el gabinete del ala oeste y escribió la respuesta.

Fueron dos hojas. Recomendaba continuidad.

Explicaba los dos modelos con sus cifras, decía que la liquidación era segura y honrada y que daba tres mil quinientas libras en quince meses, y decía por qué proponía la otra: porque un puerto con marca de la Corona, contratos y libros creíbles vale más entero que troceado, y porque la única garantía de que esos libros se lleven bien es que dejen de depender de un hombre solo.

Y en la última hoja escribió lo que llevaba tres días dándole vueltas, que era la parte que no sabía si su socia iba a firmar.

Que la continuidad no se hiciera dejando el puerto en manos de Magnus Sinclair. Ni en las de Halcro y Flett.

La entregó a Agnes Halcro a las cuatro de la tarde del quince de junio, en la fonda, junto con la carta al procurador que daba por terminado el acuerdo de espera sin ejecución.

Agnes leyó las tres hojas dos veces, se quitó las gafas y la miró.

—Esto último de aquí me va a dar mucho trabajo.

—Lo sé.

—Y va a ser lo único de todo el asunto que le quite el sueño a alguien en Kirkwall. —Se puso otra vez las gafas—. Explíquemelo despacio, Flett, que si lo entiendo, lo firmo.

Estuvieron hasta las once de la noche en aquella mesa de fonda, con el mantel lleno de papeles y la dueña entrando dos veces a preguntar si querían más luz.

A las once, Agnes Halcro firmó la conformidad al pie, con las cuatro condiciones incorporadas por escrito, y añadió de su puño una quinta que Kelda no esperaba: que la sociedad de Leith no pondría un solo hombre suyo en la dirección de aquel puerto, ni entonces ni nunca, «porque quien manda de lejos manda mal y yo no voy a repetir lo que ya me costó un socio».

El quince de junio venció el plazo y no hubo ejecución, ni subasta, ni requerimiento nuevo. Hubo dos hojas firmadas por dos mujeres en la fonda de Sandgeo y un montón de trabajo por delante que ninguna de las dos sabía todavía cómo se iba a llamar.