Capítulo 30. La señora de la casa
La señora de la casa
El obstáculo apareció el lunes por la noche, en la penúltima columna del modelo de continuidad, y no tenía nada que ver con la justicia.
Kelda llevaba dos días rehaciendo los dos modelos con las cifras nuevas del inventario, y en el de continuidad había una partida que no cuadraba de ninguna manera: el valor de la casa señorial y sus dependencias.
La había tasado en marzo un tasador de Kirkwall en venta ordenada; ahora, con el inventario delante, salía menos, y salía menos por una razón que no era el estado de los muros.
Se lo confirmó Sutherland el martes por la mañana, en dos frases, mientras preparaban la presentación del expediente.
—Esa casa lleva encima un derecho vitalicio de residencia.
La señora Isobel Sinclair puede vivir en ella mientras viva, y eso no se lo quita ni su sobrino ni un comprador ni usted.
—Se encogió de hombros—. Quien compre, compra con señora dentro.
Y quien reciba la finca para explotarla, igual.
Descuente usted lo que quiera; yo descontaría dos mil.
—¿Y si ella renunciara?
—Entonces la casa vale lo que vale y el propietario puede disponer de ella.
Segregar una vivienda, transmitir el conjunto, lo que sea.
—Sutherland la miró por encima de las gafas—.
Pero una renuncia no se pide a cambio de nada, señora Flett.
Si usted le ofrece a esa señora dejarla fuera del expediente a cambio de que firme, lo que tiene usted no es una restitución: es un delito, y de los feos.
—No voy a ofrecerle nada. Le voy a decir lo que hay, y en ese orden: primero se presenta el expediente, y después hablo con ella. Nunca al revés.
El expediente se presentó formalmente aquel martes once de junio, a las diez de la mañana, en Kirkwall, por medio del procurador y en nombre de Halcro y Flett como parte perjudicada en cuanto acreedora, y de Magnus Sinclair en cuanto propietario y firmante suplantado.
Iba completo: el asiento de la casa, el libro de gastos menores, la copia de latón y el informe de ensayo de enero de mil novecientos dos, los dos extractos certificados de Aitken y de Croall, la declaración jurada de Effie Leask y la declaración jurada de Magnus.
Nombraba a dos personas: David Omand y la señora Isobel Sinclair.
Quedó en manos de la autoridad y nadie prometió nada a nadie.
Magnus no fue a Kirkwall aquella mañana.
Kelda se lo había pedido por escrito, en dos líneas, y él contestó al pie con su inicial y sin discutir: que el expediente lo presentara el procurador, que su declaración ya estaba jurada desde el lunes y que su presencia en aquel despacho solo serviría para que alguien dijera después que el asunto era una pelea de familia.
Se fue al muelle con la entrada de la mañana y no preguntó a qué hora.
A la una de la tarde, Kelda pidió a Firth que rogara a la señora Sinclair que bajara al gabinete pequeño.
Fue allí a propósito. Era el despacho desde el que Isobel había llevado la casa durante veinte años, con su mesa sin un papel de más, y era también la habitación en cuya mesa, según una declaración que ya estaba en Kirkwall, un procurador había practicado una firma una mañana de octubre.
No se lo dijo a nadie y nadie se lo preguntó.
Isobel llegó a la una y diez, vestida de tarde, y se sentó sin esperar a que la invitaran, en su silla de siempre, la del lado de la ventana, desde la que se ve quién entra por el camino.
La mesa seguía sin un papel de más, aunque ya no hubiera papeles que poner en ella.
Sutherland se quedó de pie junto a la ventana con la carpeta.
—Usted dirá.
—Esta mañana se ha presentado en Kirkwall un expediente. —Kelda no adornó el orden—. Lo presentan mi casa y su sobrino. Nombra al señor Omand y la nombra a usted. Se lo digo yo y se lo digo la primera para que no se entere por un oficial en la puerta.
—¿Y qué contiene ese expediente?
Kelda se lo enseñó. No lo recitó entero: puso encima de la mesa cuatro papeles, en orden, y fue diciendo una frase por papel.
—El extracto del platero: seis de marzo de mil novecientos uno, compra al peso de un aro de plata antigua de veintitrés onzas, presentada por el señor Omand por cuenta de cliente.
El del taller: ocho de marzo, encargo de la copia en latón plateado según dibujo, treinta y cuatro libras con diez, a cuenta del despacho del señor Omand.
El libro de caja de esta casa: marzo, treinta y cuatro libras con diez, encargo de la casa por cuenta del despacho, sin contrapartida.
Y esta declaración jurada, de una persona que llevó los sobres, viajó a Kirkwall con el paquete y esperó de pie en las dos puertas.
Isobel miró los cuatro papeles sin tocarlos. Tenía las manos sobre el regazo y no las movió, y Kelda, que llevaba dos semanas viendo a gente leer papeles, notó que los leía: que los ojos iban a las fechas primero y al importe después, como van los de quien sabe dónde mira.
—Falta uno —dijo Isobel—. El ensayo.
—Está en el expediente. La pieza es latón, se ensayó en Edimburgo en enero de mil novecientos dos y el informe lleva seis años en la caja fuerte de esta casa.
—Eso ya lo sabíamos todos desde aquella noche.
—Sí. Lo que no sabía nadie era en qué taller se hizo y quién lo pagó.
—Nada de eso lleva mi nombre.
—No. El suyo no aparece en ninguno.
—Entonces no veo qué hace usted en mi gabinete con cuatro papeles ajenos.
—Hay un quinto. —Kelda puso la declaración de Magnus—. Su sobrino ha declarado bajo juramento y lo ha mandado además al periódico. Esa parte la publican esta semana.
Aquello fue lo primero que le movió la cara a Isobel Sinclair en toda la conversación, y le duró medio segundo.
—Es un necio —dijo—. Acaba de arruinar el apellido de su padre por un asunto que ya no le importaba a nadie.
—Le importaba a mí. —Kelda lo dijo sin subir la voz—. Y a mi abuela, que ha vuelto a esta isla a los setenta y cuatro años a vivir en casa de otra mujer.
Isobel se recompuso y volvió al terreno que conocía, que era el único que le quedaba y lo administró bien.
Dijo que el señor Omand había sido administrador de aquella casa durante veinte años con facultades amplias y firma reconocida; que cualquier cosa que hiciera en su despacho y con su cuenta era cosa suya; que una señora de la casa que aprueba con una inicial un asiento de gastos de administración no encarga nada; que el testimonio de una doncella sobre lo que vio al entrar con el carbón no es testimonio de lo que se habló en un cuarto; y que en este país, y aquí miró a Sutherland, hace falta más de una voz.
—Eso es exactamente lo que dice mi procurador —contestó Kelda—.
Que contra el señor Omand hay una cadena de papeles y una testigo, y que eso se sostiene.
Y que contra usted hay una muchacha que dice que la vio de pie mirando escribir a otro, y que una sola voz no basta.
Probablemente no la procesen a usted, señora.
Se lo digo yo, que soy quien ha montado el expediente.
—¿Y viene a decírmelo para que se lo agradezca?
—Vengo a decírselo para que sepa que no le estoy ofreciendo nada. No hay trato. Nadie le va a proponer callarse a cambio de su firma, y si alguien se lo propone, que no sea yo, dígaselo al fiscal.
—La ley alcanza a la mano —dijo Kelda— y a la mano se le ve la letra.
A la voz que estaba de pie al lado no la alcanza nada, porque las voces no dejan trazo.
Eso no es una opinión mía sobre usted, señora: es cómo está hecho el mundo, y está hecho así en favor de las personas que pueden mandar escribir a otro.
Usted lo sabe mejor que yo, que llevo dos semanas aprendiéndolo.
Isobel no contestó a eso.
Se hizo un silencio largo en el gabinete. Fuera, en el patio, alguien descargaba carbón.
—Lo que vengo a decirle es lo otro —dijo Kelda—. Lo de la casa.
Y se lo expuso como lo habría expuesto en una junta: que la finca y el puerto garantizan una deuda que vence el quince; que para cualquier arreglo, el que sea, hace falta que la propiedad pueda disponer de la casa; que el derecho vitalicio de residencia de la señora Isobel Sinclair rebaja el valor del conjunto en unas dos mil libras y bloquea segregaciones y transmisiones; y que existe una vivienda, la de Sel Holm, que fue vaciada en mil novecientos uno con un papel falso y que esta casa tiene pendiente devolver a quien la ocupaba, cosa que también pasa por ahí.
—Le pido que renuncie a su derecho de residencia. No a cambio de nada. Como restitución, y por escrito.
—¿Y si digo que no?
—Entonces descuento las dos mil libras del valor de la casa, se lo explico a mi socia y seguimos adelante igual.
—Kelda no movió los papeles—. No la necesito a usted para nada, señora.
Con su firma, esta finca vale dos mil libras más y hay una casa en un islote que se puede devolver a su dueña.
Sin ella, todo sale peor para todo el mundo, incluida usted, que tendría que vivir aquí dentro mientras se vende esto.
Esa es la cuenta entera y no hay nada debajo.
Isobel estuvo callada un rato largo. Después habló, y fue la única vez en toda la tarde que dijo algo que no era administración.
—Cuando murió mi hermano, en el noventa y ocho, me senté en esta mesa y en una semana supe que esta casa estaba vacía por dentro y que yo iba a vivir en ella el resto de mi vida sabiéndolo.
—Tenía la voz exactamente igual que siempre—.
No me daba miedo ser pobre. Eso lo soporta cualquiera.
Me daba miedo que se viera, y que se viera siendo yo la que llevaba las cuentas.
No dijo nada más. No pidió perdón, no explicó, no nombró marzo de mil novecientos uno ni a Omand ni a nadie, y Kelda no se lo pidió.
Kelda esperó. Había aprendido en seis años que después de una frase así lo único que estropea la conversación es contestarla.
—Firmaré la renuncia —dijo Isobel al cabo—. No por lo que usted me ha traído, que no prueba nada contra mí, sino porque esta casa ya no es un sitio en el que yo pueda vivir. Dígale a su procurador que prepare lo que haya que preparar.
Kelda pensó en decir algo y no dijo nada, porque lo que se le ocurrió fue que llevar las cuentas de una casa vacía durante veinte años es una forma de trabajo y que nadie se lo había agradecido nunca, y porque eso, dicho allí, habría sonado a consuelo, y ella no había ido a consolar a nadie.
Sutherland extendió la minuta allí mismo, en la mesa de ella, con la fórmula corriente: que la compareciente renuncia pura y simplemente, en beneficio del propietario, al usufructo vitalicio de residencia constituido a su favor en el testamento de su hermano, obligándose a otorgar la escritura pública correspondiente para su inscripción en el registro.
Fijaron la fecha de salida. La puso ella, sin consultarlo: el once de noviembre, día de término, cinco meses.
Dijo que se iría a Kirkwall, con una prima segunda que tenía casa en la calle de la catedral, y lo dijo con la misma voz con que había encargado veinte años de menús.
—¿Y hasta entonces? —preguntó.
—Hasta entonces esta es su casa como hasta hoy —dijo Kelda—. Yo no la voy a echar de ninguna habitación.
Isobel firmó con su letra pequeña y sin adornos, dejó la pluma en su sitio y se levantó.
Al llegar a la puerta se detuvo, no para decir la última palabra, sino porque en veinte años había salido siempre la última de aquel gabinete y aquel día no se había acordado de que ya no tenía que apagar la lámpara.
Le quedaban, cuando salió, ciento diez libras al año de una renta vitalicia que le había dejado su propia madre en mil ochocientos setenta y nueve y que era lo único de su vida que no dependía de aquella casa.
Perdía la casa, perdía la mesa, perdía las llaves que ya no tenía, perdía a Kirkwall entero en cuanto llegara el periódico y perdía, sobre todo, la única cosa que había sostenido durante veinte años: ser la persona a la que en Helmsgarth se le preguntaba.
Lo del fiscal seguía sin decidirse y podía tardar meses, y cabía perfectamente que no se decidiera nunca contra ella.
Kelda se quedó sola en el gabinete con Sutherland, que secaba la minuta con el secante de ella.
—Ha ido mejor de lo que yo esperaba —dijo el procurador—. Pensé que discutiría dos horas.
—No tenía con qué. —Kelda miró la firma pequeña al pie del papel—. Y lo sabía desde el momento en que su sobrino mandó esa carta. La casa se le acabó el domingo, no hoy.
Recogió los cuatro papeles y los volvió a meter en la carpeta, y le costó un momento darse cuenta de que no sentía absolutamente nada parecido a una victoria. Sentía lo que se siente al final de una auditoría larga: que las cuentas están cuadradas y que cuadrar cuentas no devuelve a nadie.
Subió al ala oeste, dejó la carpeta en el cajón y escribió la nota de aquel día para Agnes Halcro, que fue la más corta de todas las que mandó aquel mes: que el expediente estaba presentado; que el derecho vitalicio quedaba renunciado y la finca valía en consecuencia dos mil libras más; que la restitución de la vivienda de Sel Holm entraría en la propuesta final; y que la recomendación se entregaría el quince, como estaba dicho.
Quedaban cuatro días para el quince de junio, y encima de su mesa, en el ala oeste, seguían esperando dos modelos igual de viables.