La mujer que volvió con la marea Capítulo 29. La firma
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Capítulo 29. La firma

La firma

A las once de la mañana del domingo nueve de junio, Magnus llevaba dos horas escribiendo y había roto cuatro comienzos.

Escribía en el gabinete del ala este, con la puerta abierta y el desayuno sin tocar, desde que Kelda le había puesto en la mano, a las ocho y cuarto, una carpeta con copia de todo: los dos extractos certificados, el asiento, el informe del ensayo y la declaración jurada de Effie Leask, prestada la víspera ante notario en Kirkwall.

Se la entregó sin una palabra de más, porque el acuerdo la obligaba a dar cuenta por escrito y ella cumplía los acuerdos.

Él la leyó allí de pie. Llegó a la penúltima página, a la parte en que el notario preguntaba por unos papeles arrugados en el suelo de un gabinete, y la leyó dos veces: una hoja suelta con su nombre escrito muchas veces, unas más grande y otras más pequeña, como cuando se practica, y ningún rasgo largo cruzando por debajo.

Seis años buscando en Edimburgo. Estaba en el suelo de la habitación de al lado, y lo había barrido una muchacha de diecinueve años.

No dijo nada de eso. Devolvió la carpeta, dio las gracias, subió y se puso a escribir.

El quinto comienzo lo dejó estar. Empezaba así: «Yo, Magnus Sinclair, propietario de Helmsgarth, en la isla de Rossay, hago constar por mi voluntad y sin que nadie me lo haya pedido lo que sigue.» Era una frase de acta y no de carta, y le pareció bien: en las cartas se explica uno.

Escribió cuatro puntos y los numeró.

El primero decía que en octubre de mil novecientos uno, en el comedor de su casa y delante de doce personas, se acusó a su esposa de haber vendido una pieza de plata de la familia y sustituirla por una copia; que aquella acusación era falsa; y que él lo había hecho constar públicamente en febrero de mil novecientos dos, en el semanario de Kirkwall, y volvía a hacerlo ahora con pruebas que entonces no tenía.

El segundo enumeraba las pruebas, secas y por fecha, sin adjetivos: la pieza de la vitrina, ensayada en Edimburgo en enero de mil novecientos dos, que resultó latón plateado; el extracto certificado de la platería de Kirkwall que registra la compra al peso del original el seis de marzo de mil novecientos uno; el del taller que registra el encargo de la copia el ocho de marzo del mismo año, abonado por cuenta del despacho de su administrador; el asiento de treinta y cuatro libras con diez chelines de los libros de su propia casa, que cuadra con ese encargo; y la circunstancia, que cualquiera puede comprobar, de que la señora Kelda Flett no había cruzado palabra con ningún miembro de su familia hasta el veintitrés de abril de aquel año, mes y medio después.

El tercero era el que le costó escribir y el que escribió mejor.

Decía que el veinticinco de octubre de mil novecientos uno se ejecutó un desalojo en la vivienda de Sel Holm, ocupada por razón del oficio de guarda por Erlend Flett y su familia; que aquel desalojo se llevó a cabo presentando una orden de despido que llevaba su firma; que él no la escribió, no la firmó y no la conoció hasta después; que existe declaración jurada de testigo, prestada ante notario público, sobre cómo y en presencia de quién se redactó aquel documento en esta casa; y que Erlend Flett pasó a la intemperie la noche del veinticinco al veintiséis y murió el treinta de octubre.

El cuarto no hablaba de nadie más que de él.

Decía que en el momento de la acusación él estaba presente y no la desmintió; que pidió a su esposa veinticuatro horas de silencio para contener el escándalo; que al día siguiente salió de la isla a atender el crédito de su casa y sus negocios, y que mientras él estaba fuera se ejecutó el desalojo; que si hubiera hablado aquella noche, o si al día siguiente hubiera puesto a su familia por delante de su apellido, aquel desalojo habría necesitado pasar por encima de él y probablemente no habría ocurrido; y que ninguna prueba de las que aporta cambia esa parte, que es enteramente suya.

Al final no puso una petición de disculpas. Puso dos líneas: que hacía constar todo ello para que quedara público lo que él había dejado ser público en su contra durante seis años, y que quedaba a disposición de quien correspondiera para ratificarlo donde se le requiriese.

Lo copió tres veces con letra limpia, y a la tercera copia se le fue la mano en un renglón y tuvo que empezar la hoja otra vez, cosa que no le pasaba desde que llevaba los libros de su propio puerto. Eran tres hojas y media.

A la una fue al despacho de la finca, donde Kelda trabajaba desde las siete, y esperó a que ella terminara una columna.

—Traigo una cosa que le atañe en parte. La parte suya, no la mía.

Dejó las hojas sobre la mesa, del lado de ella, y retiró la mano antes de que Kelda alargara la suya. Había pensado en eso mientras subía las escaleras y le había parecido, además de lo correcto, lo único soportable.

—Esto va a Kirkwall esta tarde. Una copia al procurador, para el fiscal, firmada y jurada; y otra al semanario, para que se publique entera y pagada por mí, si la quieren.

—Se quedó de pie—. Los puntos uno, dos y tres la nombran a usted o nombran su matrimonio conmigo.

Léalos y tache, corrija o quite lo que no quiera que se publique de usted.

Lo que decida, se hace, y no le voy a preguntar por qué.

—¿Y el cuarto?

—El cuarto es mío. Ese no se lo enseño para que lo apruebe. Se lo enseño porque sale usted de refilón y tiene derecho a saber lo que voy a decir de mí antes de leerlo en un periódico.

Kelda leyó las tres hojas y media dos veces, despacio, con el lápiz en la mano y sin decir una palabra. Magnus se apartó a la ventana y se ocupó de mirar el camino de la punta. Oía el lápiz y no oía nada más. Una vez lo oyó tachar.

—Tres cosas —dijo ella al fin—. Primera: aquí pone «mi esposa» cuatro veces. Ponga «la señora Kelda Flett» y añada, donde la nombre la primera vez, «socia de la casa Halcro y Flett, de Leith». Si me van a leer en Kirkwall, que me lean entera y no como la mujer de alguien.

—Hecho.

—Segunda. —Puso el dedo en un renglón del punto tercero—.

Esto lo quito. «Y murió el treinta de octubre.

» El nombre de mi abuelo no se usa para ablandar a un lector.

Ponga la fecha del desalojo y ponga que estaba enfermo cuando lo sacaron, que es un hecho, y ahí se acaba.

Lo que pasó con él es de mi familia y lo cuento yo si quiero contarlo.

Magnus tragó y dijo que sí.

—Y tercera, y esta es la que importa. —Kelda giró la primera hoja hacia él—.

Aquí dice usted que lo hizo constar en mil novecientos dos y que vuelve a hacerlo ahora con pruebas.

Quiero que diga también cuándo lo supo. Que supo en diciembre de mil novecientos uno que la firma no era suya y que no pudo probarlo hasta este mes.

Póngalo con sus fechas. Porque si no lo pone, la gente de esta isla va a pensar que se ha enterado usted esta semana, y eso le favorece a usted y no es verdad.

Aquello, pensó Magnus, era lo más duro y lo más limpio que le habían dicho en seis años.

—Lo pongo.

Reescribió los tres puntos allí mismo, de pie en la esquina de la mesa, con la pluma de ella y sin sentarse, y se lo volvió a dejar delante para que lo leyera. Kelda leyó los cambios y asintió una vez.

—Una cosa más, y no es corrección. —No levantó la vista del papel—. ¿Ha pensado usted que esto le puede costar el banco?

—Me lo ha dicho mi agente esta mañana. Sí.

—¿Y los hombres del puerto?

—También.

—Bien. —Kelda dejó la hoja sobre la mesa, cuadrada con el canto—. Se lo pregunto porque un hombre que firma algo sin saber lo que le cuesta no ha firmado nada.

—¿Me devuelve la pluma?

Él la dejó sobre la mesa y retiró la mano.

Al inclinarse le colgó la cadena del reloj fuera del chaleco y quedó un momento tendida sobre la madera con el aro de oro liso en el extremo, a la vista de los dos, a un palmo de los papeles.

Kelda lo vio. Magnus vio que lo veía. Ninguno dijo nada, él se recogió la cadena al enderezarse y aquello fue todo.

Bajó las escaleras con las hojas en la mano y se cruzó con Firth en el vestíbulo. El mayordomo miró el sobre, miró a su señor y no preguntó nada, que era lo suyo. Magnus se detuvo de todos modos.

—Firth. Esta semana se va a hablar mucho de esta casa.

No quiero que nadie del servicio se entere por Kirkwall de lo que se va a publicar.

Dígaselo usted el miércoles, a todos juntos, en la cocina, con mis palabras: que la señora Flett no hizo nada y que en esta casa se falsificó mi firma y yo no lo dije a tiempo.

—¿Con esas palabras, señor?

—Con esas.

Cruzó a Kirkwall en el correo de las tres.

Sutherland lo recibió en su casa, en domingo, con las zapatillas puestas y la cara de un hombre que ya se lo esperaba, y leyó las tres hojas y media de cabo a rabo sin interrumpir. Al acabar las puso sobre la mesa camilla y se quitó las gafas.

—¿Sabe usted lo que está firmando?

—Creo que sí.

—Se lo digo yo, que para eso me paga. —Contó con los dedos, despacio—.

Uno: usted reconoce que en su casa se falsificó su firma y se ejecutó un desalojo con ella.

Eso pone a su administrador en manos del fiscal, y con él va a salir su tía en toda conversación de esta isla, la procesen o no.

Dos: usted reconoce por escrito que aquel desalojo fue ilícito.

La viuda de Erlend Flett puede reclamarle a usted, como dueño de la vivienda y principal de quien ejecutó, y un procurador mediano le sacaría una indemnización.

Tres: su banco va a leer esto en cuanto salga el periódico.

Un hombre que publica que en su casa se falsifican firmas no es un hombre al que se le renueve una línea de crédito alegremente.

Y cuatro, que es la peor: sus hombres. Van a saber que el señor de esta finca dejó que a una de las suyas la echaran con un papel falso y no dijo nada.

—Todo eso es cierto.

—Entonces se lo pregunto de otra manera, señor Sinclair. ¿Por qué?

Magnus lo pensó, porque la pregunta merecía una respuesta y no una frase.

—Porque llevo seis años sabiendo una cosa y callándomela por conveniencia.

Primero por la casa, después por costumbre.

—Miró las hojas—. Y porque la acusación fue pública, delante de doce personas, y lo que se rompe en público no se arregla en un despacho.

Eso lo aprendí tarde y me lo enseñaron cobrándomelo.

Sutherland lo miró un rato.

—Está usted mejor de lo que estaba en mil novecientos dos —dijo—. Traiga, que hay que jurarlo delante de notario y mañana está el señor Harcus de guardia, que es puntilloso y tarda una hora.

Juró la declaración el lunes a primera hora, en Kirkwall, y quedó en manos del procurador para su presentación con el resto del expediente.

La copia para el semanario la echó él mismo, con su nombre en el reverso y el importe del anuncio dentro, en el buzón de la puerta de la imprenta, en la calle ancha, a las nueve y veinte de la mañana, con la calle llena de gente que iba al mercado.

Se quedó un momento delante del buzón después de soltarla, con la mano todavía en la ranura.

No sintió alivio. Sintió lo que siente un hombre que acaba de mandar por delante una factura muy grande con su nombre escrito, y que sabe que va a pagarla entera y que la ha pedido él.

El miércoles por la tarde, cuando el pueblo ya empezaba a saberlo porque en Kirkwall se sabe todo antes de imprimirse, Tam Isbister subió desde su nasa y lo esperó junto a la báscula del tinglado con la gorra en la mano y la izquierda todavía vendada.

—Dicen que ha mandado usted una carta al periódico.

—La he mandado.

—¿Contando lo de octubre?

—Contando lo de octubre. Todo, señor Isbister. También la parte en que yo no abrí la boca.

Tam se quedó mirándolo un rato largo, con esa manera suya de tasar a la gente por el peso.

—Mi mujer me dijo en el novecientos uno que usted no había firmado aquel papel. Se lo dijo la de Corrigall, que lo decía por la letra. —Se caló la gorra—. Yo le contesté que daba igual quién lo hubiera firmado, porque el que se fue a Kirkwall aquella mañana fue usted.

—Su mujer tenía razón en lo primero y usted en lo segundo.

—Eso parece. —Tam volvió a mirarlo—. Buenas tardes, señor.

No hubo más. Ni un apretón de manos, ni una palabra amable, ni un perdón. Y aun así Magnus se quedó allí, junto a la báscula, con una sensación que no había tenido nunca en aquel muelle: la de estar hablando con un hombre que le decía a la cara lo que pensaba, en su propio puerto, sin bajar la voz.

Aquella misma tarde llegó a Helmsgarth la nota del procurador.

Dos líneas: que la declaración, con el resto del expediente, se presentaría formalmente el martes once; y que el semanario había aceptado publicar la carta entera, sin cortes, y había devuelto el importe del anuncio diciendo que aquello no era un anuncio.

Magnus dobló la nota y se la guardó. Estaba fuera de sus manos.

Volvió al muelle, porque había una entrada de arenque esperando y cuarenta personas trabajando en ella, y aquella semana había que curar como si el mundo fuera a seguir igual.