La mujer que volvió con la marea Capítulo 28. Las fechas
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Capítulo 28. Las fechas

Las fechas

El extracto de Aitken llegó a Helmsgarth el viernes siete de junio a las cuatro de la tarde, en un sobre de despacho, con el sello del procurador cruzando la solapa.

Kelda lo abrió en el despacho de la finca con Sutherland delante, porque así se abren estas cosas.

Eran dos hojas. La primera era la certificación: que el que suscribe, William Aitken, platero, de Kirkwall, lleva por su mano el libro de compras de su establecimiento desde mil ochocientos ochenta y siete; que el extracto que sigue es copia fiel de los asientos comprendidos entre el primero y el noveno de marzo de mil novecientos uno; y que está dispuesto a ratificarlo bajo juramento ante notario público si se le requiere.

Firmado, y debajo la firma del procurador dando fe de que el extracto se cotejó en su presencia con el libro original.

La segunda hoja tenía tres asientos y el segundo era el suyo.

Seis de marzo de mil novecientos uno. Compra al peso de plata antigua: una pieza en forma de aro abierto con alfiler, obra antigua, veintitrés onzas.

Importe abonado, y la cifra. Al margen, en la columna estrecha de las observaciones, una sola línea con la letra del platero: «Presentada por el señor D.

Omand, procurador, por cuenta de cliente. Abonado contra resguardo.»

Kelda leyó el asiento tres veces y se quedó quieta.

Veintitrés onzas. La misma cifra del libro verde de mil ochocientos cuarenta y nueve, la misma que ella había dicho en voz alta en una mesa en septiembre de aquel año, la misma que había vuelto contra ella desde un papel de Edimburgo la noche de una cena.

—Seis de marzo —dijo Sutherland—. Dos meses antes de que usted pusiera un pie en esta casa.

—Mes y medio antes de que supiera su nombre.

Lo dijo sin levantar la voz y después se calló, porque le había salido con una aspereza que no era para el procurador.

El de Croall llegó el sábado ocho a las once de la mañana, en mano, traído por el propio hijo del fundador, que había subido desde Kirkwall porque el procurador le había dicho que era asunto serio y él quería ver a quién se lo entregaba.

Era un hombre de cuarenta y tantos con las manos quemadas de soldar.

Certificó de su puño que llevaba el libro de encargos del taller desde la muerte de su padre y que los asientos anteriores eran de mano de este; que el extracto era copia fiel; y que lo ratificaría donde hiciera falta.

Ocho de marzo de mil novecientos uno. Encargo: reproducción de pieza antigua según dibujo aportado, aro abierto con alfiler, en latón, plateada al baño, marca mínima de taller.

Plazo, cinco semanas. Importe, treinta y cuatro libras con diez chelines.

Forma de pago: «a cuenta del despacho del señor D. Omand, procurador, según costumbre.»

Treinta y cuatro libras con diez chelines.

—Una cosa —dijo Kelda, antes de que el hombre se fuera—. En su libro, ¿es normal que un encargo lo pague un procurador por cuenta de un cliente sin que conste el cliente?

—Normal no es. Raro tampoco. —El hijo de Croall se encogió de hombros—.

Pasa con las señoras que no quieren que se sepa que llevan copia y con los que compran regalos.

Nosotros cobramos y no preguntamos. Si me preguntan a mí quién encargó eso, yo digo lo que pone: el señor Omand, por cuenta de un cliente.

Del cliente no sé nada, y si le digo otra cosa le miento.

Era exactamente lo que Kelda esperaba oír y aun así se lo hizo repetir para que Sutherland lo anotara.

Kelda puso los dos extractos uno al lado del otro sobre la mesa, y encima, abierto por marzo, el libro de caja de aquella casa con su línea de treinta y cuatro libras con diez por cuenta del despacho del señor Omand, y después el libro de gastos menores con los dos pasajes a Kirkwall del dos de marzo, y no le hizo falta decir nada, porque Sutherland silbó por lo bajo y dijo lo que había que decir.

—Señora, esto es una cadena.

Lo era. Y Kelda, que llevaba dos semanas trabajando para tener algo que llevar a una mesa, se dio cuenta de que lo que tenía delante no era lo que había ido a buscar. Era otra cosa, más simple y más grande.

Seis de marzo. Ocho de marzo.

Ella conoció a Magnus Sinclair el veintitrés de abril de mil novecientos uno, en un arrecife, con la marea subiendo. Antes de aquella tarde no había cruzado una palabra con un Sinclair en su vida; había vivido veintidós años en un islote de aquella finca sin que ninguno de ellos supiera su nombre.

Cuando aquel broche se vendió al peso en una platería de Kirkwall, ella estaba remendando redes en Sel Holm sin saber que existía. Cuando se encargó la copia, faltaban seis semanas para que un hombre de la casa grande se quedara tirado en unas piedras y ella sacara la yole a buscarlo.

No podía haberlo hecho. No es que no lo hubiera hecho: es que era imposible, con fechas, en papeles de terceros que no la conocían, certificados por dos hombres dispuestos a jurarlo.

Seis años. Una cena, doce personas, una isla entera, un periódico de Kirkwall, y la cosa se caía con dos fechas de marzo.

Magnus no estuvo en ninguna de las dos entregas.

Kelda lo había dispuesto así desde el miércoles, por escrito, y él lo había cumplido sin preguntar por qué: las solicitudes iban con su nombre, pero quien recibía los extractos y los cotejaba era la auditora con el procurador delante, porque un extracto entregado en mano al interesado y sin testigo vale la mitad.

Aquella mañana estuvo en el muelle, con la primera entrada grande de la temporada, y no subió a la casa hasta la noche.

Aquella tarde fueron los tres a Kirkwall: Sutherland, Kelda y Effie Leask, que había ido el jueves a ver a su procurador, un tal Baikie sin parentesco con los otros, y había vuelto con la lista doblada en el bolsillo y sin una palabra sobre lo que le hubieran dicho.

Declaró ante notario público a las cinco de la tarde del sábado ocho de junio. Estuvieron dos horas. El notario leía despacio, preguntaba, hacía repetir, y cada vez que Effie decía «creo» le pedía que dijera si lo sabía o lo suponía, y si lo suponía se tachaba.

Fue en esas dos horas, en la parte última, cuando llegó lo otro.

—Dice usted que el veinticinco de octubre entró en el gabinete y vio al señor Omand escribiendo. ¿Escribiendo qué?

—Un papel.

—¿Qué clase de papel? ¿Una carta, un documento, un libro de cuentas?

—Una hoja suelta. Pequeña. De las de oficio.

—¿Vio usted lo que ponía?

—No, señor. Yo entraba con el carbón.

—¿Y los papeles del suelo que ha dicho antes?

—Arrugados. Cuatro o cinco.

—¿Vio algo de lo que había escrito en ellos?

Effie se quedó callada. El notario esperó. Kelda, sentada al fondo con las manos en el regazo, notó que Sutherland se inclinaba hacia delante.

—En uno sí —dijo Effie—. Yo me agaché a recogerlos, porque es lo que se hace, y la señora me dijo que los dejara.

Y el que tenía en la mano se me quedó abierto un momento.

No era una carta. Era un nombre. Estaba escrito muchas veces en la misma hoja, todo seguido, unas veces más grande y otras más pequeño, como cuando se practica.

—¿Qué nombre?

—El del señor. Magnus Sinclair. —Effie lo dijo mirando la mesa—. Muchas veces. Y con la letra del señor Omand, que es la que yo veía en los recados de la casa.

Se oyó la pluma del notario y nada más. El hombre acabó el renglón, levantó la vista y preguntó, con el tono con que se pregunta la hora:

—¿Está usted segura de que era la letra del señor Omand y no la del señor Sinclair?

—Segura. El señor firma con un rasgo largo por debajo, que cruza. En esa hoja no había ningún rasgo largo. Había muchos y ninguno igual.

El notario lo escribió tal cual.

Kelda no se movió. Se quedó sentada en aquella silla con la espalda recta y la cara quieta, y oyó al notario preguntar si estaba segura, y oyó a Effie decir que sí, y oyó el resto de la declaración hasta el final, y firmó como testigo donde le dijeron, y dio las buenas tardes, y bajó las escaleras del despacho a la calle con el paso de siempre.

Effie salió del despacho del notario a las siete menos cuarto con su copia en un sobre y volvió a Rossay con ellos, sentada aparte, en la popa, mirando el agua.

Nadie le dio las gracias y nadie la consoló.

Antes de bajar, Kelda le dijo una sola cosa, en el pantalán: que el lunes, si quería el billete de Leith, estaba en la oficina a su nombre, y que si no lo quería tampoco pasaba nada.

Volvieron a Rossay en el correo de las siete.

En la travesía, Sutherland fue enumerando en voz alta lo que había y lo que no, con el gusto profesional de los viejos pasantes: que la compra y el encargo estaban fijados y certificados y eran ratificables; que el pago pasaba por la cuenta de un procurador y estaba anotado en los libros de esta casa; que Effie ponía las manos, los sitios y las fechas; que contra el señor Omand aquello era, dijo, de las cosas que se sostienen.

Y que contra la señora Sinclair había una muchacha que dice que la vio de pie mirando escribir a otro, y nada más: ni una firma suya, ni una carta suya, ni un pago suyo, ni un segundo testigo.

Una sola voz, y en este país una sola voz no basta.

Kelda escuchó todo aquello y lo entendió a la primera, porque era su idioma. La ley alcanza a la mano y a la mano se le ve la letra. A la voz que estaba de pie al lado, mirando escribir, no la alcanza nada, porque las voces no dejan trazo.

—¿Y si Omand habla? —preguntó.

—Si el señor Omand decide hundirse acompañado, su declaración contra ella tampoco basta sola.

Haría falta que además apareciera algo de puño y letra de la señora, o un tercero que oyera lo que se habló en aquel gabinete.

—Sutherland miró el mar—. Yo llevo cuarenta años en esto, señora Flett. Las casas grandes no escriben.

Llegó a Helmsgarth a las nueve, subió al ala oeste, entró en su cuarto y cerró la puerta con el pestillo.

Se sentó en el borde de la cama con los extractos en el regazo, los dos, y el cordón del sobre entre los dedos.

Y entonces sí.

Lloró sin ruido, con la boca cerrada y los ojos abiertos al principio, doblada hacia delante sobre los papeles, con las dos manos apretadas encima para no arrugarlos.

Lloró por un hombre de setenta y cuatro años que se quedó a guardar un varadero que no era suyo y que se murió cinco días después con el pecho lleno de agua, y que se murió creyendo lo mismo que había creído ella.

Lloró por seis años de una cosa que se había sostenido en pie sobre un papel que un procurador había practicado en una hoja suelta mientras ella esperaba en un pabellón.

Lloró de rabia, que era lo que más había, porque la rabia bien puesta es un capital y ella había gastado seis años del suyo en una dirección equivocada y no había manera de recuperarlos ni de pedirle cuentas a nadie por ellos.

Y lloró, al final y sin querer, por la muchacha de veintidós años que aquella noche se quitó un anillo en una mesa y salió al frío con el abrigo al brazo creyendo que sabía exactamente lo que le había pasado, y que iba a pasarse seis años siendo muy fuerte con la mitad de los datos.

Le duró un cuarto de hora largo. Después se lavó la cara en la jofaina, se rehízo el pelo y se quedó de pie junto a la ventana con las manos frías, ordenándose, porque lo que venía después había que pensarlo despacio y sin llorar.

Él no firmó. Eso quedaba probado por la voz de una muchacha y por la letra de otro hombre, y quedaba probado, sobre todo, porque encajaba con todo lo demás: con el ensayo de enero de mil novecientos dos, con las trece cartas de Sutherland, con seis años de lona en marzo.

Él no firmó, y lo supo desde diciembre de mil novecientos uno, y se pasó seis años sin poder demostrarlo.

Y él la dejó salir sola de aquel comedor, y le pidió veinticuatro horas, y escribió una lista con horas en la que su abuelo no estaba, y se embarcó en aquella lancha con la primera luz.

Las dos cosas eran verdad. La segunda no se caía con las fechas de marzo, porque la segunda no la había escrito Omand.

Kelda lo puso así, en el cuaderno, antes de acostarse, con la letra pareja de siempre: «La firma no es suya. Lo demás sigue siendo suyo.»

Después escribió la nota para Sutherland, con las tres cosas que había que hacer el lunes, y en la tercera se detuvo con la pluma en el aire.

Porque aquello, ahora, tenía dueño. Una acusación pública de mil novecientos uno se deshace en público o no se deshace, y el único que puede deshacerla es el hombre que estaba de pie en aquel comedor y no dijo nada.

Ella podía llevar los papeles a Kirkwall, ponerlos delante de un fiscal y tener razón por escrito. No era lo mismo.

Kelda dejó la pluma. No pensaba pedírselo.

Ni sugerírselo, ni ponerle el expediente delante con cara de espera, ni dejar que la conversación fuera a parar sola a ese sitio.

El lunes le entregaría copia de todo, como acreedora y como estaba obligada por el acuerdo, y lo que hiciera con ello sería suyo.

Si a aquel hombre había que decirle lo que tenía que hacer con esto, entonces era que no había entendido nada en seis años, y en ese caso ella prefería enterarse ahora, el ocho de junio, con siete días por delante y una recomendación que firmar.