La mujer que volvió con la marea Capítulo 27. Los sobres de marzo
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Capítulo 27. Los sobres de marzo

Los sobres de marzo

Effie Leask entró en el despacho de la finca el martes cuatro de junio a las cinco de la tarde y se quedó de pie junto a la puerta, como hacía siempre.

Venía con el delantal de la tarde y el pelo recogido, y traía la cara de alguien que no ha dormido desde el recado de la mañana.

Magnus estaba sentado al extremo de la mesa, apartado, con las manos quietas y sin un papel delante, que era el sitio y la postura que Kelda le había indicado por escrito aquella mañana en una nota de tres líneas: que asistiera, que no preguntara y que no dijera nada hasta que ella se lo pidiera.

Lo cumplió las tres horas que duró la tarde.

Kelda no se sentó detrás de la mesa. Apartó una silla, la puso frente a otra y señaló.

—Siéntate, Effie.

—Estoy bien de pie, señora.

—Yo no. Llevo dos días con los libros y tengo la espalda hecha un nudo. —Se sentó ella primero—. Siéntate.

Se sentó en el borde, con las manos en el regazo.

Kelda no empezó por el asiento. Empezó por lo otro, y Magnus, que llevaba seis años imaginando aquella conversación de todas las maneras posibles, no había imaginado ninguna que empezara así.

—Antes de que hablemos de nada, escúchame bien tres cosas, porque son en firme y no cambian según lo que digas.

—Kelda hablaba despacio y sin dulzura—. La primera: si esta tarde sales de aquí sin trabajo, tienes plaza en Leith desde el lunes.

En mi casa, en el almacén o donde te sirvas mejor, con el sueldo que pagamos a las nuestras, y tu billete y tres meses por adelantado desde hoy, los digas o no los digas. Eso lo firma mi socia, no esta casa.

Effie levantó los ojos, que llevaba en el suelo desde que entró.

—La segunda: si prefieres quedarte en las islas, tienes cuarto y comida en casa de Willa Corrigall, en Sandgeo, que ya está hablado con ella, y a nadie de esta casa se le ocurrirá ir a buscarte allí.

La tercera, y esta es la importante: mañana por la mañana puedes ir a ver a un procurador de Kirkwall que no es el de esta casa, el que tú elijas de una lista de tres, y hablar con él a solas antes de decir aquí una sola palabra.

Se le paga por adelantado y trabaja para ti, no para mí ni para él.

Si te dice que te calles, te callas y aquí no pasa nada.

—¿Y por qué iban ustedes a hacer eso?

—Porque no pienso sacarte nada con hambre. —Kelda la miró de frente—. Y porque lo que me digas no me sirve de nada si mañana dices que te obligaron.

Fue entonces cuando Magnus habló, la única vez en toda la tarde por su cuenta, porque había algo que le correspondía decir a él.

—Effie, hay una cosa que no puedo darte y prefiero decírtelo yo.

Yo no puedo prometerte que el fiscal no vaya contigo si esto acaba donde puede acabar.

Eso no está en mi mano, ni en la de la señora Flett, ni en la de ningún procurador que te paguemos.

Lo único que puedo prometerte es que no te vas a quedar sin casa, sin trabajo ni sin abogado por lo que digas aquí.

Effie estuvo callada un rato largo.

—Yo declaré en falso delante del sheriff sustituto —dijo al fin—. Ya sé lo que es eso.

—Ya lo sabes —dijo Kelda—. Y sabes también que llevas seis años sabiéndolo. Que mi abuelo durmió a la intemperie y se murió cinco días después, y que en todo este tiempo tú has dormido bajo techo en esta casa.

—Sí, señora.

—No te lo digo para que te castigues. Te lo digo porque lo voy a pensar cada vez que te vea, y prefiero que lo sepas.

Aquello no fue amable y no pretendía serlo. Magnus vio a la muchacha encajarlo con la cabeza baja y vio que no lloraba, y comprendió, con un retraso de seis años, que Effie Leask no había llorado nunca delante de ellos porque las lágrimas, en el servicio, también se pagan.

Kelda puso entonces el libro de caja sobre la mesa, abierto por marzo de mil novecientos uno, y le señaló la línea con el lápiz.

—Treinta y cuatro libras con diez, por cuenta del despacho del señor Omand, sin recibo y sin que entrara nada en esta casa.

Y en el otro libro, dos pasajes a Kirkwall el dos de marzo, cuando el señor Omand siempre viajó solo.

No te estoy preguntando si sabes de contabilidad.

Te estoy preguntando quién fue el segundo pasaje.

—Yo —dijo Effie.

Lo dijo sin levantar la voz y sin mirar a nadie, y a Magnus se le quedó grabado el tono, que no era de confesión sino de descarga: el de quien suelta un peso que lleva mal repartido desde hace demasiado.

Y a partir de ahí habló hasta las ocho de la tarde, en desorden, parándose, volviendo atrás, con esa manera de contar de quien lleva seis años contándoselo a sí mismo por las noches y nunca en voz alta.

Que en febrero y marzo de mil novecientos uno la señora le mandó llevar tres cartas al correo, lacradas, en tres semanas distintas, y que no eran para el correo de la casa, que iba en la valija, sino para echarlas ella en Kirkwall.

Que no sabe lo que había dentro, y lo repitió tres veces con firmeza, y sostuvo esa raya toda la tarde: no las abrió, no las leyó, no sabe qué decían.

Que en dos de los sobres la dirección la escribió la señora, y en el tercero el señor Omand.

Que los tres iban a Kirkwall, porque eso sí lo leyó al echarlos, y que uno de los tres, el segundo, iba dirigido a un procurador, porque llevaba la palabra escrita delante del nombre.

Que el dos de marzo la mandaron a Kirkwall con el administrador.

Que llevaban un paquete pequeño, envuelto en fieltro y atado, del tamaño de un platillo, y que lo llevaba ella en el cesto porque el señor Omand llevaba la cartera.

Que entraron en un establecimiento de la calle ancha, una platería con reja, y que Omand la hizo esperar de pie junto al mostrador mientras él pasaba al fondo con un señor mayor, y que salió sin el paquete y con un papel, y le dijo a ella, sin que le preguntara, que si alguien le preguntaba alguna vez, habían ido a por unas monturas de gafas para la señora.

—Aitken —dijo Magnus, y fue lo único que le salió.

Kelda lo paró con la mano, sin volverse siquiera, y Magnus se calló y volvió a ser lo que le tocaba ser aquella tarde, que era un hombre sentado en una silla apartada.

—Sigue, Effie. ¿Y el otro sitio?

Que el otro sitio fue por la tarde, en otra calle, más pequeño, un taller con el escaparate lleno de piezas de teatro y hebillas.

Que allí Omand no llevaba paquete: llevaba un dibujo grande, a lápiz, con medidas escritas al lado, y estuvo hablando con un hombre joven un cuarto de hora, y le dejó el dibujo, y otra vez salió con un papel.

Que en la puerta el señor Omand le dijo la segunda cosa que ella no ha olvidado en seis años: que las señoras encargan copias de sus joyas para viajar, que es lo normal, y que una muchacha lista no comenta las compras de la casa.

—¿Recuerdas el nombre del taller?

—Croall —dijo Effie—. Estaba pintado en el cristal y me lo aprendí porque me sonaba a col.

Magnus tuvo que levantarse y andar hasta la ventana. Sutherland había escrito a trece casas de Edimburgo y de Aberdeen en mil novecientos dos. A ninguna de Kirkwall. A ninguna, porque a nadie se le ocurre que una pieza de la casa se venda a dos calles de la casa.

—Falta una cosa —dijo Kelda, y la dijo mirando el libro y no a la muchacha—. El veinticinco de octubre. ¿Dónde estabas?

—En la casa.

—¿Y qué viste?

Effie tardó en contestar y contestó despacio.

—Por la mañana, el señor se había ido a Kirkwall en la lancha.

La señora estuvo en el gabinete pequeño desde temprano, con el señor Omand, con la puerta cerrada.

Entré dos veces, una con el té y otra con carbón.

La segunda vez el señor Omand estaba escribiendo en la mesa de la señora, y la señora estaba de pie al lado, mirándolo escribir.

Y había papeles en el suelo, arrugados, cuatro o cinco, y yo los recogí porque es mi trabajo, y la señora me dijo que los dejara, que ya los recogería ella. Y los recogió ella. Eso es lo que vi.

—¿Qué escribía?

—No lo sé, señora. Escribía. —Effie se miró las manos—. Por la tarde el señor Omand se fue a la isla con la cuadrilla de Kirkwall.

El despacho se quedó muy callado.

Magnus, desde la ventana, vio a su mujer quedarse quieta con el lápiz suspendido sobre el papel, y la vio decidir en dos segundos algo que él no supo leer, y después seguir escribiendo la declaración como si aquella última parte fuera una más.

A las ocho, Kelda le leyó a Effie lo que había escrito, frase por frase, y le fue preguntando por cada una si era exactamente eso o si había que cambiar una palabra.

Cambiaron cuatro. Donde Kelda había puesto «entregó el paquete», Effie quiso que dijera «entró con el paquete y salió sin él, y yo no vi la entrega».

Donde decía «encargó una copia», quiso que dijera «dejó un dibujo».

Kelda tachó y escribió lo que la muchacha pedía, sin discutir ni una vez, porque aquella precisión asustada era, en términos de expediente, oro puro.

—Mañana, si vas al procurador, enséñale esto —le dijo al terminar—. Si te dice que quites algo, lo quitas.

Effie se fue a la cocina a las ocho y cuarto, a servir la cena de la casa, porque nadie la había relevado de su trabajo y ella no lo pidió.

Lo que vino después fue trabajo.

Kelda dictó una lista y se la puso delante a él, no por deferencia sino porque las solicitudes tenían que ir con su nombre: él era el propietario de la pieza sustituida y el único con interés legítimo que un desconocido fuera a reconocer.

A Aitken, platero de Kirkwall: extracto certificado de los asientos de compra de plata vieja al peso de la primera semana de marzo de mil novecientos uno, con expresión de fecha, descripción, peso y forma de pago.

A Croall, taller de la calle del puerto: extracto certificado de los encargos recibidos entre el uno y el quince de marzo de mil novecientos uno, con expresión de fecha, descripción, importe y por cuenta de quién se abonó.

A los dos: que el extracto lo certifique quien lleve los libros, y que esté dispuesto a ratificarlo ante notario público si se le requiere, porque un papel sin nadie detrás no vale nada.

—¿Y si se niegan? —preguntó Magnus.

—Entonces sabremos algo también. —Kelda le pasó la pluma—. Firme usted, que su apellido en esta isla abre más que el mío.

Las solicitudes salieron el miércoles a primera hora con un mozo, en mano, con el señor Sutherland acompañando.

Aitken contestó el mismo miércoles por la tarde, con una carta cortés en la que ponía dos condiciones razonables (que el extracto se limitara a los asientos pedidos y que constara que se expedía a instancia del propietario y con conocimiento de su procurador) y pedía dos días para copiarlo del libro mayor y cotejarlo.

Croall no contestó el miércoles. El jueves por la mañana, Sutherland puso un telegrama a un corresponsal suyo en Edimburgo para averiguar si el taller seguía en las mismas manos, y a media tarde llegó la respuesta: mismo dueño, hijo del fundador, y una nota de que el hombre estaba dispuesto pero quería que se lo pidieran por escrito y con el procurador delante.

El despacho de aquella respuesta llegó a Helmsgarth el jueves seis a las diez y media de la noche.

Magnus estaba en el despacho de la finca con la lámpara encendida, con las copias de las solicitudes delante y la letra pequeña del telegrama entre las manos. Kelda entró detrás del mozo, todavía con el abrigo puesto de haber cruzado el patio.

—¿Qué dice?

Él le tendió el papel y ella no lo cogió: se puso detrás de su hombro derecho y leyó por encima, apoyando la mano en el hombro de él para inclinarse.

Leyeron los dos el telegrama entero. Eran cuatro líneas y se leen en seis segundos.

Cuatro líneas y seis segundos, y Magnus las leyó dos veces sin enterarse de la segunda.

La mano siguió allí un segundo más.

Magnus no se movió. No giró la cabeza, no levantó la suya, no dijo una palabra: se quedó exactamente como estaba, con el papel en alto y la respiración quieta, porque cualquier cosa que hiciera iba a ser más de lo que le correspondía hacer.

Notó el peso de la mano, el frío del guante de fuera, la firmeza de cinco dedos que sabían agarrar un remo.

Después Kelda se enderezó, retiró la mano y rodeó la mesa hasta el otro lado, y él no supo, y no iba a saberlo nunca, si aquel segundo había sido un descuido de una mujer cansada a las diez y media de la noche o la única cosa que ella había podido permitirse.

Magnus dejó el telegrama sobre la mesa y se ocupó de las manos poniéndolas planas encima.

—Mañana por la mañana en Kirkwall, con Sutherland —dijo—. Y Effie tiene que ir con nosotros. Lo que ha contado esta tarde no vale nada si no lo jura delante de un notario público.

—¿Y si mañana dice que no, delante del notario?

—Entonces tendremos dos extractos y ninguna persona, y eso vale para saber pero no para probar. —Kelda cogió su lámpara—. Mañana a las ocho abajo. Buenas noches, señor Sinclair.

Se fue. Magnus apagó la lámpara del despacho un cuarto de hora después y subió por la escalera de servicio, que era la corta, y al pasar por el pasillo del ala este oyó a su tía toser detrás de su puerta, como todas las noches desde hacía dos inviernos, y siguió andando.