La mujer que volvió con la marea Capítulo 26. El asiento encubierto
68%

Capítulo 26. El asiento encubierto

El asiento encubierto

Le quedaba una llave sin usar y era la de la caja fuerte.

Kelda la había dejado para el final por método: los valores y los documentos se inventarían con la cabeza descansada y con el resto de la casa ya cerrado, porque son las únicas piezas cuyo valor no está en lo que pesan.

El domingo dos de junio, a las siete y media de la mañana, con el despacho de la finca para ella sola y la báscula en la mesa, abrió la puerta de hierro y empezó a sacar.

Firth le había abierto la oficina a las siete menos cuarto y se había ido sin preguntar nada, que era lo que hacía desde el primer día.

La estufa estaba encendida. Quedaban trece días para el quince de junio y el inventario iba con dos jornadas de adelanto, cosa que Kelda no pensaba comunicar a nadie.

Arriba: las escrituras de la finca, atadas con cinta; las pólizas del seguro, las tres, con la valoración de mil ochocientos cuarenta y nueve todavía vigente que ya había anotado en septiembre de otra vida; el testamento del padre de Magnus; dos cajas de monedas de plata sin interés.

Lo fue etiquetando pieza a pieza. Ciento doce, ciento trece, ciento catorce.

En el cajón de abajo había un paquete del tamaño de un platillo, envuelto en una servilleta de hilo, y debajo un sobre grande con tres hojas.

Kelda desenvolvió la servilleta sobre el fieltro.

El aro estaba más deslustrado de lo que ella recordaba, con un baño gastado en el canto y el metal amarillo asomando por debajo como la obra bajo la cal.

En el reverso, dos raspaduras limpias, una junto al arranque del alfiler y otra en el aro, hechas con lima fina por alguien que sabía dónde raspar.

Lo tuvo un momento en la palma abierta antes de ponerlo en el platillo, y no sintió lo que había temido sentir. Lo que sintió fue lo de siempre: que aquello no hacía su peso. Seis años después seguía siendo una jarra vacía que uno levanta creyéndola llena.

Lo pesó con sus pesas. Diecisiete onzas y media, exactamente lo que habían cantado sobre el aparador la noche del veinticuatro de octubre de mil novecientos uno, y no un grano menos, porque las balanzas dicen siempre lo mismo y esa es su virtud.

Dejó la pieza en el fieltro, boca arriba, y no volvió a tocarla en toda la mañana.

Después leyó las tres hojas.

El informe estaba fechado en Edimburgo en enero de mil novecientos dos y era corto y seco.

Que la pieza examinada no presentaba ninguno de los punzones de la oficina de contraste.

Que el raspado practicado en el reverso del aro y en la punta del alfiler mostraba metal base de tono amarillo bajo un baño de plata de escaso espesor.

Que el análisis por vía húmeda confirmaba que el cuerpo de la pieza era latón.

Peso, diecisiete onzas y media. Sello y firma del ensayador.

Grapadas detrás venían otras cosas. Una minuta del despacho de Sutherland, procurador en Kirkwall, por gestiones de febrero y marzo de mil novecientos dos.

Una lista de trece nombres, nueve de Edimburgo y cuatro de Aberdeen, con una marca al lado de cada uno: contestadas cinco, negativas dos, sin respuesta dos, y así.

Y una carta del propio Sutherland, de marzo de mil novecientos dos, en la que explicaba a su cliente por qué no se podía seguir: que los talleres no estaban obligados a asentar nombres en encargos pagados y retirados en mano; que la casa que compró plata vieja en aquellas fechas no llevaba registro de vendedores ocasionales; que si alguien con despacho abierto había querido que un pago no tuviera cara, lo habría hecho pasar por la cuenta de un cliente cualquiera, y que en las cuentas de otro procurador no se entra sin pleito, y para el pleito hace falta la prueba que falta.

Kelda leyó aquella carta tres veces. La tercera, ya no leía lo que decía: leía la fecha.

Marzo de mil novecientos dos. Aquel mes, ella estaba contando barriles en una dársena de Leith con las manos partidas de frío y su abuela cosía delantales a penique la pieza, y en esta isla un procurador escribía que no se podía seguir.

Luego se levantó, fue a la ventana y estuvo un rato mirando el camino de la punta sin ver nada.

Lo que tenía delante era, medido sin sentimiento, un hombre que en enero de mil novecientos dos había hecho ensayar la pieza, había pagado a un procurador dos meses de trabajo, había escrito a trece casas y se había quedado con las manos vacías.

Y lo había buscado mal. No por torpe: por el sitio por donde busca la gente que tiene dinero.

Había buscado joyeros, compradores, plateros, gente que pudiera acordarse de una cara.

Había ido a por los talleres, que son los que no están obligados a escribir nada.

A nadie se le había ocurrido mirar los libros de la propia casa. Y tenía su lógica, porque para eso hay que empezar por admitir que la cosa salió de dentro, y él, en mil novecientos dos, seguía viviendo con la única persona a la que podía sospechar.

Kelda se quedó un rato con esa idea y la apartó, porque tampoco eso probaba nada y porque le estaba estorbando.

Kelda volvió a la mesa, dejó el informe en su sitio y escribió en el inventario, con la misma letra que todo lo demás: pieza número ciento quince, aro penanular de latón plateado con alfiler, diecisiete onzas y media, acompañada de informe de ensayo de enero de mil novecientos dos y correspondencia aneja, once documentos. Valor como metal, insignificante.

Y debajo, porque el inventario es el inventario y no un juicio, añadió la única observación que le pareció que cabía: pieza conservada íntegra desde diciembre de mil novecientos uno con su informe; no consta que haya salido de la casa.

Después cerró el inventario y abrió el libro de caja de mil novecientos uno.

Lo hizo por su cuenta y riesgo, fuera de la valoración, y lo hizo sabiendo perfectamente que se salía del encargo.

El acuerdo le daba acceso a los libros desde mil novecientos uno para valorar una garantía.

Nadie le había pedido que buscara nada más, y ella no pensaba pedir permiso, ni avisar, ni compartir lo que encontrara mientras no supiera qué era.

Si aquello acababa en algo, ya decidiría con quién lo hablaba.

A la una del domingo, Firth le subió una bandeja al despacho sin que se la pidiera y se la dejó en la esquina de la mesa, apartando los papeles con dos dedos y mucho respeto.

Kelda comió sin enterarse. A las cuatro, Jessie Linklater asomó la cabeza para saber si hacía falta algo y se llevó la bandeja intacta.

Trabajó todo el domingo y hasta la una del lunes.

No buscó el broche. Buscar una cosa concreta en un libro es la mejor manera de no encontrarla, porque la vista se va detrás de lo que espera.

Hizo lo que hacía en Leith: series. Cogió cinco años de libro de caja, de mil ochocientos noventa y ocho a mil novecientos dos, y fue construyendo la serie de cada partida trimestre a trimestre, con su media y sus extremos, que es un trabajo aburrido y sin ninguna emoción hasta que aparece el pico.

Trabajó con las tres partidas grandes primero, que es donde todo el mundo busca y donde nunca está: compras de la casa, jornales, obras.

Nada. Los picos que aparecieron tenían todos su papel detrás: un tejado en el noventa y nueve, un caballo en el novecientos, la boda de julio de mil novecientos uno, que le salió al paso en una página y a la que dedicó el tiempo justo de pasar la hoja.

El pico apareció el lunes por la mañana, en la partida más gris de todas.

«Gastos de administración y adelantos a la cuenta del señor Omand.

» Era una partida ordinaria, de esas que existen en todas las casas: sellos, pasajes, tasas, papel timbrado, lo que el administrador adelanta y la casa le reembolsa.

En veinte trimestres, la media eran cuatro libras con seis chelines.

El máximo, ocho libras y algo, en un trimestre con litigio de lindes.

En el primer trimestre de mil novecientos uno, la partida daba treinta y nueve libras con diez. Nueve veces la media. Kelda hizo la suma otra vez, en el margen, por si era ella la que se equivocaba.

Kelda fue al detalle. El desglose de aquellos tres meses ocupaba media página y estaba escrito con la pluma apretada que ella conocía de los totales de la sal.

Enero, lo de siempre. Febrero, lo de siempre.

Marzo: una sola línea, treinta y cuatro libras con diez chelines, concepto «encargo de la casa, por cuenta del despacho».

Kelda se quedó mirando esas cuatro palabras un rato largo.

«Encargo de la casa.» Era la clase de concepto que ella tachaba en Leith sin levantar la vista: neutro, correcto, impenetrable, el que se escribe precisamente cuando no se quiere escribir el otro.

Y estaba autorizado: al margen llevaba la rúbrica del administrador y, debajo, la conformidad de la casa con una inicial suelta, de esas que valen para tres nombres y para ninguno.

Kelda se prohibió leerla. En mil novecientos uno, en aquella casa, las cuentas las despachaban dos personas y una inicial no es una firma; darle nombre era exactamente lo que llevaba dos días diciéndose que no iba a hacer.

No decía qué encargo. No decía a quién. No había factura anexa, ni recibo, ni referencia a otro libro.

Kelda se pasó la tarde del lunes buscando la contrapartida como la había buscado con la lona: en el inventario de mil ochocientos cuarenta y nueve, por si había entrado una pieza; en el libro de la casa, por si se había reparado algo; en las cuentas de la finca, por si había obra; en el archivo, por si aparecía correspondencia de aquel trimestre.

En treinta y cuatro libras con diez de marzo de mil novecientos uno no entró en Helmsgarth absolutamente nada.

Aquello, en el oficio de Kelda, tenía nombre: un desembolso sin contrapartida física, hecho a través de la cuenta de un tercero, en un mes concreto.

Lo había visto dos veces en su vida, las dos en Leith, y las dos veces había detrás lo mismo: alguien pagando por algo que no quería que constara como suyo.

No probaba nada. Lo pensó con todas las letras, sentada en el despacho con la lámpara encendida a la una de la madrugada, porque confundir una pregunta con una prueba es el error que arruina a los que empiezan, y porque en aquella habitación, aquella noche, tenía todas las ganas del mundo de cometerlo.

Aquel asiento no nombraba a nadie. No decía broche, ni plata, ni copia, ni Edimburgo.

Un administrador puede pagar treinta y cuatro libras por cien cosas legítimas y no explicarlas en el libro de caja de la casa.

Lo único que tenía era una fecha y una pregunta, y la pregunta era: ¿qué se compró, se encargó o se pagó en marzo de mil novecientos uno por cuenta del despacho del señor Omand, que costó treinta y cuatro libras con diez y que nunca llegó a esta casa?

Y era, después de seis años, una pregunta que se podía contestar, porque no había que buscarla en la memoria de un joyero de Edimburgo: había que buscarla en papeles que alguien tiene la obligación de llevar.

Un procurador lleva cuenta de lo que paga por sus clientes, aunque no la enseñe.

Un taller anota los encargos que cobra, aunque no ponga nombres.

Una casa de metales asienta lo que compra al peso, aunque no pregunte de dónde viene.

Nada de eso se le puede sacar a nadie sin un motivo, pero el motivo ya no era una sospecha: era una línea con fecha y cifra en un libro de esta casa.

Kelda escribió en una hoja aparte, en letras grandes, lo que necesitaba y en qué orden. Uno: saber qué se hizo con esas treinta y cuatro libras. Dos: saber quién más estuvo delante. Tres: pedir a quien lleve los libros del otro extremo que certifique lo que tenga anotado.

Y había, además, una segunda línea.

La encontró el martes al amanecer, repasando los gastos menores del mismo trimestre, que iban en otro libro y que nadie mira nunca porque son de chelines. Dos de marzo de mil novecientos uno: «pasaje de ida y vuelta a Kirkwall, dos personas, y fonda una noche.» Once chelines con seis.

Dos personas. Once chelines y seis, en un libro de gastos menores que nadie había mirado en seis años porque los chelines no interesan a nadie. Omand viajaba solo. En seis años de libro de gastos menores, aquel hombre no había pagado un segundo pasaje ni una sola vez.

Volvió atrás cuatro años para comprobarlo, partida por partida, porque una excepción sin comprobar no vale nada. Mil ochocientos noventa y siete: pasajes de una persona. Noventa y ocho: una persona. Noventa y nueve, novecientos: una persona, siempre, treinta y una veces.

Kelda cerró el libro y se quedó mirando la pared con las manos quietas.

Sabía perfectamente quién viaja con un administrador a Kirkwall cuando hay que llevar algo y no se puede llevar solo: alguien de la casa, alguien de servicio, alguien que carga y espera en la puerta y no pregunta.

Y sabía, porque llevaba dos semanas anotándolo en la última página de su cuaderno, quién de aquella casa se metía por la puerta de bayeta cada vez que la veía llegar por un pasillo. Seis años en el mismo puesto, en una casa donde las doncellas duran dos temporadas. O muy bien, o muy sujeta.

Aquel martes por la mañana mandó dos recados.

Uno a la oficina del tinglado, para el señor Sinclair, pidiéndole media hora a las seis con el procurador presente si podía conseguirlo.

Y otro a la cocina, para la señora Tulloch, en el que le rogaba que le dijera a Effie Leask que la señora Flett la esperaba en el despacho de la finca el martes por la tarde, y que no era por su trabajo.