La mujer que volvió con la marea Capítulo 25. El temporal
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Capítulo 25. El temporal

El temporal

El aviso llegó a Sandgeo el jueves treinta a las cuatro de la tarde, por el telégrafo de Kirkwall y por el barómetro de Clouston, que se había caído tres décimas en dos horas.

Magnus estaba en la estación de curado cuando el práctico apareció en la puerta con la gorra calada hasta las cejas.

—Viene del sureste y viene grande. Tengo cuatro barcos fuera y dos sin radio de vuelta hasta mañana. —Clouston no preguntó ni pidió—. Necesito todas las manos en el muelle hasta que anochezca y después las que aguanten. Usted con las suyas, señor, a las órdenes mías, como todo el mundo.

—A sus órdenes.

Trabajaron hasta las nueve. Clouston mandaba desde la punta del muelle con un farol y una voz que llegaba entera al otro lado de la dársena, y repartió el trabajo como se reparte cuando sobra poco tiempo: los hombres de más edad a doblar amarras y a meter chicotes por los noráis grandes; los jóvenes, a subir a tierra lo que pudiera flotar; las cuadrillas, a asegurar el tinglado de sal y a estibar barriles vacíos tierra adentro, porque un barril vacío en un temporal es un ariete.

A Magnus lo puso con Tam Isbister a reforzar el amarre de las lanchas grandes, que fue su manera de decirle que trabajara y no mandara.

Dobló cabos hasta que dejó de sentirse las manos.

Aprendió, de paso, dos cosas que no sabía y que Tam le enseñó sin hacer una sola broma: que los cabos nuevos estiran y hay que darles vuelta de más, y que un guardacabos mal puesto sierra un chicote en una noche.

A Kelda la vio dos veces. La primera, en el tinglado, con las cuadrillas, señalando dónde iba cada pila.

La segunda, a las ocho y media, con Clouston, los dos agachados sobre la bita del extremo, discutiendo algo que Magnus no oyó; después el práctico asintió, se levantó y dio la orden que ella había propuesto. Magnus no se acercó.

A las nueve, Clouston los mandó a comer algo por turnos a la casa de Willa, que tenía la cocina abierta y sopa para todo el que entrara.

Magnus comió de pie, en la puerta, y desde allí vio a Marion Flett repartiendo pan en mangas de camisa a las siete de la tarde de sus setenta y cuatro años.

No se acercó a ella. No se habían dirigido la palabra desde el dos de noviembre de mil novecientos uno y aquella noche no iba a ser la noche.

El sureste entró a las diez y media y se puso a trabajar en serio a medianoche.

Pasó la noche en el tinglado con quince hombres más, con el viento haciendo sonar la chapa del techo como un tambor mal templado.

Salían de dos en dos cada media hora a recorrer los amarres con el farol tapado.

A las dos de la mañana se partió la pasarela de los botes, que ya venía tocada de mil novecientos cuatro.

A las tres, el agua entraba por encima de la coronación nueva en cada ola grande y se llevó dos pilas de barriles vacíos que nadie había estibado bastante lejos.

A las tres y media, Magnus salió con Tam a recorrer el ramal norte y volvieron con la mano de Tam envuelta en un pañuelo: un guardacabos que había saltado y le había pillado dos dedos contra el norai.

Nada roto. El viejo se negó a irse a casa y se sentó en un cajón con la mano en alto, mandando a los jóvenes desde allí con una autoridad que no le discutió nadie.

Y a las cuatro y veinte, la lancha del correo, la grande, garreó.

Lo vieron todos a la vez porque Clouston lo cantó desde la puerta. El ancla de tierra había dado de sí y la lancha, que estaba amarrada en el interior de la dársena, empezó a caer hacia el norte, hacia el grupo de tres barcas pequeñas fondeadas al socaire del muelle viejo. Si llegaba, las partía.

—¡Un cabo al norai de piedra! —gritó Clouston—. ¡Por el norte, que la corriente la lleva!

No había manera de llegar por tierra. El muelle viejo estaba cortado desde las tres.

Magnus supo, mientras corría con los demás hacia el varadero, que aquello iba a hacerse por agua, y supo, con una claridad de hombre que ha aprendido a no engañarse, que él no sabía patronear una yole en una dársena con aquel viento, y que en Sandgeo había dos personas que sí.

Una estaba en Stronsay con su barco.

La otra venía por el pantalán con las botas de su abuelo y el pelo pegado a la cara, y ya llevaba en la mano el cabo delgado con el que se pasa un calabrote.

Magnus tomó una decisión en dos segundos, que es lo que tardaba ahora en tomarlas, y consistió en no decir ni una palabra de las que se le ocurrieron.

Ni que no fuera. Ni que fuera él en su lugar.

Ni que tuviera cuidado. Se puso en la fila de los que bajaban la yole y esperó a que le dijeran dónde ponerse.

* * *

Kelda llevaba desde las dos en la caseta del práctico, y a las cuatro y veinte estaba viendo caer la lancha del correo desde la ventana, contando.

Diecisiete brazas hasta las barcas. La corriente de dentro, que en aquella dársena giraba contra el reloj con el sureste, se la llevaba a razón de un pie cada dos segundos.

Quince minutos, quizá veinte. Y el viento, que a medianoche pelaba, llevaba veinte minutos aflojando: seguía siendo mucho viento, pero ya se podía estar de pie en el pantalán sin agarrarse, y las rachas venían separadas.

Salió a decírselo a Clouston y Clouston ya lo había decidido.

—Con la yole, por dentro. Pegada al muelle hasta la mitad, después cruzas.

—Le puso el chicote del cabo en la mano, un calabrote de tres pulgadas con el ojo bien hecho—.

Lo pasas por la cornamusa de proa de esa lancha, no por la bita, que la bita no la ves y perderías tiempo.

Nosotros cobramos desde el norai. ¿Quién te boga?

—Yo —dijo Magnus, detrás.

Kelda se volvió. Estaba empapado, con las manos en carne viva de los cabos y la cara de un hombre que lleva doce horas trabajando y ninguna mandando.

—¿Sabe remar contra racha?

—Sé remar donde usted me diga y parar cuando usted diga. Lo demás no lo sé.

Kelda lo midió con los ojos: doce horas de trabajo encima, las manos peladas, y una cosa que le importaba más que las dos anteriores, que era que hubiera dicho «donde usted me diga» sin que le costara decirlo.

—Sube.

Bajaron la Skua por los rodillos entre cinco hombres.

La barca llevaba desde marzo en el varadero con su lona, con la brea del año, y entró en el agua como entra lo que está bien cuidado.

Kelda se puso al remo de popa y en el timón; Magnus, a los remos de proa; Jessie Linklater y dos hombres sujetaron el cabo desde tierra para que fuera saliendo sin peso.

Dentro de la dársena el agua estaba fea pero no era mar: eran olas cortas, sucias, que rebotaban del muro y venían por donde no debían.

La yole embarcó agua a las tres paladas.

Kelda le gritó a Magnus que no la subiera de proa, que la dejara caer, y él aprendió en dos golpes lo que había que aprender.

Fueron pegados al muelle, como estaba mandado, con el calabrote arrastrando por babor. A mitad de camino, Kelda esperó. Contó tres rachas, dejó pasar dos olas y cruzó en el hueco de la tercera, de través, con las dos palas dentro del agua, y cruzaron limpios.

La lancha del correo llegó encima de golpe, negra y muy alta, cabeceando con el cabo flojo colgando de la amura.

—¡Achica! —Kelda soltó el remo, se pasó el chicote por el hombro y se subió a la bancada—. ¡Que no la deje besar la amura!

Magnus achicó con una mano y aguantó la yole separada del costado con el remo en la otra, empujando contra la madera mojada, y tuvo el buen juicio de no mirar hacia arriba.

Kelda pasó el ojo del cabo por la cornamusa de proa a la segunda, porque a la primera se le fue con el cabeceo, y lo pasó como le habían enseñado a los once años: cobrando con la ola y no contra la ola, esperando a que el barco bajara para que el peso trabajara a favor.

Aquella frase no era suya. Aquella frase se la había dicho un hombre en una playa con un cabo en las manos, y a Kelda le llegó entera, con su voz, en mitad de una dársena a las cuatro y media de la mañana, y le sirvió, que es lo único que se le puede pedir a los muertos.

—¡Dado! ¡Cobrad!

Desde el norai empezaron a cobrar. El cabo salió del agua chorreando y se puso duro, y la lancha del correo frenó, dudó, y empezó a caer despacio hacia el muelle, que era donde tenía que caer.

Kelda sacó la Skua de allí antes de que el cabo diera un tirón y los barriera.

Salieron con el remo de proa y con el timón, ciando primero y después de largo, y la ola que había estado esperándolos todo el rato les entró por la aleta de babor y le llenó a Magnus las botas.

La Skua se sacudió y siguió. Barca abierta y vieja, con las tracas trabajando, y aguantó lo que había que aguantar porque un hombre la había untado de brea todos los marzos de seis años a cuenta de nadie.

Atracaron en el pantalán a las cinco menos cuarto, con la barca con cuatro dedos de agua y los dos empapados hasta el cuello.

Clouston les dio las gracias como daba las gracias, que era nombrando el trabajo y no a las personas: dijo que el cabo estaba bien pasado, que las tres barcas estaban donde tenían que estar, y se volvió a su farol.

Los hombres subieron la yole al varadero.

Alguien le puso a Magnus un trago en la mano y él se lo dio a Jessie, que llevaba tres horas fuera.

Kelda fue a por su chaqueta seca, que había dejado a cubierto en el socaire del noust, entre el varadero y el muro, donde el viento no entra y donde se guardan los aparejos.

Magnus entró detrás con la lona doblada al hombro.

Estaba amaneciendo. Por el hueco entre el muro y la piedra se veía la dársena con la lancha del correo ya sujeta y los hombres moviéndose despacio, con esa lentitud de después. Olía a brea, a algas y a cabo mojado. Los dos tenían las manos peladas y las de él sangraban por la base de los dedos.

—El cabo estaba bien pasado —dijo Magnus, por decir algo.

—El cabo lo pasó mi abuelo. Yo solo tenía las manos.

Lo dijo sin drama y se dio cuenta, al oírse, de que era la primera vez en seis años que nombraba a Erlend delante de él.

Magnus no contestó nada. Dejó la lona en el suelo y se quedó donde estaba, a tres pasos, mirándola con la cara sucia de sal y una inmovilidad que a Kelda le resultó insoportable por lo educada que era.

Se volvió para decirle algo del cabo.

No lo dijo. Le cogió la cara con las dos manos, que era lo que llevaba veinte minutos queriendo hacer sin permitírselo, y lo besó.

Magnus tardó medio segundo en creérselo y después la besó él, con las dos manos abiertas sobre la espalda de ella, por encima de la ropa mojada, apretándola contra el cuerpo sin moverla de sitio.

No fue suave y no fue rápido. Sabía a sal y al agua de la dársena, y a los dos les castañeteaban los dientes de frío, y ninguno de los dos cerró del todo los ojos al principio.

Ella le tiró del cuello de la camisa para bajarlo a su altura.

Él dijo su nombre una vez contra su boca, una sola, sin pedir nada más, y fue la primera vez en seis años que se lo oía decir.

Kelda lo cortó ella.

Le puso la palma abierta en el pecho, sin empujar, y separó la cara, y se quedaron los dos así, respirando fuerte, con la mano de ella entre los dos cuerpos.

—Esto no cambia el quince de junio.

—Ya lo sé.

—Escúchame bien, que lo digo una vez. —Tenía la voz más ronca de lo que le habría gustado y la usó igual—.

El quince entrego mi recomendación a mi socia y va a ser la que digan los números, la que sea.

Esto que acaba de pasar no entra en esa cuenta.

No la mejora, no la empeora, no cuenta. Si mañana recomiendo vender su casa, la recomendaré igual.

Magnus asintió. No dijo que lo entendía, no prometió nada, no le preguntó qué había significado.

Y ese no preguntar, pensó Kelda con una irritación que no le sirvió de nada, era lo más difícil de aguantar de todo lo que había hecho aquella noche.

Retiró las manos de su espalda despacio, se apartó un paso y recogió la lona del suelo.

—Está saliendo el sol —dijo—. Voy a ver lo del tinglado.

Y salió al muelle, y Kelda se quedó en el socaire con la chaqueta seca en las manos, que era a lo que había entrado.

Se la puso. Se ató el pelo. Se miró las manos peladas a la luz que entraba por el hueco del muro y decidió que aquello se curaba con agua salada y tiempo, como casi todo.

Lo que no iba a decidir de pie en un varadero era lo otro, así que lo dejó donde estaba: en su sitio, sin tasar, sin apuntar, por una vez.

Faltaban quince días para el quince de junio.

Quince días y catorce noches, y aquel día de mayo no había acabado todavía: quedaban por delante el recuento de los daños, dos pilas de barriles perdidas, la pasarela partida, y el domingo, en el despacho de la finca, un libro de caja de mil novecientos uno que llevaba seis años esperando a que alguien lo abriera por el mes de marzo.