Capítulo 24. La condición de Rennie
La condición de Rennie
La carta llegó el lunes veintisiete en la valija de la tarde, y Kelda supo que era importante porque Firth subió a buscarla al ala oeste en vez de dejar el recado en la cocina.
—El señor pregunta si la señora puede bajar a la oficina a las seis. Dice que es del acuerdo.
Era del acuerdo. Magnus la esperaba de pie, con dos hojas en la mano y la cara de quien ha leído algo tres veces buscando otra cosa.
—Léala usted misma. Es más rápido que se la cuente.
Sir James Rennie escribía en papel de su naviera, con la misma prosa cortés y densa de mil novecientos seis, y esta vez no deslizaba nada.
Tenía setenta y tantos años y firmaba con una letra más pequeña que la de la carta que Kelda le había visto firmar una sola vez en su vida, en un libro de visitas, la noche de una cena de junio.
En la primera hoja ofrecía lo que llevaban dos años hablando: entrada de capital en la estación de curado, ocho mil libras, participación minoritaria, contrato de fletes a cinco años.
Era la única salida que quedaba en el mundo que no pasara por Halcro y Flett.
En la segunda ponía la condición.
Sus consejeros, escribía, le hacían ver una circunstancia que él no podía ignorar.
La obligación que gravaba la finca y el puerto estaba en manos de una casa de Leith cuya socia apoderada era, según le constaba, la esposa del propietario, de la que vivía separada desde hacía seis años.
Mientras esa situación subsistiera, cualquier capital que él pusiera en la estación quedaría, de hecho, al alcance de un acreedor con el que el deudor mantenía un vínculo personal no resuelto; y ningún consejo de administración, ni el suyo ni ninguno, aprueba una inversión con esa clase de nudo.
No cuestionaba la honorabilidad de nadie.
Lo decía con esa expresión y subrayada. Pedía que el asunto se resolviera de manera que constara, y daba de plazo hasta el treinta de junio.
Kelda leyó la segunda hoja dos veces y se la devolvió.
—Tiene razón en lo que dice y en cómo lo dice. Yo, en su consejo, votaría igual.
—Ya lo sé.
—Y no puedo hacer nada por usted en esto.
Puedo cederle la obligación a un tercero, si es eso lo que va a preguntarme, y no se lo recomiendo: nadie le va a comprar una deuda con cuatro términos atrasados sin descontarla otra vez, y el que la compre no tendrá ningún motivo para esperar a nada.
—Kelda se puso los guantes—. Conteste usted lo que tenga que contestar. Yo sigo con el inventario.
—Espere. —Magnus dejó las hojas sobre la mesa—. Quiero saber una cosa y quiero saberla de usted, no de mi agente. Si yo contesto que sí a esta carta y entra ese dinero en la estación, ¿cambia algo en su recomendación del quince?
Kelda lo pensó como pensaba las preguntas de los bancos.
—Cambia. Ocho mil libras en la estación mejoran el modelo de continuidad y empeoran el de liquidación, porque un negocio con socio capitalista vale más entero que troceado.
—Se detuvo—. Y le añado lo que no me ha preguntado: también le mete a usted en casa un socio que en tres años querrá mandar, y eso no sale en ninguna columna. Lo digo porque lo he visto.
—¿En su casa?
—En mi casa. Tres años, y acabó comprado y en la calle, y nos costó lo que no está escrito.
No hablaron más de la carta aquel día. Kelda pensó en ella toda la noche, con la precisión con que pensaba en los problemas ajenos, y la conclusión a la que llegó fue seca: el nudo existía, era real, y el único modo limpio de deshacerlo era que ella dejara de ser apoderada de la acreedora.
Podía hacerlo. Agnes pondría a otro, y ese otro liquidaría en tres semanas.
El martes por la mañana lo pasó en el armario de la ropa blanca del ala norte, con la señora Tulloch y Jessie, contando cortinas viejas en habitaciones que olían a cerrado.
A media mañana oyó el coche en la escalinata y vio salir a Isobel, vestida de calle, con el sombrero de las visitas de Kirkwall y el bolso de las gestiones.
Volvió a la una. Kelda lo anotó sin darle importancia, que es como se anotan las cosas que después la tienen.
A las siete de la tarde, Firth le subió el recado: que la señora Sinclair rogaba a la señora Flett que bajara a cenar, porque había un asunto del acuerdo que convenía tratar delante de todos.
Bajó. No se cambió de ropa: bajó con la falda de trabajo y el polvo de los estantes en los puños, y lo hizo a propósito, porque una cosa era acudir a un asunto del acuerdo y otra cenar en aquella casa.
Firth le abrió la puerta del comedor con una cara que no era la de un mayordomo.
—Señora. —Y bajó la voz una pulgada—. En el despacho del señor Sutherland, esta mañana. Estuvo hora y media.
Fue todo lo que dijo y fue más de lo que debía, y a Kelda le sirvió para entrar preparada.
El comedor estaba puesto para tres. Isobel presidía el flanco y llevaba la carta de sir James doblada junto a su plato, cosa que Kelda registró antes de sentarse en el tercer asiento de la derecha, el suyo.
Esperó Isobel a que sirvieran y se retirara Firth hasta el aparador, y entonces habló con la voz razonable de quien trae una solución a un problema de todos.
—Magnus, esa carta hay que contestarla esta semana y solo se puede contestar de una manera.
Y la señora Flett está presente porque el asunto la toca y porque prefiero que oiga lo que se dice a que se lo cuenten.
He hablado esta mañana con el señor Sutherland.
—Puso la mano sobre el papel doblado—. La ley de este país permite el divorcio por deserción.
Cuatro años de abandono obstinado bastan, y aquí van seis y medio.
Se presenta la acción ante el Court of Session en Edimburgo, se acompañan pruebas de la separación, que las hay de sobra, y el asunto queda resuelto antes de que acabe el año.
Sir James tendría lo que pide: constancia.
Y esta casa tendría ocho mil libras y un contrato de fletes.
Nadie dijo nada. Kelda no movió un músculo. Había sabido lo que venía desde la palabra deserción y se dio cuenta, con una frialdad casi curiosa, de que lo que sentía no era ofensa: era interés profesional por ver cómo lo hacía.
—Hay un detalle —siguió Isobel, y lo dijo mirando su propio plato—.
El señor Sutherland es claro. Para que la acción prospere, el abandono tiene que ser injustificado.
Eso significa que el demandante ha de sostener, y jurarlo si se lo piden, que su esposa se marchó de la casa por su propia voluntad y sin causa que se lo justificara.
—Sin causa —dijo Magnus.
—Sin causa. Es la fórmula.
—Di la fórmula entera, tía. Que se marchó por su voluntad, sin que nadie la echara, sin que nadie la acusara, sin que a su abuelo lo dejaran en la calle con una orden que llevaba mi nombre.
Eso es lo que tendría que jurar yo en Edimburgo, con la mano encima de un libro y un hombre tomándome declaración.
—Es una fórmula procesal. Los tribunales están llenos de fórmulas. Nadie te va a preguntar qué pasó en esta casa en octubre de mil novecientos uno; te van a preguntar si tu mujer se fue y no volvió, y tu mujer se fue y no volvió. Lo demás son adornos que pone tu conciencia.
—Mi conciencia tiene poco que poner, tía. Lo único que le queda es no jurar en falso, y de eso no pienso dejarle ni eso.
Magnus se puso de pie. No levantó la voz; Kelda lo vio buscar el tono más bajo que tenía y encontrarlo.
—Es una mentira. Y es exactamente la mentira que ya conté una vez callándome, así que la conozco bien.
No la voy a jurar. No voy a firmar un papel que diga que esta mujer se fue de esta casa sin causa, porque causa hubo, y la vimos todos desde esa silla, y yo estaba de pie donde estoy ahora.
—Se volvió hacia Kelda un segundo y en seguida otra vez hacia su tía, que era lo correcto—.
Contestaré a sir James que no, hoy mismo, y le contestaré la verdad: que el nudo que él señala es real y que no pienso deshacerlo por esa vía.
Con eso perdemos ocho mil libras y un contrato, y lo perdemos hoy.
Que conste que lo decido yo y que sé lo que cuesta.
—Lo que cuesta es la casa —dijo Isobel.
—Ya lo sé.
—Lo que cuesta es todo, Magnus. Todo. Y lo pierdes por una palabra en un papel que nadie va a leer.
—Lo pierdo por una palabra en un papel que yo tendría que firmar. Y si algún día vuelvo a estar delante de un juez, quiero poder mirarlo.
Isobel se volvió entonces hacia Kelda, y fue el único momento de la noche en que le habló directamente.
—Señora, usted que entiende de cuentas. Dígale lo que cuesta esto.
—Ocho mil libras y un contrato de fletes a cinco años —dijo Kelda—. Se lo he dicho yo esta tarde. Lo sabe perfectamente.
—¿Y no le parece caro?
—Me parece que no es mi decisión, y que las decisiones ajenas no se tasan.
Isobel dobló su servilleta despacio, por la raya, y la dejó a la izquierda del plato, que era lo que hacía cuando daba una conversación por terminada. No volvió a hablar. Firth sirvió el segundo plato en un silencio que se podía pesar.
—¿Y la señora Flett no tiene nada que decir? —insistió Isobel—. Es su matrimonio también.
—Mi matrimonio no está en el acuerdo de espera —dijo Kelda—. Y yo estoy en esta casa por un acuerdo de espera.
Kelda no dijo nada más en toda la escena y no pensaba decirlo.
Lo registró como registraba todo: fecha, hecho, testigos.
Veintiocho de mayo, comedor de Helmsgarth, presentes Isobel Sinclair, Firth y ella misma.
El propietario se niega en público a jurar que su esposa lo abandonó sin causa, y lo hace a cambio de ocho mil libras que necesita más que el aire.
Lo anotaría después, arriba, en el cuaderno de hule, en la página de las cosas que cuadran a medias, y allí seguiría.
Y por dentro, con la parte de ella que no tomaba notas, pensó una sola frase, y la pensó sin ninguna dulzura: seis años.
Seis años, y el mismo comedor, y la misma mesa, y la misma mujer al otro lado.
La defensa había llegado entera, en voz alta y delante de testigos, y había llegado cuando ya no le servía para nada, porque la muerta de aquella noche no tenía quien la resucitara y el hombre de Sel Holm llevaba enterrado desde el dos de noviembre de mil novecientos uno.
Un pago tardío no cancela una deuda vencida: la reconoce.
Eso era lo que había pasado en aquella mesa, y era mucho, y no era suficiente, y las dos cosas eran verdad al mismo tiempo.
Y la otra parte de ella, la que llevaba el cuaderno, añadió un renglón sin sentimiento ninguno: que aquella negativa le acababa de costar a la casa la única entrada de capital disponible, y que eso empeoraba la posición del deudor y mejoraba la del acreedor, y que a Agnes Halcro había que contárselo el sábado con esas palabras.
Se retiró antes del postre, con permiso, alegando trabajo.
En el pasillo del ala oeste no había luz. Kelda iba con la vela de mano, la de latón, que llevaba encendida desde la puerta del comedor, y al doblar el recodo se lo encontró de frente: venía del ala este, también con vela, y los dos se pararon en seco a la vez.
Quedaron a un paso. A menos de un paso. Lo bastante cerca para que las dos llamas se juntaran en una sola luz entre ellos, y lo bastante lejos para que ninguno tuviera que apartarse para dejar pasar al otro, porque aquel pasillo era ancho y los dos lo sabían.
Ninguno se movió. Ninguno dio el paso que faltaba tampoco.
Kelda tenía la salida libre a su derecha, dos pasos y la escalera. Lo comprobó sin mirar, por costumbre de medir salidas, y se quedó donde estaba, que fue lo que le pasó aquella noche: que se quedó donde estaba y que fue decisión suya.
Le llegó el olor del pasillo entero: cera, humedad de piedra, el jabón de la ropa de él.
Podía oírlo respirar. Veía la cera correr por el borde del candelero de él, veía la marca de la brida del sombrero en su frente, veía que no iba a decir nada porque en aquella casa no se hablaba de mil novecientos uno y todo lo que él tenía que decir era de mil novecientos uno.
—Buenas noches, señor Sinclair —dijo Kelda.
—Buenas noches.
Ninguno de los dos se movió durante otro segundo entero. Después Kelda echó a andar y él se apartó a la pared, aunque no hacía ninguna falta, y ella siguió hasta su puerta sin volverse.
Dentro, dejó la vela en la mesa y se quedó de pie en mitad del cuarto con las manos frías.
Se obligó a nombrarlo con exactitud, porque nombrar mal las cosas es el principio de todos los descuadres: no había sido un accidente de pasillo.
Había tenido dos pasos y una escalera a la derecha y se había quedado quieta a menos de un paso de aquel hombre durante el tiempo que quiso quedarse.
Nadie la había retenido. Lo apuntó donde apuntaba lo demás, sin adornos, y cerró el cuaderno.
Faltaban dieciocho días para el quince de junio, y aquello, se dijo, era lo único que había que contar.