La mujer que volvió con la marea Capítulo 23. Los márgenes
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Capítulo 23. Los márgenes

Los márgenes

El primer descuadre serio apareció el jueves por la mañana y parecía un fraude.

Kelda llevaba dos días con los libros de la estación de curado en la oficina del tinglado, cotejando el de jornales con el de entradas de pescado, que es lo primero que se hace y lo último en que la gente piensa que se va a mirar.

En el verano de mil novecientos cinco encontró cuatro semanas en que se habían pagado jornales completos a las cuadrillas sin que hubiera entrado ni un cran de arenque.

Ciento nueve libras y algunos chelines pagados a gente que, según el libro de entradas, no había tenido nada que hacer.

En un año en que el término de noviembre se pagó a medias.

Lo apuntó en rojo, con el asterisco que usaba para lo que pensaba preguntar, y fue a buscar el libro de caja del año.

Y ahí, en el margen de la página de julio, con aquella letra apretada y trabajosa que llenaba todos los márgenes desde mil novecientos dos, estaba la explicación en cinco palabras: «media semana a todas; consta».

Y debajo, con la misma mano y otra tinta, una lista de nombres con la cantidad al lado. Veintidós mujeres y once hombres.

Kelda fue a las semanas siguientes. Agosto de mil novecientos cinco: entraron dos barcos y se curó lo que se pudo, y los jornales se completaron.

Septiembre: se pagó otra vez media semana a las cuadrillas, y en el margen, esta vez, la cuenta de por qué: si las mujeres se iban a Stronsay en agosto, en septiembre no había quien empacara, y traer cuadrillas de fuera costaba el flete, el alojamiento y tres semanas de enseñarles el trabajo.

No era caridad. Era una decisión de negocio tomada por un hombre que había hecho sus números. Y era, también, más dinero del que un negocio así podía permitirse aquel año, y Kelda lo comprobó dos páginas más allá, en la cuenta del término de noviembre, que se pagó tarde y a medias.

Kelda había visto esa clase de asiento otras veces y casi siempre significaba lo mismo: un socio pagando a gente que no trabaja porque le conviene por otra cosa.

Aquí no había otra cosa. Buscó durante media hora un contrato, una contrapartida, un pescado comprado de más, un favor devuelto.

No había nada. Había treinta y tres nombres, media semana de jornal y la palabra «consta».

Aquella fue la primera vez que tuvo que parar.

Se levantó, salió del tinglado, anduvo hasta la punta del muelle y estuvo un rato mirando la pilastra nueva. Después volvió, se sentó y siguió leyendo, porque era su trabajo y porque no pensaba dejar a medias una auditoría por lo que le estuviera pasando por dentro.

Aquella semana trabajó en el puerto de siete a siete, y el puerto trabajó alrededor de ella.

Entraba pescado a diario, las cuadrillas ocupaban los farlines desde las seis, y Bella Linklater, que mandaba la del sur, la saludaba cada mañana con un movimiento de barbilla y sin soltar el cuchillo.

Kelda medía, pesaba y preguntaba, y no daba una orden a nadie, como estaba escrito.

Dos veces mandó aviso a Magnus por una cosa que le pareció mal: la báscula del tinglado, que arrastraba media libra, y una pila de barriles vacíos estibada contra la pared húmeda.

Las dos veces estaba arreglado al día siguiente y las dos veces se lo comunicaron por nota, sin comentarios.

Los cuatro días siguientes los pasó en los márgenes.

Encontró la venta del prado de la parte alta, en noviembre de mil novecientos cinco, trescientas veinte libras, con el asiento debajo: al término.

Encontró la de la plata. Fue lo que más le costó reconstruir, porque las piezas no salieron todas juntas: en mil novecientos cinco se vendieron la sopera grande y dos bandejas, y en mil novecientos seis, los candelabros de seis brazos, un juego de doce cubiertos y los marcos, todo a una casa de Edimburgo, todo con tasación previa y recibo, todo anotado por su nombre.

Ciento cuarenta onzas la sopera. Sesenta y dos el par de candelabros.

Kelda se sabía aquellas cifras de memoria porque las había leído en un libro verde de mil ochocientos cuarenta y nueve seis años antes, sentada en la oficina de la finca, con él mirándole por encima del hombro.

El producto de la plata, ochocientas noventa y seis libras, había entrado en la obra del muelle en dos partidas, una en febrero y otra en abril de mil novecientos seis, con el asiento cruzado al recibo del constructor.

Y ahí estaba, de paso y sin querer, la respuesta a una pregunta que ella se había hecho el lunes anterior con el libro verde en las rodillas y que había anotado en la columna de lo que no cuadra: por qué en aquella casa quedaba la mitad de la plata de mil ochocientos cuarenta y nueve.

No la habían robado. La habían vendido para levantar veinte pies de coronación.

Encontró después lo del consorcio de Aberdeen.

Junio de mil novecientos cinco: una oferta en firme por el puerto, los almacenes y la estación, diecinueve mil libras, con una carta de tres hojas que explicaba con mucha elegancia que la explotación se reorganizaría con personal propio.

La respuesta de Magnus estaba copiada a continuación y ocupaba seis líneas.

Agradecía la oferta, la rechazaba y no daba razones.

Kelda hizo la cuenta que él no había escrito.

Diecinueve mil libras en junio de mil novecientos cinco habrían pagado el principal entero menos dos mil, habrían cancelado los atrasos y le habrían dejado la casa, la finca de arriba y una renta.

Habrían costado treinta y tres puestos de trabajo y un puerto en manos de gente que no vivía allí.

La decisión era defendible y era, además de decente, un poco orgullosa, y a Kelda le pareció las dos cosas a la vez y así lo anotó: rechaza oferta 1905 sin negociar contrapartidas; pudo exigir mantenimiento de cuadrillas por contrato y no lo intentó.

Encontró también dos cosas feas, y las anotó igual.

La primera, en el libro de la casa: dos años seguidos sin reparar el ala norte, con las habitaciones cerradas y la chimenea condenada, mientras se gastaba en el muelle.

Defendible, seguramente; también era dejar que se pudriera la garantía de un acreedor.

La segunda. Llevaba dos años pagando la sal a un proveedor de Kirkwall por encima de precio, con un asiento al margen que decía «Rendall, treinta años con esta casa».

Trescientas libras de más en dos temporadas por no cambiar de proveedor.

Eso no era decencia: era no querer tener una conversación incómoda con un viejo.

Kelda conocía esa forma exacta de cobardía y la conocía en él.

En la correspondencia de mil novecientos seis, atada con bramante por temporadas, apareció Rennie.

Era una carta de septiembre, cortés y densa, en la que sir James, después de dos páginas sobre fletes, deslizaba que su casa consideraría una participación en la estación de curado si las circunstancias personales del señor Sinclair estuvieran «regularizadas», porque el capital no entra donde hay asuntos sin cerrar.

La copia de la respuesta estaba grapada detrás, cuatro líneas: que el señor Sinclair agradecía el interés, que sus circunstancias personales no eran objeto de negociación y que, si la estación merecía capital, lo merecería por sus cuentas.

Kelda leyó las cuatro líneas dos veces y las dejó donde estaban.

No las copió en su cuaderno. Se dijo que no eran del inventario y era verdad, y se dijo también, con más incomodidad, que no eran asunto suyo, y eso no lo era tanto, porque una acreedora que encuentra una oferta de capital rechazada por su deudor tiene todo el derecho del mundo a preguntar por qué.

Decidió preguntarlo más adelante. No preguntó.

Lo de Sel Holm lo encontró el último día, y lo encontró porque estaba buscando otra cosa.

Repasaba la cuenta particular de Magnus, la que no era de la finca, para separar lo personal de lo hipotecado, y le llamó la atención una serie: todos los años, en marzo, un desembolso pequeño.

Mil novecientos dos: dos libras cuatro chelines.

Mil novecientos tres: once chelines. Mil novecientos cuatro: una libra dieciocho.

Y así hasta marzo de este año. Los conceptos eran de una sola palabra: lona.

Brea. Clavos. Listones. Lona otra vez. Jornal de dos hombres, un día.

Buscó la contrapartida con método, porque un asiento sin contrapartida es lo primero que se persigue en cualquier libro.

Miró el inventario de la finca por si había un cobertizo, una caseta de aperos, un almacén pequeño con cubierta de lona.

Miró las fechas por si coincidían con las obras del muelle: no coincidían, eran siempre marzo y la obra del muelle fue de febrero a junio de un solo año.

Miró si alguna barca de la casa invernaba bajo lona: las dos lanchas grandes tenían cobertizo de piedra.

No había obra en la finca que justificara aquello. Ni un almacén, ni un tejado, ni una barca. Kelda sumó los seis años y le salieron nueve libras y trece chelines, que era menos de lo que costaba un abrigo bueno de los de Edimburgo, y estuvo un rato con el lápiz parado sobre la suma.

Después se acordó de la lona negra que había visto desde el correo el día que cruzó, tensada sobre cuatro muros sin tejado, sujeta con listones y piedras, con la brea todavía brillante en la coronación.

Y se acordó de lo que le había dicho Marion el domingo, en la puerta de la tienda, sin darle ninguna importancia: que las paredes estaban sanas, que se podía retechar en un verano, que la viga aguantaba y que aquello, después de seis inviernos, era un milagro pequeño.

Alguien había subido a aquel islote todos los marzos durante seis inviernos, con dos hombres y una carga de brea, a repasar la cubierta de una casa que no era suya, que no daba renta, que no servía para nada y en la que no vivía nadie.

Alguien lo había pagado de su bolsillo y lo había anotado en un libro particular que nadie iba a leer, con conceptos de una palabra.

No estaba escrito en ninguna parte para quién. Los conceptos eran de una palabra y no había un nombre en seis años de asientos. Quien lo hubiera hecho no había querido dejarlo escrito, y eso, en un libro que nadie iba a leer, solo podía significar una cosa: que no lo hacía para que se supiera.

Kelda cerró el libro de caja y se quedó sentada en la oficina del tinglado con las manos planas sobre la tapa.

No sintió gratitud. Se vigiló a sí misma como se vigila el fiel de una balanza y comprobó que no la había.

Lo que sintió fue algo más incómodo y más inútil: que la versión que llevaba seis años sosteniendo, la del hombre que la dejó tirada en un comedor y se fue a salvar su apellido y firmó lo que le pusieron delante, era cierta y ya no era completa.

Un hombre puede ser exactamente eso y pasarse seis años pagando lona en marzo.

Las dos cosas caben. Lo que no cabe, después de haberlo visto en un libro, es seguir odiando con la limpieza de antes, y a Kelda le fastidió perder aquella limpieza más de lo que estaba dispuesta a reconocer, porque llevaba seis años trabajando con ella y era lo que la había levantado de la cama muchas mañanas.

La orden con su firma seguía donde había estado siempre.

Eso no lo tocaban los márgenes. Un hombre que paga lona en marzo puede haber firmado en octubre un papel sin leerlo, y de hecho las dos cosas se parecen bastante: en las dos hay alguien que resuelve lo suyo sin mirar a quién le cae encima.

Eso era de otra cuenta y esa cuenta seguía abierta.

Aquella noche escribió la nota semanal para Agnes y le costó cuatro borradores.

Lo que acabó mandando fue esto: que la garantía valía más de lo que decían los libros porque el negocio estaba sostenido por una administración mejor de lo que la deuda hacía pensar; que el deudor había preferido en dos ocasiones el empleo al saneamiento y que eso, a efectos del modelo de continuidad, era un dato a favor y no en contra; y que la recomendación seguiría fechada el quince de junio.

Ni una línea más. Agnes leía entre renglones como leía todo el mundo en aquel muelle, y Kelda no pensaba darle material.

A las seis de aquella tarde, Magnus se presentó en la oficina del tinglado con el libro de jornales de mil novecientos seis, que ella había pedido dos días antes y que estaba en la casa.

—Lo tenía en mi cuarto. Perdone la tardanza. Lo estuve mirando anoche, por lo de las semanas de agosto: hay dos jornales apuntados dos veces y le va a saltar en cuanto sume.

—Ya me ha saltado. Esta mañana.

—Ya me lo imaginaba.

Kelda estaba de pie junto a la mesa. Él le tendió el libro sosteniéndolo por el lomo con la mano derecha, y ella lo cogió por las tapas, y al cogerlo los dedos de ella quedaron sobre el dorso de la mano de él, encima de los nudillos, con el peso del libro entre los dos.

Ninguno lo soltó. Duró lo que dura una respiración larga. Kelda notó el frío de la mano de él, que venía de fuera, y notó que no se movía.

Retiró la suya primero. Cogió el libro entero, lo puso sobre la mesa y lo cuadró con el canto, que era lo que hacían sus manos cuando necesitaban hacer algo.

—Gracias. Mañana empiezo con la correspondencia del siete.

—Está atada por meses. La del banco va aparte.

—La encontraré. —Kelda abrió el libro por el índice, no porque lo necesitara—. Una cosa. La oferta del consorcio de Aberdeen, la de mil novecientos cinco.

—Diecinueve mil.

—¿Por qué no negoció usted que mantuvieran las cuadrillas? Con eso escrito en el contrato, hoy no estaríamos los dos en esta oficina.

Magnus tardó en contestar.

—Porque no se me ocurrió —dijo—. Me ofendí y contesté. Llevo dos años pensando en eso.

Magnus se quedó un segundo más en la puerta, dijo buenas tardes y se fue al muelle.

Kelda se sentó, abrió el libro por la primera página y no leyó ni una línea durante cinco minutos enteros. Después se levantó, encendió la lámpara aunque todavía había luz, y empezó por el mes de enero, que era por donde había que empezar.