La mujer que volvió con la marea Capítulo 22. Inventario
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Capítulo 22. Inventario

Inventario

Las etiquetas eran de cartulina con ojal reforzado, quinientas, compradas en Kirkwall el viernes por la tarde, y Kelda empezó a llenarlas el sábado a las siete y diez de la mañana, sentada en el suelo de la oficina de la finca con la báscula al lado.

Había llegado a las siete en punto. Firth le abrió con el sombrero ya quitado y le enseñó lo que ella no le había pedido que le enseñara: que la llave del archivo estaba engrasada, que la estufa de la oficina llevaba desde las seis encendida y que había una mesa limpia bajo la ventana.

Después se retiró. En la puerta, la señora Tulloch esperaba con las manos delante, más vieja y más recta, y dijo su frase de pie, sin adornarla.

—Señora, si necesita a alguien para las salas, yo llevo las llaves de la ropa blanca desde hace veinte años y sé dónde está cada cosa de esta casa.

—La necesito a usted desde el lunes en el comedor y en los armarios, tres horas cada mañana. ¿Le viene bien a las nueve?

—Me viene bien a la hora que la señora diga.

Las reglas las puso Kelda aquel mismo sábado, por escrito, en dos copias, una para Magnus y otra para el tablón de la cocina, porque las cosas que no están escritas se discuten.

Ella ocuparía el ala oeste, las tres habitaciones de invitados y el gabinete pequeño de al lado, con su propia escalera de servicio.

Trabajaría de siete a nueve, con parada de una hora al mediodía.

Comería sola en el gabinete; la cena de la casa era a las ocho en el comedor y ella no iba a asistir salvo que hubiera asunto.

En las salas donde estuviera trabajando no entraría nadie sin avisar.

De mil novecientos uno no se hablaba. Si hacía falta tratar algo del acuerdo, se trataría a las seis de la tarde, en la oficina de la finca, de pie si era corto.

Isobel leyó su copia en el desayuno del domingo, la dobló y dijo una sola cosa, dirigida al aire:

—En esta casa se cena a las ocho desde mil ochocientos setenta y cuatro. Quien no quiera bajar, que no baje.

No volvió a dirigirle la palabra en cinco días. Coincidieron cuatro veces en pasillos y las cuatro se cruzaron con una inclinación de cabeza exacta, la de ella de una pulgada. Kelda contaba esas inclinaciones como contaba todo, sin saber todavía para qué.

Magnus leyó su copia, escribió debajo «conforme» y su inicial, y no pidió cambiar una sola línea.

Dejó la casa para ella y se fue al puerto con los suyos a las siete y media de la mañana, y a partir de ahí cada uno supo, sin verse, dónde estaba el otro: él en la estación de curado, en el muelle o en la oficina del tinglado; ella en las salas, con la puerta abierta y el ruido de la báscula.

Marion se quedó en casa de Willa y no puso un pie en Helmsgarth, y no hizo falta hablarlo.

El domingo por la tarde, Kelda bajó a verla y se la encontró en la puerta de la tienda con dos vecinas, contándoles cómo estaban las paredes de Sel Holm, que había ido a ver el sábado con el chico de los Clouston, ya hecho un hombre de veintiún años y patrón de su propia lancha.

La lona aguantaba. La hierba había entrado.

Marion tenía un plan y lo tenía en orden: primero el tejado, después la puerta, y del suelo ya se hablaría.

—¿Con qué dinero, madre?

—Con el de mi lata y con lo que se pueda. —Marion no levantó la vista de la labor—. Tú a lo tuyo, que es una cuenta. Lo mío es una casa.

El trabajo era el que sabía hacer y lo hizo como lo había hecho siempre.

Etiqueta al objeto, número en el libro, descripción, estado, peso si procedía, y dos columnas de valor: el del inventario de mil ochocientos cuarenta y nueve cuando existía, y el que ella estimaba a precios de hoy.

Empezó por la oficina y el archivo, que era lo que le importaba de verdad.

El archivo de la finca ocupaba dos armarios y un altillo, y estaba, para su sorpresa, en un orden decente: los libros de rentas por años, los del puerto aparte, la correspondencia comercial atada por temporadas con bramante, y desde mil novecientos dos una letra nueva en todos los márgenes, apretada y trabajosa, la de un hombre que había aprendido a llevar cuentas de mayor.

Kelda no se detuvo a leer. Etiquetó, numeró, midió los estantes y se guardó para el final lo único que le interesaba de verdad, porque leer y valorar son dos trabajos distintos y mezclarlos es como pesar con el platillo sucio.

Después siguió por las salas de abajo. El lunes, con la señora Tulloch, entró en el comedor.

Hizo primero el aparador y los armarios bajos. Después, la vitrina.

La abrió con la llave pequeña, que estaba en el llavero entregado el viernes, y fue sacando las piezas de una en una y poniéndolas sobre el paño de fieltro que se había traído de Leith.

Las dos lanzas de pesca. El cuerno montado en plata, con la guarnición del bisabuelo y la historia del almirante que no vino, que la señora Tulloch le contó entera sin que se la pidiera. Las dos miniaturas.

Quedaba el hueco del centro, con su terciopelo.

El terciopelo era el nuevo, el que se había puesto la semana del veinticuatro de octubre de mil novecientos uno, y en el sitio del aro había una sombra pálida, redonda, ancha como un platillo, allí donde seis años de luz habían comido el color alrededor y no debajo.

Kelda lo midió con la cinta, anotó el diámetro y escribió en su libro: nicho central, vacío. Terciopelo con marca de la pieza retirada. Después pasó a la página siguiente.

La señora Tulloch, que había estado callada todo el rato, habló mirando el cristal.

—No se ha vuelto a poner nada ahí. La señora lo mandó quitar todo de en medio en enero, para que se pudiera correr el cuerno al centro, y el señor dijo que no. Que la vitrina se quedaba como estaba.

—¿Y ustedes cenan ahí todos los días?

—Todos los días, señora. Seis años.

Kelda no dijo nada. Anotó las cuatro piezas restantes con sus pesos y cerró la vitrina con llave.

Pesó el cuerno montado en la báscula de Leith, delante del ama, porque la báscula estaba allí para eso: doce onzas y tres cuartos de guarnición, contra las trece que daba el libro verde de mil ochocientos cuarenta y nueve.

La diferencia era de limpieza, seis décadas de paño y pasta de plata comiéndose un cuarto de onza, y así lo anotó.

Fue la única pieza de aquella sala que no coincidió, y la señora Tulloch se quedó mirando el fiel de la balanza como si esperase otra cosa.

Del paquete envuelto en servilleta que dormía en un cajón de la caja fuerte del despacho, Kelda no supo nada aquella semana.

La caja fuerte estaba en la oficina de la finca y la oficina era lo primero que había etiquetado, pero el inventario de valores y documentos lo había dejado para la última semana, con los libros del puerto, porque ese trabajo se hace con la cabeza descansada.

La casa la fue recibiendo a su manera, que fue una manera desigual.

Firth abría puertas y llevaba cajones sin que se le pidiera.

La señora Tulloch trabajaba a su lado tres horas cada mañana con una minuciosidad de venganza antigua, y el martes, al pesar una bandeja, dijo en voz baja que en esta casa había cosas que ya venían mal contadas de antes de que la señora llegara la primera vez; y luego se puso colorada, porque aquello rozaba mil novecientos uno, y Kelda le dijo que le pasara la siguiente pieza.

De las doncellas, dos eran nuevas y la miraban como se mira a una acreedora. La tercera se presentó sola el martes por la mañana, con el cubo en la mano, y dijo su nombre completo antes de que nadie se lo preguntara.

—Jessie Linklater, señora. Hija de Bella.

—¿De Bella, la de la cuadrilla del sur?

—La misma. Mi madre dice que le diga que la de la báscula del carbón se cuenta todavía en Sandgeo, y que si necesita usted que alguien le sujete algo o le suba algo, que la llame a usted primero a mí y no a las otras.

Tenía diecinueve años, la cara de su madre y ningún miedo.

Kelda la puso a sujetar el otro extremo de la cinta de medir y a cargar la caja de las pesas, y en cuatro días aquella muchacha aprendió a leer una etiqueta, a no apoyar la mano en el platillo y a decir «no lo sé, señora» en vez de inventarse una respuesta, que es más de lo que sabe hacer la mitad del mundo.

A Effie la vio tres veces en cinco días y ninguna de frente.

La primera, en el pasillo del ala este: la muchacha, que ya no era muchacha, salía de un cuarto con la ropa de cama al hombro, la vio llegar, se metió por la puerta forrada de bayeta y no volvió a aparecer.

La segunda, en la escalera: se apartó contra la pared y se quedó mirando los escalones hasta que Kelda pasó, sin decir buenos días.

La tercera fue el miércoles, en el armario de la ropa blanca, donde Kelda estaba trabajando con la señora Tulloch; Effie entró con una pila de sábanas, se detuvo en seco, dijo «con permiso», dejó la pila en el estante de abajo y salió andando hacia atrás dos pasos antes de darse la vuelta.

Kelda anotó las tres veces en el libro pequeño, al final, donde apuntaba lo que no cuadraba.

Anotó también, porque el oficio es el oficio, lo que sabía de ella: que seguía en la casa después de seis años, que no la habían despedido ni ascendido, y que en un servicio donde las doncellas van y vienen cada dos temporadas, una mujer de veinticinco años que sigue en el mismo puesto o está muy bien o está muy sujeta.

No era miedo de servicio. El servicio de aquella casa tenía miedo de otra manera, con los ojos bajos y las manos ocupadas; aquello era otra cosa, y Kelda, que llevaba seis años leyendo hombres en un muelle, sabía distinguir a quien teme perder el puesto de quien teme una conversación.

Pero no tenía nada. Tenía tres pasillos y una pila de sábanas, y con eso no se va a ninguna parte, como le había enseñado una mujer en Leith.

Así que no la buscó, no la llamó, no le hizo una pregunta que la pusiera contra la pared. La dejó estar y la anotó.

El baúl de la ropa blanca del ala este lo abrió el miércoles por la tarde, el penúltimo de aquella sala, con Jessie sujetando la tapa.

Encima iban los manteles grandes de gala.

Debajo, las sábanas de hilo. Y debajo del todo, envuelto en papel de seda y con una bolsita de alcanfor en cada pliegue, había un ajuar completo, bordado a mano, con las letras entrelazadas, sin estrenar: seis sábanas, cuatro fundas, dos juegos de toallas, un mantel de doce cubiertos y sus servilletas.

Kelda se quedó de rodillas delante del baúl con una funda en las manos y el papel de seda crujiéndole entre los dedos.

Reconoció la labor antes que las letras, porque conocía las manos que la habían hecho.

Cuatro mujeres de las cuadrillas y su abuela habían bordado aquello durante el mes de julio de mil novecientos uno, en la trastienda de Willa, por las tardes, y se lo habían entregado el diecisiete en un cesto, con una cinta, y ella lo había mandado a Helmsgarth con los baúles y no lo había vuelto a ver.

Alguien lo había guardado. Alguien había renovado el alcanfor seis veces, porque el olor era reciente.

—¿Lo saco, señora? —dijo Jessie.

—Sácalo. —Kelda se puso de pie y se sacudió las rodillas—. Pieza a pieza, como todo. Seis sábanas, cuatro fundas.

Lo contaron, lo pesaron sin necesidad, le pusieron etiqueta y lo anotaron en el libro con su fila y su número, y en la columna de observaciones Kelda escribió: sin estrenar; buen estado; alcanfor renovado. Después lo devolvieron al baúl, en el mismo orden, y bajó la tapa ella misma.

Coincidieron dos veces en toda la semana.

El lunes a las seis, en la oficina, por un asunto del acuerdo: ella necesitaba saber si el tinglado de sal era de la finca o del arrendamiento del muelle, y él se lo contestó en dos minutos, de pie, con la escritura en la mano, y se fue.

El miércoles, también a las seis, por los seguros.

Los dos asuntos se trataron como se tratan los asuntos entre gente que trabaja bien: cortos, exactos, sin una sola palabra de más.

En ninguna de las dos ocasiones él se sentó, y en ninguna de las dos le preguntó ella nada que no estuviera en el papel.

Aquella noche, en el gabinete del ala oeste, con la cena fría al lado, repasó lo hecho en cinco días y escribió la nota para Agnes, que mandaba cada semana como decía el poder.

Cuarenta y una hojas de inventario. La casa valía menos de lo que aparentaba: la plata era la mitad de la de mil ochocientos cuarenta y nueve, faltaban dos alfombras y un juego de sillas, y en el ala norte había tres habitaciones cerradas con los muebles cubiertos y la chimenea condenada, que es lo que hacen las casas cuando dejan de poder calentarse enteras.

El puerto, en cambio, valía más de lo que decían los libros, y esa era la primera cifra de las suyas que se parecía a una opinión.

Y una línea al final, para ella, subrayada dos veces: mañana, el puerto. Los libros desde mil novecientos uno, año por año, con la correspondencia al lado.

Effie pasó por el pasillo hacia las diez, con una vela. Sus pasos se pararon delante de la puerta del gabinete, que estaba entornada y con luz, y se quedaron parados el tiempo suficiente para que Kelda levantara la cabeza del papel.

Después siguieron hasta el fondo, y una puerta se cerró, y la casa se quedó como estaba.