La mujer que volvió con la marea Capítulo 21. Tres detalles
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Capítulo 21. Tres detalles

Tres detalles

Se quedó de pie en el comedor hasta que dejó de oírse el coche, y después tuvo que sentarse porque las piernas dejaron de servirle.

Isobel dijo algo desde su sitio, una frase entera, con su voz de siempre.

Magnus la oyó como se oye una conversación en la habitación de al lado.

Contestó que sí o que no, no supo cuál, y su tía repitió la frase más despacio, palabra por palabra, para que constara que la había dicho dos veces; después se levantó, ordenó su servilleta y se fue a dormir con la espalda recta.

Firth retiró el pescado sin que nadie lo hubiera tocado.

Él se quedó abajo hasta que la casa estuvo apagada.

Anduvo el comedor entero dos veces, de la puerta al aparador y del aparador a la ventana, y acabó donde acaba siempre el que anda en círculos: delante de la silla tercera de la derecha, que estaba corrida hacia atrás como ella la había dejado.

La empujó hasta su sitio con dos dedos. Después subió, y no durmió, y en aquella noche larga no se le apareció nada que él hubiera elegido. Se le apareció el abrigo.

Cuando ella se guardó los guantes en el bolsillo, el faldón se abrió sobre el asiento y quedó a la vista el forro del costado izquierdo, y en el forro había una costura de remiendo, hecha a mano, con puntada corta y pareja, del color casi exacto del paño.

Casi. Magnus se sabía aquel abrigo: se lo había visto puesto en la escalinata de aquella misma casa, en octubre de mil novecientos uno, cuando recibían a los coches.

Era el abrigo bueno de una mujer de Sel Holm.

Seis años después, era todavía el abrigo bueno de una socia de una casa de Leith con diecisiete mil libras de deuda ajena en la cartera, y alguien lo había cosido por dentro para que aguantara, y ella había venido a esta casa con él puesto y se lo había dejado puesto toda la noche.

Hizo la cuenta que hacen los hombres a las dos de la madrugada: lo que cuesta un abrigo de paño bueno en Leith, lo que gana una socia de una casa exportadora, cuántos abrigos podría haberse comprado desde mil novecientos uno.

No sacó de ahí ninguna conclusión que le sirviera.

Sacó solo una imagen, y la imagen era una mujer mayor con las gafas en la punta de la nariz cosiendo un forro junto a una ventana, y esa mujer había enterrado a su marido por culpa de un papel con su apellido al pie.

El segundo lo vio cuando ella extendió la mano para girarle la hoja del estado de cuenta.

En el anular izquierdo, donde seis años atrás había entrado a la primera un aro de oro liso, la piel guardaba una marca más clara que el resto, un cerco pálido y estrecho que no se había ido del todo.

Manos de trabajo, de las que se mojan y se secan cuarenta veces al día, y aun así ahí seguía la señal.

Magnus llevaba aquel anillo en la cadena del reloj desde la madrugada del veinticinco de octubre de mil novecientos uno.

Aquella noche, mientras ella leía cifras, lo notó contra las costillas, a través del chaleco, como se nota una piedra en la bota.

Seis años de leontina no habían gastado la marca de ella y él había tenido el aro caliente contra el cuerpo todo el tiempo, y de las dos cosas, la que le pareció insoportable fue la de ella, porque la suya la había elegido.

El tercero era el peor y no tenía cuerpo.

La voz de ella no había temblado ni una vez.

Ni al entrar, ni al decir su nombre entero por boca de Firth, ni al sentarse en la silla tercera de la derecha, ni al leer los términos impagados, ni al decir que en aquella casa no se hablaba de mil novecientos uno.

Magnus llevaba seis años imaginando aquella conversación de mil maneras y en todas había un temblor en alguna parte, en ella o en él, algo que dejara ver que los dos estaban delante de lo mismo.

Y no lo había. Una mujer había entrado en el comedor donde la destrozaron y había hablado de intereses a cuatro y medio por ciento con la voz con que se piden dos libras de harina.

Pensó en la muchacha que le había cobrado un remo de fresno en una playa y que decía «me debe achique» con la boca llena de risa contenida.

Aquella mujer también sabía poner precio y no temblaba nunca; la diferencia era que en aquel entonces el no temblar era una gracia suya, y anoche había sido una herramienta.

Hacia las tres de la madrugada entendió lo que aquello significaba y le costó respirar: que para llegar a hablar así había tenido que pasarle algo, y ese algo se lo habían hecho entre todos en una sola noche, y él estaba en la lista.

Hubo un cuarto de hora, entre las cuatro y las cinco, en que el cuerpo se le fue por su cuenta a donde no debía: a la mano de ella deshaciéndole el nudo de la corbata en un pabellón con la turba prendiendo, a un catre estrecho y una risa por los pies fríos.

Se levantó de la cama y encendió la lámpara.

No por vergüenza; por higiene. Aquella mujer había venido a cobrar una deuda y él no tenía ningún derecho sobre los recuerdos de los dos, porque el segundo de ellos había dejado de ser suyo la noche en que la dejó salir de aquel comedor sola.

Se levantó a las cinco, se afeitó con agua fría y bajó a la cocina antes que el servicio. A las seis y media iba camino de Kirkwall.

La carretera de la costa a esa hora iba llena de gente que bajaba a la lonja, y a Magnus lo saludaron nueve personas y siete de ellas lo miraron dos veces.

En Kirkwall, el mozo de la fonda le dijo buenos días y le preguntó, con toda la inocencia del mundo, si era cierto que había vuelto la señora. Así que ya estaba. Doce horas.

El agente lo esperaba en el despacho del procurador con las cuatro hojas ya cotejadas y con la cara de un hombre que ha dormido peor por asuntos ajenos.

—Buenos días. Siéntese, que hay que hablar.

—Gaudie le puso las hojas delante—. Las he leído tres veces, señor Sinclair, y se lo digo claro: está bien hecho.

Demasiado bien hecho. Esto no lo redacta alguien que quiera pillarle: lo redacta alguien que quiere que el papel aguante si un día lo mira un juez.

—Pasó a la segunda hoja—. Pero es un acuerdo muy caro en una cosa.

Usted le entrega el conocimiento entero de su casa.

Cuentas, contratos, correspondencia, inventario.

Si dentro de un mes esa señora decide liquidar, va a hacerlo sabiendo exactamente dónde está cada libra que usted tiene.

—Lo sé.

—Y si decide continuar, también lo sabrá.

—También lo sé.

—¿Y aun así firma?

—Aun así firmo. —Magnus cogió la pluma y la volvió a dejar—. Dígame usted qué tengo que no sea tiempo, señor Gaudie. Una sola cosa.

El agente, que llevaba doce años aguantando a los Sinclair y a su tía, repasó las hojas otra vez, sumó por lo bajo, y contestó lo que contestan los hombres honrados a esa pregunta, que es nada.

Isobel había hecho el mismo razonamiento la noche anterior con mejores palabras.

Lo había hecho en el vestíbulo, con la lámpara en la mano y sin levantar la voz, y había añadido otras dos cosas que a las cinco de la mañana Magnus había admitido que eran verdad: que en Kirkwall se sabría antes del domingo, y que había maneras de ganar tiempo, procurador mediante, que ningún tribunal habría llamado deshonestas.

Y una tercera que no era verdad y que había dicho igual: que aquella mujer no venía a cobrar, venía a cobrarse, y que ningún hombre en su sano juicio le abre su casa a quien tiene una cuenta pendiente con él.

—Tú de cuentas pendientes no me hables, tía —había contestado Magnus, y aquella fue toda la conversación, y subieron cada uno por su escalera.

Firmó a las diez y cuatro minutos. Kelda Flett no estuvo presente: por el acuerdo bastaba con que firmaran el deudor y su agente y el procurador diera fe, y ella, que sabía perfectamente lo que hacía, no había puesto un pie en aquel despacho.

Firmó con la pluma del procurador, que rascaba, y firmó en los dos ejemplares y en la copia para el archivo del despacho.

Firmó porque las tres columnas de aquella noche de mil novecientos cuatro se habían convertido, tres años después, en una sola: no tenía el dinero y no lo iba a tener, y todo lo que no fuera ganar tiempo con una persona capaz era gastar los meses que le quedaban en enseñarle el negocio a un abogado.

Firmó también, y esto no se lo dijo al agente, porque de las dos personas que había en el mundo con derecho a decidir el destino de aquella casa, una era él y la otra acababa de sentarse en la silla tercera de la derecha con un estado de cuenta corregido a mano.

Al firmar, el agente le pidió que pusiera la fecha de su puño y Magnus escribió: diecisiete de mayo de mil novecientos siete.

Miró el renglón de su propia firma un segundo más de la cuenta, como hacía desde diciembre de mil novecientos uno cada vez que firmaba algo delante de alguien, y después cerró la carpeta.

Entregó las llaves en el mismo despacho, contra recibo, y el agente las fue nombrando en voz alta mientras las anotaba, que es la manera más lenta que existe de perder una casa: oficina de la finca, archivo, almacén general, estación de curado, tinglado de sal, sótanos, armarios de ropa blanca, vitrinas del comedor, caja fuerte del despacho.

En la caja fuerte, cajón de abajo, había un paquete envuelto en una servilleta y tres párrafos firmados por un ensayador de Edimburgo. Magnus se quedó mirando el llavero un momento antes de soltarlo.

Pudo decirlo allí mismo. Pudo decirle al agente que hiciera constar en el recibo qué contenía aquella caja, y que se lo comunicara a la otra parte, y quedar así como el hombre que entrega la prueba antes de que se la pidan.

Estuvo a punto. Después pensó en cómo sonaría eso a las siete de la mañana del sábado, dicho por él, en una casa donde ella había prohibido hablar de mil novecientos uno, y se le puso delante con toda claridad la escena: un hombre enseñando lo que tiene guardado para que le miren la cara mientras lo enseña.

No. Ella había pedido pieza a pieza, y pieza a pieza era todo, y la caja tenía su llave en aquel llavero como las demás.

Lo encontraría el día que le tocara encontrarlo, sin público y sin discurso.

Soltó el llavero sobre la mesa del procurador y no dijo nada.

Antes de salir preguntó una sola cosa al procurador, en la puerta, con el sombrero ya puesto: si un acuerdo como aquel obligaba al deudor a contestar por escrito cualquier pregunta del acreedor sobre los libros.

El procurador le dijo que a contestar sí, y a ofrecer no.

Magnus le dio las gracias y no explicó para qué lo quería.

Salió a la calle a las once menos cuarto con las manos vacías y la sensación exacta de haber hecho algo bien y de haberlo hecho seis años tarde, que era la sensación con la que llevaba viviendo desde que aprendió a levantarse a las cinco.

En el camino de vuelta, con el coche traqueteando por la carretera de la costa, se permitió la única cosa que llevaba toda la mañana apartando.

Aquella mujer iba a leer los libros de la finca desde mil novecientos uno.

Todos. Correspondencia comercial incluida.

Y aquella mujer leía los papeles como su tía leía una habitación: veía lo que no estaba puesto.

Sutherland, el procurador, había escrito a trece casas de metales en dos meses y no había encontrado un nombre; pero Sutherland buscaba un nombre en libros ajenos, y ella iba a mirar los suyos propios, línea a línea, con seis años de oficio en los dedos y sin la menor intención de hacerle ningún favor.

Podía encontrarlo. Podía no encontrar nada, que era lo probable, porque él ya había mirado y no había nada que ver.

Y había una tercera posibilidad, la que le encogió el estómago en la curva del acantilado: que encontrara algo y no se lo dijera.

Estaba en su derecho. El contrato le daba acceso a los libros para valorar una garantía, no para hacerle justicia a nadie.

Magnus se obligó a dejarlo ahí. No pensaba pedírselo.

No pensaba dejar caer una frase, ni poner un libro encima de otro, ni orientarle una mirada hacia una estantería.

Aquella mujer venía a hacer su trabajo bajo un contrato que había redactado ella, y cargarle encima, aunque fuera en silencio, la tarea de limpiar el nombre de él era exactamente la clase de cosa que había hecho en aquel comedor en mil novecientos uno, cuando le pidió veinticuatro horas y ella le contestó que le quedaba claro el asiento.

La espina seguía donde había estado seis años: su nombre al pie de un papel que no había firmado nunca, y una mujer que lo creía.

Anoche había estado a tres pies de ella durante una hora y no había podido decirlo, porque lo había prohibido ella y porque decirlo sin el papel delante es lo que hace cualquier hombre que quiere que lo perdonen.

Se la tragó otra vez, como cada día desde diciembre de mil novecientos uno, y miró por la ventanilla el mar plano de la mañana hasta que apareció la punta norte y, detrás, el islote con sus cuatro paredes tapadas de lona.

La lona estaba negra de brea y bien tensada; la había repasado en marzo, como todos los marzos. No pensaba decírselo tampoco.