La mujer que volvió con la marea Capítulo 20. El asiento
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Capítulo 20. El asiento

El asiento

—La señora Kelda Flett —dijo Firth—, de Halcro y Flett, de Leith.

Lo dijo entero, como se anuncia a un acreedor y no a una parienta, porque Kelda se lo había dicho en el pasillo y porque Firth llevaba treinta años sabiendo cuándo un anuncio es media escena. Después se apartó y ella entró.

El comedor estaba a media cena. Sopa retirada, pescado servido, dos cubiertos en la mesa de dieciocho: Isobel en su sitio de siempre y Magnus en la cabecera.

Las lámparas nuevas de la pared daban más luz que en sus tiempos, y esa luz llegaba hasta el fondo, donde la vitrina seguía entre los dos retratos con sus lanzas y su cuerno montado y, en el centro, sobre el terciopelo, un hueco del tamaño de un platillo.

Kelda registró el hueco y siguió andando. Seis años y se veía desde la puerta: nadie había puesto otra cosa encima, ni había corrido el cuerno al centro, ni había cambiado el terciopelo. La casa entera había decidido vivir con un agujero a la vista del que cenara.

Contó lo demás por oficio, como contaba las pilas: dos cubiertos, seis sillas menos que en su tiempo alrededor de la mesa, la alfombra nueva, el aparador con la mitad de la plata que ella había inventariado en septiembre.

Magnus se puso de pie tirando la silla hacia atrás. Lo que le pasó por la cara duró menos que un pestañeo y Kelda no supo leerlo: fue como ver a un hombre recibir un golpe en un sitio que ya tenía roto. No dijo su nombre. No dijo nada. Se quedó de pie con la servilleta en la mano.

Isobel se limpió la boca con la suya y la dejó doblada junto al plato.

Había envejecido de la manera en que envejecen las mujeres que no se permiten nada: más seca, más recta, con el pelo blanco peinado igual que en mil novecientos uno y la misma capacidad de convertir una habitación en un despacho con solo dejar de comer.

—Buenas noches —dijo Kelda—. Pido disculpas por la hora. Vengo por el requerimiento notificado esta mañana y traigo papeles, así que necesito mesa.

Fue hacia el flanco largo, contando sillas.

No hacia la cabecera, que era de él, ni hacia el asiento de las visitas de respeto.

Fue al tercero de la derecha, el que su tía política le había asignado en octubre de mil novecientos uno con una tarjeta escrita a mano, retiró la silla y se sentó.

Después dejó la cartera sobre el mantel, se quitó los guantes, se los guardó en el bolsillo del abrigo y no se quitó el abrigo.

—Me quedo con él puesto, si no les importa. Esta casa siempre ha sido fría por este lado.

Nadie dijo nada de eso tampoco. Isobel bajó los ojos al mantel una vez, medio segundo, y volvió a levantarlos; fue el único movimiento que hizo en toda la escena que Kelda no supo interpretar, y lo apuntó por costumbre en el sitio donde apuntaba lo que no cuadra.

Nadie le dijo que se sentara y nadie le dijo que no. Firth, en la puerta, cambió el peso de un pie a otro, esperó una orden que no llegó, y se retiró a su sitio junto al aparador como se retira un hombre que ha decidido no ver nada.

Kelda sacó tres carpetas y las alineó con el canto de la mesa.

—Hablo por Halcro y Flett, curadores y exportadores, de Leith, que es desde el veintiséis de marzo la tenedora de la obligación hipotecaria que grava esta finca, el puerto, los almacenes, la estación de curado y esta casa.

Traigo la cesión, el poder que me faculta para actuar, y el estado de cuenta.

Puede examinarlo su agente mañana. Se lo enseño ahora para que hablemos de lo mismo.

Habló despacio, como se habla cuando se quiere que la otra parte entienda de verdad y no solo se asuste, y notó, mientras lo hacía, la cosa más rara de toda la noche: que le salía la voz igual que en el muelle.

Ni más alta ni más baja. Había temido ese detalle durante tres semanas de travesía y de fonda, y resultó que no había nada que temer, porque cuando se lleva seis años diciendo cifras en habitaciones hostiles, las cifras salen solas.

Puso la primera hoja delante de Magnus y la giró para que la leyera derecha.

—Principal: veintiuna mil libras. Dieciocho mil setecientas del bono antiguo y dos mil trescientas de la ampliación de enero de mil novecientos cinco, con la misma garantía.

Interés, cuatro y medio por ciento, pagadero por términos, quince de mayo y once de noviembre: novecientas cuarenta y cinco libras al año, cuatrocientas setenta y dos con diez por término.

Pasó la hoja segunda.

—Martinmas de mil novecientos cinco: impagado íntegro.

Whitsunday de mil novecientos seis: pagó doscientas cincuenta; quedan doscientas veintidós con diez.

Martinmas de mil novecientos seis: pagó doscientas; quedan doscientas setenta y dos con diez.

Whitsunday de mil novecientos siete, anteayer: impagado íntegro.

Suman mil cuatrocientas cuarenta libras de intereses vencidos y no satisfechos.

El requerimiento de esta mañana es por esa cantidad y por el principal, y está en regla.

—Sé lo que está —dijo Magnus. Fue lo primero que dijo. Tenía la voz perfectamente educada y perfectamente vacía—. Lo he leído cuatro veces desde esta mañana.

—¿Y discute alguna cifra?

Él acercó la hoja, la recorrió con el dedo hasta las dos líneas de los pagos a cuenta y se detuvo allí.

—La de noviembre la mandé el doce, no el once. Por giro, desde Kirkwall, cuando cobré una partida. Su estado la pone un día antes.

—Entonces la fecha es el doce. —Kelda tachó, corrigió y puso sus iniciales al margen, como había hecho toda su vida con las facturas—. Se lo agradezco. Prefiero un estado que aguante en un juzgado.

—Entonces sabe también lo que viene después si el plazo corre y nadie paga.

—Kelda dejó la mano abierta sobre la tercera carpeta—.

Vengo a proponerle una alternativa, que es a lo que he venido de verdad.

No me interesa gastar un año en una subasta.

Le ofrezco dos caminos y usted elige. Los dos están calculados hasta el chelín.

No pienso cerrar un trato que se caiga en tres semanas.

—Diga.

—El primero: la empresa sigue adelante con lo notificado. Transcurrido el plazo, se piden los remedios del instrumento y se vende lo garantizado. Es lo limpio para nosotros y es rápido. En una isla saldría por debajo de tasación, pero cubre el principal, y esa pérdida no es mía.

—¿Y el segundo?

—El segundo es que la empresa se compromete por escrito a no promover ejecución alguna hasta el quince de junio, treinta días.

A cambio, usted me abre la casa y el negocio: libros de la finca y del puerto desde mil novecientos uno, correspondencia comercial, contratos, cuentas de la estación de curado, e inventario completo de bienes con valoración, pieza a pieza, hecho por mí.

Acceso material, llaves, y ninguna pieza sale de esta casa mientras dure el acuerdo.

El quince de junio yo entrego a mi socia una recomendación: liquidar o continuar. No prometo cuál.

Isobel se levantó a servirse agua que no necesitaba, que era su manera de tomar la palabra.

—Magnus, no vas a firmar eso.

—Tía...

—Piensa con lo que te queda de cabeza. —No levantó la voz ni una pizca; nunca la levantaba—.

Esa señora es una casa de curado de Leith que compra pescado en estas islas.

Le vas a abrir tus libros, tus contratos, tus precios y tus clientes a alguien que compite contigo por el mismo arenque.

Eso no es una moratoria: es un reconocimiento.

Y en cuanto en Kirkwall se sepa que has entregado las llaves de tu casa a un acreedor, ¿quién te descuenta a ti una letra en septiembre?

Nadie. Un requerimiento se pelea. Se busca dinero en Edimburgo, se gana tiempo con un procurador y se paga en noviembre con la temporada.

—¿Con qué temporada, tía? La del año pasado no dio ni para el término.

—Con la que venga. Siempre viene una. —Isobel se volvió hacia Kelda, que era algo que no había hecho desde que entró, y le habló con una cortesía sin una sola grieta—. Y usted perdone que hablemos de nuestras cosas delante. Comprenderá que el interés de la casa no coincide hoy con el suyo.

—Le contesto yo, si me permiten, que es a mí a quien acusa de competir.

—Kelda no se volvió hacia Isobel: siguió hablando hacia el centro de la mesa, que era donde estaban los papeles—.

Tiene razón en el hecho y se equivoca en la conclusión.

Somos curadores y compramos arenque; si mañana quebrara este puerto, compraríamos en Stronsay y no nos temblaría el pulso.

Coincide más de lo que usted cree —dijo—.

Yo cobro mejor con un puerto que funcione que con una subasta.

Pero le contesto lo del crédito, que es lo único serio que ha dicho.

—Sacó una hoja más—. Señora, el crédito de esta casa está descontado desde hace dieciocho meses.

En la lonja de Leith saben que aquí se paga a los hombres antes que al banco.

Yo lo supe en abril del año pasado y lo supo todo el que compra fresco en el norte.

Lo que usted quiere proteger ya no está.

El silencio duró lo que dura una ola mediana. Isobel se sentó y no volvió a hablar en toda la noche.

—¿Me deja ver el segundo camino? —dijo Magnus.

—Y en cuanto a los libros —añadió, y ahora sí la miró—, yo no necesito mirar los suyos para saber a qué precio vende esta casa. Lo sé desde hace dos años, como lo sabe cualquiera que compre en el norte. Lo que quiero mirar no es lo que vende. Es lo que debe, lo que vale y lo que hay.

Kelda giró la tercera carpeta hacia él. Eran cuatro hojas escritas por un procurador de Kirkwall aquella misma tarde, con los huecos de las fechas rellenados a mano.

Él las leyó despacio, de arriba abajo, con el dedo siguiendo los renglones, y Kelda lo vio hacer algo que no le había visto hacer en su vida: leer un documento entero antes de opinar.

—¿Qué pasa si no llegamos a un acuerdo el quince de junio? —preguntó, todavía leyendo.

—Que el acuerdo termina y estamos donde estábamos esta mañana, con treinta días menos.

La espera no renuncia a nada: no perdona un penique de lo vencido ni corta los intereses, que siguen corriendo.

Está en la cláusula segunda, y está puesta así a propósito, para que nadie pueda decir después que hubo novación.

—¿Novación?

—Que la deuda vieja se sustituye por otra nueva. Esto no lo es. Lo único que compra usted con la firma son treinta días sin subasta.

—Cláusula cuarta. Acceso «a toda hora razonable». ¿Qué es razonable?

—De siete de la mañana a nueve de la noche. Póngalo con números si prefiere. Yo prefiero los números.

—Póngase. —Levantó la vista—. Y una cosa por mi parte: durante estos treinta días la dirección diaria del puerto y de la estación sigue siendo mía. Usted mira, pesa, pregunta y anota lo que quiera. No da órdenes a mi gente. Si algo le parece mal, me lo dice a mí y yo decido.

—¿Por qué? —preguntó Kelda, no por discutir sino porque le interesaba la respuesta.

—Porque si mis hombres empiezan a mirar a dos sitios para saber qué hacen, en una semana no trabaja nadie. Y porque si esto acaba mal y hay que cerrar, quiero que lo haya cerrado yo y no que se lo hayan encontrado cerrado.

—Aceptado, y lo quiero también por escrito. —Kelda apuntó las dos cosas al margen—. Y una mía: ni una pieza de esta casa cambia de sitio desde esta noche. Ni se vende, ni se presta, ni se manda a limpiar a Kirkwall.

—Ni una pieza —dijo Magnus.

—Falta una cosa —dijo Kelda—. El inventario lo hago yo, con mi báscula y mis pesas, que vienen de Leith y están contrastadas. No con las de esta casa.

—¿Y eso por qué?

—Porque una valoración vale lo que valga el instrumento con que se hace, y el mío lo conozco. —No añadió nada más, y nadie se lo pidió.

—Entonces necesito su firma y la de su agente. Mañana a las diez, en Kirkwall, en el despacho del procurador. Si a las diez y cuarto no hay firma, el plazo corre y la empresa sigue por el primer camino.

—Hay una tercera cosa que no está en el papel y la digo delante de todos para que conste.

—Kelda apoyó las dos manos abiertas sobre la mesa—.

Mientras yo esté trabajando en esta casa, aquí no se habla de mil novecientos uno.

Ni conmigo ni delante de mí, ni para acusar ni para disculparse.

Vengo a hacer un trabajo de treinta días. No vengo a oír a nadie.

Isobel no movió un músculo. Magnus tardó en contestar y contestó mirando la mesa.

—Como usted quiera.

—Como yo quiera. —Y añadió, con el mismo tono con que había leído las cifras—: Es lo único que voy a pedirle que no esté en la cláusula.

Magnus dejó las hojas sobre la mesa y la miró. La miraba a ella desde que había entrado, y ahora la miró de un modo distinto, sin buscar nada, como quien reconoce una cuenta.

—Estaré a las diez.

—¿Sin consultarlo con nadie? —dijo Isobel.

—Lo he consultado con los números, tía. Es con quien hay que consultarlo.

—Magnus no levantó la voz—. Los números dicen que yo no tengo veintidós mil libras ni las voy a tener en junio, y que si dejo correr esto, en septiembre no hay casa, ni puerto, ni estación, ni jornales para treinta y tres personas.

La señora me ofrece treinta días y un trabajo hecho por alguien que sabe hacerlo. No me hace falta pensarlo hasta mañana.

—Bien.

—Entonces mañana a las diez. Traiga a su agente y traiga las llaves, porque el acceso empieza el sábado a las siete de la mañana y quiero empezar por la oficina de la finca.

Kelda recogió las carpetas, las cuadró con dos golpecitos contra la mesa y se levantó.

Al ponerse en pie notó lo que llevaba una hora notando sin permitirse mirarlo: que la silla era la misma, que estaba a la misma distancia del aparador, y que desde allí se veía el hueco del terciopelo en línea recta, exactamente como aquella noche se veía a ella desde el otro lado.

En la puerta se volvió.

—Una pregunta que no es del acuerdo, y la contesta quien quiera. ¿Dónde está la pieza?

Nadie contestó enseguida. Isobel miraba su plato. Magnus tardó dos segundos y contestó sin apartar los ojos.

—Guardada. Desde diciembre de mil novecientos uno. La saqué yo de esa vitrina y no la ha tocado nadie más.

—¿Guardada dónde?

—En esta casa. Bajo llave.

—Entra en el inventario —dijo Kelda—. Pieza a pieza quiere decir todas. Buenas noches.

Fue el único momento de la noche en que le costó sostener el tono, y le costó por una razón que no venía a cuento y que apartó de inmediato: que él había dicho «la saqué yo» sin que nadie se lo preguntara, como quien contesta a un inventario.

Firth la acompañó hasta la escalinata y le abrió la portezuela del coche, y a medio camino, en el pasillo de los retratos, dijo en voz muy baja, sin volver la cabeza y sin que se le moviera la cara:

—Nos alegramos de verla, señora. La señora Tulloch lo dirá mejor que yo mañana.

Kelda no contestó, porque no le salió la voz de contestar, y porque en aquella casa las cosas que uno no puede pagar es mejor no comprarlas.