Capítulo 19. Negocio o herida
Negocio o herida
Kelda la leyó entera porque leía entero todo lo que entraba en aquella oficina.
En la segunda hoja, entre un bono de un molino de Fife y otro de unas casas de Musselburgh, estaba: obligación hipotecaria con disposición en garantía sobre finca, puerto y dependencias en las islas Órcadas, principal de veintiuna mil libras al cuatro y medio por ciento, con términos vencidos e impagados, se admiten ofertas.
No decía el nombre. No hacía falta.
Se levantó, cerró la puerta de la oficina, que no cerraba nunca, y se quedó de pie junto a la ventana el tiempo que tarda un vapor en pasar de un lado a otro del hueco.
Abajo, en el muelle, las cuadrillas trabajaban con el ruido de siempre.
Contó las pilas dos veces sin enterarse de lo que contaba.
Después volvió a la mesa, sacó una hoja limpia y escribió arriba, con letra pareja: qué hay que saber antes de decir nada.
Escribió catorce preguntas. Quién vende y por qué.
Qué garantiza exactamente el instrumento y sobre qué bienes.
Qué términos se han pagado y cuáles no, y en qué fechas.
Qué remedios da el papel al acreedor y en qué plazos.
Qué vale hoy lo garantizado. Qué cuesta el dinero que habría que poner.
Qué rinde ese dinero en cualquier otra cosa.
Qué pasa si el deudor paga al día siguiente de comprar.
Qué pasa si no paga nunca. Y, la catorce, escrita al final y con la misma letra que las otras trece: qué haría yo con esto si el puerto fuera de un desconocido.
Le llevó tres semanas saberlo.
Cargill pidió por ella las copias en Edimburgo, que era cosa de pasantes y a él le sobraba tiempo.
Los fideicomisarios eran los de un caudal relicto de Aberdeen y tenían instrucciones de convertir en dinero lo que rindiera mal; aquello rendía mal desde hacía dos años.
El instrumento estaba limpio: garantía sobre la finca entera, el puerto, los almacenes, la estación de curado y la casa.
El principal, veintiuna mil. Los intereses, pagaderos por términos, quince de mayo y once de noviembre.
Y la historia de los pagos, que era la única literatura que a Kelda le interesaba: puntual hasta noviembre de mil novecientos cuatro; una ampliación de dos mil trescientas libras en enero de mil novecientos cinco, con la misma garantía; pagado en mayo, pagado en noviembre con retraso de nueve días; primer término íntegramente impagado, Martinmas de mil novecientos cinco; después, pagos a cuenta, cada vez más cortos, hasta el de noviembre pasado, que fue de doscientas libras contra novecientas y pico debidas.
Cargill le puso delante la última hoja con la punta del lápiz.
—Esto no es una casa que no quiera pagar. Es una casa que paga lo que puede después de pagar a su gente. Fíjese en el orden: jornales, proveedores, banco. Si fuera al revés, hoy no estaría en esta lista.
—Eso no cambia lo que hay que calcular.
—No. Pero cambia lo que va a encontrarse cuando llegue.
También pidió lo que nadie le había pedido a ella: una tasación.
No se fio de la memoria de una isleña de veintidós años sobre lo que valían un puerto y una finca, así que encargó a un tasador de Kirkwall, a través del procurador y sin decir para quién, una estimación del conjunto.
Volvió en dos semanas: finca, casa, dependencias, estación de curado, almacenes y muelle, entre veintisiete y veintinueve mil libras en venta ordenada; bastante menos en subasta forzosa, porque en una isla los compradores se cuentan con los dedos de una mano.
Ofertaron al ochenta y cuatro. Los fideicomisarios aceptaron por escrito el once de marzo: diecisiete mil seiscientas cuarenta libras por la totalidad de la obligación, con todos los derechos y remedios del instrumento, formalizada la cesión el veintiséis en Edimburgo.
Antes de eso hubo una tarde en la oficina de Leith que Kelda iba a recordar mejor que la firma.
Agnes escuchó el informe entero sin interrumpir: las cifras, los términos, el estado de la garantía, los remedios del acreedor tras el impago, los plazos.
Kelda lo expuso como exponía todo, empezando por lo que costaba y acabando por lo que rendía.
Cuando terminó, Agnes cerró la carpeta, la apoyó con las dos manos y preguntó lo único que había que preguntar.
—¿Es negocio o es herida?
Kelda tenía la respuesta preparada desde hacía tres semanas y aun así tardó un segundo de más en darla.
—Es negocio. Se lo demuestro con tres cifras.
—Las fue poniendo sobre la mesa—. Compramos al ochenta y cuatro una deuda cuya garantía vale, por lo bajo, veintiocho mil.
Si hay que ejecutar y vender, recuperamos el principal y una ganancia; si no hay que ejecutar, cobramos un cuatro y medio sobre veintiuna mil pagando por diecisiete seiscientas, que es un seis por ciento largo, más de lo que nos da el banco por las reservas.
Y hay una tercera cosa, que es la que a mí me importa: con ese puerto asegurado dejamos de comprar pescado a quien le sobre.
Curamos con arenque de calidad controlada, en nuestra propia estación, con nuestra marca, y eso vale más que el interés.
—¿Y si el deudor paga al día siguiente?
—Entonces habremos ganado tres mil trescientas sesenta libras en una tarde y no tendremos puerto. Es el peor de los resultados buenos.
—¿Y si hay que echar a la gente de esa casa?
—Entonces lo haré yo. —Kelda no bajó los ojos—. No pienso mandar a nadie a hacer lo que yo no esté dispuesta a hacer en persona.
—Todo eso es cierto —dijo Agnes—. Y no ha contestado.
—Sí he contestado. He contestado lo que cabe en el acta.
Agnes la miró por encima de la carpeta un rato largo.
—Le voy a firmar la aprobación —dijo al fin—, porque los números son buenos y porque llevo cinco años sin verla equivocarse en una cifra. Y el día que estemos allí le volveré a preguntar, y entonces me va a contestar lo otro.
Kelda sostuvo aquella mirada y se permitió, para adentro y solo por un segundo, la única frase que no había escrito en ninguna hoja: que el ochenta y cuatro por ciento le parecía, además de un buen precio, un precio justo por seis años.
La apartó enseguida. Los negocios que se hacen con esa clase de frases se tuercen, y ella lo había visto tumbar a hombres más ricos que su marido.
Agnes firmó aquella tarde, de su puño, la aprobación de la operación por la sociedad, y firmó también el poder que autorizaba a la socia Kelda Flett a representar a Halcro Kelda subió a cubierta cuando la costa empezó a hacerse islas y estuvo mirando pasar Copinsay y la punta baja de Deerness con las manos en el pasamanos, en el mismo sitio del barco y con el mismo frío en las manos que seis años antes, y la única diferencia era todo lo demás.
Cruzaron a Rossay en el correo de la tarde. Dejó a Marion instalada en casa de Willa, que las esperaba desde la semana anterior con la habitación hecha y sin hacer una sola pregunta de las que se hacen.
Pasó la tarde en el muelle. No fue por sentimiento: fue porque una acreedora que no mira lo que garantiza su deuda es una tonta.
Anduvo la coronación nueva del muelle, pisó las dos pilastras rehechas, contó las embarcaciones, se metió en el tinglado de sal y en la estación de curado, y tomó notas de todo con el lápiz plano.
Tam Isbister la vio desde su nasa, se enderezó despacio y se quitó la gorra, y no dijo una palabra ni le preguntó nada, y aquel silencio de bienvenida le costó a Kelda más que cualquier discurso.
La Skua estaba en el varadero, bajo su lona, con la brea del año y el cabo de la boda todavía en la proa.
Se vistió a las siete en el cuarto de arriba.
El paño oscuro de trabajo, bueno y sin adornos; el pelo recogido como se recoge para un día largo; los zapatos de andar por piedra.
Y el abrigo. Lo había mandado en el baúl a propósito, después de pensarlo dos noches, y se lo puso delante del espejo picado de Willa palpando por dentro, con dos dedos, la costura del forro del costado izquierdo.
Estaba donde su abuela la había dejado, plana y firme.
No se veía desde fuera. Se veía si uno sabía dónde mirar.
En la puerta, antes de salir, Willa le puso una mano en el brazo y le dijo la única frase que se permitió en toda la semana:
—Cuando acabes, aquí hay sopa.
El coche la dejó en la escalinata a las ocho menos cuarto. Firth le abrió la puerta, la reconoció, y su cara hizo un viaje de seis años en un segundo.
—Señora.
—Buenas noches, Firth. Anúncieme.
La condujo por el pasillo largo, el de los retratos, el de los tres minutos.
Kelda lo siguió sin corregirle el camino.
Al fondo, las dos hojas del comedor estaban cerradas, con la luz saliendo por debajo en una línea amarilla, y dentro se oían platos y una voz de mujer diciendo algo que no se entendía.
Kelda se colocó la cartera bajo el brazo izquierdo, del lado del remiendo, y esperó a que el mayordomo pusiera la mano en el pomo.