La mujer que volvió con la marea Epílogo. La tarjeta de la vitrina
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Epílogo. La tarjeta de la vitrina

Epílogo

La tarjeta de la vitrina

La tarjeta la escribió Kelda el doce de junio de mil novecientos ocho, en el comedor de Helmsgarth, sentada en la silla tercera de la derecha, mientras Agnes Halcro auditaba los libros al otro lado de la mesa.

Se la habían encargado en la junta de mayo, después de una discusión de hora y media en la que la mitad quería la copia fuera y la otra mitad dentro, y en la que Willa Corrigall zanjó lo que había que zanjar diciendo que un agujero en una pared no le cuenta nada a nadie, y que si iba a haber un cuarto de juntas con una vitrina, que la vitrina dijera la verdad.

La escribió cuatro veces y dejó la más corta.

Decía lo que se vendió y cuándo, lo que se encargó y cuándo, lo que se puso en el nicho, quién lo declaró en falso, quién lo escribió de su puño y qué costó: una casa destechada, un hombre muerto el treinta de octubre de mil novecientos uno y seis años de una mujer.

Y debajo, la única línea que le costó tres versiones: que el original se vendió al peso y no ha vuelto, y que la casa no tiene intención de buscarlo.

Aquello último era exacto. Lo habían votado en la misma junta y a Kelda le había costado escribirlo con esas palabras, porque las palabras «no tiene intención de buscarlo» se leen frías y ella sabía lo que había debajo: que aquella pieza llevaba en la casa desde antes de que existiera el apellido, que nadie de los que la habían tenido en las manos había podido enseñar nunca un papel de dónde venía, y que preguntarle a la Corona de quién es la plata que aparece bajo la tierra de una isla es la clase de pregunta que ningún procurador con juicio le hace a nadie.

Sutherland se lo dijo así, con esas palabras, y ella lo entendió a la primera y no volvió a sacar el asunto.

Que se quedara donde estaba, con quien lo había comprado. La casa ya había pagado bastante por aquel trozo de plata.

Un coleccionista del sur lo tenía desde mil novecientos tres, y Sutherland había averiguado en marzo, sin mucho esfuerzo y sin pedir permiso a nadie, que estaba en una colección privada y que podría comprarse por algo menos de doscientas libras.

Doscientas libras eran la bomba de vapor de la nave, o cuatro años de la contribución de todas las casas de la isla, o doscientas participaciones ordinarias pagadas a gente que las estaba pagando a cinco por ciento del jornal.

La junta lo despachó en once minutos. Tam Isbister dijo que la plata vieja no cura arenque. Bella Linklater preguntó qué se hacía con ella una vez comprada. Nadie supo contestar y se pasó al punto siguiente.

Así que en el nicho, sobre el terciopelo de mil novecientos uno, con su marca redonda todavía pálida, volvió a estar la copia de latón plateado, diecisiete onzas y media, con sus dos raspaduras del ensayo de Edimburgo a la vista, porque Kelda se negó a que las puliera nadie.

Y al lado, en su soporte, la tarjeta.

Helmsgarth llevaba un año siendo otra cosa.

El ala norte seguía cerrada y la Sociedad no pensaba abrirla; el comedor grande era el cuarto de juntas y la mesa de dieciocho cubiertos tenía ahora un tintero en el centro y las hojas del acta; en el gabinete pequeño de las cuentas trabajaban dos personas con la puerta abierta, y la señora Tulloch, que seguía siendo la que decidía el gasto, tenía su despacho en la cocina, que era donde lo había tenido siempre en la práctica.

Firth se había jubilado en enero con una pensión que votó la junta y vivía con una hermana en Sandgeo. La casa se mantenía y no se lucía.

Agnes la leyó de arriba abajo aquella mañana, se quitó las gafas y no comentó ni una palabra del contenido.

—Aquí no se anda con rodeos —dijo, y fue todo lo que dijo del contenido—. ¿Y esto lo ve quien entre?

—Esto lo ve quien entre. Aquí se reúne el comité el primer martes de cada mes y aquí se lee el balance en voz alta dos veces al año.

—Muy propio —dijo Agnes.

Llevaba tres días auditando y le quedaba uno.

Lo hacía como todo: sin saludar a nadie, con su libreta, levantándose a mirar las pilas cuando un número le parecía redondo.

Tenía cincuenta y seis años, el sesenta por ciento de Halcro y Flett y ninguna intención de retirarse, y en Leith seguía diciéndole «Flett» a su socia delante de los mozos.

El primer ejercicio completo cerró así, y Kelda lo llevaba en la cabeza sin necesidad del papel.

Los intereses de las preferentes se pagaron en noviembre y se volvieron a pagar en mayo, íntegros y en fecha, y Agnes lo comprobó partida por partida.

La bomba de vapor no se compró; el almacén de sal, sí.

Se curaron cuatro mil doscientos barriles y se perdieron por calidad diecisiete.

El banco de Kirkwall, que había suspendido la línea de crédito en junio del siete, la reabrió en febrero del ocho a nombre de la Sociedad, con dos firmas y el balance encima de la mesa, y no a nombre de ningún apellido.

Y el dieciocho de mayo, en la junta ordinaria, se repartió el primer excedente: cuatro peniques por libra de participación, que en la mano de una mujer de cuadrilla con veinte participaciones pagadas a medias eran seis chelines y ocho, y que Jessie Linklater anotó en su libro con una letra que ya no era la de una chica que piensa cada trazo.

Jessie había vuelto de Leith en octubre sabiendo llevar un libro mayor. En abril le habían subido a jornada entera.

Effie Leask declaró en el juicio de David Omand en enero, en Kirkwall, y lo hizo entera y sin quitar nada, y salió de aquella sala con lo mismo con lo que había entrado: su trabajo, su cuarto y su procurador pagado.

Omand fue condenado por lo que se pudo probar y no por todo lo que había hecho, que es como acaban casi siempre estas cosas.

A Effie le ofrecieron en marzo la plaza de ama de llaves de una casa de Stromness y la aceptó.

Se fue sin despedirse de casi nadie, y Kelda, que la vio subir al vapor desde el muelle, no bajó a decirle adiós porque las dos sabían perfectamente lo que había entre ellas y no era amistad.

De Isobel Sinclair llegaron dos cartas en todo el año, las dos a la Sociedad y las dos sobre la misma cosa: los muebles de su cuarto, que reclamaba, y que se le mandaron en el vapor de diciembre a una dirección de Edimburgo. Ninguna de las dos cartas preguntaba por nadie.

Marion cumplió setenta y cinco años en marzo y encaló su casa en abril, subida a un banco, contra el criterio de todo el mundo.

En mayo, cuando Kelda volvió de Leith para la temporada, se la encontró discutiendo con Heddle sobre una cuña de una ventana con la misma pasión con que discutía todo, y con la gata gris, que había tenido crías.

Kelda había pasado el invierno en Couper Street.

Siete meses. Cerró el contrato de Danzig con dos cláusulas mejores, mandó a Magnus por escrito las cifras del cierre de Halcro y Flett en enero porque le dio la gana, y recibió veintitantas cartas suyas, mal escritas, con faltas y con noticias del puerto, todas contestadas el mismo día que llegaban.

Él bajó en noviembre y en febrero, quince días cada vez. La segunda visita coincidió con la ventisca que dejó Leith parada tres días, y pasaron esos tres días metidos en dos habitaciones con un brasero, y a Kelda le pareció una de las mejores semanas de su vida y no se lo dijo a nadie.

Vivían en el pabellón cuando ella estaba, con el contrato de alquiler a nombre de los dos desde enero y tres libras cada uno, y en aquellas dos habitaciones había ahora un armario de Kelda, una repisa más y un segundo jergón para cuando subía alguien.

El catre lo habían cambiado por una cama de verdad en abril, y de todas las cosas que pasaron aquel año, aquella fue la que más discutieron, porque Magnus quería pagarla entera y ella no lo consintió.

Volvió el diez de mayo, con la temporada.

El trece de junio por la tarde, acabada la auditoría y con Agnes ya embarcada en el vapor de las cuatro, Kelda bajó al muelle a cerrar el recuento del día y después siguió andando hasta la punta, porque le apetecía ver el paso.

Era media tarde. El agua estaba vaciando y la barra empezaba a salir, y venía viento del sureste, flojo todavía.

Magnus llegó un cuarto de hora después, con la chaqueta al hombro y el olor a salmuera de la nave encima. Se puso a su lado y miró lo mismo que ella estaba mirando, y aguantó callado un rato largo.

Kelda seguía leyendo el agua. El lomo salía antes por el lado de tierra que por el otro, la charca de la izquierda se estaba vaciando despacio y la línea de espuma se movía menos de lo que le tocaba.

—¿Qué ves? —preguntó Magnus.

Y esperó.

—Que el sureste está empujando —dijo Kelda—. Va a descubrir tarde y va a cubrir antes, y el que cruce a las siete creyendo que tiene hora y media, tiene una escasa. Mañana hay que avisar a los de la punta.

Magnus asintió despacio, mirando la barra, y no dijo que ya lo había pensado, ni que a él le parecía otra cosa, ni completó la frase por ella.

—Mañana lo aviso. ¿A los de la punta y a Clouston?

—A Clouston ya se lo habrá dicho el barómetro.

Se quedaron allí los dos, mirando bajar el agua sobre la grava, mientras el paso se abría de una orilla a la otra.