La mujer que volvió con la marea Capítulo 16. El peso corto
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Capítulo 16. El peso corto

El peso corto

La liquidación de la partida de junio para Stettin había vuelto con el correo: seiscientos veinte barriles vendidos, el precio por barril, los gastos de muelle, el almacenaje, el seguro y la comisión del agente.

Kelda la copió en su libro por costumbre y, también por costumbre, la comparó con la de mayo, que había salido a nombre de la misma casa alemana.

Seiscientos veinte barriles en junio, quinientos ochenta en mayo.

La comisión de junio, más alta. No un poco: un tercio más alta, sobre una venta que era apenas un siete por ciento mayor.

Lo apuntó y no dijo nada. Una comisión puede subir por veinte razones y diecinueve son honradas.

Aquel verano llevaba ya siete meses con su libro negro y se sabía la casa de memoria.

Sabía qué cuadrilla empacaba más despacio y mejor; sabía que las Baird no dejaban un barril sin rematar aunque las echaran a las once de la noche; sabía que la sal de Liverpool rendía un cinco por ciento más que la barata y costaba un ocho más, cuenta que había puesto por escrito en marzo y que Agnes había aprobado sin una palabra.

También sabía, porque el libro se lo decía, que había lotes que entraban y salían del almacén sin pasar del todo por sus manos: los que compraba el socio por su cuenta a los barcos y despachaba con su propio capataz, un tal Bowie, en turnos de noche.

Esos lotes le llegaban al libro ya hechos, con su número y su cifra, como llega el tiempo que hizo ayer.

En agosto, un aduanero le hizo el favor de contestarle una pregunta que ella había hecho sin ninguna intención.

Kelda estaba en el muelle cotejando el embarque de una partida con destino a Danzig y le preguntó, por hablar, cuánto pesaba todo aquello.

El hombre le enseñó la nota de peso del consignatario del vapor, la que sirve para cobrar el flete: el cargamento entero, en quintales, con el número de bultos al lado.

Se quedó mirando la nota más tiempo del que el hombre esperaba, le dio las gracias y se la copió en el reverso de una etiqueta.

Aquella noche, en la cocina de Couper Street, con Marion cosiendo enfrente y la vela a medias, Kelda hizo la división más importante de su vida hasta entonces. Peso total entre número de barriles. Le salió un barril medio de doscientas noventa y ocho libras.

Un barril de arenque curado, lleno, empacado como Dios manda, pesa unas trescientas veinte.

Lo comprobó con tres partidas más de las que tenía nota de peso: dos daban trescientas dieciocho y trescientas veintiuna. Una daba doscientas noventa y seis. Y las dos que salían cortas eran de lotes despachados por Guthrie con su capataz, no con Mackie.

Fue a ver a Agnes al día siguiente, a primera hora, con el libro debajo del brazo y una rabia bien dormida, que es la peor.

—Nos están robando en los lotes del señor Guthrie. Los barriles salen cortos y las comisiones vienen infladas. Yo creo que la cuadrilla de la noche empaca flojo para acabar antes, y que el capataz cobra por mirar hacia otro lado.

Agnes la escuchó hasta el final con las manos sobre la mesa.

—¿Cuántos lotes ha mirado?

—Cuatro.

—¿De cuántos?

—De... —Kelda hizo la cuenta y la cuenta dolió—. De unos cuarenta, en catorce meses.

—Cuatro de cuarenta. Y una cuadrilla acusada por su cuenta.

—Agnes le devolvió el libro por encima de la mesa, sin brusquedad, como quien devuelve un género que no está a punto—.

Flett, usted me ha traído una sospecha y una sospecha no se puede llevar a ninguna parte.

Si la llevo a la junta con esto, mi socio contesta en dos minutos que el peso varía con la selección, y tendrá razón, y yo quedaré como una mujer que no sabe leer sus propios libros.

Demuéstrelo con los libros, no con la rabia.

—¿Y si los libros que hacen falta no están en esta casa?

—Entonces su trabajo es traerlos.

Salió de aquella oficina con las orejas calientes y la certeza, nueva y desagradable, de que la señora Halcro tenía razón en las tres cosas: en las cuatro partidas, en la cuadrilla acusada de balde y en la rabia.

Bajó al almacén, buscó a la mayor de las Baird y le preguntó cuántos barriles remataba una cuadrilla en un turno de noche cuando había prisa.

Cincuenta y cinco, sesenta con suerte. El libro decía que los lotes de Bowie salían a ochenta y dos.

Aquello no era una cuadrilla haciendo trampa: aquello era un método.

Le llevó siete meses.

Las notas de peso no eran suyas ni de la casa: las guardaba el consignatario de cada vapor, y a Kelda no le correspondía pedirlas.

Empezó pidiéndolas de una en una, con excusas de flete, y le dieron cinco y le negaron nueve.

Cambió de método: se hizo amiga del pesador del muelle, un hombre de Tiree con artritis en las manos a quien empezó por copiarle las sumas del día para ahorrarle el dolor de la pluma, y a los dos meses aquel hombre le dejaba consultar su copiador sin que hubiera que hablarlo.

De ahí salieron las cifras de peso de treinta y una partidas.

Las liquidaciones de Stettin fueron más difíciles, porque llegaban al despacho de Guthrie en la ciudad y a la casa solo entraba el resumen.

Kelda las obtuvo por la puerta de atrás y sin torcer nada: la casa alemana escribía en papel con membrete, numeraba sus cartas y enviaba siempre copia al armador que fletaba, y el armador era un cliente de la consignataria donde ella iba cada semana con los recuentos.

Pidió por escrito, con la firma de Agnes, «copia de los avisos de venta correspondientes a las partidas de esta casa», y en enero de 1903 le llegaron veintidós en un paquete, todas con su número y su fecha.

Hubo dos semanas, en noviembre, en que creyó que se le venía abajo.

Tres de las notas de peso correspondían a partidas mezcladas, de dos procedencias, y no se podían dividir; y una de las liquidaciones daba un peso medio perfecto en un lote de Bowie, lo que le deshacía la serie.

Estuvo dos noches convencida de que se había inventado un fraude y de que llevaba medio año robándole el sueño a una mujer de setenta años por nada.

La cuarta noche encontró la explicación en su propio libro: aquella partida se había embarcado con el Board inspeccionando en el muelle por otro asunto, y Bowie había empacado como empacaba todo el mundo cuando hay un hombre con vara delante.

La excepción no rompía la regla: la firmaba.

Trabajó las noches de aquel invierno en la mesa de la cocina, con la vela de Marion al lado, montando una tabla de cuatro columnas: partida, cuadrilla y capataz, peso medio por barril, comisión y gastos por barril vendido.

Y la tabla habló sola. De las cuarenta y tres partidas de catorce meses, las diecisiete despachadas bajo el capataz de Guthrie daban un peso medio por barril entre veinte y veinticinco libras por debajo de las demás, sin que la selección declarada fuese distinta.

En esas mismas diecisiete, y solo en esas, la comisión y los gastos de muelle cargados por el agente de Stettin eran un tercio más altos.

El fraude no estaba en una punta ni en la otra: estaba en las dos, cosido por el medio.

Se compraba pescado por su cuenta a los barcos, se empacaba flojo y por debajo de medida para que salieran más barriles del mismo pescado, se vendían como completos, y la diferencia volvía disfrazada de gastos que la casa pagaba sin rechistar.

Kelda no puso en el expediente ni un adjetivo. Eran once hojas: la tabla, las notas de peso numeradas, los avisos de venta numerados, y una hoja final con la cuenta de lo que aquello había costado a la casa en catorce meses. Seiscientas ochenta y cuatro libras.

Se lo entregó un lunes de febrero, a primera hora, sin decir nada más que aquí está.

Agnes leyó las once hojas dos veces, en silencio, delante de ella.

En la segunda lectura sacó lápiz y fue haciendo sus propias divisiones al margen, cotejando tres partidas al azar, como había cotejado Mackie las pilas el primer día.

No encontró nada que corregir. Después se levantó, fue a la ventana y estuvo mirando la dársena un rato largo.

—¿Sabe usted lo que pasa si esto sale de aquí?

—Que el señor Guthrie va a juicio.

—Que el Fishery Board nos abre los barriles uno por uno durante tres años, y que en Stettin y en Königsberg dicen que Halcro despacha corto.

—Agnes se volvió—. Nuestra marca vale más que él.

Así que no va a haber juicio: va a haber una compra.

Le compro su tercio, se va, y firma que se va por retirada voluntaria.

Le va a salir caro a esta casa comprar lo que ya nos ha robado, y es lo que hay que hacer.

—Eso es pagarle.

—Eso es pagar por el nombre de la casa, que es lo único que nos hace ricas o pobres. —Agnes puso la mano abierta sobre las once hojas—. Y esto es lo que me deja comprárselo barato. Con esto delante no va a regatear ni un chelín.

—¿Y el capataz? ¿Y el agente de Stettin?

—Bowie se va con él, que para eso es suyo.

Y a la casa alemana le escribo yo una carta muy cortés diciéndole que a partir del uno de abril nuestras liquidaciones las revisa una persona nueva y que agradeceremos el desglose de cada gasto.

—Agnes casi sonrió—. Con esa gente no hace falta acusar. Basta con que sepan que alguien mira.

No regateó. La operación se cerró en marzo de 1903, en el despacho de un procurador de Leith, y Kelda no estuvo presente, pero vio salir a Guthrie del portal desde la acera de enfrente, con el abrigo de cuello de astracán y los guantes puestos, y vio que no miraba atrás.

Al día siguiente, Agnes la hizo pasar a la oficina y le puso delante las liquidaciones del Báltico.

—Desde hoy, estas las abre usted antes que yo y las cota contra las notas de peso. Todas. Y firma usted el parte que va al Board con las partidas branded. —Se sentó—. Diecisiete chelines y seis. Y no me dé las gracias, que lo ha ganado usted.

Aquella noche Kelda se lo contó a Marion en la cocina, y Marion dejó la costura, cosa que no hacía por cualquier noticia.

—¿Diecisiete y seis? —Hizo la cuenta con los labios—. Eso es más de lo que cobraba tu abuelo en dinero, contando la casa.

—Contando la casa, no.

—Contando la casa tampoco está mal. —Volvió a la aguja—. Guárdate cinco chelines de esos todas las semanas y no se los enseñes a nadie.

Entre medias de todo aquello habían pasado dos cosas pequeñas y una había hecho daño.

En agosto, la segunda carta. La señora Dunlop se la subió al tercero con el asombro de quien trae algo escrito por gente de dinero.

Kelda la tuvo en la mano el tiempo justo para reconocer el remite escrito entero en el reverso, con la letra que había visto cien veces en los márgenes de los libros del puerto y una vez al pie de una orden de despido, y se la devolvió a la vecina sin abrir y sin una explicación, con el ruego de que la bajara al buzón.

Después estuvo media hora sin hacer nada en la cocina, de pie, con las manos en el respaldo de la silla, hasta que Marion le dijo que si no iba a sentarse fuera a cerrar la ventana, que entraba frío.

El otro llegó una semana después, en un sobre pequeño y barato, sin remite y con la dirección puesta con una letra que no era la de nadie. Dentro no había carta. Había un recorte de periódico de dos pulgadas, con el nombre del semanario y la fecha en el borde.

Kelda lo leyó en la escalera, de pie, antes de subir.

Decía que la casa de Helmsgarth retiraba toda imputación contra la señora Kelda Flett; que la pieza había resultado falsa y que nada la relacionaba con su sustitución; que cualquier repetición de la especie sería perseguida. Firmado con su nombre entero.

Lo leyó cuatro veces en el rellano del segundo, con la señora Dunlop trajinando detrás de su puerta.

Reconoció la mano en dos sitios: en la palabra perseguida, que era de procurador, y en el nombre entero al pie, que era de él.

Se acordó, sin querer acordarse, de cómo firmaba: la M alta, la doble ese trabada, el trazo cruzando por debajo como una quilla.

La primera vez le subió una cosa caliente al pecho que no supo nombrar.

La cuarta ya estaba leyéndolo como leía las liquidaciones: aquello limpiaba una acusación en un periódico de Kirkwall y no tocaba nada de lo otro.

Nada del papel con su firma. Nada de una casa sin tejado.

Nada de un hombre de setenta y cuatro años durmiendo bajo una lona con el hombro mojado.

Cuatro libras de anuncio no eran una noche a la intemperie.

Podía haberlo tirado por el hueco de la escalera. Podía haberlo quemado en la cocina, que era lo limpio.

Lo guardó en el cajón de la cómoda, debajo de la ropa de invierno, y no se lo enseñó a Marion, y no contestó.

Aquella semana escribió dos veces la primera línea de una carta y las dos veces la usó después para encender la lumbre.

Lo que no sabía poner por escrito era esto: que un hombre capaz de pagar cuatro libras por limpiarle el nombre en un periódico era el mismo que había dejado que se lo ensuciaran delante de doce personas sin decir una palabra, y que no tenía ninguna gana de volver a estar en la misma habitación que esas dos personas a la vez.

Y durante años, cada vez que abría aquel cajón por otra cosa, la mano se le iba un instante hacia allí, como se va la lengua a la muela partida.