La mujer que volvió con la marea Capítulo 17. El hombre del muelle
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Capítulo 17. El hombre del muelle

El hombre del muelle

La reconoció por la espalda y por las manos, antes que por la cara.

Estaba a cuarenta pasos, en el borde mismo de la dársena, entre dos montones de barriles vacíos, con un cuaderno abierto contra el antebrazo y tres hombres alrededor: dos patrones con las botas hasta la rodilla y el mayordomo de un vapor que esperaba a media máquina con el agua sucia de carbón lamiéndole el costado.

Llovía esa llovizna de Leith que no cae, que está.

Magnus se había parado a mirar porque el grupo tapaba el paso, y siguió parado tres cuartos de hora.

Era una entrada grande y tardía, y el vapor no esperaba: o se cerraba el precio en un cuarto de hora o el pescado se quedaba en la caja perdiendo hora y valor.

El más viejo de los patrones hablaba con las dos manos.

Kelda lo dejó acabar, dijo algo corto, y el hombre volvió a empezar más alto.

Entonces ella se agachó, sacó de una caja abierta a sus pies un arenque, lo sostuvo en la palma abierta a la altura del pecho de él y lo giró despacio, como se enseña un documento.

El patrón se calló. Ella señaló el vapor, el reloj de la torre, la caja, y por último escribió dos líneas en el cuaderno, lo giró para que los tres lo leyeran y esperó con el lápiz levantado.

El patrón viejo escupió al agua, miró al otro, y firmó en el cuaderno apoyándose en un barril.

Magnus no oyó ni una palabra de toda la operación.

No le hizo falta. Había visto a su padre vender ganado, había visto a sir James Rennie tasar una casa con la mirada y a su tía ganar una mesa sin levantar la voz, y lo que acababa de ver era de la misma familia y le pertenecía por entero a una mujer con un abrigo de trabajo y el pelo tapado por un pañuelo que él había visto lavar en la trastienda de una tienda de Sandgeo.

Cuando se separaron, los hombres se fueron riendo. Uno de ellos, al pasar a su lado, le dijo al otro que a esa no se le cuela una caja mala ni con niebla.

Magnus se quedó con el detalle del arenque en la palma abierta.

Tres años atrás lo habría leído como un gesto de carácter; ahora, con dos temporadas de curado mal vendido a la espalda, sabía leerlo mejor: aquella mujer no había discutido de precio, había discutido de mercancía, y había ganado antes de abrir la boca porque era la única de los cuatro que había metido la mano en la caja.

Los tres años que llevaba desde la cena le habían cambiado el oficio.

Se levantaba a las seis, llevaba él mismo los libros que antes firmaba sin leer, había aprendido a discutir una factura de sal y a perder la discusión, y había descubierto que un hombre que no delega tampoco duerme.

Isobel seguía bajando a cenar cada noche al comedor del nicho vacío y hablaban del tiempo, de la parroquia y de las obras del tejado, y nunca de nada más, con una cortesía perfecta que a Magnus le costaba dos copas.

Había ido a Leith por el arenque. Llevaba dos años intentando que el curado de Rossay saliera de las manos de los intermediarios de Aberdeen, y aquel otoño traía cartas de presentación para dos casas exportadoras, un cuaderno con las cifras de la estación y la intención de firmar algo antes de Navidad.

Sabía, por supuesto, dónde trabajaba ella.

Lo sabía desde 1902, desde que Willa le dio la dirección con dos días de resistencia.

Se había prometido a sí mismo, en el vapor, que no iba a buscarla; había cumplido la promesa exactamente hasta las diez y media del segundo día, que fue cuando se le ocurrió que el muelle era un lugar público.

Estuvo dos días yendo. No se acercó.

Iba temprano, con el pretexto flaco de mirar embarques, y se colocaba donde el trabajo del muelle tapa a un hombre quieto.

Era una cobardía y también era otra cosa, y le costó hasta el segundo mediodía ponerle nombre a la otra cosa: estaba aprendiendo.

Aprendiendo cómo se lleva un almacén de ochocientos barriles, cómo se despacha a un patrón sin humillarlo, cuántas veces al día una persona que manda dice que no.

La vio recibir una partida y rechazar cuarenta cajas por el tamaño.

La vio discutir con un oficial del Fishery Board, un hombre mayor con vara y libreta, y la vio perder la discusión y aceptar la pérdida sin un gesto de más, y volver dos horas después con dos barriles bien hechos para enseñárselos, lo cual, comprendió Magnus, no era rendirse sino jugar la mano larga.

La vio comer de pie, un panecillo, sin dejar de leer.

La vio reírse una vez, con una mujer joven de las cuadrillas, con una carcajada corta que le llegó por encima del agua y le hizo daño en un sitio exacto.

El segundo día, a media tarde, ella pasó a diez pasos de donde él estaba, camino de la oficina, con el cuaderno bajo el brazo y la cabeza en otra cosa. Magnus dio un paso atrás, detrás del montón de barriles, y esperó a que pasara.

Lo pensó mucho después, en el tren, y le salió siempre la misma cuenta: si hubiera dado ese paso adelante, ella habría tenido que decidir en dos segundos, delante de sus hombres, si saludaba al hombre que la había dejado sola en aquel comedor.

No pensaba ponerle esa cuenta en la mesa sin avisar.

Aprender aquello le había costado tres años y un muerto.

Lo hizo por la puerta buena. El jueves por la mañana se presentó en el almacén de Halcro no me ha dado ninguna más para usted.

Magnus notó el golpe en el sitio previsto y en la cantidad prevista, y aun así tuvo que apoyar la mano en el alféizar.

Había preparado tres respuestas para tres negativas distintas.

Aquella no era ninguna de las tres: no lo echaba, no lo perdonaba y no cerraba la puerta.

Le devolvía la decisión a su dueña y lo dejaba a él en el sitio en que llevaba tres años sin saber estar, que es esperando sin hacer nada.

—Gracias por llevarle el recado. Y dígale, si le parece a usted bien decírselo, que no voy a volver a preguntar.

—¿Y el negocio?

—El negocio se lo cuento otro día, con más papeles. —Cogió el sombrero—. Hoy no sería un negocio limpio: sería una excusa.

Ya en la puerta del almacén se detuvo, porque le quemaba una pregunta y porque le pareció que tenía derecho a una sola.

—¿Está bien?

Agnes Halcro lo pensó el tiempo justo para decidir qué parte de la verdad era suya.

—Trabaja diez horas, come poco y no falta un día. Y hace tres años que no me pregunta nadie por ella. —Volvió a su mesa—. Buen viaje, señor Sinclair.

Se fue sin dejar carta, sin dejar dinero para nadie, sin encargar que le dijeran nada más.

En el tren de la tarde hacia el norte, con la libreta de la estación de curado sobre las rodillas y sin escribir una línea, hizo el inventario de lo que había ido a buscar y de lo que traía.

No traía nada. Y sin embargo no se sentía, como en los tres años anteriores, un hombre que sale de una habitación antes de tiempo.

Se sentía un hombre que ha aceptado una respuesta.

Era poca cosa. Era, también, lo único que había hecho bien en tres años.

El temporal entró por el sureste el catorce de diciembre, de noche, con marea viva, y el muelle de Sandgeo llevaba doce años esperándolo.

La tercera pilastra se movió a las tres de la madrugada.

Al moverse trabajó la cuarta, y al amanecer, cuando Magnus bajó con el resto del pueblo, había veinte pies de coronación hundidos, la pasarela de los botes partida y el tinglado de sal con el agua por dentro.

Clouston, que tenía setenta años y llevaba avisando desde antes de morir el viejo señor, no dijo ni una palabra de las que tenía derecho a decir.

Solo señaló con la barbilla el punto exacto donde él había señalado siempre.

El daño se vio entero con la bajamar: la piedra descarnada al pie, el relleno lavado, el arranque de la cuarta pilastra ya trabajando en falso.

Se perdieron dos botes y el aparejo de un nasero, y no se perdió nadie porque a las tres de la madrugada nadie estaba en el muelle.

Las cuadrillas de la estación de curado se presentaron al amanecer sin que se las llamara y estuvieron hasta la noche sacando sal mojada y salvando barriles vacíos, y a media tarde la mayor de las Isbister le preguntó a Magnus, delante de todos, si en enero habría trabajo.

—Habrá —dijo él, sin tener ni idea de con qué.

Tardaron una semana en tener presupuesto.

El constructor de Kirkwall pidió dos mil doscientas libras por rehacer las dos pilastras, recalzar la coronación y levantar el tinglado; y advirtió que si se dejaba pasar el invierno sin tocarlo, la mar seguiría comiendo por debajo y la primavera saldría por el doble.

Magnus se sentó con los números una noche entera.

Las opciones eran tres y las tres estaban en la mesa.

Cerrar la estación de curado hasta el verano y despedir a las cuadrillas, que eran veintidós mujeres y once hombres, y reparar en junio con lo que diera la temporada.

Reparar a medias, apuntalar y aguantar un año. O pedir el dinero.

Hizo las tres columnas como le habían enseñado sin querer enseñarle, en el gabinete del ala este, con la lámpara hasta las tres de la mañana.

Cerrar costaba treinta y tres jornales y la mitad de las cuadrillas emigraría a Stronsay o a Wick y no volvería; apuntalar costaba seiscientas y las perdía enteras al año siguiente; reparar costaba dos mil doscientas que no tenía.

Debajo de la tercera columna escribió, con su letra de banco, la única frase que se permitió aquella noche: «No voy a cerrar el puerto de esta gente para pagarme la tranquilidad. »

Fue al banco en enero y salió con el dinero: una ampliación de la garantía sobre la finca y el puerto, dos mil trescientas libras, al cuatro y medio, con los mismos términos de pago que el resto.

Firmó sin regatear porque no estaba en condiciones de regatear, y volvió a casa con la sensación exacta de un hombre que ha hecho lo que debía y de un hombre que ha hecho una tontería, y las dos sensaciones eran correctas.

En Sandgeo lo recibieron bien. Tam Isbister, que tenía entonces sesenta y tres años y ninguna intención de ablandarse, le dijo que ya era hora, y que si la pilastra se hubiera arreglado cuando Clouston avisó, habría costado ochocientas.

—Lo sé —dijo Magnus.

—Lo sabe usted ahora. —Tam cargó su nasa—. Nosotros lo sabíamos entonces y no se nos preguntó.

—¿Y si se les preguntara?

—Entonces habría que preguntarnos siempre, señor, y no creo que a su casa le convenga la costumbre.

Aquello se le quedó dentro y no supo qué hacer con ello.

Le pareció injusto: había hipotecado más honda su casa por no cerrar la estación de aquella gente, y nadie le había pedido opinión a nadie porque el puerto era suyo y las decisiones suyas y el riesgo suyo.

Tardaría dos años y medio en entender que ese era justamente el problema, y que el hombre que se lo había dicho tenía todo el derecho del mundo a no darle las gracias.

La obra empezó en febrero y acabó en junio. No se despidió a nadie, la estación curó su temporada, y el muelle de Sandgeo quedó mejor de lo que había estado en veinte años.

En mayo pagó el término con lo justo. En noviembre, también, aunque hubo que vender un prado de la parte alta para llegar.

Y a partir de ahí, cada vez que abría el libro de la deuda, aquellas dos mil trescientas libras estaban donde ya no se quitan: encima de todo lo demás, en la primera línea, sumándose dos veces al año con la puntualidad de las mareas.