Capítulo 15. La firma que él no puso
La firma que él no puso
El veintisiete de diciembre, Magnus sacó la copia de la vitrina y se la llevó al despacho envuelta en una servilleta.
El nicho quedó vacío. La almohadilla de terciopelo nuevo guardó un rato la forma del aro, como guarda la arena la de una piedra levantada, y después ni eso.
Cerró la vitrina con la llave pequeña, que desde noviembre colgaba de su propio llavero, y pasó por delante del hueco cuatro veces aquel día antes de dejar de mirarlo.
La casa llevaba dos meses funcionando como un reloj al que le hubieran quitado una aguja.
Se servía a las horas, se encendían las chimeneas, la señora Tulloch pedía el género y lo apuntaba, y las dos únicas personas que se sentaban a cenar allí se hablaban de usted por dentro.
Magnus pasaba los días en la oficina de la finca peleando con los libros que su mujer había dejado a medio ordenar, y a menudo encontraba su letra en un margen, corrigiendo una suma que él no habría visto nunca, y aquello le hacía el efecto de una mano tendida desde una habitación cerrada.
Effie llamó a la puerta del despacho a última hora de la tarde.
Entró con las manos en el delantal y se quedó junto a la puerta. Magnus tardó en entender que no venía a recoger nada ni a traer nada, y cuando lo entendió apartó los papeles y esperó, y el silencio duró lo que dura una vela en consumir un dedo.
—Señor, lo de la vitrina —dijo por fin—. Yo vi a la señora ahí de noche, las dos veces. Eso es verdad. Pero yo no dije lo que vi.
—¿Qué viste?
—A una mujer mirando una cosa que le iban a dar.
—Tenía la voz plana y las manos quietas, y en toda la conversación no lloró—.
La primera noche estaba contando manteles con la señora Tulloch, con las lámparas encendidas y las puertas abiertas, y me mandó cerrar el comedor porque se iba a acostar.
La segunda entró a mirar las ventanas, que había viento.
Yo lo conté en la cena de otra manera. Lo conté como me enseñaron a contarlo, con las palabras de deshoras y sola y un rato dentro, que son las palabras que dejan pensar cosas sin decirlas.
—¿Quién te enseñó a contarlo así?
Effie miró el suelo.
—Me lo enseñaron, señor.
Magnus se levantó y volvió a sentarse, porque de pie iba a asustarla y sentado no servía de nada. Le hizo la única pregunta que importaba y se la hizo despacio.
—Effie. ¿Vendrías a decir eso mismo delante de mi tía? ¿O delante del sheriff, o del pastor, o de quien haya que decírselo para limpiar el nombre de mi mujer?
—No, señor.
—Puedo protegerte. Puedo pagarte, puedo colocarte fuera...
—No, señor. —Fue la primera vez que le alzó la voz a un Sinclair y la última—.
Perdóneme. Si yo digo en público lo que acabo de decirle a usted, mañana estoy en la calle sin carácter.
Una criada sin carácter no entra en ninguna casa de estas islas, y menos una que ha declarado en falso.
Yo tengo a mi madre en Shapinsay y dos hermanos pequeños, y de mi salario comen tres.
Usted se puede ir de esta casa cuando quiera, señor, con perdón.
Yo no. —Se frotó las manos en el delantal—.
Se lo he dicho a usted porque no dormía.
Lo he dicho una vez y no lo voy a decir otra.
—¿Sabes algo más? —Magnus lo intentó por última vez, con toda la suavidad que tenía—. Cualquier cosa. Un papel, una carta, quién escribió aquella orden.
Hubo un silencio, y en aquel silencio Effie levantó los ojos y volvió a bajarlos, y después dijo que no con la cabeza, y ese movimiento se le quedó a Magnus clavado durante cinco años y medio sin que pudiera sacarle nada.
—No, señor. No sé nada más.
Cuando salió, Magnus escribió en un papel las dos cosas que acababa de ganar y las dos que había perdido, porque ordenar cifras era lo único que sabía hacer con las manos.
Ganado: que la mentira de la vitrina era mentira y que alguien se la había enseñado a decir.
Perdido: que aquello no salía de aquel cuarto, y que la muchacha sabía algo más y no iba a decirlo.
Miró el papel un rato y lo quemó en la chimenea, porque un papel así, en aquella casa, era una pistola cargada apuntando a Effie Leask.
Al día siguiente fue al despacho del administrador, en la casa baja junto al camino, y pidió el original de la orden de despido de Erlend Flett.
Omand no se levantó de la mesa.
—Le dije en noviembre, señor, que los documentos del despacho no salen sin requerimiento.
Pero le contestaré de una vez y con la verdad: no lo tengo.
El papel se clavó en la puerta de la vivienda a efectos de notificación, como manda la práctica, y con aquel temporal se perdió.
Lo que queda es el asiento en el libro de la casa: orden de veinticinco de octubre, cumplida.
—Esa firma no es mía.
—Esa firma la reconocí yo como suya, señor, y la reconocerían veinte personas de Kirkwall.
—Omand juntó las manos sobre el cartapacio—.
Si usted sostiene que no la puso, tiene un asunto grave entre manos y debería llevarlo a un procurador, no a mí.
Yo ejecuté una instrucción firmada. No es mi oficio dudar de las firmas de mi principal.
Era impecable. Cada frase encajaba con la anterior y ninguna admitía réplica que no necesitara un papel que ya no existía.
Magnus se quedó de pie mirando a aquel hombre, que llevaba veinte años en la casa, que había firmado el aviso de los derechos de atraque, que había pesado el broche en el aparador con el pañuelo en las manos, y sintió por primera vez la clase de furia que no sirve para nada.
—Queda usted despedido. Recoja hoy.
—¿Con qué causa, señor? —Omand no perdió el tono.
—Sin causa. Con preaviso y con lo que le corresponda hasta Whitsunday. No voy a tener a mi servicio a un hombre que ejecuta órdenes mías cuando yo no estoy en la isla y no me las enseña cuando vuelvo.
Omand recogió aquella tarde. Se llevó su cartapacio, sus plumas y sus cuentas particulares, dejó los libros de la finca en la estantería, y ni una sola vez, en toda la operación, pareció un hombre acorralado.
Al irse se detuvo en la puerta, se caló el sombrero y dijo, con la misma cortesía de siempre:
—Le deseo suerte, señor. Va a echar de menos a alguien que le lleve estas cosas.
Aquella misma noche, en la cena, su tía comentó la marcha del administrador con el tono de quien lamenta un cambio de tiempo.
Que era una lástima. Que el señor Omand llevaba veinte años llevando bien las cuentas de aquella casa.
Que en las islas no sobraban los hombres capaces de cuadrar un libro y hablar con un banco, y que ya vería él quién le llevaba los términos en mayo.
Magnus la escuchó hasta el final, contestó que ya se las arreglaría, y se sorprendió pensando, mientras le pasaban la sal, que su tía no había preguntado ni una sola vez, en dos meses, quién había escrito aquella orden.
En enero, Magnus hizo ensayar la copia.
La llevó él mismo, en el bolsillo interior, a un ensayador de Edimburgo con el que le puso en contacto Sutherland, procurador en Kirkwall, y volvió con un informe de tres párrafos que decía lo que ya sabía y lo decía con autoridad: la pieza no presentaba ninguno de los punzones de la oficina de contraste; el raspado practicado en el reverso del aro y en la punta del alfiler mostraba metal base de tono amarillo bajo un baño de plata de escaso espesor; el análisis por vía húmeda del raspado confirmaba que el cuerpo de la pieza era latón.
Peso, diecisiete onzas y media. Al pie, el sello y la firma del ensayador.
Era prueba de que la pieza de la vitrina era falsa.
No era prueba de nada más, y Magnus tardó dos días en admitirlo delante de sí mismo: nadie había discutido jamás que la pieza fuera falsa.
Lo que la mesa había dado por probado aquella noche era quién la había puesto allí, y para eso el informe no servía.
Al contrario: quien acusara a Kelda de haber vendido el original podía decir, y lo diría, que también encargó la copia.
Guardó el informe y la copia en la caja fuerte del despacho de la finca, en el cajón de abajo, y dejó la llave en su llavero, junto a la pequeña de la vitrina. En aquella caja no entraba nadie más que él.
Fue en enero también cuando cruzó por fin a Sel Holm, con el paso descubierto y helada en la grava.
No había vuelto desde el funeral. Vio lo que quedaba: los muros enteros, la viga maestra en pie atravesando el vacío, las losas de la cubierta apiladas en su montón junto al muro norte, los cabios partidos pudriéndose al lado, la puerta apoyada donde la dejaron.
Dentro había crecido hierba entre las losas del suelo.
Se quedó allí el tiempo que hacía falta para entender una cosa que las cuentas no le habían enseñado: que aquello no lo había hecho el temporal ni la mala suerte, sino seis hombres cobrando por horas, en una tarde, con su nombre al pie de un papel.
Mandó cubrir los muros aquella semana. Lona alquitranada y brea en la coronación, tensada con listones y piedras, para que el agua no entrara en el aparejo de la obra. El carpintero Heddle le preguntó si quería presupuesto para retechar.
—Todavía no —dijo Magnus—. Esa casa no es mía para arreglarla. Solo la tapo.
Sutherland trabajó dos meses y fue honrado hasta el final.
Escribió a nueve plateros y casas de metales de Edimburgo y a cuatro de Aberdeen; obtuvo cinco respuestas corteses, dos negativas y dos silencios.
El papel que Omand había leído en la cena resultó ser de una casa que existía, que reconocía haber comprado plata vieja al peso en aquellas fechas y que no llevaba registro de nombres de sus vendedores ocasionales.
Ningún taller admitió haber fabricado un aro penanular en latón plateado, y el procurador le explicó, con la paciencia de los viejos pasantes, por qué era lógico: una copia así podía encargarse como pieza de exposición o de teatro, pagarse en mano y retirarse en mano, y no había obligación legal de asentar nombre alguno.
Y cuando Magnus preguntó por dónde podía haber salido el dinero, Sutherland le dijo la frase que cerró el año:
—Si alguien con despacho abierto quiso que ese pago no tuviera cara, señor, lo hizo pasar por la cuenta de un cliente cualquiera.
Yo no puedo entrar en las cuentas de otro procurador sin un pleito, y para tener un pleito hace falta una prueba, y la prueba es justamente lo que no tenemos.
Estamos en el principio y en el final del mismo callejón.
En febrero, Magnus publicó su declaración en el semanario de Kirkwall.
Fue breve porque él quería que fuera larga y Sutherland le explicó que las largas se leen como excusas: que la casa de Helmsgarth retiraba toda imputación contra la señora Kelda Flett; que la pieza de la vitrina había resultado falsa y que nada relacionaba a la señora Flett con su sustitución; que cualquier repetición de la especie sería perseguida.
Lo firmó con su nombre entero. Le costó cuatro libras y no consultó a nadie antes de hacerlo.
El recorte lo compró por duplicado. Uno lo guardó en la carpeta del asunto; el otro se lo metió en el bolsillo del chaleco, contra la cadena, y lo llevó allí una semana entera sin decidirse, porque mandarlo era otra manera de hablarle a alguien que no le había dado permiso para hablar.
La carta a Leith la escribió cinco veces y mandó la quinta, el once de febrero, a la dirección que Willa le había dado con dos días de resistencia y un juramento de por medio.
Dos hojas. El sobre a nombre de la señora Kelda Flett, con el remite de Helmsgarth escrito entero en el reverso, porque esconderlo le pareció otra manera de mentir.
No decía perdóname, porque perdóname era pedirle algo. Decía lo que había averiguado, lo que había despedido, lo que había publicado y lo que no había podido probar, en ese orden, y terminaba diciéndole que la casa de Sel Holm estaba cubierta con lona y brea y que los muros aguantarían.
Volvió el veintiocho, sin abrir, con el matasellos de Leith y una línea a lápiz de otra mano: rehusada. La guardó en el cajón de arriba de su escritorio, cerrada, sin quitarle el sello, y allí siguió.
A su tía le quitó la casa por partes y sin una sola escena.
En enero le pidió las llaves de los armarios, el trato con los proveedores y las órdenes al servicio, que pasaron a la señora Tulloch.
En febrero cerró la cuenta de la casa en Kirkwall y abrió otra a su solo nombre.
Isobel entregó cada cosa sin discutir, con la cortesía de quien devuelve un préstamo, y siguió bajando a cenar todos los días al comedor del nicho vacío, porque el testamento de su hermano le daba el uso de aquella casa mientras viviera, y eso no se lo podía quitar ni un sobrino agraviado ni un procurador de Kirkwall.
—Has quedado muy solo, Magnus —le dijo una noche, sin rencor aparente, mientras le servían la sopa.
—He quedado al mando. Es distinto, tía. Lo he tardado en aprender.
Aquella noche se hizo su juramento, arriba, con el informe del ensayo bajo llave y la carta rehusada en el cajón.
Se lo hizo despacio, con palabras, como se firman los documentos importantes: nunca más iba a decidir por otro lo que ese otro tenía derecho a decidir.
Nunca más iba a comprar tiempo con el silencio de nadie.
Le pareció completo. Se durmió tranquilo por primera vez en tres meses, sin advertir que aquella misma semana había mandado publicar en el periódico el nombre de su mujer, sin preguntarle, en un asunto que era suyo antes que de nadie, y que si Kelda Flett hubiera podido opinar, habría querido, como mínimo, leer el texto antes.