Capítulo 14. La mujer que cuenta barriles
La mujer que cuenta barriles
—Tiene usted diez minutos —dijo Agnes Halcro—. Ahí hay una pila. Dígame lo que ve.
Era el quince de noviembre, a las ocho de la mañana, y la pila ocupaba media nave del almacén de Halcro hay una fila de seis sin poner y encima han cruzado los de arriba para que la pila no se vea coja.
—Puso la mano en la esquina—. Lo que sí me preocupa es esto otro.
Los de la primera capa llevan la marca del año pasado.
Agnes Halcro tenía cuarenta y nueve años, un cuello de blusa almidonado en un almacén donde todo lo demás estaba salado, y una manera de escuchar sin asentir que Kelda le agradeció desde el primer minuto.
Llevaba la casa desde la muerte de su marido, en el nombre de él y con el hijo enterrado antes que el padre, y en el rótulo de la puerta, junto al suyo, estaba el del socio que ponía un tercio del dinero y ninguna de las horas: Halcro se le pone delante una pila mal contada.
Agnes Halcro miró el barril del año pasado, después a la mujer del abrigo remendado, y tomó su decisión en el tiempo que tarda en cerrarse un libro.
—Lunes. A las ocho.
—Hoy —dijo Kelda—. Estoy aquí y la pila está mal contada.
La contrató a doce chelines por semana, de ocho a seis, para el recuento de entrada y salida de almacén. Ni una pregunta sobre su vida. Ni sobre el anillo que no llevaba, ni sobre el luto de la mujer mayor que la esperaba fuera, en el muelle, sentada sobre un arca.
—Aquí se cuenta lo que entra y lo que sale y se apunta el mismo día —dijo, entregándole un cuaderno de tapas azules—. Si se equivoca, lo dice. Si le mienten, me lo trae. Si me trae una sospecha sin papel, se la devuelvo.
—¿Y si el papel tarda?
—Entonces tarda usted. —Agnes ya estaba en otra cosa—. Nadie ha perdido nunca nada por esperar a tener razón por escrito.
Aquella tarde Kelda contó la nave entera, ella sola, mil ochocientos cuarenta barriles en once pilas, y se los entregó por escrito antes de las seis.
Mackie, el capataz, se puso a cotejar dos pilas al azar por su cuenta, sin que nadie se lo mandara, y al encontrar los números clavados dejó de cotejar y no volvió a hacerlo en seis años.
Las primeras semanas fueron un idioma nuevo aprendido a la carrera.
Kelda aprendió las selecciones y la letra de cada marca; aprendió que un barril mal empacado se delata por el sonido al rodarlo; aprendió que la sal buena viene de Liverpool y la mala de cualquier parte, y que la diferencia se paga tres meses después, en Danzig, cuando alguien abre el barril.
Aprendió los nombres: Mackie, el capataz, que hablaba poco y estaba en todo; las Baird, madre e hija, que evisceraban desde los doce años; la señora Rattray, que empacaba en la misma cuadrilla y que le enseñó a reconocer la mattie de la full con los ojos cerrados.
Y aprendió, sobre todo, a estar de pie diez horas seguidas sobre piedra mojada, que es una ciencia del cuerpo y no de la cabeza.
El primer sueldo lo cobró el sábado veintitrés, doce chelines en la mano, y Kelda hizo con ellos lo que había hecho toda su vida: columnas.
Alquiler, carbón, harina, té, aceite, y una raya aparte, abajo, donde fue a parar el chelín que no gastó.
Tardó tres meses en volver a abrir el cuaderno de hule por la página vieja, la de las doce preguntas del pabellón; la leyó una noche entera y la dejó donde estaba, sin tachar nada y sin añadir nada.
No era el momento. El momento pedía doce chelines, y ella lo entendió antes que su rabia.
El trabajo tenía una virtud exacta: mientras contaba, no pensaba.
La cuenta ocupaba toda la casa. El problema empezaba en los huecos.
Un día, a mitad de una fila, oyó rodar un barril por los rodillos de madera del muelle y el sonido fue idéntico al de la Skua bajando a la playa sobre los suyos, y se quedó parada con el lápiz en el aire, sin saber dónde iba la cuenta, y tuvo que volver al principio de la fila y empezar otra vez.
Otro día fue la brea. Otro, un hombre que tosió detrás de ella de aquella manera honda.
Nunca duraba más de un minuto. Después Kelda volvía al número y el número la recogía, y esa fue toda la terapia de aquel invierno.
Vivían en dos habitaciones de una escalera de Couper Street, tercer piso, con la ventana de la cocina dando a la trasera de una tonelería.
Habían salido de la casa de huéspedes de Bernard Street a las tres semanas, en cuanto Kelda tuvo dos pagas, porque tres chelines diarios por dos camas y sopa se comían la vida.
El piso costaba cuatro libras al año, pagaderas por términos, y tenía sus leyes.
El agua estaba en el rellano y la compartían cuatro familias, de modo que la escalera entera sabía a qué hora se lavaba cada cual.
La ventana de la cocina no cerraba del todo y se calzaba con un corcho, y el corcho había que cambiarlo cada dos semanas.
La chimenea tiraba mal con viento del este, que es el viento que hace en Leith casi siempre, así que se cocinaba con la puerta del rellano entornada y el humo se repartía entre todos por acuerdo tácito.
El carbón se compraba por cubos, a cuatro peniques, en el sótano del número once, y se pesaba delante, porque el del sótano también tenía sus costumbres; Kelda se las corrigió el segundo sábado, con la romana prestada de la tonelería y sin levantar la voz, y a partir del tercero el cubo del tercer piso pesaba como los demás.
La vecina del segundo, la señora Dunlop, tenía cinco hijos y un marido en los muelles, y les dejó dos sillas y una olla el primer día sin que se las pidieran, y Kelda se las devolvió en enero con una arroba de patatas, porque en aquella escalera, igual que en Sandgeo, lo prestado se devuelve con intereses en especie o se deja de ser vecino.
Al socio lo vio Kelda por primera vez en la segunda semana: Walter Guthrie, cuarenta y pocos, abrigo con cuello de astracán, que entró en el almacén sin quitarse los guantes, preguntó por las cifras de la semana sin mirar una sola pila y se fue a los veinte minutos.
Mackie siguió trabajando todo el rato de espaldas.
Agnes contestó a sus preguntas con números redondos.
Marion se colocó sola, sin consultarlo, a la segunda semana.
Cosía para las mujeres de la pensión de Bernard Street y remendaba delantales de las cuadrillas a penique la pieza, y guardaba su dinero en una lata propia, en el estante de arriba, y de esa lata no salía un chelín para el gasto común aunque la casa se hundiera.
Tenía sesenta y nueve años y una regla nueva: nada de hablar de Rossay en la mesa.
En la cama sí, a oscuras, cuando se apagaba la vela, ahí se podía hablar de todo, y hablaban, y algunas noches Kelda oía a su abuela darle la vuelta a la almohada más veces de las necesarias.
De la isla no llegó nada durante un mes.
Kelda tampoco escribió. Una vez, a primeros de diciembre, vio en el muelle el costado de un vapor de la North Company con su nombre pintado y se cambió de acera, y aquello fue lo más cerca que estuvo de Rossay en todo el invierno.
Las noticias, cuando llegaran, tendrían que subir tres pisos y llamar a la puerta.
A mediados de diciembre, la ciudad amaneció metida en el haar, una niebla fría y quieta que subía del agua y se pegaba a la ropa, y con la niebla llegó el problema de la partida de Königsberg.
Cuarenta barriles de una remesa de trescientos habían sido rechazados por el oficial del Fishery Board en la inspección: empaque flojo, la salmuera por debajo del nivel, dos con el aro suelto.
Sin el sello de la Corona, aquellos cuarenta valían lo que quisiera pagar el primero que pasara.
El oficial se llamaba Bremner, llevaba treinta años en el oficio y no tenía prisa.
Abrió tres barriles al azar de cada diez, midió con la vara el nivel de la salmuera, metió la mano hasta el fondo, sacó un puñado de arenques y los tendió sobre la tapa por tamaños, como quien reparte cartas.
Dos de la segunda pila tenían el aro suelto y sonaron a hueco cuando los rodó con el pie.
Escribió en su libreta con una parsimonia insultante, y al terminar dijo lo que tenía que decir, sin levantar la voz ni una pizca, y no marcó cuarenta.
Kelda estaba en el muelle cuando Agnes discutió con él, y aprendió más en aquel cuarto de hora que en tres semanas de cuaderno: que la marca no era un adorno ni un favor, que el oficial no medía simpatías sino medida, selección, calidad y empaque, y que discutirle a un hombre del Board la ley era perder, mientras que enseñarle un barril bien hecho era ganar.
Agnes perdió los cuarenta y no discutió el quinto minuto.
Después, en la oficina, se quedó mirando el libro de entradas con la boca apretada.
—El empaque flojo no sale de la nada. Sale de una cuadrilla con prisa, y las prisas salen de alguien que compra tarde y barato. —Cerró el libro—. Flett.
—Señora.
—A partir de enero, usted no cuenta nada más en la puerta.
Va a llevarme el recuento por partida desde que el pescado entra hasta que el barril se marca: quién lo evisceró, con qué sal, qué día, qué cuadrilla y en qué lote se embarca.
Todo en un libro que lleve usted y que no toque nadie más.
Quiero saber, cuando me rechacen cuarenta barriles, exactamente de qué mano han salido.
—¿Y si de la cuenta sale un nombre que a usted no le conviene?
—Entonces me lo trae usted igual, con el papel delante. —Agnes empujó por la mesa un libro nuevo, más grande, de tapas negras—. Y si se equivoca, Flett, lo pagamos entre las dos, pero el nombre lo firma usted.
Kelda se llevó el libro a casa aquella noche, envuelto en el hule del pan para que no se mojara con la niebla, y lo dejó sobre la mesa de la cocina, donde Marion cosía. Era el objeto más caro que había en aquellas dos habitaciones, y las dos lo supieron sin tener que tasarlo.
—¿Eso qué es? —preguntó su abuela.
—Trabajo. Del que se puede perder.
Se sentó a la mesa, abrió la primera hoja y escribió arriba la fecha y, debajo, con la letra pareja de las cosas que van a durar, el título del libro: registro de partidas, entradas, cuadrillas y lotes. Marion cosió en silencio hasta que la vio pasar a la segunda hoja.
Marion lo miró un momento por encima de las gafas, con la aguja parada.
—Pues ponle nombre en la primera hoja —dijo—, no vaya a ser que un día lo firme otro.
Kelda volvió atrás, a la línea del título, y escribió al pie, pequeño y claro: llevado por K. Flett. No puso el otro apellido. No lo había puesto en la escalera, ni en el almacén, ni en la lista de la señora Dunlop, y a nadie de aquella ciudad se le había ocurrido preguntar.