Capítulo 13. Lo que se llevó la marea
Lo que se llevó la marea
Las piedras se calentaban en el hogar de Willa por turnos, dos dentro y dos fuera, envueltas en franela, y había que cambiarlas cada hora y media o el calor se iba de la cama.
Kelda llevaba el turno desde el domingo por la noche, sin dormir más de dos horas seguidas.
Marion llevaba el otro. En la trastienda de la tienda, donde en julio habían comido cordero y pastel de dos pisos, habían montado la cama prestada contra la pared del fuego, y allí estaba su abuelo, incorporado sobre tres almohadas porque tumbado no podía, con la respiración haciendo un ruido de aparejo mojado.
El médico había dicho lo que dicen los médicos cuando ya no hay nada que decidir: que los pulmones de un hombre de setenta y cuatro años no se recuperan de una noche así, que había que mantenerlo caliente, incorporado y sin esfuerzo, y que el frío de la habitación importaba más que cualquier frasco.
De modo que Kelda administraba calor. Piedras, caldo, la franela seca, la ventana cerrada y la puerta abierta cuando el humo cargaba, el turno de las piedras, otra vez las piedras.
Era trabajo, y el trabajo era lo único de aquella semana que se dejaba hacer bien.
Magnus llegó el domingo por la tarde, veintisiete de octubre, con la lancha entrando en Sandgeo antes de que en Kirkwall le hubiesen acabado de contar lo que había pasado en su isla.
Kelda lo oyó llegar desde dentro: la lancha, las voces en el muelle, el silencio después de las voces.
Entró en la trastienda con la ropa del viaje y la cara de tres días sin afeitar, miró la cama, y no dijo una sola palabra de las que ella esperaba.
No se justificó, no preguntó, no la buscó a ella.
Se quitó el abrigo, se arrodilló junto a la cama y le habló a Erlend por su nombre.
Le dijo, con la voz que se usa con los enfermos y los niños, que estaba allí, que traía al médico de Kirkwall en el coche y que subirían carbón antes de la noche.
Erlend abrió los ojos, lo reconoció, y se quedó mirándolo un rato largo sin contestar nada.
Después movió la mano dos dedos sobre la manta, hacia la jarra, y Magnus le dio de beber sosteniéndole la nuca.
Después salió y trabajó hasta la medianoche.
Trajo al médico de Kirkwall en su propio coche y lo tuvo allí dos días pagándole la fonda; mandó subir carbón del almacén de la finca y lo descargó él, saco a saco, delante de media Sandgeo; trajo mantas, coñac, un colchón nuevo, dos gallinas.
Al anochecer del lunes, cuando hubo que mover a Erlend de la cama baja a la buena porque la baja hacía daño al respirar, fue Magnus quien lo levantó, y lo hizo bien, con las dos manos bajo la espalda y bajo las corvas, sin sacudidas, y lo llevó los cuatro pasos como se lleva a alguien que pesa menos de lo que debería.
Al inclinarse se le abrió el chaleco. De la cadena del reloj, en el fondo, colgaba un aro de oro liso.
Kelda lo vio, y le llevó un segundo entero entender qué era aquel brillo, y otro entender que llevaba allí desde la noche de la cena. No dijo nada. Colocó la almohada y salió a por la piedra siguiente.
A solas, en el patio, delante de los sacos vacíos, él intentó por fin lo suyo.
—Kelda, yo no he firmado ninguna orden. Ninguna. Ni de despido ni de nada. El veinticinco estuve en Kirkwall desde las nueve de la mañana, y lo puede decir medio Kirkwall.
—Ya sé dónde estuviste.
—Te digo que esa firma no es mía.
—Te he visto firmar cartas sin leerlas, Magnus.
—Kelda siguió apilando los sacos—. Te he visto firmar los libros del puerto mientras hablabas de otra cosa.
Puede que no la escribieras. No puedo saberlo y en este momento no tengo tiempo de averiguarlo.
Lo que sí sé es que salió de tu casa, con tu nombre, la mañana en que tú no estabas en tu casa.
—¿Y tu tía qué dice? —preguntó ella, sin volverse.
—Que la orden salió del despacho del administrador con los papeles de la semana, y que si yo no la firmé, la firmó alguien que tenía mi pluma a mano, y que eso es una desgracia más de esta casa.
—Se pasó la mano por la cara—. Omand dice que él ejecutó una instrucción firmada y que la tiene archivada.
Le he pedido el original esta mañana. Me ha dicho que los documentos del despacho no salen del despacho sin requerimiento.
—Es tu despacho, Magnus. Es tu casa. Es tu administrador.
—Lo sé. —Y ahí estaba, otra vez, la cosa entera en una frase suya—: Todavía no sé cómo se le quita a esa gente lo que no me quieren dar.
—Voy a averiguar quién la escribió. —Lo dijo despacio, y era una promesa de las suyas, de las que se cumplen a destiempo—. Aunque tarde un año.
—Tarda lo que quieras. —Kelda cogió el último saco—. Yo tengo que cambiar las piedras.
Erlend murió el miércoles treinta de octubre, entre las cuatro y las cinco de la madrugada.
No hubo despedida. El martes había tenido una tarde buena, de esas que engañan: pidió que lo sentaran más alto, se hizo afeitar por Marion, preguntó por la Skua y mandó que la viraran antes de las mareas vivas, y se enfadó, con su enfado de siempre, cuando supo que Kelda había pagado la fonda del médico con el dinero de la caja en vez de dejar que lo pagara la parroquia.
La tarde siguiente estuvo despejado y hablador a ratos, y preguntó dos veces por el tiempo del día siguiente; cuando Kelda le dijo que el viento iba al norte, asintió con mucha calma y observó que con norte se puede encalar, que la pared del sur había quedado perdida y que la cal sobrante estaba en el tonel del varadero, tapada, y que ya era hora de que alguien la gastara.
Después pidió agua, se quejó del peso de las mantas y durmió.
A las cuatro, Kelda notó el cambio del ruido mientras cambiaba la piedra de los pies.
Llamó a Marion, que dormía en la silla, y las dos se quedaron una a cada lado, cada una con una mano, hasta que el ruido se paró del todo.
No lloró ninguna de las dos. Marion le cerró los ojos, le ató la mandíbula con una tira de hilo y dijo que había que avisar al pastor y calentar agua, y Kelda fue a calentar agua.
Lo enterraron el sábado dos de noviembre en el camposanto de Sandgeo, con viento del norte y el suelo duro.
Los dos días anteriores habían estado en la casa de Willa, con Erlend de cuerpo presente en la trastienda y la puerta abierta a quien quisiera entrar, y entró media isla, por turnos, con la torpeza y el acierto de la gente que sabe qué se lleva a un velatorio: pan, turba, whisky, un par de manos.
Marion recibió a todos sentada y con el pelo recogido, y a cada uno le dijo algo suyo.
La isla asistió como asiste la isla, con su contabilidad a la vista de quien supiera leerla.
Lo llevaron a hombros Tam Isbister, Clouston, el carpintero Heddle y un primo segundo de los Flett venido de Stromness.
Tam se puso en la cabecera, que es el sitio del que manda el paso, y llevó el ataúd con la misma cara con que había discutido el aviso de los derechos de atraque, y al bajarlo dijo en voz alta, para que lo oyera quien tuviera que oírlo, que aquel hombre había guardado durante cuarenta años embarcaciones que no eran suyas y no había faltado nunca ni un remo.
Willa cerró la tienda, que no la cerraba ni en año nuevo, y dio de comer después a cuarenta personas.
Scarth ofició y no aceptó el estipendio.
Estuvieron las cuadrillas al completo, con los delantales quitados.
No estuvieron cuatro familias que Kelda esperaba ver, todas ellas con hombres en la nómina de la finca; dos de esas cuatro llamaron a la puerta de Willa aquella noche, ya de oscuro, para presentar sus respetos donde no los viera nadie, y Marion las recibió y les dio las gracias sin una sola pulla, que fue la cosa más señorial que Kelda vio hacer aquella semana.
De Helmsgarth llegó por la mañana una corona de invernadero con una tarjeta de Isobel Sinclair.
Kelda la dejó en el suelo, al pie del muro del camposanto, fuera de la tumba, y allí se quedó.
Magnus estuvo desde el principio, apartado, con el sombrero en la mano, y ayudó a echar tierra.
Se acercó al final, cuando ya se iban los últimos y Marion había entrado en el coche de Willa. Kelda lo esperó junto a la cancela, porque le debía una conversación y porque no pensaba deberle nada más.
—Sé que no es el día —dijo él—. Solo quiero que sepas lo que hice.
El veinticinco fui al banco a las nueve, y a los almacenistas a las diez, y puse tres telegramas a Edimburgo antes de mediodía, y estuve con el platero por la tarde, y volví con la primera lancha que pude.
Lo hice todo lo deprisa que supe. No paré ni para comer.
—Te creo —dijo Kelda—. Te creo entera esa lista. Y sé lo que te ha costado el banco, y lo que te habrán dicho los almacenistas, y que volviste en cuanto pudiste. No he dudado de eso ni un minuto.
Y se la devolvió sin levantar la voz, mirándolo a los ojos, con las manos quietas delante del delantal negro.
—Esa noche, en el pabellón, tú hiciste una lista con horas.
El banco a las nueve. Los almacenistas a las diez.
El telégrafo a las once. Mi abuelo no estaba en ella.
Nadie te obligó a escribirla, Magnus: la escribiste tú solo, y pusiste cada cosa donde te pareció que iba.
Eso es lo que no vas a poder quitarte de encima, y yo tampoco.
Él abrió la boca y no salió nada, y ella se fue al coche antes de que lo intentara otra vez.
Embarcaron el martes doce de noviembre, en Kirkwall, en el vapor de la tarde.
La decisión se tomó la misma noche del entierro, en la cocina de Willa, entre las dos mujeres, y se tomó en voz baja y en dos minutos, porque las cosas evidentes no necesitan junta.
En Rossay no quedaba casa, ni oficio, ni una sola libra que entrara.
Marion tenía sesenta y nueve años y unas manos que aún valían para el pescado.
Kelda tenía veintidós, un apellido que en aquella isla se había convertido en una historia, y la certeza de que si se quedaba, cada vez que corrigiera a alguien medio penique en el muelle iba a oír por detrás la palabra broche.
Willa fue quien dijo Leith en voz alta. Willa era quien mejor sabía dónde acaban las cosas que salen de Orkney.
Los diez días de por medio fueron de números.
La caja de caudales de lata tenía nueve libras y cuatro chelines.
Tam compró las nasas, las líneas y el aparejo de repuesto en cinco libras y diez, que era más de lo que valían y menos de lo que él quiso dar.
Willa canceló de su puño la cuenta de la tienda, les fio dos mantas de viaje y metió en el arca, sin decirlo, media libra de té y la orza de loza vacía, que era suya de origen y volvía a serlo de destino.
La Skua quedó varada en el varadero de Sandgeo, bajo la lona, amarrada con el cabo del regalo de boda, al cuidado de Tam, que se comprometió a virarla y a repasarle la brea cada primavera «hasta que su dueña venga a por ella».
Scarth le extendió a Kelda copia del asiento de su matrimonio y copia de la defunción de Erlend, y ella las guardó dobladas dentro del cuaderno de hule, con la estraza de las columnas y la dirección que le había escrito una de las mujeres de las cuadrillas: una casa de huéspedes en Bernard Street, junto al agua, donde paraban las que bajaban al curado de Leith.
Catorce libras y catorce chelines. Dos bultos: el arca de la ropa y la bolsa de lona.
El abrigo bueno puesto, con su remiendo por dentro.
Magnus no fue al muelle. Kelda se lo había pedido por escrito, cuatro líneas, y él lo cumplió, que fue lo primero que le cumplió a tiempo.
Mandó en cambio a la fonda, la víspera, un sobre con veinte libras y una nota de dos renglones.
Kelda devolvió el sobre cerrado por el mismo mozo, y en el reverso de la nota escribió, sin saludo: «Lo mío, aparte. Siempre.»
Marion subió la pasarela sin volverse. Lo hizo con el paso corto de sus sesenta y nueve años y la barbilla alta, y no miró ni una vez hacia el oeste, donde detrás del agua y de dos horas de camino quedaba una isla con una casa sin tejado.
Kelda se quedó en la cubierta de popa, de espaldas al pueblo, agarrada a la borda, mientras el vapor largaba y la ciudad empezaba a moverse hacia atrás con sus tejados, sus grúas y la aguja de la catedral roja por encima de todo.
Lloró allí, de cara al mar abierto, sin ruido, sin taparse la cara, agarrada con las dos manos al pasamanos frío porque las manos tenían que estar en alguna parte.
Le duró lo que tardó la luz del muelle en hacerse pequeña.
Después se pasó el dorso de la mano por la cara, una vez por cada lado, se sonó, y bajó a la cubierta de tercera a ver dónde ponían a su abuela.
Abajo, en el sollado de tercera, entre bultos y familias, encontró a Marion sentada sobre el arca con las dos manos encima, guardando lo suyo, y le hizo sitio en el banco sin decir palabra.
Tenían catorce libras y catorce chelines, una dirección de una calle que no habían visto nunca, y una travesía por delante con escala en Aberdeen. En Leith, en noviembre, la temporada del arenque llevaba dos meses cerrada, y eso lo sabían las dos.
Kelda sacó el cuaderno de hule, lo abrió por la primera hoja limpia y escribió la fecha.
Debajo, dos palabras: «Lo mío». Después empezó a hacer la lista de lo que iba a necesitar preguntar al llegar, y estaba en la pregunta número cuatro cuando el vapor tomó mar abierta y hubo que agarrar el lápiz con las dos manos.