Capítulo 12. La orden falsa
La orden falsa
El sur empezó a cerrar a media mañana del veinticinco y a mediodía llovía de lado contra el cristal rajado.
Kelda lo vio venir desde el escaño, con el cuaderno de hule abierto sobre las rodillas y la lámpara apagada para ahorrar aceite.
Trabajó como se trabaja cuando lo único que se puede hacer es esperar: en columnas.
Lo probable y lo probado. Lo que dijo Omand y lo que podía comprobarse.
Quién había estado en la casa la primera semana de octubre y quién había salido de ella.
Qué vapor iba a Kirkwall, quién lo tomó, quién embarcó paquetes.
Escribió doce preguntas, las numeró y las ordenó por facilidad de respuesta, y al llegar a la doce se dio cuenta de que todas empezaban por «preguntar a» y que ella, en aquel pabellón, no podía preguntar a nadie.
A las dos oyó pasar por el camino del acantilado el carro de la cuadrilla, subiendo hacia el norte con el chirrido de un eje mal engrasado, y no levantó la cabeza del cuaderno.
Por aquel camino pasaban carros todos los días.
Después se pasaría un año entero volviendo a aquel chirrido, a lo que estaba escribiendo cuando lo oyó y a lo que no pensó.
A las tres, el agua entraba ya por el cordón de masilla en un hilo fino que Kelda contuvo con un trapo y una laja.
A las cinco era de noche. Comió pan y queso, midió el aceite, y se sentó de cara a la ventana del paso a mirar la nada negra donde tenía que estar su isla, con las once de la noche por delante como una ancla larga.
El chico de los Clouston llegó pasadas las diez, y llegó reventado.
Kelda lo oyó dar contra la puerta antes de oírlo llamar.
Tenía quince años, un chubasquero de hombre que le sobraba por todas partes y la respiración rota de quien lleva dos horas de camino con el viento en contra por el acantilado.
No traía farol. Lo había apagado el aire a mitad del cabo y había seguido a oscuras.
—Señora. —Se agarró al marco—. Su casa. Han quitado el tejado de su casa.
Le hizo sentarse en el escaño, le puso el pan en la mano y le encendió la lámpara, y mientras el chico recobraba el aire ella se ató las botas, porque sabía ya, por la cara, que aquella noche se acababa.
Le sacó lo que sabía en orden, porque el orden era lo único que la sostenía de pie.
El chico contó como cuentan los de quince años: del revés, y sin una sola mentira.
El administrador había llegado a Sel Holm a primera hora de la tarde con dos hombres de la casa, y con seis más que nadie de Sandgeo conocía, de una cuadrilla que había venido en carro desde Kirkwall con hachas y palancas.
Omand había leído un papel en la puerta.
Su padre lo había oído entero, porque bajó a ver.
—¿Qué decía el papel?
—Que el oficio del señor Flett se acababa.
Que se le despedía del cargo de guarda por...
—el chico buscó la palabra ajena— por causa grave.
Y que la casa era del oficio, no suya, y que sin oficio no había casa, y tenía que dejarla libre en veinticuatro horas o antes, y que el señor administrador quedaba facultado para tomarla.
—¿Firmado?
—Por el señor. Por el señor Sinclair. Mi padre lo dijo: viene firmado por él.
—¿Y el señor Isbister? ¿Nadie dijo que hacía falta un juez?
—El señor Isbister lo dijo. —El chico se encogió dentro del chubasquero—.
Y el administrador contestó que un juez hace falta para echar a un arrendatario, y que el señor Flett no paga renta ni la ha pagado nunca, que la casa se la dan con el oficio, y que quien da el oficio quita la casa.
Y enseñó el papel otra vez. —Bajó la voz—.
Con el papel en alto nadie se movió, señora. Es que venía firmado.
Kelda se puso el abrigo antes de que el chico acabara de contar el resto: que Erlend no había discutido el papel, que había pedido verlo dos veces y leerlo despacio; que Marion había sacado a la puerta el arca de la ropa mientras los hombres esperaban; que a las cuatro y media, sin más aviso, la cuadrilla había subido al tejado.
—¿Y tu padre?
—Se negó a llevar la lancha. Le dijo al administrador que la lancha grande estaba en Kirkwall con el señorito, y que la chica no la sacaba él para eso ni por veinte libras. —El chico tragó pan—. El señor Isbister les gritó desde el muelle. Vino gente. Nadie tocó a nadie.
—¿Dónde están mis abuelos ahora?
—En la isla. No quisieron cruzar. —Bajó los ojos—. Su abuelo dijo que él guardaba el varadero hasta que alguien con autoridad de verdad le dijera lo contrario.
Faltaba media hora para su plazo y le sobraba la vida entera.
Kelda apagó la lámpara, cerró el pabellón, dejó al chico dentro con orden de no moverse hasta que aclarase, y salió al camino del acantilado con el viento sur empujándola por la espalda, que fue lo único que aquella noche estuvo de su parte.
Llegó a la punta a medianoche y se encontró el paso cubierto.
La bajamar caía pasada la una; el sur había frenado la vaciante y el lomo de grava tardaba en descubrir.
Se sentó de espaldas al viento, entre dos piedras, con los pies colgando sobre el agua negra, y esperó cincuenta minutos exactos mirando cómo bajaba la línea de espuma sobre la barra.
Fueron los cincuenta minutos más caros de su vida y los pasó quieta, porque meterse antes de tiempo en aquel paso con sur y de noche era el modo más seguro de que sus abuelos amanecieran solos y sin nadie a quien enviar.
No pensó en Magnus. Repasó en cambio lo que iba a necesitar al otro lado: mantas, la lona grande de la yole, brea si la había, el fogón de hierro, y una cama en Sandgeo para dos personas mayores.
Cruzó a la una menos cuarto, antes de tiempo, con el agua por la rodilla en las charcas largas y la grava moviéndose bajo la bota.
Lo hizo como se hacen estas cosas: de costado, con los pies separados, sin levantar el pie de atrás hasta tener firme el de delante, y le costó tres veces lo que le costaba en verano.
La casa la vio a los veinte pasos, contra el cielo, y no era una casa.
Habían retirado las losas del tejado en montones ordenados junto al muro norte, porque la piedra de cubierta vale dinero y aquellos hombres cobraban por trabajo bien hecho.
Los cabios estaban abajo, partidos por el centro a hachazos y amontonados aparte; la viga maestra, la que su bisabuelo había traído de un naufragio, seguía en su sitio, desnuda, atravesando el vacío de lado a lado.
Dentro llovía sobre el suelo fregado. La cal nueva de julio, la que habían dado los tres entre risas el día antes de que ella dijera que sí, se deshacía por la pared del sur en lenguas grises.
Faltaba también la puerta. La habían desencajado de sus goznes y la habían dejado apoyada contra el muro, con el cerrojo intacto y la madera sana, para que no hubiera ni la tentación de cerrar.
En el marco quedaba una tachuela con un jirón de papel del tamaño de una uña. El resto se lo había llevado el sur.
Kelda se quedó un momento delante de aquello, con el agua corriéndole por la cara, e hizo lo único que sabía hacer con las cosas que no caben: contarlas.
Tejado: retirado. Cabios: partidos. Viga: en pie.
Muros: enteros. Cal del sur: perdida. Puerta: fuera de los goznes, sana.
Después entró, pisó el suelo fregado de su infancia convertido en charco, y siguió andando hacia el varadero, porque las personas estaban en otra parte y las casas esperan.
Los encontró en el varadero. Erlend había tendido la lona grande de la yole desde la viga del noust hasta el suelo, calzada con dos remos y lastrada con piedras, y debajo, sobre un lecho de redes secas, estaba sentado con Marion contra el hombro y la manta de la cama de los dos echada por encima de ambos.
Había salvado lo que un hombre salva cuando tiene tres horas y ninguna ayuda: el arca de la ropa, el fogón de hierro, la caja de caudales de lata, el libro donde llevaba cuarenta años la cuenta de los remos y los cabos de los Sinclair, las herramientas y los aparejos de la Skua.
Lo había estibado todo bajo la lona, en orden, con el aparejo por dentro y la ropa por fuera, como se estiba una barca que va a dar mala mar.
—Ya está aquí la que faltaba —dijo Marion, y le tembló la voz por primera vez en la vida de Kelda.
Erlend levantó la cabeza. Tenía la barba pegada de agua, la manta empapada por el hombro derecho, y una lucidez intacta en los ojos.
—¿Vienes sola?
—Vengo sola. Nos vamos a Sandgeo.
—Yo no me muevo de este varadero.
—Abuelo...
—Escúchame antes de discutir. —Le costaba, y lo hizo despacio, ordenando el aire—.
Ese papel dice que me despiden del oficio.
Yo he leído papeles toda la vida y ese lo he leído dos veces, y decía lo que decía.
Pero aquí dentro hay dos lanchas de esa casa, y un aparejo, y una barca tuya.
Si yo me voy esta noche y mañana falta un cabo, el ladrón soy yo, y entonces sí me han quitado la casa y el nombre.
Me quedo hasta que venga alguien con firma a hacerse cargo y me lo firme.
Es mi última obligación y la voy a cumplir.
—Te vas a morir de frío por un inventario.
—Por un inventario me he mantenido de pie cuarenta años. —Y, con la mano mojada, le tocó el brazo una vez—. Trae leña y sube la lona por el lado de tierra, que ahí entra.
Discutir con él era discutir con el tiempo.
Kelda hizo la única maniobra que le quedaba: aceptar la posición y mejorarla.
Trabajó lo que quedaba de noche, sola, a oscuras, con la sistemática de una faena.
Subió la lona un palmo por barlovento y la ató a la viga con vueltas mordidas.
Arrastró dos maderos del montón de cabios partidos, los partió más, y encendió el fogón de hierro dentro del noust, en el hueco de piedra, protegido, alimentándolo con astillas secas del arca de las herramientas hasta que la leña mojada prendió.
Sacó de la casa destechada lo que no se había mojado del todo: dos mantas del arca, un chal, la ropa de domingo de Marion, la orza de loza de Willa, que había aguantado entera bajo los cascotes.
Puso a Marion contra el fuego y a Erlend entre el fuego y el hombro de Marion, les quitó la ropa mojada del torso y les dio la suya seca, y les hizo té en el pote con agua de lluvia limpia y las últimas hebras del bote.
A las cinco, Erlend tosía con un sonido que Kelda no le había oído nunca, hondo y con arrastre.
Omand llegó al clarear, con el paso recién abierto y dos hombres detrás.
Venía con botas altas, el abrigo abotonado hasta arriba y la cartera bajo el brazo, y traía la cara de quien cumple un trámite incómodo antes del desayuno. Erlend se puso de pie para recibirlo, y le costó, y no aceptó el brazo de nadie para hacerlo.
—Señor Flett. Vengo a hacerme cargo del material de la casa, como usted pidió anoche.
—Como pedí. —Erlend sacó de debajo de la lona el libro del varadero, envuelto en hule—. Cuente usted conmigo delante y firme al pie.
Contaron el varadero entero al amanecer, con la lluvia fina cayendo sobre los dos, mientras Kelda sostenía el farol.
Las dos lanchas grandes, con sus remos y sus bancadas.
Nueve remos de repuesto, uno rajado. Cuatro cabos de amarra, tres velas en sus fundas, la cadena del muerto de invierno, el cabrestante, la brea, los rodillos.
Erlend cantaba cada partida por su nombre y su número y Omand la anotaba, y en dos ocasiones Erlend le corrigió la cuenta y Omand tachó y volvió a escribir.
Al final, el viejo puso el dedo en la última línea.
—Aquí falta la yole «Skua» y su aparejo, que son de mi nieta, y las nasas, que son mías. Escríbalo.
Omand lo escribió. Firmó, y Erlend firmó debajo, con la letra grande y lenta de los que aprendieron de mayores, y cerró el libro y se lo tendió con las dos manos.
—Cuarenta años. No falta nada.
—No falta nada —confirmó el administrador, y guardó el libro en la cartera.
Fue al abrirla cuando Kelda vio el papel. Estaba encima de todo, doblado en tres, con el pliegue mojado del día anterior, y ella lo cogió antes de que la cartera se cerrara. Omand no se lo impidió: tendió la mano y esperó, que es una manera más fría de impedir.
Kelda lo leyó dos veces, de pie, con el farol pegado al papel y la lluvia salpicando la tinta.
Era corto. Estaba escrito de puño ajeno, con letra de despacho, y decía lo que el chico había contado: que por causa grave quedaba extinguido el empleo de Erlend Flett como guarda de embarcaciones de la casa de Helmsgarth, con efecto inmediato; que la vivienda de Sel Holm se ocupaba por razón de dicho empleo y no por otro título; que se le concedía un plazo de veinticuatro horas para dejarla libre; y que el administrador de la casa quedaba facultado para tomar posesión y para impedir la reocupación.
Abajo, a la derecha, sobre el renglón, estaba la firma.
Magnus Sinclair. La M alta con el arranque desde abajo, la doble ese trabada, el rasgo largo del final cruzando por debajo del apellido como una quilla, el mismo que ella había visto correr cien veces al pie de las cartas al almacenista de Aberdeen, en el margen de los libros del puerto, en el registro de la parroquia de Sandgeo el dieciocho de julio.
No le tembló la mano. Dobló el papel por sus pliegues y lo devolvió.
—Quiero una copia.
—Las copias las expide el despacho, señora. Puede solicitarla por escrito. —Omand guardó la orden en la cartera, cerró los dos broches y se caló el sombrero—. Siento mucho lo de anoche. Yo cumplo instrucciones firmadas.
Se fue por el paso con sus dos hombres antes de que el agua empezara a subir, y esa fue la última vez que alguien de Sel Holm vio aquel papel.
Kelda se quedó de pie junto al farol hasta que las tres figuras doblaron la punta. Después lo apagó, porque ya había luz y el aceite era dinero, y se volvió al noust con el paso que le quedaba.
—Voy a por un carro y por Willa —le dijo a Marion—. Y por el médico, si ha llegado el de Kirkwall. Vosotros no os movéis de este fuego.
—¿Y él? —preguntó Marion. No hizo falta decir quién.
—Está en Kirkwall. —Kelda se oyó la voz como se oye la de otro—. Se fue ayer a primera hora a arreglar el nombre de su casa.
Marion no dijo nada durante un buen rato. Después, mirando el fuego:
—El papel venía con su firma, hija.
—Ya lo sé. —Kelda echó el último madero—. Lo he leído yo.
Y se puso a recoger las redes secas del suelo para hacer un lecho más alto, porque estaban encharcándose, y porque en el inventario que ella llevaba desde la noche anterior aquel asiento acababa de cerrarse con una cifra que no admitía discusión.