Capítulo 5. Entre dos aguas
Entre dos aguas
La bajamar caía a las once y cinco, y Kelda cruzó a Sandgeo con la ventana entera por delante y dos sacos vacíos para la harina.
En Sandgeo, la noticia había llegado antes que ella, por el camino de todas las noticias de la isla: la cocina de Helmsgarth, la lechera, la tienda. Willa pesó la harina en un silencio de teatro lleno, y al darle el cambio lo dijo, porque Willa fiaba el género pero no la curiosidad:
—Dicen que el señorito soltó tu nombre en la cena grande, delante del armador y de todos. Con la copa en la mano.
—Dirán muchas cosas.
—Dirán. —Willa cerró el cajón del dinero—. La mitad, contra ti. Te lo digo yo, que despacho a las dos mitades. Y la otra mitad esperará a ver qué haces, que es peor, porque esos no perdonan ni el sí ni el no.
En la puerta de la pesa, dos mujeres de las cuadrillas dejaron la conversación a medias al verla pasar, con ese corte limpio que hace el hablar ajeno cuando entra el asunto.
Kelda las saludó por sus nombres, cargó sus sacos y salió del muelle con la espalda derecha y la cuenta nueva abierta: esto costaba ya, y todavía no había contestado nada.
Lo encontró a la vuelta, plantado en mitad del paso, donde el lomo de grava se estrecha entre dos charcas largas y no hay manera de fingir que uno pasaba por allí.
Había dejado el caballo en la punta y la chaqueta con el caballo, y esperaba en mangas de camisa, con el viento del mediodía trabajándole el pelo y los zapatos buenos plantados sin queja en la grava mojada.
Kelda se cambió el saco de hombro para verlo mejor.
Kelda se detuvo a tres pasos, con un saco de harina al hombro, y esperó, porque quien corta un paso carga con la conversación.
—Tenemos cuarenta minutos de barra seca —dijo Magnus—.
Lo he mirado. Y quiero decirte una cosa aquí, donde nos hicimos el primer trato, pero escúchame lo primero: el agua no corre para ti.
Si necesitas diez días, la barra seguirá saliendo dos veces al día, y yo seguiré del otro lado.
Nada de lo que diga ahora vence con la marea.
—Aligera de todos modos, que la harina pesa.
—Kelda Flett. —Se lo dijo con las manos quietas, sin adornarse—.
Anuncié el viernes en mi mesa que era mi intención casarme contigo.
Lo dije como me mandaste: intención mía, cosa hecha ninguna.
Sir James recogió su dinero con mucha educación y mi tía sirvió el postre, y de todo lo de aquella mesa lo único que me importó fue que tu nombre sonaba más sólido que la casa.
Te lo pido ahora donde toca: cásate conmigo.
No traigo anillo, porque los anillos se compran y tu primera regla sigue en vigor.
Traigo la pregunta y el tiempo que haga falta.
Kelda dejó el saco en la grava seca, entre sus pies, y miró el agua de la charca de la izquierda, que empezaba a arrugarse con el aire del mediodía. Lo había visto venir desde hacía semanas, como se ve venir el tiempo: por señales, no por sorpresa. Aun así, oírlo pesaba distinto que preverlo.
—¿Qué contestó tu banco?
—Contestará el lunes. Mal, supongo.
—¿Y tu tía?
—Preguntó en qué parroquia correrían las proclamas. Es lo más parecido a una opinión que he podido obtenerle.
—Eso no era una opinión. Era una anotación.
—Kelda miró el agua un momento más y le hizo la pregunta que llevaba dos días esperando dueño—.
Y otra cosa, antes de pesarte: si tu casa se tuerce contra mí, se tuerce contra los míos.
El oficio de mi abuelo cuelga de una firma de tu administrador. ¿Qué me contestas a eso?
—Lo que hay. —Magnus no tardó ni adornó—.
No puedo garantizarte la casa: hoy no mando en ella, y mentiría si dijera que sé cuándo mandaré.
Puedo garantizarme a mí. Si alguien toca el oficio de Erlend Flett, me tendrá delante, y delante no valgo poco, aunque hasta ahora lo haya gastado en tonterías.
Es una garantía peor que un papel. Es la que tengo.
Era la respuesta de la segunda regla: lo que había, sin administrar. Kelda la guardó donde guardaba las piezas que aún no sabía dónde encajarían.
—Te contesto cuando lo haya pesado. No es un sí con vergüenza ni un no con rodeos: es que no peso deprisa, y esto pesa. Aparta, que pierdo ventana.
Él se apartó. Fue, pensó Kelda mientras acababa de cruzar, lo mejor que dijo en toda la mañana.
Pesó durante dos días, con el método de siempre y la incomodidad de que el método no alcanzara.
Las columnas fáciles se llenaron solas. A favor: que en tres meses no la había desobedecido en el agua ni una vez, y ella sabía lo que valía eso, porque el agua es donde los hombres enseñan si saben no mandar; que había cumplido la segunda regla en las dos ocasiones que dolían, con el motivo impuro del principio y con el aviso sobre su tía; que la salida fácil se la habían servido en bandeja con vestido gris perla y la había rechazado en público, con testigos y con coste; que trabajaba sin que se lo pidieran y aprendía sin que se lo enseñaran dos veces.
En contra: que no lo había visto pelear en su propia casa, y una cosa era remar donde mandaba ella y otra sostener donde mandaban los suyos; que la casa grande necesitaba un dinero que ella no traía, y las casas que necesitan dinero acaban cobrándoselo a alguien; que el mote de la isla se lo pondrían a ella, no a él, porque a los hombres se les llama valientes por lo mismo que a las mujeres trepadoras.
Y en el centro de la hoja, sin columna, lo que no se dejaba pesar: que desde abril las mareas se le habían vuelto un calendario de martes y viernes, y que la semana tenía ahora cinco días de sobra.
Había una tercera columna que la estraza no recogía y que Kelda se obligó a mirar de frente, porque las cuentas que se hacen con los ojos cerrados salen siempre a favor.
¿Qué ganaba ella? Señora de Helmsgarth no era un premio: era un oficio sin jornal en una casa enemiga, con una suegra de hecho que mandaba hasta en el terciopelo.
Dinero, no lo traía él: lo debía. Posición, la justa para que el mote cambiara de «indómita» a otro peor.
Puesto todo en fila, el matrimonio era un mal negocio con una sola partida buena, y la partida era el hombre.
Lo apuntó así, con esas palabras, porque escribirlo bonito habría sido empezar a mentirse: deseo, el que hay, que no es poco; y confianza a plazos, ganada por actos, revisable.
Debajo, la decisión que ya sabía tomada desde el paso, esperando solo a que las columnas la alcanzaran.
La segunda noche puso la estraza delante de Erlend y Marion, sobre la mesa fregada, y les contó las columnas enteras, sin quitar la impura ni la torpe. No pedía permiso y los tres lo sabían. Pedía ojos.
Marion habló primero, como siempre.
—La casa que hay detrás del hombre no te quiere.
Eso no va a mejorar con el anillo: va a empeorar, porque casada estorbas más.
—Alisó la estraza con la palma—. Y el hombre te quiere.
Eso tampoco va a mejorar; así ya está bien.
Lo que tienes que saber es con cuál de los dos te casas cuando aprieten, si con el hombre o con la casa.
Eso no lo sabe él todavía. Fíjate si lo aprende rápido.
—¿Y si no lo aprende?
—Entonces sabrás volver. El paso lo conoces de sobra.
Después vino lo práctico, que en Marion era otra forma del cariño: que el cuarto que les dieran lo mirara ella antes de meter los baúles; que no soltara la venta de su pesca ni la cuenta de Willa, «que el pan de tu mesa no dependa todo de su despensa»; que el vestido lo cosía ella, con el paño azul de la tienda, y no se hablara más.
Kelda dijo a todo que sí, y al día siguiente abrió en la estraza una columna nueva, encabezada con dos palabras: «Lo mío». Pensaba mantenerla al día.
Erlend había escuchado todo con el vaso entre las dos manos, mirando la veta de la mesa. Levantó la vista, miró a su nieta el tiempo de tres olas, y dijo sus cuatro palabras:
—Cásate, pero no cambies.
Después se levantó, descolgó el farol y salió a mirar el fondeo, que era su manera de firmar las actas.
Erlend no añadió nada aquella noche, pero por la mañana, mientras aparejaban, le enseñó una cosa sin anunciarla, como enseñaba todo.
Sacó del arcón del varadero la caja de caudales pequeña, de lata pintada, contó delante de ella las nueve libras y los chelines sueltos de la casa, y volvió a guardarla en su sitio, bajo la tabla que solo conocían los tres.
—Lo tuyo, aparte —dijo—. Siempre. Casada o no.
Era la misma doctrina de Marion con menos palabras, y venía de un hombre que había cobrado cuarenta años de una sola firma. Kelda asintió como se firma.
La víspera de contestar fue día de cal. Lo era cada año por esas fechas: encalar la fachada que miraba al sur, antes de que la temporada se comiera los brazos.
Marion coló la lechada y fue marcando altura con el dedo; Erlend hizo los bordes de la ventana con la brocha pequeña, a pulso, sin cinta ni temblor; Kelda dio los paños grandes con la brocha gorda, subida al banco de ordeñar, con la cal salpicándole los antebrazos en pecas que escocían y se secaban blancas.
Erlend le enseñó, de paso y sin anunciarlo, el truco del borde: la brocha pequeña se lleva contra el pulgar apoyado en el marco, y es el pulgar el que hace de regla, no el ojo.
Kelda lo probó en la ventana norte y le salió torcido; lo probó dos veces más y le salió de oficio, y su abuelo asintió una vez, que en su escala era un diploma.
La lechada olía a cueva y a limpio, el banco de ordeñar cojeó toda la mañana sobre la misma piedra sin que nadie lo calzara, por tradición, y a media mañana Marion sacó pan con manteca y los tres comieron sentados en la piedra del umbral, de cara al paso, con las manos quemadas de cal y el sol trabajando la pared recién blanca.
Nadie dijo nada memorable. Erlend calculó en voz alta cuánta cal sobraba para el varadero; Marion le discutió la cuenta y perdió, por primera vez en años, y le duró el disgusto exactamente medio pan.
Kelda miró la casa, la barra, las dos cabezas grises al sol, y guardó la hora entera donde guardaba lo que no quería que le tocara nadie.
Contestó al día siguiente, en la punta de Rossay, donde muere el paso. Cruzó con la bajamar de la tarde y él ya estaba, sin fingir que pasaba por allí, con el caballo pastando lejos.
—Sí —dijo Kelda—. Con lo hablado dentro: las tres reglas entran en el matrimonio conmigo, y la tercera la vas a necesitar más que yo.
Y una cosa más, que la he pensado y va en serio: yo no me caso con Helmsgarth.
Me caso contigo. Si un día la casa y tú tiráis cada uno de un lado, avisa antes de soltar mi cabo.
—No pienso soltarlo.
—Nadie piensa soltarlo. Por eso se avisa.
Fijaron la fecha allí mismo, de pie, con el criterio de la casa de ella: el dieciocho de julio, porque la bajamar de la tarde caía temprano y dejaba cruzar y volver a los de Sel Holm sin depender de nadie con coche.
A Magnus le hizo una gracia seria que hasta el día de su boda lo eligiera la marea, y no dijo nada, porque empezaba a aprender qué cosas mejoran calladas.
Magnus le tomó la mano derecha, no la izquierda, y se la estrechó como se cierran los tratos en el muelle, con un solo apretón serio, y aquello valió más que si la hubiera besado, aunque lo segundo llegó también, un momento después, breve y torpe de puro cuidado, con sabor a cal y a viento, el primero de los dos.
Lo práctico corrió deprisa, como corre en las islas todo lo que ya está decidido.
El domingo, el pastor Scarth leyó la primera proclama en la iglesia de Sandgeo con su voz de diario, y la segunda el domingo siguiente, con dispensa pagada de la tercera, «que el verano es corto y el papeleo largo», dijo, y nadie le discutió la doctrina.
Willa subió el precio de la tela de los delantales y le fio a Marion el paño del vestido sin que se lo pidieran.
Del lado de Helmsgarth no llegó carta, ni recado, ni oposición: llegó, el jueves, el silencio más ordenado que Kelda había oído nunca, y una nota de dos líneas del administrador Omand al pastor, pidiendo fe de la fecha «a efectos del registro de la casa».
Kelda la leyó dos veces cuando Scarth se la enseñó.
—¿Esto es normal?
—Es legal —dijo el pastor, que llevaba treinta años eligiendo las palabras—. Normal es otra cosa.
—¿Y qué registro es ese de la casa?
—El que llevan las casas grandes de todo lo que las toca. Nacimientos, pleitos, lindes, bodas. —Scarth dobló la nota por su pliegue—. No te inquietes por el papel, muchacha. Inquiétate el día que dejen de apuntarte, porque a esa gente solo se le cae de los libros lo que piensa quitarse de encima.
Kelda la copió en la estraza, con fecha, debajo de sus columnas. No sabía aún para qué cuenta era aquel asiento. Sabía que los asientos que no se entienden son los que hay que guardar.
Las tardes de aquella semana olieron a paño nuevo.
Marion cosía el vestido azul junto a la ventana, con la boca llena de alfileres y el genio en su punto, y Kelda se dejaba probar y marcar con una paciencia que no gastaba en nada más.
La última tarde, con el dobladillo hilvanado, Marion la hizo girar despacio, la miró entera, y dictaminó con un alfiler todavía entre los dientes:
—Vas a parecer lo que eres. Que se fastidien.
Quedaban ocho días para el dieciocho de julio.