Capítulo 6. La boda
La boda
A las nueve de la mañana del dieciocho de julio, Magnus llevaba un cuarto de hora peleándose con el nudo de la corbata y perdiendo.
No era el nudo. Los nudos los hacía dormido.
Era todo lo demás: el traje oscuro colgado desde la víspera del clavo de la viga, cepillado dos veces; el reloj de su padre con su cadena, al que dio cuerda con más ceremonia de la necesaria; las manos.
Eran las manos, que aquella mañana habían decidido pertenecer a otro hombre, uno más joven y peor educado, y el espejo del pabellón de la costa, pequeño y picado, que le devolvía la cara a trozos.
Se había vestido allí, y no en Helmsgarth, por la misma razón por la que había pasado la semana fregando aquel suelo de piedra de rodillas: porque el pabellón no era de nadie todavía, y lo que no es de nadie se puede convertir en propio.
La semana le había dejado las uñas de un obrero y un inventario que se sabía de memoria: el escaño de madera junto a la lumbre, lijado donde astillaba; la lámpara de petróleo con la tulipa despicada; el catre estrecho y la mesa coja calzada con una laja de la playa; el arcón que hacía de despensa y de asiento.
Había traído sábanas de la casa y vino del aparador, y no había pedido permiso para ninguna de las dos cosas, lo cual, bien mirado, era su segunda desobediencia del mes y la primera que nadie iba a facturarle.
Deshizo el nudo, respiró, lo rehízo despacio contando las vueltas como contaba ella las brazas, y a la tercera salió.
La iglesia de Sandgeo olía a piedra fría y a los lirios de la huerta del pastor, que Scarth había puesto en dos jarras sin que nadie se los pidiera.
El lado de la novia estaba lleno con poco: Marion delante, de negro bueno y espalda recta; Willa con su sombrero de las grandes ocasiones; Tam Isbister, lavado y hosco, en la tercera fila, sosteniendo la gorra como si fuera a escapársele; el chico de los Clouston y su padre el práctico; dos mujeres de las cuadrillas.
El lado del novio era un campo de bancos vacíos con un solo hombre sentado al fondo: un cincuentón de levita oscura y cartera de piel sobre las rodillas, que Magnus conocía de las firmas trimestrales.
Omand. El administrador había llegado en el primer coche de la mañana, había saludado con una inclinación exacta y se había instalado en la última fila como quien ocupa un palco.
No traía carta, ni regalo, ni encargo declarado.
Traía la cartera y los ojos. Magnus entendió el mensaje sin esfuerzo, porque estaba redactado en el idioma de su casa: la familia no asiste; la familia toma nota.
Decidió que aquel banco vacío con notario no iba a costarle la mañana, y le costó exactamente hasta que la puerta se abrió.
Kelda entró del brazo de Erlend, con un vestido azul oscuro de paño nuevo, sin velo, con el pelo recogido en una trenza baja y los zapatos de los domingos.
No venía solemne. Venía atenta, como entraba en el agua: midiendo la iglesia entera con una pasada de ojos, los bancos llenos, los vacíos, el hombre del fondo, y por último a él, al que le sostuvo la mirada todo el pasillo con una media pregunta que Magnus reconoció, porque era la suya: ¿estás donde dices estar?
Contestó quedándose muy quieto, con las manos por fin suyas.
Marion ocupaba su banco como se ocupa un puesto de guardia, con el libro de himnos sujeto con las dos manos y los nudillos pálidos de apretarlo, que fue todo el llanto que se permitió delante de la parroquia.
Erlend la entregó sin ceremonia, con un apretón en el antebrazo de Magnus que fue a la vez saludo, aviso y traspaso de guardia.
Scarth casó como bautizaba, con la voz de diario y sin adornos.
Solo se permitió una glosa, al llegar al pasaje de los bienes y los males, mirando por encima de las gafas a los bancos vacíos del lado del novio:
—Los males, conviene recordarlo, no siempre avisan por carta.
Y siguió adelante como si no hubiera dicho nada, con la parroquia entera tomando nota.
Los votos sonaron en la piedra fría más grandes de lo que eran, como suena todo lo que se dice de verdad en un sitio casi vacío.
Magnus dijo los suyos despacio, cuidando cada palabra como había cuidado el suelo del pabellón, y Kelda los suyos con la voz de dar instrucciones en el agua, clara y sin temblor, y a él aquella firmeza le sujetó las rodillas mejor que la fe.
Cuando llegó el anillo, Magnus sacó el de su madre, oro liso, gastado por dentro, y lo dijo tal cual, en voz baja, solo para ella:
—Era de Cecilia Sinclair. No está comprado. Sirve.
—Regla primera cumplida —murmuró Kelda, y extendió la mano izquierda, y el oro entró justo a la primera, cosa que Marion comentaría después durante años como si fuera obra suya.
Firmaron el registro en la sacristía. Cuando le llegó el turno de testigo, Omand se acercó con su pluma propia, firmó con una rúbrica de despacho, secó la tinta con esmero y le dijo a Magnus, en el tono de quien comenta la lluvia:
—Enhorabuena, señor. La casa queda informada.
—La casa ya lo estaba, señor Omand.
—Ahora consta. —Cerró la cartera con dos broches—. Que constar y saber no siempre coinciden, y en esta finca conviene que coincidan. Señora Sinclair. —Inclinó la cabeza hacia Kelda una pulgada exacta, ni una más, y se fue a su coche sin esperar al arroz.
Salieron a la campana pequeña de Sandgeo, que el chico de los Clouston volteó con más entusiasmo que método, y a un pasillo de vecinos que no habían cabido o no habían querido caber dentro y que ahora estaban todos en la calle, que es donde la isla firma.
Hubo arroz de todos modos, y hubo mesa en casa de Willa, detrás de la tienda: caldo, cordero, pan blanco y un pastel de dos pisos que las mujeres de las cuadrillas habían hecho a escote.
Los regalos siguieron la primera regla sin que nadie la hubiera publicado, porque la isla legisla sola: Tam trajo un rollo de cabo nuevo «para el fondeo, que la cadena sin cabo es media cadena»; Willa, una orza de loza con su tapa; las de las cuadrillas, un juego de agujas de remendar en un estuche de fieltro; Clouston padre, una tabla de mareas del año, de las de la capitanía, «por si el señor vuelve a fiarse de la letra impresa», y la carcajada corrió la mesa entera con Magnus pagándola de pie y con el vaso en alto.
No se bailó. Nadie lo echó en falta ni nadie lo propuso; en la isla se bailaba en la feria y en año nuevo, y aquello era otra liturgia: la de comer despacio alrededor de dos personas para que quedara visto quién estaba con quién.
Tam bebió dos vasos y pronunció medio discurso involuntario sobre los derechos de atraque que Marion cortó sirviéndole el tercero.
Erlend no habló. Comió despacio, miró mucho, y al despedirse en la puerta les puso a cada uno una mano en el hombro, a la vez, como se aparejan dos remos, y los soltó sin decir nada, que era la versión larga de sus cuatro palabras.
Llegaron al pabellón de la costa con la última luz.
Magnus abrió la puerta con el truco que había aprendido fregando: el tirador de madera había que alzarlo primero y correrlo después, con dos dedos, o se clavaba y no cedía ni a tiros.
Dentro esperaba el trabajo de su semana: el suelo de piedra fregado, la cama estrecha hecha con sábanas de la casa, dos sillas, la mesa con pan, queso y una botella de vino, la chimenea cargada de turba y leña menuda.
En la ventana que miraba al paso, el cristal de abajo seguía rajado en diagonal, pegado con un cordón de masilla ya viejo; lo había dejado así a propósito, sin saber explicarse por qué, quizá porque una casa sin un defecto a la vista no es una casa sino un escaparate.
—La chimenea solo tira con viento del norte —dijo, encendiéndola—. Con sur, ahúma. Lo descubrí el martes, por el método del humo.
—Esta noche hay norte.
—Lo sé. Miré tu tabla antes que el calendario.
La turba prendió. Comieron algo de pie, sin hambre, hablando de la boda en frases cada vez más cortas, y llegó el momento en que las frases se acabaron y quedaron los dos en el círculo de la lumbre, con la casa pequeña alrededor y toda la vida por estrenar.
Fue Magnus quien dijo la verdad primero, porque le tocaba y lo sabía.
—Tengo que pedirte una cosa y me cuesta.
—Le buscó las manos; las de ella estaban ásperas de cal todavía, y tibias—.
Todo lo que sé de esto lo aprendí actuando.
En habitaciones que no importaban, con gente a la que no volví a ver.
Sé quedar bien. Esta noche no quiero quedar bien, quiero quedarme.
Y no sé cómo se hace eso, así que vas a tener que decirme lo que quieres, aunque sea señalando, porque leerte no sé, y adivinarte no pienso.
Kelda le sostuvo las manos y la mirada, y él vio el momento exacto en que ella tomaba el mando, no como se toma un botín sino como se toma un timón: porque alguien tiene que llevarlo y ella sabía.
—Empieza por la trenza —dijo—. Despacio. Y lo que yo quiera te lo iré diciendo, que para eso tengo voz.
Le deshizo la trenza cordón a cordón, con una torpeza aplicada que la hizo sonreír contra su hombro.
Se desnudaron a medias entre la lumbre y la cama, sin prisa y sin liturgia: el vestido azul sobre la silla, la camisa de él mal doblada sobre el respaldo, el frío de la piedra subiéndoles por los pies hasta que la cama estrecha los obligó a resolverse en un solo territorio tibio.
Magnus la tocó primero como se toca lo que se ha deseado demasiado tiempo, con las manos demasiado atentas, y ella le enseñó el compás real cubriéndole la mano con la suya, aquí, así, más despacio, con la voz baja y práctica que usaba en el agua, y aquella voz, que no pedía permiso ni perdón, lo desarmó más que toda la piel junta.
La siguió. Aprendía rápido; ella se lo dijo al oído, sin halago, como un dato, y lo notó reírse por dentro.
Cuando la tuvo debajo y se detuvo a preguntar con los ojos, Kelda dijo que sí con la voz entera, y después ya no hubo mando ni obediencia que valieran, solo dos cuerpos serios aplicados a conocerse, el catre quejándose por los dos, la respiración de ella marcando un ritmo que él siguió hasta perderlo y encontrarlo, y al final el nombre de ella dicho contra su cuello, una vez, roto por la mitad.
Se rieron una vez en mitad de todo, cuando los pies helados de ella encontraron las pantorrillas de él y Magnus juró en dos idiomas sin soltarla; la risa no estorbó, hizo sitio, y siguieron desde ella con menos solemnidad y más verdad.
Después, él alargó el brazo y bajó la llama de la lámpara sin apagarla, porque quería verla y lo dijo, y Kelda lo dejó mirar sin cubrirse, con la barbilla alta de sus peores negociaciones, hasta que a los dos se les olvidó quién miraba a quién.
Lo que los sorprendió no fue el deseo, que venía anunciado desde abril.
Fue la ternura de después: la manera en que se quedaron enredados en la cama estrecha sin buscar cada uno su lado, la mano de ella peinándole el pelo húmedo con una paciencia que no le conocía nadie, la carcajada corta de los dos cuando la turba silbó, el peso exacto y nuevo de otra cabeza en el propio hombro.
Magnus, que sabía nombrar todos los muebles de todos los salones del condado, no encontró palabra para aquello y decidió que la falta de vocabulario era la mejor noticia del año.
Hablaron todavía, en la duermevela, de las cosas pequeñas que se hablan cuando las grandes acaban de firmarse.
Ella le preguntó por el cuarto del ala este y él se lo describió a oscuras, ventana a ventana, mueble a mueble, con esa memoria suya de tasador que a Kelda empezaba a parecerle menos inútil de lo que fingía.
Ella le dijo, a cambio, la única cosa que no había puesto en la estraza: que desde abril la semana le sobraba por cinco sitios, y que aquello la había asustado más que toda la casa grande junta.
Lo dijo una vez, en voz baja, mirando el techo, y él tuvo el acierto de no convertirlo en victoria: le buscó la mano bajo la manta y la dejó ahí, quieta, que era la respuesta que cabía.
Kelda se durmió primero, de golpe, como se dormía siempre, con el sueño ganado de la gente que trabaja.
Magnus veló un rato la lumbre baja. Por el cristal rajado entraba la claridad sin noche del verano del norte, y sobre la barra, allá abajo, el agua hacía su turno con la puntualidad de siempre, sin enterarse de nada.
Por la mañana, mientras ella trenzaba de nuevo el pelo delante del espejo picado, él puso sobre la mesa lo que quedaba: el lunes.
—Isobel nos espera el lunes. Ha hecho preparar el cuarto del ala este, el de las dos ventanas.
Tus baúles pueden subir con el carro de la tarde.
—Dudó un segundo de más y lo dijo entero, por la segunda regla—: Lo ha dispuesto todo sin preguntarme.
Bien dispuesto, además. Es su manera de decir que la casa funciona con ella o no funciona.
Kelda acabó la trenza, se la ató, y miró por la ventana el paso, que empezaba a cubrirse.
—¿Y tu tía sabe que venimos?
—Lo sabe todo con dos días de ventaja. Es su forma de respirar. —Magnus se guardó el reloj de su padre y prendió la cadena en el chaleco—. El carro puede pasar por Sel Holm a las cuatro. Tus baúles, los que tú digas. Lo que no quieras llevar, se queda esperándote: esa casa no se toca.
Kelda miró una vez más el pabellón entero, el escaño, la mesa coja con su laja, el cristal rajado con su cordón de masilla, la cama estrecha deshecha, y lo guardó todo en la memoria con el cuidado con que se estiba lo que va a hacer falta.
—Pues el lunes empezamos a contarle las cucharas —dijo—. Trae los baúles.