La mujer que volvió con la marea Capítulo 4. La cena de los Rennie
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Capítulo 4. La cena de los Rennie

La cena de los Rennie

La vajilla de gala bajó del aparador el veintiuno de junio a las cuatro de la tarde, y a las cuatro y media Magnus descubrió que su plano de mesa había muerto sin funeral.

Lo descubrió por las tarjetas. Estaban escritas con la letra de su tía, dobladas en tienda de campaña sobre cada servicio, y la suya montaba guardia junto a la de la señorita Rennie, en el centro exacto del flanco largo, donde el plano que él había corregido sentaba al pastor Scarth.

Recorrió la mesa despacio, tarjeta a tarjeta, rehaciendo la operación entera: su tía había respetado el pleito de los Baikie, había alejado al pastor del vino, había aceptado cada enmienda técnica, y sobre esa estructura impecable había colocado la única pieza que a ella le importaba.

Un plano de mesa era un documento como otro cualquiera.

Aquel decía: el género, junto a la compradora.

Effie repasaba las copas contra la luz de la ventana, una por una, con el paño de hilo.

Isobel entró a pasar la última revista con el cuaderno de menús abierto sobre el antebrazo, comprobó la distancia de los cubiertos al borde con la mirada, no con la mano, porque su mirada medía mejor, y se detuvo un instante en el flanco largo, junto a la tarjeta de su sobrino.

—Has visto la mesa —dijo. No era pregunta.

—He visto la mesa. Respetaste todas mis correcciones.

—Eran correcciones buenas. —Isobel pasó una página del cuaderno—. Una mesa es un instrumento, Magnus. Me alegra que al fin te intereses por su afinación.

—¿Y la pieza que se toca esta noche la elijo yo o está ya en el atril?

—Esta noche se toca lo que se debe. —Cerró el cuaderno—. Después, cada cual toca lo que puede pagar.

Salió a la cocina con su paso de siempre, que no hacía ruido porque el ruido era un gasto.

Magnus cogió su tarjeta, la giró entre dos dedos y la volvió a dejar donde estaba.

Cambiarla habría sido declarar una guerra pequeña una hora antes de la grande, y él había decidido, con una serenidad que le resultaba nueva y ligeramente ajena, no gastar pólvora en escaramuzas.

—Están bien las copas, Effie. Baja a decirle a la cocina que el señor bajará a las siete.

Los Rennie llegaron a las siete y cuarto en el coche grande, precedidos por su propio equipaje de reputación.

Sir James Rennie era ancho, exacto, con una barba gris recortada como un seto de casa buena y una manera de estrechar la mano que dejaba claro que la mano era un instrumento de medida.

Antes de soltar la de Magnus ya había mirado, por encima de su hombro, la fachada recién pintada, las chimeneas, la línea del tejado.

—Buena piedra —dijo—. ¿Del país?

—De la cantera de la isla, sí.

—La piedra propia abarata. —Sir James le soltó la mano, satisfecho de algo—. Todo lo demás, encarece.

Euphemia Rennie venía detrás, con un vestido gris perla y la expresión atenta y neutra de quien lleva años asistiendo a las negociaciones de su padre en calidad de cláusula.

Era guapa de un modo tranquilo y estrechó la mano sin mirar la fachada, cosa que Magnus le agradeció de inmediato y sin motivo razonable.

Antes de la mesa hubo puerto. Sir James lo pidió con la naturalidad de quien pide ver la dentadura de un caballo, y bajaron los dos coches a Sandgeo con la tarde alta.

El armador recorrió el muelle de punta a punta con las manos a la espalda, calculando en silencio calados, atraques y tinglados, y se detuvo sin que nadie lo guiara justo donde se detenía Clouston: sobre la tercera pilastra.

—Aquí ha trabajado la resaca. —Golpeó la piedra con el tacón, dos veces—. Dos inviernos, diría.

—Tres —dijo Clouston desde su bita, sin levantarse.

—Tres. —Sir James asintió, satisfecho de que el deterioro llevara buena contabilidad—.

Es buen puerto natural, señor Sinclair, y está gastado por donde se gastan los puertos que nadie mira.

Eso tiene arreglo. Todo lo que es piedra tiene arreglo.

—Se volvió hacia los tinglados—. Lo que no se arregla con piedra es la administración.

Magnus registró la frase con una incomodidad útil, la clase de incomodidad que después se recuerda con fecha, y encajó el resto de la visita como se encaja una tasación en vida.

El comedor hizo su trabajo. La plata trabajó, los retratos trabajaron, la vitrina trabajó desde su pared con el broche al centro, y sir James lo miró todo con el aprecio profesional de quien sabe distinguir el capital del decorado y sospecha, correctamente, que allí eran la misma cosa.

Durante la sopa habló de fletes. Durante el pescado, de carbón.

Con el cordero llegó, por la vía de un elogio al puerto natural de Sandgeo, a lo que había venido a decir:

—Una escala de carboneo en el norte me ahorraría cuatro días por viaje redondo en la ruta del Báltico.

Y una estación de curado con marca propia me ahorraría los intermediarios de Aberdeen.

—Cortó el cordero con pulcritud—. Su puerto, señor Sinclair, está mal aprovechado.

No es un defecto. Es una oportunidad. Los defectos ajenos son siempre la oportunidad de alguien.

—¿Y qué pediría el alguien a cambio de aprovecharla?

—Garantías. —Sir James sonrió sin enseñar nada—. El capital es cobarde, señor Sinclair. Solo viaja con familia.

La palabra familia quedó sobre el mantel, servida a su temperatura. Euphemia habló entonces por segunda vez en la noche, con la primera copa aún mediada:

—Padre confunde los verbos. El capital no es cobarde: es sordo. Va donde le enseñan números y no oye nada más. —Miró a Magnus con una neutralidad perfecta—. ¿Su puerto tiene números, señor Sinclair, o tiene historia?

—Tiene historia con números pendientes.

—Como todos los puertos buenos —dijo sir James, y se rio él solo, satisfecho de la hija y del cordero a partes iguales.

Isobel condujo la conversación un cuarto de hora por terreno neutral, con la maestría de siempre, y Magnus miró a Euphemia Rennie, que en toda la cena había hablado dos veces, las dos con sensatez y ninguna con interés, y que en aquel momento doblaba el pico de su servilleta en pliegues pequeños y exactos, como quien cuenta los minutos con los dedos.

Pensó: esta mujer está aquí tan a la fuerza como yo.

El pensamiento no lo absolvió de nada, pero le quitó el último miedo, que era el de agraviar a una inocente delante de su padre.

Esperó al silencio natural entre el cordero y el postre, porque hasta para quemar una casa hay órdenes del servicio, y se puso de pie con la copa en la mano.

—Sir James, señorita Rennie. Antes de que esta mesa siga trabajando, hay una cosa que deben saber por mí y no por la cocina.

—Notó a su tía quedarse muy quieta, con la quietud de los relojes buenos—.

Voy a casarme. He pedido permiso para decir su nombre en esta mesa y me ha sido concedido con condiciones, así que lo diré como es: es mi intención casarme con Kelda Flett, de Sel Holm, hija y nieta de la gente que guarda las embarcaciones de esta casa.

No hay fecha porque no hay todavía compromiso: la intención es mía y ella la conoce.

Me pareció que un hombre que les debe a ustedes una velada honesta debía empezar por ahí.

Contó después, para sí, lo que había durado el silencio: lo que tarda una ola mediana en llenar y vaciar una charca.

En ese hueco cupo todo el servicio: Effie, que entraba con la bandeja del postre, se detuvo en la puerta un instante con los ojos muy abiertos y volvió a andar cuando Isobel giró apenas la muñeca; el mayordomo miró un punto fijo de la pared con la disciplina de los que llevan treinta años sin oír nada.

La casa entera registrando, cada pieza a su manera.

Sir James dejó los cubiertos en paralelo, se limpió la barba con dos toques y miró a Magnus con la primera atención verdadera de la noche, la que no gastaba en fachadas.

—¿Lo sabe su banco?

—Lo sabrá el lunes.

—Entonces es usted valiente con calendario, que es la única valentía que respeto. —Se volvió hacia Isobel con una cortesía intacta y terminal—. Señora, el cordero estaba admirable. Creo que a partir del postre hablaremos solo de fletes.

Y eso fue todo el incendio: un hombre pasando su capital de una columna a otra sin derramar una gota. Magnus había esperado ira, o al menos teatro. La retirada limpia de sir James resultó peor que ambas cosas, porque tenía la forma exacta de un asiento contable: cancelado por riesgo.

Isobel no estalló. Isobel hizo servir el postre.

Lo hizo con una inclinación de cabeza al servicio, ni una arruga en la voz, y durante el resto de la mesa fue más amable que en toda la semana, lo cual, en el idioma de su tía, era el equivalente de un dique cerrando compuertas.

Elogió el punto del merengue, preguntó a Euphemia por sus lecturas, sostuvo con sir James un cuarto de hora impecable sobre las líneas del Báltico, y en ningún momento de todo ello miró a su sobrino más de lo justo ni menos de lo debido.

Era una ejecución tan perfecta que solo podía ser eso: una ejecución.

Solo hizo una pregunta, con el café, en el tono de quien confirma un pedido al almacén:

—¿Las proclamas correrían en la parroquia de Sandgeo, entiendo, si llega a haberlas?

—En Sandgeo, sí.

—Bien. —Y a la doncella—: El café del señor Rennie, más caliente.

Magnus buscó en aquella superficie algo que leer y no encontró asidero. Sabía leer la ira, el desdén, la ofensa administrada; para aquella amabilidad lisa no tenía diccionario. Se dijo que ya llegaría la factura, porque en su casa todo llegaba, y que al menos la había provocado a cara descubierta.

Más tarde, buscando a su tía para el rito de despedir a los invitados, la encontró en el gabinete pequeño con la puerta entornada, escribiendo.

Tres cartas empezadas en abanico, la pluma corriendo sin una pausa, y el secante trabajando sobre cada dirección con tanta diligencia que desde la puerta no se leía un solo nombre.

Isobel levantó la cabeza al sentirlo, sin sobresalto.

—Los Rennie se marchan —dijo él.

—Ahora salgo. Estaba adelantando correspondencia. —Tapó el tintero—. Los acontecimientos generan correspondencia, Magnus. Es su único fruto seguro.

Pasó a su lado camino del vestíbulo oliendo a tinta fresca y a agua de lavanda, y Magnus se quedó dos segundos mirando la mesa despejada, donde ya no había abanico ni cartas ni nada que interpretar, porque su tía no dejaba nunca nada a media digestión.

En la terraza, mientras sir James fumaba con Isobel el cigarro de la diplomacia superviviente, Euphemia Rennie se acercó a Magnus con su copa de agua y le habló mirando al jardín.

—Quería darle las gracias sin testigos. Es usted el primer candidato que se descarta a sí mismo, y me ha ahorrado una campaña de meses. —Un asomo de humor le templó la voz—. Hay un ingeniero en Glasgow que también se lo agradecería, si supiera de usted.

—Dígale que brindo por sus puentes.

—Barcos. Construye barcos. —Euphemia bebió un sorbo de agua—.

Mi padre lo sabe y finge que no, porque un ingeniero a sueldo no es familia, es nómina.

Ya cederá. Los capitales cobardes acaban cediendo ante la contabilidad, y yo llevo mis libros muy ordenados.

—Lo miró por primera vez de frente—. Su señorita Flett, ¿sabe llevar libros?

—Mejor que el banco.

—Entonces enhorabuena, señor Sinclair. Y sobreviva al postre de su tía.

En el vestíbulo, mientras Euphemia se despedía de Isobel con la exactitud de un vals corto, sir James retuvo un momento la mano de Magnus.

—Los fletes que hablamos siguen en pie, con familia o sin ella. El negocio bueno no se ofende. —Le midió la cara una última vez con sus ojos de tasador—. Y un consejo que no me ha pedido: usted esta noche ha gastado una cosa que no sale en los libros y se acaba igual que el dinero. Adminístrela.

—¿Qué cosa?

—La sorpresa. Ya saben todos de lo que es capaz. La próxima vez tendrá que serlo de verdad.

Los Rennie se marcharon a las once, con promesas de fletes y ninguna de familia. Magnus subió a su cuarto pasada la medianoche y no encendió la lámpara enseguida. Se quedó junto a la ventana, con el nudo de la corbata deshecho en la mano, haciendo el balance que llevaba tres horas aplazando.

Había quemado la financiación de su casa, o al menos la había puesto a nadar.

Había desobedecido en público por primera vez en veintisiete años, y una parte de él, la que su padre no habría aprobado y su tía no perdonaría, seguía caliente de puro gusto: el gusto de ver el plan de otros deshacerse por una frase suya.

No era noble y no pensaba contárselo así a nadie.

Pero debajo del gusto había otra cosa más seria y más torpe, que no sabía decirse ni a oscuras: que al pronunciar aquel nombre delante de la plata y los retratos, el comedor entero le había parecido por un momento un decorado, y la única cosa real en millas a la redonda, una mujer midiendo cadena braza a braza en un islote al norte.

Si eso era amor, venía mezclado con orgullo y con revancha, como el agua de su costa venía mezclada con arena.

No sabía separarlo. Sospechaba que no hacía falta: que se bebía así o no se bebía.

Al pasar junto al escritorio vio el papel donde había copiado, con su letra de banco, las bajamares de la semana, cotejadas dos veces contra la tabla y una contra la memoria de lo que ella le había enseñado del sureste.

La de la mañana caía a las diez y cuarenta.

Debajo del papel esperaba la carta del banco que tendría que escribir el lunes, aún sin empezar; la escribiría corta, decidió, con la sintaxis de su tía: los acontecimientos generan correspondencia.

Que el banco contestara lo que quisiera.

Había una sola respuesta en toda la isla que le importaba, y no se despachaba por correo.

Bajó a las cocinas antes que el servicio, ensilló él mismo, y salió hacia la punta norte con la primera luz, a pedir en la playa lo que había anunciado en el mantel, y a averiguar cuál de las dos cosas pesaba.