La mujer que volvió con la marea Capítulo 3. Las reglas del juego
8%

Capítulo 3. Las reglas del juego

Las reglas del juego

Kelda tenía brea hasta las muñecas cuando el coche pequeño de Helmsgarth asomó por el camino de la punta.

Estaban pagando las costuras de la Skua, ella y Erlend, con la yole tumbada sobre caballetes junto al varadero y el pote de brea calentando a fuego manso.

Era trabajo de manos lentas y cabeza libre, y Kelda lo prefería así: la brocha cargada, la costura recorrida a pulso, el olor espeso que se pegaba a la lana y no se iba en tres lavados.

Vio el coche, vio el bulto largo de arpillera en el pescante, y siguió con su costura hasta acabarla, porque las costuras a medias beben agua y los señores con prisa no.

Magnus Sinclair cruzó a pie desde donde acababa el camino, con el remo al hombro. Se había puesto ropa que aguantaba una playa. Se detuvo a tres pasos, plantó la pala en la grava y esperó, con una paciencia teatral, a que ella dejara la brocha.

—Su deuda —dijo—. Fresno, grano recto, nueve pies. Traído en mano, como se estipuló.

Kelda se limpió las manos con el trapo de sebo, cogió el remo y lo examinó sin prisa.

Lo miró a lo largo con un ojo cerrado, buscando alabeo.

Pasó el pulgar por el cuello, por la pala, por el canto.

Lo puso vertical, lo dejó caer una pulgada y lo recogió, escuchando la madera.

Después lo tendió sobre las dos manos abiertas y lo pesó, como pesaba todo.

—Del taller de Sclater —dijo—. Buen fresno. Le ha costado a usted seis chelines y el porte.

—Siete. Sclater me vio la ropa.

—Eso también se paga. —Lo llevó al varadero y lo colgó junto a su pareja; el rajado bajó de la viga y quedó apoyado en el rincón de la leña—. Deuda saldada, señor Sinclair.

—Magnus.

—Deuda saldada, señor Sinclair —repitió ella, y le señaló el pote con la barbilla—. Si se queda, remueva. Si no remueve, estorba.

Se quedó. Removió la brea como le enseñó Erlend, con el compás justo para que no agarrase, y sostuvo la yole por la regala cuando le tocó a Kelda pagar la costura de la quilla, que pedía dos manos y un hombro.

Trabajaron una hora larga en la que él habló poco y bien, preguntó tres cosas útiles y ninguna decorativa, y se ganó, sin saberlo, el único certificado que se emitía en aquella playa: Erlend le dejó recoger las brochas.

Había que verlo para medirlo: el guarda de Sel Holm no dejaba sus brochas ni al chico de los Clouston, que llevaba dos veranos mereciéndolas.

Kelda lo vio, lo midió, y no dijo nada, porque los certificados de su abuelo perdían valor en cuanto alguien los leía en voz alta.

Volvió el martes, con la marea de la tarde, trayendo media libra de té «en pago del uso del fuego», que Marion aceptó con las cejas y sin las gracias.

Volvió el viernes, y el viernes tocó levantar la línea de nasas de la punta, así que lo sentaron al remo de proa y se ganó el jornal: bogó una hora contra corriente sin pedir relevo, aprendió a colgarse de la nasa sin volcar la borda, y cuando el último cabo subió limpio le brillaba la cara de un modo que no se compra.

En el reparto, Kelda le apartó dos cangrejos con la misma seriedad con que se los habría apartado a un hombre del muelle.

Magnus los llevó a Helmsgarth en el bolsillo del abrigo y no explicó a nadie por qué aquello le parecía un salario mejor que ninguno que hubiera cobrado.

La isla, entre tanto, afinaba el oído. En Sandgeo, Willa despachaba a Kelda con una cortesía nueva, más lenta, que era su manera de tomar declaración; el chico de los Clouston cruzó dos veces el paso con recados que no se sostenían; y en la tienda alguien dejó dicho, alto, que ya se sabía cómo acababan esas visitas de los señores.

Kelda pagó, recogió el cambio moneda a moneda y no contestó, porque contestar era abrirle cuenta a cualquiera.

Al segundo viernes, Kelda lo esperó en la punta del islote, donde el paso muere en la grava, con los brazos cruzados y la cuenta hecha.

—Dígame a qué juega —dijo, sin saludo—, y le digo si juego.

Magnus se detuvo con un pie aún en la última charca. Tuvo el mérito de no fingir sorpresa; lo pensó de verdad, un momento, mirándola.

—Empezó siendo sencillo —dijo—. En mi casa hay una cena el veintiuno de junio con un armador y su hija, y un plan trazado que no me consultaron.

Cortejar a la hija del guarda de Sel Holm era la manera más rápida de estropear el plan y de que el disgusto fuese público.

—Se pasó la mano por el pelo—. Ese era el juego.

Se lo digo porque me lo ha preguntado y porque mentirle a usted me parece, no sé explicarlo mejor, un mal negocio.

—¿Qué plan es ese que no le consultaron?

—Dinero. —Magnus no lo adornó—. Sir James Rennie es armador y viudo, y mi casa necesita su capital bastante más de lo que confesará nunca en voz alta. La cena es el escaparate. Yo soy el género.

Eso encajaba con lo que la isla mascaba desde hacía semanas, y Kelda agradeció, con una parte fría de sí misma, tenerlo confirmado por el género en persona.

—¿Y ahora?

—Ahora vengo los martes y los viernes y pienso en esto los demás días. Ya no sé decirle cuál es el juego. Sé que sigo queriendo estropearles la cena, eso no lo voy a adornar. Y sé que si usted me cierra el paso hoy, la cena me va a dar exactamente igual.

El viento del norte les traía el ruido de la llenante empezando a peinar la barra.

Kelda hizo su cuenta delante de él, sin esconderla, porque esconder cuentas era de tramposos: lo que costaba aquello en Sandgeo, donde Willa ya despachaba con un silencio nuevo y los del muelle miraban dos veces; lo que costaba en casa, donde Erlend no decía nada de un modo cada día más elocuente; lo que podía costarle al oficio de su abuelo si la casa grande se torcía.

Contra todo eso, un solo asiento en la otra columna: que en veintidós años nadie le había dado tantas ganas de gastar las tardes.

—Juego —dijo—. Con tres reglas, y las pongo yo.

—Es su playa.

—Primera: nada de regalos que se compren.

Lo que traiga, que sirva o que se coma. Segunda: si le pregunto algo, me contesta lo que hay, no lo que me deja tranquila.

Como hoy. El día que me administre una respuesta, se acabó el juego.

—Levantó un dedo más—. Y tercera: nadie decide por mí.

Ni su tía, ni la isla, ni usted. Usted menos que nadie.

El día que decida algo por mi bien sin preguntarme, no me va a hacer falta decirle que se ha acabado, porque lo va a saber solo.

—¿Y usted qué gana? —preguntó él—. Ya que estamos con las cuentas claras. Yo estropeo una cena y me llevo los martes. ¿Usted?

—Yo me llevo los martes también. —Kelda no le regaló más—. Si necesita que le ponga otro nombre, no juegue.

Magnus escuchó las tres reglas con una seriedad que le sentaba mejor que el encanto.

—Acepto las tres. Y añado una cuarta, si el reglamento admite enmiendas: si esto es un juego entre iguales, tuteémonos. El usted lo acaba pagando siempre el de abajo, y en esta playa no tengo claro cuál de los dos es el de abajo.

—En esta playa, usted. —Kelda lo consideró—. Fuera de ella, ya veremos. Enmienda admitida.

—Kelda, entonces.

—Magnus. —El nombre le salió con menos esfuerzo del que había previsto, y esa facilidad la anotó también, en la columna de las cosas a vigilar.

La semana siguiente hubo que tender el muerto de verano para el fondeo de la Skua, y aquello acabó de fijar los términos mejor que las reglas.

El muerto era una piedra de molino vieja con su cadena, y la cadena que Erlend tenía apalabrada resultó corta y comida de orín.

Magnus escuchó el problema, se fue, y volvió al día siguiente con veinte brazas de cadena de barco sacadas del almacén de la finca, con su grillete nuevo, y con el mozo del almacén convencido de que aquello era una inspección de material.

Fue la primera vez que Kelda vio para qué servía el mundo de Magnus: las puertas que a ella le costaban una semana de recados, a él se le abrían con media frase y el tono debido.

No era un talento que ella respetara por sí mismo.

Era un talento que servía, y lo que servía tenía sitio en su cuenta.

Tenderlo fue oficio de ella, y lo preparó como preparaba todo: la víspera.

Midió la cadena braza a braza con los brazos abiertos, marcó con filástica el punto del grillete, calafateó el ojo de la piedra con estopa vieja para que el paso del hierro no la partiera, y le explicó a Magnus, porque preguntó y preguntar puntuaba, por qué un muerto se tiende al repunte y no antes: el agua parada no opina, y para el trabajo fino sobra con las opiniones de una sola persona.

Kelda calculó el punto por dos enfilaciones, mandó cargar la piedra a la yole en la baja, y esperó al repunte de la llena, cuando el agua se queda quieta un cuarto de hora y deja trabajar.

Magnus remó donde le dijo, largó donde le dijo y sostuvo la cadena con las dos manos abiertas mientras ella la filaba braza a braza, contando en voz alta.

Cuando la boya quedó cabeceando en su sitio exacto, él se miró las palmas, marcadas por los eslabones, con una especie de contento absurdo.

—En mi casa —dijo— sé lo que vale cada silla, cada copa y cada apellido de cada invitado. Es un saber completo. No sirve para nada que flote.

—Pues ya sabe tender un muerto. —Kelda metió los remos—. Con eso y las sillas, medio hombre.

Él se rio con todo el pecho, sin vigilarse, y a Kelda la risa le gustó más de lo que estaba dispuesta a decir en voz alta ese año.

La isla, mientras tanto, llevaba su propia contabilidad.

Willa despachaba el té con preguntas que no hacía; el chico de los Clouston apareció dos veces por el paso con recados inventados y los ojos muy abiertos; en el muelle, Tam Isbister escupió al agua al verlos pasar navegando y luego, porque era justo hasta cuando estaba de mal humor, reconoció a quien quiso oírlo que el señorito al menos remaba sin romper nada.

Marion resumió el estado de la cuestión un domingo, sirviendo el caldo:

—Media isla habla. La otra media, escucha.

—¿Y tú? —preguntó Kelda.

—Yo cuento cucharas. —Marion sirvió el último plato y se sentó—. Y digo lo que ve una vieja: ese hombre trae la marea buena. Lo que no sé es qué trae la casa que hay detrás del hombre. Las casas grandes no cortejan, muchacha. Las casas grandes compran o cierran.

—A mí no me corteja una casa.

—Eso créetelo los martes. Los viernes, dúdalo.

Erlend no dijo nada, pero el viernes siguiente, cuando Magnus se levantó para irse con la marea, le puso en la mano un cabo de vela de sebo para el farol del camino, que era, en el idioma de su abuelo, un pasaporte renovable.

Fue esa noche cuando Magnus, ya de pie, con el farol encendido, dejó caer lo de la cena.

—El veintiuno viene sir James Rennie con su hija.

Mi tía ha dispuesto la mesa, el menú y, me temo, el resto de mi vida.

—Miraba el farol, no a ella—. Estoy pensando en levantarme en esa mesa y decir en voz alta con quién paso los martes y los viernes.

Con nombre y apellido. Que se sepa por mí antes de que se sepa por la cocina.

Kelda se tomó su tiempo. La llenante llenaba, el farol siseaba, y las reglas eran las reglas.

—¿Me lo preguntas o me lo anuncias?

Magnus abrió la boca para contestar deprisa, y la cerró. Volvió a abrirla más despacio.

—Te lo pregunto.

—Entonces te contesto el martes. —Le sostuvo la mirada por encima del farol—. Un nombre, en esa mesa, no se dice gratis. Antes de prestarte el mío quiero saber cuánto cuesta y quién lo paga. Eso se calcula, y yo calculo despacio.

—El martes —aceptó Magnus. Y después, con el farol ya en alto, sin tono de disculpa—: Te digo lo que hay, por la segunda regla.

Si digo tu nombre en esa mesa, mi tía no va a dar un portazo ni a levantar la voz.

Va a sonreír, va a servir el segundo plato y va a empezar a trabajar. No sé aún en qué. Sé cómo trabaja.

—¿Y me lo dices para asustarme?

—Te lo digo para que lo metas en el cálculo. Me pareció que era ahí donde iba.

Era exactamente donde iba, y que él lo supiera la contrarió y le gustó a partes que no quiso medirse.

Lo vio irse por el lomo de grava con su luz balanceándose, y se quedó en la puerta hasta que la luz dobló la punta.

Dentro, Marion contaba cucharas de verdad, o lo fingía muy bien.

Kelda cogió papel de estraza, el lápiz de las cuentas, y empezó por lo fácil: qué valía la temporada, qué debían en la tienda, cuánto aguantaba el oficio de Erlend si la casa grande daba en torcerse.

Lo difícil no cabía en la estraza y lo sabía: cuánto de ella quedaba ya comprometido en aquel juego, y desde qué viernes exactamente había dejado de ser un juego.

Puso números a lo que los tenía. La temporada, si el arenque entraba como el año pasado, dejaba en la casa unas nueve libras limpias, con la venta de Willa y las nasas.

En la tienda debían once chelines, que se saldaban en agosto, como siempre.

El oficio de Erlend valía la casa, el varadero y el pan, y dependía entero de una firma de Kirkwall que ella no había visto nunca.

Contra esa columna, ¿qué pesaba un nombre dicho en una mesa con mantel?

No lo sabía, y no saberlo era ya una respuesta a medias: las cosas que no se dejan pesar son las que más cobran después.

Apuntó, de todas formas, la única cifra segura: faltaban doce días para el veintiuno de junio. Debajo, porque la estraza era suya y nadie iba a leerla, apuntó otra: dos días para el martes.