La mujer que volvió con la marea Capítulo 2. La casa del nicho lleno
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Capítulo 2. La casa del nicho lleno

La casa del nicho lleno

La ventana de guillotina del salón azul llevaba podrida desde el invierno y nadie se lo había dicho.

Magnus lo supo porque llovió del sureste dos días seguidos y el agua entró por la esquina del marco, silenciosa y aplicada, hasta levantar el papel pintado en una lengua oscura del tamaño de una mano.

Hizo venir al carpintero Heddle desde Kirkwall.

Heddle palpó la madera como un médico palpa un vientre, sacó la navaja, hundió la punta sin esfuerzo hasta el mango y la retiró con un poco de serrín húmedo pegado al filo.

—Está ida, señor. Esta y la del gabinete, que es hermana. Guillotinas nuevas, plomos, y repasar el antepecho. —Lo pensó, mirando al techo, moviendo los labios—. Nueve libras con diez, si la madera viene en el vapor del jueves.

Nueve libras con diez. Magnus, que sabía cuánto costaba una mala noche de cartas en Edimburgo y cuánto una buena, descubrió que no tenía la menor idea de si aquella casa podía pagar dos ventanas.

Tuvo que preguntárselo a su tía, y eso, más que la lengua oscura del papel pintado, fue lo que le estropeó la mañana.

Isobel Sinclair recibía las cuentas en el gabinete pequeño, en una mesa sin un solo papel de más. Escuchó el diagnóstico de Heddle con la atención cortés que dedicaba a todo lo que pensaba desestimar.

—Que asegure la esquina y ajuste los plomos de la vieja. Las guillotinas nuevas, en otoño. —Y al carpintero, que esperaba en la puerta con la gorra en la mano—: Y ya que sube, Heddle, lije y pinte la puerta principal. Blanco de plomo, dos manos. Para junio la quiero seca.

—La puerta está sana —dijo Magnus.

—La puerta se ve desde el camino.

No lo dijo con dureza. Isobel no gastaba dureza; gastaba orden. Heddle miró a uno, miró a la otra, y entendió lo que todo el mundo en la finca había entendido hacía años: el señor era el señor, y las órdenes salían de aquel gabinete. Se fue a medir la puerta.

Magnus se quedó, cosa que no solía. Sobre la mesa había un libro de rentas abierto, un cuaderno de cocina, y la carta trimestral del banco, doblada por la mitad con el pliegue exacto de las cosas ya digeridas.

Su padre llevaba tres años muerto y él llevaba tres años firmando donde su tía le señalaba, con la firma rápida del que no quiere leer lo que firma por miedo a tener que opinar. La casa entera funcionaba así de bien.

—¿Podemos pagar las ventanas? —preguntó.

Isobel levantó la vista. Tenía una manera de mirar por encima de los papeles que convertía cualquier pregunta en una visita inoportuna.

—Podemos pagar lo que importa. —Cerró el libro de rentas con suavidad, señal de que iba a abrirse otro asunto—. Ya que muestras interés, siéntate. Hay que hablar del quince de mayo.

El quince de mayo era Whitsunday, y Whitsunday, aprendió Magnus en la media hora siguiente, no era una fecha sino un acreedor.

Los bonos que gravaban la finca y el puerto sumaban veintiuna mil libras; los intereses vencían por términos, en mayo y en noviembre, y el término de mayo se pagaba, según su tía, «con la puntualidad de esta casa», que era una manera de decir que se pagaba raspando el fondo de todas las cajas menos la de la vajilla.

Las rentas bajaban. La estación de curado había dado media temporada.

El muelle necesitaba obra que nadie nombraba en voz alta para no tener que presupuestarla.

—Y por eso —concluyó Isobel, alineando el canto de tres papeles que ya estaban alineados— la cena de junio no es una cena.

Sir James Rennie llegará el veintiuno con su hija.

Es armador, viudo, y tiene dos cosas que necesitamos: capital y ganas de que su apellido cene en casas como esta.

Lo primero se negocia después de que lo segundo quede satisfecho.

—¿Y qué se vende en esa cena, exactamente?

—Continuidad. —Isobel lo miró sin parpadear—. La suya y la nuestra.

Magnus conocía la aritmética desde hacía meses, del modo en que se conocen las goteras ajenas: por el ruido.

Ahora la tenía delante, en columnas. Se descubrió leyendo la letra de su tía, pequeña y sin adornos, y pensando que en Edimburgo había pagado en un solo abril más de lo que costaban las dos guillotinas, la puerta y el antepecho juntos.

La carta del bufete que había liquidado aquel abril, con sus costas, sus pagarés recomprados con discreción y su párrafo final sobre «la conveniencia de una temporada de retiro en las propiedades del norte», estaba en su escritorio, arriba, bajo una piedra de la playa que usaba de pisapapeles.

No necesitaba releerla. Se la sabía. Lo que no acababa de saberse era la cifra total de aquel invierno de Edimburgo, porque el bufete había tenido el tacto de repartirla en tres cartas, y él el buen gusto de no sumarlas.

Ahora, con las columnas de su tía todavía en los ojos, hizo la suma de cabeza, por primera vez, sin buscarle atenuantes.

Salía un número que pagaba las ventanas, la puerta, el antepecho y buena parte de la pilastra tercera del muelle, con propina.

—¿Y el muelle? —preguntó Magnus, señalando con la barbilla la columna que su tía había pasado más deprisa—. Aquí hay una partida de «conservación aplazada» que lleva tres términos aplazándose.

—El muelle aguanta. Los muelles aguantan. —Isobel recogió la pluma—. Lo que no aguanta es un término impagado. Cada cosa en su orden.

Se levantó sin comprometerse a nada, que era su especialidad, y su tía volvió al cuaderno de cocina sin insistir, que era la suya.

Por la tarde bajó a Sandgeo a caballo, sin más propósito declarado que estirar al animal.

El puerto era suyo del modo en que era suyo el apellido: por herencia y de oídas.

Sandy Clouston, el práctico, lo saludó desde el extremo del muelle con dos dedos en la gorra y, como Magnus cometió el error de detenerse, aprovechó para enseñarle lo que llevaba dos años enseñándole a quien mandara: la tercera pilastra, con la piedra descarnada al pie, donde la resaca del sureste había comido el relleno.

—Otro invierno como este la mueve —dijo Clouston, sin drama, como se anuncia la lluvia—. Y si esa se mueve, trabajan todas las demás. No es cara de arreglar hoy. Mañana será cara.

—¿Se lo ha dicho al administrador?

—Al señor Omand se lo digo cada término. —Clouston escupió al agua—. El señor Omand lo apunta muy bien.

En el muelle, Tam Isbister descargaba nasas con la espalda elocuente de los que no piensan saludar.

Magnus lo saludó primero, por el nombre, le preguntó por el hijo que estaba en los vapores y le dejó dicho, sin promesa y sin florete, que el aviso del pago adelantado le parecía una manera torpe de empezar una temporada.

No arregló nada; lo sabía. Pero Tam se enderezó, lo midió de arriba abajo y le devolvió un «buenas tardes» entero, que en aquel muelle era casi un tratado.

Leer a la gente era lo único que Magnus había aprendido a fondo en veintisiete años.

Le duraba el gusto hasta que se preguntaba de qué servía leer a un hombre al que su casa le cobraba el mar por adelantado.

Aquella noche cenaron los dos solos en el comedor grande, porque Isobel sostenía que las costumbres se pierden por los días de diario.

Dos servicios completos, plata limpia, tres platos administrados.

Magnus sabía leer aquel comedor como un maestro lee una cartilla: la mesa sentaba a dieciocho, la vajilla de gala esperaba en el aparador su ocasión anual, y en la pared del fondo, entre los dos retratos, la vitrina de las reliquias hacía su trabajo de siempre, que era convertir a los Sinclair en algo más antiguo que sus deudas.

Lanzas de pesca de otro siglo, un cuerno montado en plata, dos miniaturas.

Y en el nicho del centro, sobre su almohadilla de terciopelo pardo, el broche.

Era una pieza de plata del tamaño de un platillo, un aro abierto rematado en dos cabezas gruesas, con el alfiler largo cruzado en diagonal.

Nórdico, del siglo diez, decía la tradición de la casa; del ajuar de los primeros Sinclair de Rossay, decía la misma tradición, que nunca había necesitado pruebas porque tenía vitrina.

Su padre lo enseñaba a las visitas con una ceremonia fija: la llave pequeña, la puerta de cristal, el objeto en las dos manos, nunca en una.

«Esto estaba aquí antes que el apellido», decía, y las visitas asentían, y el apellido quedaba, por asociación, tan viejo como la plata.

De niño, a Magnus lo dejaron sostenerlo una sola vez, un cumpleaños, bajo cuatro ojos adultos; recordaba el frío del metal y el peso serio, de cosa que no pide permiso, y recordaba que después le lavaron las manos como si el broche fuese él quien pudiera mancharse.

Desde la muerte de su padre, la llave pequeña vivía en el llavero de Isobel con todas las demás, y la ceremonia no se había repetido.

Las visitas de ahora miraban a través del cristal, que para eso estaba limpio.

Isobel aprovechó el pescado para repasar la lista de junio.

Doce cubiertos: los Rennie, el sheriff sustituto y señora, el pastor Scarth, los Baikie de Kirkwall.

Leyó el orden de mesa que tenía pensado y Magnus lo corrigió sin levantar la vista del plato: a la señora del sheriff no podía sentarla frente al mayor de los Baikie, que le había ganado un pleito de lindes a su padre, y el pastor rendía más lejos del vino y cerca de la conversación.

Isobel tomó nota con la primera aprobación sincera del día.

Aquello sí lo consideraba ella un patrimonio: un sobrino capaz de sentar a ocho personas enemistadas y devolverlas a casa halagadas.

Después de la sopa, Isobel se levantó a corregir un pliegue del terciopelo. Lo hizo con el paño que guardaba en el cajón del aparador, sin abrir la vitrina, limpiando el cristal por fuera con tres pasadas cortas, mirando el broche un momento con la cabeza ladeada, como se mira lo que se protege.

—Habría que renovar la almohadilla —dijo, casi para sí—. El terciopelo pierde.

Magnus la observó volver a su silla y pensó, con una punta de afecto que no le dedicaba a menudo, que su tía era la última persona de la casa que se tomaba el apellido en serio: hasta el terciopelo del apellido.

Él sabía en qué silla de aquel comedor había que sentar a un obispo y en cuál a un banquero para que ninguno se ofendiera; sabía qué copa faltaba en la mesa antes de que faltara.

Y no había sabido que la ventana del salón llevaba un invierno pudriéndose hasta que la lluvia vino a decírselo.

Algo de esa contabilidad le rondó durante el segundo plato, sin encontrar dónde posarse, y se fue como se van esas cosas cuando uno rellena la copa.

Fue entonces, entre el cordero y el silencio, cuando volvió la muchacha del islote.

Volvía a su manera, sin permiso, por una frase.

«Me debe achique. La tarde se la cobro después.

» En veintisiete años, a Magnus Sinclair le habían cobrado muchas cosas: intereses, favores, silencios, una retirada de Edimburgo con las formas a salvo.

Nadie le había cobrado nunca a coste. Un remo de fresno, de grano recto, de nueve pies, traído en mano.

Ni una libra de más por el apellido, ni una libra de menos por el miedo. La tarifa exacta de lo roto.

Había encargado el remo el lunes, por carta, al taller de Sclater, con las señas exactas dictadas de memoria: fresno del bueno, grano recto, nueve pies.

El aprendiz que tomó el encargo en el mostrador quiso venderle un par, «que los remos van casados», y Magnus estuvo a un pelo de aceptar antes de entender que doblar la deuda era una manera de estropearla.

Una deuda exacta se paga exacta. Le pareció que ella habría dicho algo así, y le molestó agradablemente lo mucho que empezaba a citarla por dentro.

El remo había llegado el jueves en el vapor, envuelto en arpillera, desde el taller del constructor de botes de Kirkwall: fresno del bueno, el grano derecho como una plomada, la pala sin un nudo.

Estaba arriba, atravesado sobre el arcón de su cuarto, y cada vez que lo veía le hacía el efecto de una carta sin abrir.

—El sábado iré a la punta norte —dijo, con el tono de quien comenta el tiempo—. A devolver una deuda en Sel Holm.

Isobel eligió el alfiler con cuidado, como todo.

—¿La hija del guarda? Se habla de eso en la cocina más de lo que convendría. —Una pausa del ancho de un pliegue—. Sir James llega el veintiuno.

—Lo tengo presente.

—Preséntate presentable, entonces. Y no confundas a esa gente. Cuestan poco de confundir y mucho de desconfundir.

Ahí estaba: la finca entera en dos frases, con su orden de asientos invisible, su gente que costaba, sus veintiuna mil libras esperando en mayo.

Magnus notó, con una claridad que le duró lo que dura una cerilla, el placer anticipado de hacer exactamente lo contrario de lo que aquella mesa esperaba de él; y notó, debajo, más terco, menos vistoso, el recuerdo de una mujer midiendo el agua con la cabeza mientras remaba, diciéndole dónde sentarse en su embarcación como jamás nadie le había dicho dónde sentarse en aquella casa.

—Nadie va a confundirse, tía —dijo, y por una vez fue sincero sin que se le notara.

Subió temprano, contra su costumbre, y en la escalera se cruzó con la doncella de su tía, una muchacha rubia y callada, Effie, que bajaba con el cesto de la plancha y se apartó a la pared con los ojos en los escalones, como le habían enseñado.

Magnus le dio las buenas noches por el nombre, porque los nombres eran de las pocas cosas que repartía gratis, y la muchacha las devolvió en un hilo.

En su cuarto, pasó junto al remo, lo levantó, le buscó el equilibrio con las dos manos como había visto hacer al guarda, y lo dejó donde estaba.

Pesaba menos de lo que prometía y más de lo que aparentaba, que era, pensó, una descripción aprovechable de casi todo lo que le estaba pasando aquella primavera.

El sábado amaneció claro, con el viento al norte, manso.

Magnus mandó enganchar el coche pequeño para el camino de la punta, envolvió el remo él mismo, torpemente, en la misma arpillera, y a la tercera vuelta de cuerda se dio cuenta de que estaba silbando.

Dejó de silbar por principio. Después, ya en el pescante, con el fresno atravesado a su espalda como una lanza de torneo absurda, decidió que el principio podía esperar al lunes.