La mujer que volvió con la marea
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Capítulo 1. La lectura de la marea
La lectura de la marea
La bajamar de la mañana caía a las once y veinte, y a las nueve Kelda ya había perdido la primera discusión del día.
—Las líneas se quedan caladas —dijo Tam Isbister, sin volverse, ocupado en adujar un cabo que no lo necesitaba.
—El viento va a rolar al sureste con la llenante de la tarde. —Kelda dejó la cesta sobre las piedras del muelle de Sandgeo y se limpió las manos en el mandil—. Lo dice el cielo por el oeste, y lo dice la mar de fondo, que viene larga. Esta noche no quiero líneas en el agua.
—Tu abuelo caló ayer.
—Mi abuelo recogió anoche. Por eso hoy traigo yo la cesta y tú tienes el banco vacío.
Dos de los hombres se rieron. Tam no. Tam tenía cincuenta años, tres hijos embarcados y una opinión sobre los derechos de atraque que repetía cada vez que veía pasar a alguien de la casa grande: que los Sinclair cobraban el muelle como si lo hubieran parido, y que un hombre que paga por amarrar en la mar de sus padres amarra dos veces.
Pero una cosa era hablar del amo y otra que una muchacha de veintidós años le enmendara el tiempo.
—Se quedan caladas —repitió.
Kelda no insistió. Había aprendido de Erlend que el tiempo no se discute: se anota.
Anotó, pues, en la memoria, como quien asienta una partida: nueve de la mañana, Tam desoye, viento oeste flojo, cielo emborregado por poniente, marejadilla del sureste entrando por la boca. Ya se vería quién cuadraba a la noche.
Pesó la cesta en la romana de Willa Corrigall, en la trastienda que olía a cabo alquitranado y a jabón de sosa. Dieciocho libras y media de abadejo y dos congrios. Willa apuntó dieciocho justas.
—La aguja está vencida hacia ti, Willa. Media libra.
—La aguja está como está.
—Entonces la enderezo yo, y me debes tres peniques del martes pasado, que también fue media.
Willa la miró por encima de las gafas, tachó, corrigió, y le fio el té y la parafina sin que hiciera falta pedirlo.
Junto a la caseta de la pesa, clavado con cuatro tachuelas nuevas, había un aviso de la finca: los derechos de atraque y de varada se abonarían por adelantado en el término de Whitsunday, quince de mayo, en la oficina de Kirkwall o al cobrador en su ronda.
La letra era pequeña y la firma no era de ningún Sinclair, sino del administrador, un tal Omand.
Tam lo leyó por tercera vez aquella mañana.
—Por adelantado —dijo—. Ahora el mar se paga antes de pescarlo.
—Antes lo pagabas después —dijo Kelda—. El precio es el mismo.
—El precio nunca es el mismo cuando cambia el día de pago.
Eso lo sabe hasta tu romana. —Tam se caló la gorra—.
Tú eres joven. Yo he visto subir ese papel cuatro veces en veinte años, y bajar ninguna.
Así eran las cuentas de Kelda Flett en Sandgeo: incómodas y exactas, y por eso mismo nadie las discutía dos veces.
Podían llamarla indómita en el muelle, y la llamaban, pero le compraban el pescado sin mirar la romana.
Volvió a Sel Holm con la ventana de sobra.
El islote quedaba al norte de la punta, separado de Rossay por un ayre , una barra de grava clara que el mar descubría dos veces al día y volvía a tragarse sin avisar a nadie.
El paso iba por el lomo de la barra, entre charcas, con las horas contadas: dos a cada lado de la bajamar, menos cuando el viento del sureste empujaba la llenante y se comía la última.
Kelda lo cruzó contando sin contar, como se cuentan los escalones de casa.
Al otro lado la esperaban el varadero excavado sobre la playa, la yole varada con la lona puesta, y la casa baja de piedra donde Marion tendía sábanas contra un viento que todavía no existía.
La casa no era suya. Era de la finca, como el varadero, como las dos lanchas grandes que invernaban en él, como media isla.
Erlend Flett la ocupaba por razón del oficio: guarda del varadero y de las embarcaciones Sinclair, cuarenta años llevando la cuenta de remos, cabos, velas y brea de una casa que no había bajado a mirar su playa desde antes de morir el viejo señor.
Sin renta y sin papel. A Kelda, de niña, aquello le parecía una fortuna.
Ahora le parecía lo que era: una cuenta abierta que otro podía cerrar.
Comieron los tres a mediodía. Erlend preguntó por Tam con media frase y escuchó la respuesta entera sin dejar el cuchillo.
—Recogerá a media tarde —dijo luego—. Cuando lo vea venir. Tarde.
—Perderá aparejo.
—Perderá menos que orgullo. —Erlend se sirvió más patata—. Tú deja dicho lo que ves. Lo demás es de cada cual.
Por la tarde, Kelda remendaba red junto al varadero cuando levantó la vista para medir el cielo y encontró una figura donde no debía haber ninguna.
El arrecife de las focas quedaba a un cuarto de milla al norte del islote, un diente pardo con faldas de alga que la bajamar unía a Sel Holm por un pedregal y la llenante convertía en isla en menos de una hora.
En el diente, de pie, con un abrigo de buen paño y las manos en los bolsillos, había un hombre mirando el agua como si el agua tuviera la culpa.
Kelda midió antes de moverse, porque moverse sin medir era de ahogados.
La llenante llevaba una hora corriendo y el sureste ya había entrado, tal como avisó: empujaba la marea por los llanos con adelanto, y el canal entre el arrecife y el islote iba negro y trenzado, con esa prisa del agua que no perdona vadeos.
A pie, aquel hombre ya no salía. A nado, con abrigo y botas, tampoco, y menos con la corriente llevándolo hacia las piedras de fuera.
Le quedaban, calculó, unos cuarenta minutos de estar seco y dos horas de estar vivo, si no hacía tonterías.
—¡Abuelo! ¡La Skua!
Erlend salió del varadero, miró una sola vez y no hizo preguntas.
Marion sí salió a preguntar, con el paño de cocina aún en la mano, y se contestó sola a mitad de camino, cuando siguió la dirección de los brazos de los otros dos y encontró la figura del arrecife.
Dijo una palabra que no gastaba en domingo y bajó a la playa a hacer lo único útil que se hace desde tierra: contar cabezas.
Entre los dos bajaron la yole por los rodillos, ella dentro antes de que la quilla besara el agua, él empujando hasta la rodilla.
Kelda armó los remos y ganó la boca del canal de través, cogiendo la corriente por donde ayudaba, no por donde presumía.
La embarcación era abierta, de tingladillo, honda de bodega y noble de manga, y aun así embarcaba rociones por la amura cada vez que la marejadilla cruzaba con la marea. Achicar podía esperar. Llegar, no.
La aproximación fue lo más fino de la tarde.
El arrecife no tenía sotavento que mereciera el nombre, y la marejadilla rompía sucia contra las faldas de alga; Kelda le dio un medio bordo por el norte, midió el ritmo de las olas hasta quedarse con el de las menores, y entró en la tercera, proa al canto, con los remos listos para ciar.
Un palmo antes de tocar, ció con todo el cuerpo, y la yole se detuvo besando el alga sin herirse.
El hombre la vio venir y tuvo el buen juicio de no gritar instrucciones.
Bajó al canto del arrecife por donde ella le señaló con la barbilla, esperó a que la proa tocara alga y entró en la yole con más decisión que estilo, mojándose hasta el muslo.
La embarcación cabeceó. El remo de babor, apoyado en la piedra para aguantar la salida, crujió a lo largo con un ruido de hueso.
—Siéntese en la bancada de en medio —dijo Kelda—. Y coja el achicador. El de madera, a sus pies.
—Buenas tardes también. —El hombre se sentó donde le mandaban. De cerca era joven, de su edad o cinco años más, con el pelo oscuro pegado por el viento y una manera de ocupar la bancada como si la bancada hubiese tenido suerte—. Magnus Sinclair. Le debo, según parece, la tarde.
—Me debe achique. La tarde se la cobro después.
Él la miró un instante, con esa sorpresa de los que oyen su apellido rebotar contra algo, y después se rio de verdad, corto, y se puso a achicar. Lo hacía mal y aprendió rápido, que son dos informaciones distintas y Kelda tomó nota de las dos.
La vuelta fue trabajo serio. El sureste refrescaba por momentos y la llenante iba gorda; Kelda dio un bordo largo hacia dentro para no cruzar la restinga con la mar de popa, y durante un cuarto de hora no hubo conversación, solo el compás de los remos, el golpe del agua en las tracas y el raspado regular del achicador.
Sinclair achicaba y miraba. Miraba las manos de ella, la boca del canal, el agua que él había leído mal.
—¿Cuándo lo ha sabido? —preguntó al fin—. Que subía con adelanto. Yo he mirado la tabla del piloto esta mañana. Tenía hora y media más.
—La tabla no sabe qué viento hace. —Kelda cambió el peso para tomar la ola de amura—. Con sureste, aquí la llenante corre por los llanos y le come a usted el paso por detrás. Eso no está en la tabla. Está en mirar.
—¿Y usted mira siempre?
—Yo vivo aquí.
Él encajó eso también, como había encajado el achicador.
Un golpe de mar más serio entró por la aleta y le empapó el costado; ni se quejó ni hizo gracias sobre ello, dos méritos que Kelda apuntó juntos, y siguió achicando con las manos ya torpes de frío.
Eran manos sin oficio, limpias, de uñas cuidadas, y sin embargo no eran manos blandas del todo: remaban en algún sitio, o habían remado.
Otra información. La guardó con las demás.
Cuando el varadero estuvo cerca, Erlend ya esperaba con el agua por la bota, y entre los tres subieron la yole a los rodillos.
Marion había bajado a media playa y observaba la operación con los brazos cruzados, en un silencio que valía por un interrogatorio.
En tierra, Magnus Sinclair recuperó el resto de su estatura y todos sus modales.
Se presentó a Erlend con el apellido por delante, dio las gracias en frases bien hechas, ofreció recompensa con una elegancia que dejaba el dinero fuera de la vista, como se deja la vajilla buena.
Erlend escuchó, cogió el remo de babor, lo giró a la luz y pasó el pulgar por la raja, que corría dos palmos hilo a hilo.
—Fresno —dijo. Y se lo tendió a Kelda, no a él.
—El remo se ha abierto contra su arrecife, señor Sinclair —dijo ella—. Me debe un remo nuevo. Fresno del bueno, de grano recto, de nueve pies. En Kirkwall se lo hacen. Y me lo trae usted, no me lo manda.
—¿Hay diferencia?
—La hay. Lo que se manda lo paga la bolsa. Lo que se trae lo paga el que debe.
Magnus Sinclair miró el remo rajado, la yole, la casa baja, a la vieja de los brazos cruzados, al guarda que no le había pedido nada, y por último a ella, con una atención nueva, más lenta, que Kelda sostuvo sin esfuerzo porque no le costaba nada: sostener miradas era más fácil que sostener remos.
—Un remo de fresno, de grano recto, de nueve pies —repitió él, como quien firma—. Traído en mano. ¿Algo más?
—Sí. La próxima vez que cruce a un arrecife con marea de zafra, avise en alguna casa. Los ahogados dan más trabajo que los vivos.
—Procuraré dar poco trabajo. —Se abrochó el abrigo empapado con una compostura admirable para un hombre que chorreaba—. Señora. Señor Flett. Señorita Flett.
Se fue por el paso, deprisa y bien, con las botas en la mano y los bajos recogidos, porque el lomo del ayre ya enseñaba charcas comunicadas y no era tarde para todo.
Kelda lo siguió con la vista hasta la punta, no por gusto, se dijo, sino por oficio: nadie deja a medio cruzar a un hombre que ya casi se ahoga una vez.
Después colgó el remo rajado de la viga del varadero, donde se cuelga lo que espera reposición, y se puso a extender la red que había soltado a medio remendar.
La tarde había costado: hora y media de rescate, la red sin acabar, una vuelta de más para secar la yole y achicarla a fondo.
En pescado, calculó, el señor de las botas le salía por un día corto de trabajo, sin contar el remo.
Lo apuntó sin rencor. Las cuentas no se llevan por rencor; se llevan para saber.
Las botas, pensó mientras trabajaba. Cosidas a mano, de las de veinte chelines o más.
Aquel hombre llevaba en los pies el valor de la yole entera, y había estado a media hora de que el valor y los pies acabaran en la restinga, criando lapas.
La cuenta le hizo gracia y no se la hizo, las dos cosas, y como no era una cuenta útil la dejó estar.
Erlend cenó aquella noche con dos frases más de las habituales. La primera fue para el remo nuevo que aún no existía: que si venía de Sclater, que lo mirara ella antes de darlo por bueno, que Sclater guardaba el fresno verde para los que no distinguen. La segunda fue para el hombre.
—Ha entrado en la yole por donde le has dicho. —Masticó—. La mitad de los ricos entra por donde quiere.
Marion recogió los platos sin comentar la estadística.
A la noche, el sureste entró de firme, tal como estaba dicho. Desde la ventana, con el candil bajado, Kelda oyó el temporalillo peinar la barra y contó, por el ruido, la altura del agua sobre la grava. Marion hacía media junto al fuego.
—¿Volverá? —preguntó Marion, sin levantar la vista de las agujas.
—Debe un remo.
—No pregunto eso.
Kelda no contestó, porque la respuesta útil ya estaba dada: debía un remo, y los hombres como aquel pagaban las deudas pequeñas con puntualidad, para poder elegir cuáles grandes dejaban a deber.
Vendría. Lo que Kelda no sabía todavía era qué iba a cobrarle ella al verlo venir, y esa ignorancia, nueva en una mujer que lo tenía todo pesado, la mantuvo despierta un cuarto de hora más de lo que el viento merecía.
Abajo, en el muelle de Sandgeo, Tam Isbister recogía sus líneas a oscuras, con el agua ya dura, jurando en voz baja contra la marea, contra los Sinclair y contra las muchachas que aciertan.