La mujer del 803 Capítulo 24
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Capítulo 24

Sônia volvió de la administración veinte minutos después.

Renata ya había colocado sobre la mesa los documentos que se llevaría.

La carta de Davi seguía dentro del sobre, separada de las demás cosas.

—¿Marcelo lo ha solucionado? —pregunté.

—Sí. La retirada del material ha quedado registrada.

Sônia miró las cajas junto a la pared.

—Esto, por desgracia, todavía no.

—Te ayudo a localizar a quien se pueda.

—Después.

Percibió algo entre Renata y yo.

Quizá porque Renata seguía mirando hacia la cocina.

—¿Queréis quedaros solas?

Renata se volvió hacia mí.

—Por mí, sí.

—Por mí también.

Sônia cogió el bolso.

—Entonces voy a comer antes de que alguien descubra otro planner.

—¿Es una amenaza?

—Prevención.

Se despidió de Renata con un abrazo breve, me tocó el brazo al pasar y salió.

Cuando la puerta se cerró, Renata siguió de pie.

—¿Quieres café? —pregunté.

Volvió a mirar hacia la cocina.

—Eso sería casi irresponsable.

—Estoy de acuerdo.

—Quiero.

Fui a prepararlo.

Renata vino detrás.

Abrí el armario por costumbre y me detuve ante la taza verde, que estaba exactamente donde la había guardado. Saqué una taza blanca para mí y otra igual para Renata.

Se dio cuenta.

—¿Es esa?

Miré la taza.

—La que mencioné ayer.

Renata se acercó al armario.

No necesitó tocarla.

—Esa taza era de Lúcia.

Me quedé con la cuchara inmóvil dentro del bote del café.

—¿Estás segura?

—Sí.

Sonrió.

—Tu madre era muy celosa con esa taza.

—¿Mi madre tenía celos de una taza desconchada?

—Decía que era la única que tenía el tamaño justo.

Aquello encajaba demasiado bien con Lúcia.

—¿La usabas?

—Algunas veces.

—¿Aquí?

—Aquí.

Renata señaló la encimera.

—¿Más de una vez?

—Dos, seguro. Quizá alguna más.

Cogí la taza verde. La pequeña muesca seguía visible en el borde.

—Entonces esto lo recordaba bien.

—La taza, sí.

—Solo me equivoqué de casa.

Renata apoyó una mano en la encimera.

—Cuéntame cómo lo recuerdas.

Llevamos las tazas a la mesa.

Podría haberlo resumido, pero no lo hice. Conté el recuerdo tal como había existido siempre, antes de que empezara a corregirlo mientras hablaba.

Marta vivía en el 803. Yo la veía en el pasillo y, a veces, en la escalera de servicio. Tomábamos café. Ella usaba la taza verde. Había cajas. Una tarde había estado en su cocina, me había fijado en la puerta cerrada del fondo y había preguntado qué había allí.

«Eso no se abre.»

Durante años, la frase había tenido la voz de Renata.

Escuchó hasta el final.

—¿Recuerdas que yo dijera eso?

—Sí.

—Yo no lo dije.

La respuesta llegó sin vacilación.

—Fue tu madre.

La miré.

—¿Recuerdas la escena?

—Sí.

—¿Qué pasó?

Renata acercó la taza, pero no bebió.

—Estaba esperando un coche.

—En el 803.

—En el 803. Había habido un retraso con el transporte. Yo tenía que marcharme unas horas después y Lúcia no quería que me quedara esperando en el lugar donde me alojaba. Así que fuimos al apartamento vacío.

—¿Dónde te alojabas?

—En otro sitio.

No pregunté cuál. Ella continuó.

—Tu madre tenía algunas cosas que resolver en el edificio. Me quedé allí porque era discreto y no vivía nadie en el apartamento.

—Y yo llegué.

—Antes de lo que esperaba tu madre.

Aquello también encajaba demasiado bien con Lúcia.

—¿Estaba en el colegio?

—Creo que sí.

—Volví y os encontré.

—Apareciste poco después de que llegáramos al edificio. No recuerdo si tu madre te llamó o si viste la puerta abierta.

Yo tampoco lo recordaba.

—¿Cuánto tiempo estuvimos?

—Quizá una hora. Algo más.

—Tomamos café.

—Sí.

—En la cocina del 803.

—Sí.

Entonces había habido café en los dos apartamentos.

Curiosamente, eso lo hacía todo más sencillo.

—¿La taza verde estaba allí?

Renata frunció el ceño.

—No lo recuerdo.

—¿Recuerdas en qué bebiste?

—Café malo.

—Mi madre hacía un café normal.

—Ese día estaba malo.

Sonreí.

—Eso sí me lo creo.

—La taza verde la asocio con esta cocina. Aquí sí la recuerdo.

La respuesta cerraba la diferencia. Mi memoria no había inventado un café en el 803. Lo había habido.

También había habido cafés en el 802, y la taza verde pertenecía a esos momentos. Con el tiempo, ambas cosas se habían unido.

—¿Y las cajas?

—Había algunas en el apartamento. Parte en la zona de servicio, otras cerca del pasillo. No sé qué contenían.

—La puerta estaba cerrada con llave.

—Sí.

—Yo pregunté.

Renata asintió.

—Preguntaste qué había detrás.

—Y mi madre dijo que eso no se abría.

—Sí.

La frase cambió de voz en mi cabeza sin desaparecer.

El tono de Lúcia encajaba mejor: breve, práctico, sin explicaciones porque, para ella, prohibir bastaba.

—¿Dijiste algo después?

Renata pensó.

—Creo que me reí.

—¿Por qué?

—Porque tu madre te habló como si tuvieras cinco años.

—¿Y yo?

Renata imitó una expresión de desconfianza casi imperceptible.

Me reí.

—Yo no pongo esa cara.

—La ponías.

—Eso no es una prueba.

—Menos mal que esa parte ya la hemos aprendido.

Bebí el café.

—¿Fue la única vez? —pregunté.

Renata entendió.

—¿En el 803?

—Sí.

—Sí. También fue la única vez que entré en el apartamento.

La respuesta ocupó por fin el lugar que el resto de la investigación había evitado llenar antes de tiempo.

—¿Estás segura?

—Sí. El 803 no era un lugar donde yo me quedara. Aquel día nos sirvió porque necesitábamos esperar unas horas sin crear otra dirección para mí.

Pensé en el cuaderno. La única ocasión que había conseguido anclar en el 803 parecía coincidir, por fin, con la única que Renata recordaba.

Antes de convertir aquello en certeza, cogí el móvil y abrí la fotografía del planner en la que aparecía «803 después 15 h», con R en el margen. Fui pasando por las imágenes de las once fechas. Era la única anotación de aquel intervalo en la que R y 803 aparecían juntos.

—¿Esto es de aquel día? —pregunté.

Renata acercó el móvil.

—Sí. Lúcia lo anotó porque cambió la hora del coche.

El registro del desplazamiento que habíamos sacado del cuarto seguía separado sobre la mesa.

Renata lo abrió solo lo suficiente para comprobar la fecha y me enseñó la parte superior de la hoja.

Era la misma, y el 803 aparecía allí una sola vez.

Había horarios y una referencia al coche, nada que yo necesitara saber más allá de eso.

—¿Este registro también es de aquella espera en el 803?

—Sí.

Esta vez no tenía únicamente dos recuerdos intentando coincidir. Aquella tarde aparecía en el planner, en el registro del desplazamiento, en la configuración del apartamento y en el recuerdo de Renata. Lo que seguía siendo incierto eran los detalles menores, no la existencia de aquel encuentro.

—¿Cuántas veces te vi en total?

Renata apoyó el codo en la mesa.

—No puedo jurar que no hubiera algún momento en que nos cruzáramos brevemente y ninguna de las dos lo haya conservado, pero recuerdo dos conversaciones aquí, en el 802, aquella tarde en el 803, encontrarme contigo en el rellano de la escalera de servicio, una vez en el pasillo principal y un encuentro breve en la portería.

Era poco. Mucho menos que la duración subjetiva que había cargado conmigo durante diecisiete años.

—Seis situaciones.

—Si las cuentas así.

—Y quizá algún encuentro breve que ninguna de las dos recuerde.

—Quizá.

No necesitábamos inventar el espacio vacío entre ellas.

—Yo te recordaba casi como parte de la rutina del edificio.

—Para mí eras la hija adolescente de Lúcia que aparecía de vez en cuando.

La diferencia era brutal sin resultar ofensiva.

—¿Usabas perfume de jazmín?

Renata sonrió.

—Una colonia de jazmín horrible.

—¿Horrible?

—Tenía veintisiete años y me parecía sofisticada.

—Yo recordaba el olor.

—Entonces eso se quedó.

Miré la cicatriz de su brazo izquierdo.

Renata siguió mi mirada.

—Esto siempre ha estado aquí.

Los detalles más nítidos eran reales. El error estaba en lo que yo había hecho con ellos.

—Cuando mi madre me dijo «Marta, la nueva vecina del 803», ¿estabas presente?

Renata tardó en responder.

—Creo que la primera vez, sí.

—¿Sabías que eso era lo que iba a decir?

—Sabía que Marta era el nombre que iba a utilizar. No recuerdo si acordamos exactamente lo de «nueva vecina».

—Pero lo permitiste.

—Sí.

No había defensa en su tono.

—Necesitaba que mi nombre real no circulara y que nadie preguntara dónde me estaba quedando. Para una chica de dieciséis años que vivía enfrente, decir que yo era una vecina temporal lo resolvía rápido.

—Lo resolvió demasiado bien.

—Por lo visto.

Renata bajó la mirada hacia la taza.

—Nunca imaginé que cargarías con eso durante diecisiete años.

—Mi madre tampoco. Al menos al principio.

—Sônia me contó que después se dio cuenta.

—Sí.

—Y no lo corrigió bien.

—No.

Renata no intentó defenderla.

Cogí el cuaderno del salón y lo llevé hasta la mesa.

Lo abrí por la página donde había escrito «Café: ¿802?» y «Puerta/cuarto: 803.»

—Quiero comprobar algunas escenas.

—Adelante.

Le hablé de la conversación en la que Renata estaba sentada cerca de una lámpara.

—Aquí —dijo, señalando el salón del 802—. Tu madre estaba buscando un cargador o algo en un cajón.

La escena encontró su lugar. El café con la taza verde también pertenecía al 802.

En la escalera de servicio, Renata recordaba haber utilizado aquel acceso para evitar cruzarse con alguien en la entrada principal. Yo estaba subiendo cuando nos encontramos en el rellano de la octava planta.

En el pasillo, ella había salido del 802 y se había quedado esperándome mientras yo cerraba la puerta con llave.

En la portería, había esperado unos minutos mientras Lúcia hablaba con Rui. Nada de aquello formaba parte de la rutina de una residente.

Quedaba la tarde del 803: el apartamento vacío, el retraso del transporte, las cajas, el café, la puerta, mi madre y nosotras dos.

Juntas, aquellas escenas explicaban la biografía falsa. Mi madre me había dado tres datos que lo organizaban todo: Marta, vecina, 803. Después de aquello, cualquier encuentro con Renata encajaba automáticamente dentro de ese marco.

Y Lúcia había seguido diciendo que tenía que resolver «cosas de Marta» después de que Renata se marchara.

—Mi madre siguió usando «Marta» para referirse a aquello durante semanas, ¿no?

—Probablemente. Era el identificador.

—Entonces «resolver las cosas de Marta» podía ser cualquier asunto pendiente.

—Documentos, transporte, devoluciones, llamadas.

Miré la cubierta MARTA / 803, que todavía estaba en el salón.

—¿Y esto?

Renata tocó el papel marrón.

—Marta era el identificador. Ochocientos tres era la dirección de cobertura utilizada en aquella etapa.

—No una residencia.

—No.

Entonces recordé la conversación que durante años me había parecido insignificante.

Unos tres meses después, yo había preguntado por Marta y mi madre se había limitado a responder que ya no vivía allí.

En aquel momento, la frase había confirmado la historia que yo ya creía: Marta había vivido en el 803 y después se había marchado.

—Cuando me dijo que ya no vivías en el 803, ni siquiera me di cuenta de que había una premisa escondida en la respuesta.

Renata hizo una pequeña mueca.

—Lúcia podía ser demasiado escueta con las explicaciones.

—Sobre todo cuando explicar implicaba otra conversación.

La palabra «residente» nunca había estado en la cubierta, en los registros ni en el recuerdo de Rui. La había puesto yo.

—Hay una parte que todavía me molesta —dije.

—¿Cuál?

—Yo recordaba semanas antes incluso de mirar el planner.

—Tu madre siguió utilizando el nombre después de que me marchara.

—Lo sé.

—Y aquellos once días estaban repartidos por tu vida. No pasaste once días sentada observándome.

—Aun así, once días se convirtieron en mi cabeza en una convivencia mucho más larga.

Renata se encogió de hombros.

—Quizá la duración creció cuando intentaste contar esa historia mucho tiempo después.

Tenía sentido. Había conservado escenas separadas y, al narrarlas años después, había rellenado los intervalos con una continuidad que en realidad no recordaba.

Cerré el cuaderno.

La taza verde seguía en el armario. En el 803, el cuarto estaba abierto y vacío. Me habían dado un marco falso y yo había pasado años colocando dentro de él acontecimientos verdaderos.

Renata terminó el café.

—¿Eso era lo que querías saber?

—Sí.

—¿Ha mejorado?

Lo pensé.

—Ha quedado menos elegante.

Renata sonrió.

—Normalmente lo es.

Levantó la taza y fue hasta el fregadero.

Se detuvo delante del armario abierto.

—¿Puedo?

Cogió la taza verde y pasó el pulgar por la pequeña muesca del borde.

—Era esta.

No necesité preguntarle a qué se refería.

Renata volvió a colocarla exactamente donde la había encontrado.

Esta vez, cuando la miré, no vi a Marta en la cocina del 803. Vi a Renata, cuarenta y cuatro años, de pie en la cocina de mi madre, sosteniendo un objeto que siempre había pertenecido a aquella casa. La mujer había sido real todo el tiempo. La vecina era la que nunca había existido.