Capítulo 20
Pasé buena parte de la tarde pensando en una pregunta que no le había hecho a Sônia.
Parecía evidente después de lo que había descubierto en los planners, pero quizá precisamente por eso había tardado tanto.
¿Mi madre sabía cómo recordaba yo a Marta?
No cuando tenía dieciséis años. En aquella época, la respuesta era sencilla. Lúcia había sido quien me había presentado aquella versión.
La pregunta era sobre después.
Sobre la mujer adulta en la que me convertí, que siguió viviendo con el recuerdo de una vecina llamada Marta en el apartamento 803.
¿Lo habría mencionado alguna vez?
Al principio me pareció poco probable. No era una historia que contara a menudo. Marta no había ocupado ningún lugar especial en mi vida hasta los últimos días. Era solo un recuerdo antiguo, de esos que aparecen si alguien habla de vecinos, adolescencia o gente que pasa por un lugar y desaparece.
Pero mi madre estaba presente en casi todas las versiones de mi adolescencia.
Costaba creer que, en diecisiete años, nunca hubiera dicho nada delante de ella.
Abrí los mensajes con Sônia.
«¿Puedo preguntarte una cosa sobre mi madre?»
Respondió:
«Sí.»
«¿Ella sabía que yo recordaba a Renata como una vecina que había vivido en el 803?»
Los tres puntos aparecieron, desaparecieron y volvieron.
Sônia no respondió por mensaje.
Llamó.
—Estaba esperando a que llegaras a esa pregunta —dijo.
Me senté en el sofá.
—Eso suele significar que la respuesta no es buena.
—Significa que es una respuesta que debería haberte dado en persona.
—Puedes dármela ahora.
Tardó un poco.
—Años después, Lúcia supo que la versión general que contabas sobre aquella mujer era incorrecta.
—¿Cuándo?
—Ya eras adulta. Creo que tenías veintidós años.
Once años antes.
Yo vivía en otro apartamento, tenía mi primer trabajo después de la universidad y todavía pasaba algunos fines de semana en el 802 porque mi madre creía que una nevera vacía era síntoma de abandono parental.
—¿Qué pasó?
—Comentaste algo delante de ella sobre la mujer del 803.
—¿Qué?
—Lúcia me lo contó después. Yo no estaba allí.
—Entonces solo conoces su versión.
—Sí.
Eso importaba.
—¿Qué dijo que había dicho yo?
—Que Marta había vivido en el 803 durante semanas y después había desaparecido. Puede que hablaras de un periodo todavía más largo, pero ella no recordaba las palabras exactas cuando me lo contó.
Yo ya utilizaba aquella versión a los veintidós años.
—¿Y qué respondió mi madre?
Sônia vaciló antes de hablar.
—Dijo que estabas mezclando algunas cosas de aquella época.
Cerré los ojos.
No porque la escena hubiera vuelto entera.
Pero la frase encajaba perfectamente con la voz de Lúcia.
Podía oírla diciendo aquello sin tener ninguna certeza de dónde, cuándo ni en qué posición estábamos.
—¿Solo eso?
—Eso fue lo que me contó.
—No explicó que Marta era Renata.
—No.
—No dijo claramente que aquella mujer no había vivido en el 803.
—No.
—Ni que había estado vinculada a aquella situación durante mucho menos tiempo del que yo recordaba.
—No.
Me levanté y fui hasta la ventana.
—¿Por qué?
—Le pregunté lo mismo.
—¿Y respondió?
—Dijo que no sabía cuánto recordabas realmente y que no quería sacar a relucir la historia de otra persona sin necesidad.
Miré el reflejo del salón en el cristal.
—Entonces se dio cuenta de que yo recordaba mal.
—Se dio cuenta de que la versión general que contabas, la de una mujer llamada Marta viviendo en el 803 durante semanas y desapareciendo después, no encajaba con lo que había ocurrido.
Esa era una frontera importante.
Lúcia sabía que la historia general estaba equivocada.
Eso no significaba que supiera dónde situaba yo cada conversación, qué taza asociaba con Renata o quién creía que había pronunciado determinada frase.
—¿Y te pareció normal que no me corrigiera?
Sônia tardó.
—No.
Me volví hacia el salón.
—¿Se lo dijiste?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Poco después de esa conversación. Me lo contó porque le molestó darse cuenta de que la explicación provisional se había convertido en una historia estable para ti.
—¿Y qué le dijiste?
—Que debía corregir al menos lo que pudiera sin contar lo que no le correspondía contar.
—¿Y ella?
Sônia soltó el aire.
—Dijo que te lo explicaría si el tema volvía a salir.
Me quedé quieta.
—Si yo volvía a preguntar.
—Sí.
—Dejó la responsabilidad en mis manos.
—Yo no lo plantearía así.
—Yo sí.
Sônia no discutió.
Volví a sentarme.
Durante días había intentado entender por qué mi madre me había dado una historia falsa a los dieciséis años. Esa parte ahora tenía sentido, aunque no me gustara.
Renata necesitaba discreción.
Yo vivía enfrente de un apartamento vacío y no necesitaba saber nada de una mujer que intentaba evitar que se difundiera su ubicación.
Había sido una mentira práctica, limitada y temporal.
Pero Lúcia había tenido una segunda oportunidad.
Años después, cuando la situación ya era otra, oyó de mi propia boca en qué se había convertido aquella explicación.
Y no la corrigió.
—¿Volviste a hablar con ella de eso?
—Algunas veces, pero no muchas.
—¿Qué decía?
—Que encontraría un buen momento. Después dijo que no quería convertir un recuerdo tuyo en una conversación enorme sobre una situación ya terminada. En otro momento pensó que quizá ni siquiera te importara tanto.
—¿Y le creíste?
—No del todo.
—Pero lo dejaste pasar.
—Lo dejé pasar.
Sônia no intentó defenderse.
—¿Renata sabía que yo lo recordaba así?
—No en aquella época.
—Mi madre nunca se lo contó.
—Por lo que sé, no.
—Entonces durante años siguió teniendo algún contacto con Renata sabiendo que yo todavía creía en Marta.
—Sabiendo que tenías esa versión general, sí.
La precisión importaba.
Mi madre no había pasado once años observando cada falso recuerdo mío y eligiendo conservarlo.
Pero sí había tenido información suficiente para darse cuenta de que la estructura estaba equivocada.
—¿Por qué no me contaste esto antes?
—Porque quería que primero entendieras por qué Lúcia hizo aquello cuando tenías dieciséis años.
—Antes de que descubriera lo que dejó de hacer cuando tenía veintidós.
—Sí.
—Parece una manera elegante de controlar el orden en el que me enfado.
—Quizá lo sea.
La respuesta me pilló desprevenida.
—Al menos lo admites.
—No quería que juzgaras la decisión de entonces por la omisión posterior. Son cosas distintas.
—Lo son.
A los dieciséis años, mi madre había protegido a Renata.
A los veintidós, ¿qué había protegido?
¿La privacidad de una mujer que ya vivía lejos?
¿Su propia culpa?
¿La comodidad de no tener una conversación difícil?
Quizá un poco de todo.
—¿Le preguntaste por qué no corregía al menos la parte que podía?
—Sí.
—¿Y?
—Lúcia decía que no quería contar la historia de Renata sin autorización.
—Eso tiene sentido.
—Lo tiene.
—Pero podía haberme dicho que aquella mujer no había sido mi vecina sin contarme el resto.
Sônia guardó silencio.
—Podía —respondió.
Aquello me irritó más de lo que me habría irritado una justificación.
Mi madre podía haber dicho simplemente que yo recordaba mal lo de la vivienda. Podía preservar el nombre verdadero, la dirección, el motivo, Davi, la red, las cajas y todo lo que pertenecía a Renata.
No tenía que revelarme ningún secreto para impedir que yo conservara una biografía falsa.
—Entonces fue una elección.
—Sí.
Esta vez no había mucho más que añadir.
—¿Crees que se arrepintió?
—Creo que lo pospuso demasiado.
—No es lo mismo.
—No.
Miré la caja de documentos.
Había pasado semanas después de la muerte de Lúcia encontrando decisiones que había tomado sin consultarme.
Cuenta cerrada.
Ropa separada para donar.
Documento ya resuelto.
Una lista en el móvil con cosas que yo tendría que hacer si la enfermedad empeoraba.
Lúcia era buena anticipando problemas prácticos, pero las conversaciones incómodas pertenecían a otra categoría.
Cuando no había una acción concreta que resolviera una conversación, tenía la costumbre de creer que quizá el tiempo la resolvería por sí solo.
La mayoría de las veces, solo cambiaba la forma del problema.
—¿Hay algo más sobre lo que sabía de mi memoria que estés esperando a que descubra antes de contármelo?
—No. Sobre eso, esto es lo principal. Hay cosas que pertenecen a Renata y otras que tendréis que comprobar en los papeles, pero Lúcia no me describió detalles concretos de tus recuerdos. Solo sabía que la versión general estaba equivocada.
—De acuerdo.
Colgamos poco después.
Me quedé en el sofá sin volver inmediatamente al trabajo.
Intenté recordar la conversación de cuando tenía veintidós años.
No conseguí recuperar una escena fiable.
Me vino una imagen de mi madre en la cocina, después en el salón, después doblando ropa. Tres versiones demasiado posibles como para que alguna fuera un recuerdo.
La frase me resultaba familiar:
«Estás mezclando algunas cosas de aquella época.»
Quizá la hubiera oído y descartado.
Quizá hubiera entendido que mi madre estaba corrigiendo un detalle menor.
Quizá yo hubiera preguntado algo y ella hubiera cambiado de tema.
No lo sabía.
Y no quería convertir la ausencia de recuerdo en una escena conveniente.
Cogí la fotografía de Renata.
Mi madre había seguido viendo a aquella mujer como una persona real durante todos aquellos años.
Yo me había quedado con Marta.
Mi memoria había hecho el trabajo de coser huecos, alargar el tiempo y desplazar escenarios, pero el primer marco me lo había entregado Lúcia ya hecho.
Cuando se dio cuenta de que la explicación provisional había sobrevivido mucho más allá de lo necesario, decidió dejar la corrección para después.
El problema era que el después terminó antes que ella.