La mujer del 803 Capítulo 16
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Capítulo 16

Media hora antes me había mandado un mensaje preguntando si podía subir. No explicó el motivo y yo tampoco pregunté. Desde la conversación del día anterior, había entendido que prefería hablar en persona cuando la respuesta venía acompañada de algo que probablemente no me gustaría oír.

Abrí la puerta antes de que llamara al timbre por segunda vez.

Sônia llevaba un bolso grande y una carpeta fina bajo el brazo.

—¿Café? —pregunté.

—Si tienes.

—Tengo. Lo que no prometo es que esté bueno.

—Tu madre también decía eso y hacía un café perfectamente normal.

—Quizá sea hereditario quejarse antes.

Entró.

Durante un instante se quedó quieta en el salón, mirando alrededor, no con curiosidad, sino con reconocimiento.

—Hacía mucho que no venía aquí.

—¿Cuánto?

—Unos años.

No especificó más.

Fui a la cocina y preparé dos tazas. Cuando volví, Sônia estaba delante de la mesa donde yo iba dejando los documentos que todavía necesitaba consultar.

La fotografía había vuelto a la caja la noche anterior, pero MARTA / 803 seguía allí, junto a las otras identificaciones.

Sônia no tocó nada.

—Renata me llamó anoche —dijo.

Dejé una taza delante de ella.

—¿Ha decidido hablar conmigo?

—Todavía no.

Me senté.

—Entonces, ¿qué ha cambiado?

Sônia abrió la carpeta que había traído.

Dentro había tres hojas impresas y algunas anotaciones recientes hechas con bolígrafo azul.

—Necesitaba reconstruir una cosa antes de explicarte qué puede haber en aquel cuarto.

—¿Ahora lo sabes?

—Sé mejor qué puede haber quedado. No sé qué hay físicamente allí.

—¿Cuál es la diferencia?

—Mucha.

Bebió un sorbo de café e hizo una expresión neutra, que interpreté como una aprobación suficiente.

—Lo que tu madre hacía con aquellos materiales no era guardarlo todo para siempre. En la mayoría de los casos, las cosas volvían a la persona, se llevaban a otro lugar o se destruían cuando dejaban de ser necesarias.

—Entonces, ¿por qué sigue habiendo algo en el 803?

—Porque ningún sistema informal funciona de una manera tan limpia como parece cuando alguien lo cuenta después.

Aquello sonaba más verdadero que una explicación perfecta.

—Hace unos seis años, este tipo de ayuda prácticamente se acabó —continuó—. No hubo ninguna reunión de cierre ni una decisión solemne. La gente envejeció, cambió de rutina, algunos contactos desaparecieron. Lo que había que hacer empezó a resolverse de otras maneras.

—Y quedaron materiales.

—Pocos.

—¿Cuánto es poco?

Sônia desvió la mirada hacia la puerta de entrada.

—Por lo que he conseguido reconstruir, tu madre había dejado cuatro conjuntos pequeños por resolver.

—¿Cuatro cajas?

—No necesariamente cuatro cajas. Cuatro conjuntos de material.

Explicó que uno reunía copias antiguas de documentos e identificaciones que ya no tenían utilidad práctica.

Otro contenía registros conservados porque documentaban amenazas, acoso, intentos de localización o situaciones que podían resultar útiles si algún problema volvía a aparecer.

Un tercero reunía contactos y logística antigua, como teléfonos, referencias y anotaciones de desplazamientos.

El último concentraba cosas que todavía no tenían un destino definitivo, objetos que debían devolverse o destruirse, entre ellos papeles sueltos, pequeños aparatos y llaves antiguas.

Miré MARTA / 803.

—Y nombres de cobertura.

—En algunos de esos materiales, sí.

—Vinculados a los nombres reales.

Sônia vaciló.

—En ciertos casos tenía que existir alguna forma de saber a quién pertenecía cada cosa. No servía de nada proteger tan bien el nombre que después nadie pudiera devolver un documento a la persona correcta.

La lógica resultaba obvia una vez expresada.

—Entonces puede existir alguna relación entre los identificadores y los nombres reales.

—Puede haber anotaciones de ese tipo.

Aquello le daba otro peso a la cubierta marrón.

Hasta entonces, MARTA / 803 era una pista sobre mi pasado. Por primera vez entendí que también podía ser información privada sobre alguien que no había elegido formar parte de mi investigación.

—¿Renata lo sabía?

—Sabía que ese tipo de correspondencia existía en aquella época. Creía que su material antiguo había sido devuelto o eliminado.

—¿Y ahora?

—Ahora no está segura.

Ese era exactamente el cambio que Sônia había venido a contarme.

—¿Qué puede haber quedado de ella?

—Recuerda al menos tres cosas que, en algún momento, pasaron por las manos de tu madre. Había una copia de una carta de Davi Moura. También existía una anotación sobre un desplazamiento realizado durante aquel periodo y algún registro que vinculaba el nombre Renata con la identificación Marta.

—¿Quién es Davi Moura?

Sônia me observó antes de responder.

—La expareja de Renata.

—¿Era de él de quien se escondía?

—En parte, sí.

La explicación llegó sin suspense.

Después de que terminara la relación, Davi había aparecido dos veces cerca del trabajo de Renata. También había preguntado a conocidos dónde estaba viviendo y había conseguido llegar a una dirección temporal porque una persona que conocían ambos había revelado más de lo que debía.

—¿La amenazó?

—Hubo comportamientos que Renata consideró suficientes para no querer que él supiera dónde estaba. No voy a reconstruir la relación entre ellos porque no es necesario para lo que está ocurriendo ahora.

—¿Sigue siendo un problema?

—No. No existe ninguna amenaza actual relacionada con Davi. Renata tiene una vida en otra ciudad. Él no forma parte de ella y nadie cree que vaya a aparecer aquí por un papel de hace diecisiete años.

Aquello eliminaba una dirección antes de que mi cabeza la convirtiera en una trama paralela.

—Entonces la preocupación es la privacidad.

—La privacidad y el control sobre la información personal. Que algo no represente un peligro hoy no significa que haya ningún motivo para que quede al alcance de desconocidos durante una reforma.

Pensé en los nuevos propietarios, en la representante midiendo paredes y en el cerrajero al que llamarían si la puerta seguía cerrada.

El cuarto había dejado de ser solo una respuesta pendiente.

Era un asunto pendiente de personas vivas.

—¿Por qué mi madre no resolvió esto antes?

Sônia volvió a abrir la carpeta y sacó una de las hojas.

—Lo estaba resolviendo.

Deslizó el papel hacia mí.

Era una copia impresa de un mensaje que Lúcia había enviado a Sônia poco más de dos meses antes.

No contenía nombres.

La frase principal era sencilla:

«He empezado a separar lo que queda del 803. Hay poca cosa. Estoy intentando devolver y destruir antes de que se produzca la venta.»

Lo leí otra vez.

La fecha era de aproximadamente nueve semanas antes de que empezara mi investigación.

—Eso fue antes de que enfermara.

—Poco antes.

La enfermedad había llegado demasiado deprisa para que casi ningún plan sobreviviera.

—¿Llegó a decirte qué había hecho ya?

—Dijo que había vaciado algunas cajas y separado lo que necesitaba un destino. Después enfermó.

—¿Y nadie continuó?

Sônia se recostó en la silla.

—Le propuse que siguiéramos juntas antes de que empeorara. Lúcia pensaba que todavía tendría tiempo.

La frase no necesitaba ningún comentario.

Mi madre siempre pensaba que tendría tiempo para terminar una tarea que ya estaba casi resuelta.

Esta vez no lo tuvo.

—¿Y Nair?

—Murió hace dos años. Mientras estaba viva, el cuarto podía seguir simplemente cerrado. Después llegó el inventario, el proceso se alargó y finalmente los herederos decidieron vender. Fue entonces cuando dejar aquello para más adelante dejó de ser una opción.

—Entonces mi madre empezó a vaciarlo porque sabía que iban a vender.

—Sí.

—¿Y los herederos sabían qué había allí?

—Solo sabían que había materiales de terceros guardados con una autorización antigua de la propietaria. No tenían ningún motivo para conocer nombres ni historias.

Aquello explicaba por qué el cuarto había permanecido cerrado durante las visitas.

—¿Y esas indicaciones de devolver y destruir?

—Tu madre utilizó esas palabras conmigo. No sé si las escribió en las cajas o si era simplemente la manera en que estaba separando las cosas.

Guardé aquella información.

Si aparecían después, no serían un mensaje que hubiera dejado para mí. Formarían parte de una tarea interrumpida.

—¿Renata cree que la carta de Davi puede estar allí?

—No lo sabe. Hasta ayer creía que tu madre había destruido o devuelto todo lo relacionado con ella hacía años.

—¿Por qué no lo hizo?

—Quizá hiciera casi todo.

Sônia señaló el mensaje.

—Estamos hablando de restos, Elisa. No de diecisiete años de vida archivados en cajas.

Era importante recordarlo. A mi cabeza le gustaba convertir habitaciones cerradas en archivos completos porque los archivos completos daban respuestas.

Lo que había al otro lado podía ser mucho menos.

—Has dicho que algunos registros de amenazas se conservaban a propósito.

—Lúcia era más reacia que yo a destruir ese tipo de cosas.

—¿Por qué?

—Porque pensaba que una persona podía necesitar demostrar más adelante que determinada situación llevaba tiempo ocurriendo. Yo prefería devolverlo todo en cuanto fuera seguro. Lo discutimos algunas veces.

—Entonces no estabais de acuerdo sobre el archivo.

—Ni siquiera lo llamábamos archivo en aquella época.

Sonrió sin humor.

—Eran papeles que alguien necesitaba guardar durante un tiempo. Se convirtió en archivo porque una parte sobrevivió más de lo que debía.

Miré la carpeta fina que tenía delante.

—¿Y qué ha decidido Renata?

Sônia se ajustó las gafas.

—Venir aquí.

Tardé un poco en responder.

—¿A la ciudad?

—Sí.

—¿Cuándo?

—En cuanto consiga organizar el viaje.

—¿Va a abrir el cuarto conmigo?

—La apertura sigue dependiendo de los propietarios y de la fecha acordada. Ella quiere estar presente antes de que se tome cualquier decisión sobre algún material que pueda pertenecerle.

La mujer de la fotografía dejó de ser una posibilidad abstracta en el presente.

Renata venía.

—Todavía no quiere hablar conmigo, pero ¿va a entrar en el apartamento de mi madre?

—No lo planteé así.

—Más o menos es eso.

—Quiere resolver un asunto pendiente suyo. Si va a hablar contigo y cómo será esa conversación es decisión suya.

Asentí.

—Es justo.

Sônia terminó el café y miró los papeles repartidos sobre la mesa.

—Hay otra cosa importante. No intentes reconstruir el contenido del cuarto a partir de esas cubiertas.

—Eso es exactamente lo que estaba haciendo.

—Lo sé. Lo que quedó allí no representa a todas las personas a las que se ayudó, ni todos los años ni todas las historias. Son solo las cosas que todavía no tenían destino cuando tu madre tuvo que dejarlo.

Aquello cambiaba el significado de lo que iba a encontrar.

Aunque el cuarto contuviera algo de Renata, no sería un retrato completo de aquel periodo.

Sería únicamente lo que había quedado sin resolver.

Sônia guardó las hojas en la carpeta y dejó conmigo la copia del mensaje de Lúcia.

—Puedes quedártela.

—¿Estás segura?

—Es una conversación entre tu madre y yo sobre el 803. Ahora también forma parte del asunto pendiente que estás resolviendo.

La acompañé hasta la puerta.

Antes de salir, Sônia se detuvo en el rellano y miró hacia el 803.

—Cuando Lúcia empezó a vaciar aquello, pensé que estaba exagerando al separarlo todo otra vez.

—Le gustaba convertir las cosas sencillas en procesos.

—Sí.

Sônia sonrió levemente.

—Pero también odiaba tirar cualquier papel sin estar segura de que nadie lo necesitaba.

Se abrieron las puertas del ascensor.

—Avísame cuando Renata confirme el viaje —dije.

—Te aviso.

Volví a entrar.

Sobre la mesa, el mensaje impreso de mi madre había quedado junto a MARTA / 803.

Pocas semanas antes de morir, Lúcia todavía creía que terminaría aquello más adelante.

Yo había pasado días imaginando el cuarto como el lugar donde había escondido respuestas. Ahora sabía que era casi lo contrario.

Estaba intentando hacer desaparecer aquella información de la manera correcta, y Renata venía para decidir qué parte de los restos de aquella historia seguía perteneciéndole.