La mujer del 803 Capítulo 15
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Capítulo 15

Al final de aquella tarde, volví a las facturas.

No a los recuerdos, las cubiertas ni la fotografía.

A las facturas.

Esta vez hice la pregunta contraria.

¿Qué esperaría encontrar si alguien realmente viviera allí?

No tenía por qué ser mucho. Una mujer sola podía gastar poca agua, cocinar poco y pasar el día fuera. Nada obligaba a una vivienda a generar facturas elevadas.

Pero había una diferencia entre poco uso y casi ninguno.

Cogí facturas antiguas del 802 para tener alguna referencia, aunque sabía que la comparación era imperfecta. Mi madre y yo éramos dos personas. Yo me daba duchas largas y ella tenía la costumbre de lavar una cantidad de ropa que parecía incompatible con el tamaño de nuestra familia.

Aun así, el 803 parecía haber tenido un uso puntual, no el de una casa funcionando todos los días.

Esa conclusión siempre había estado disponible.

Era yo quien convertía cada incompatibilidad en una señal de discreción.

Cogí entonces la autorización de Nair.

Lúcia podía utilizar específicamente el cuartito del fondo para dejar cajas cerradas.

El permiso no decía que pudiera convertir el apartamento en una vivienda temporal. Yo había añadido esa función porque necesitaba que la historia que recordaba encajara en los documentos.

Mandé un mensaje a Sônia:

«Necesito una respuesta directa. ¿El 803 se utilizaba como vivienda temporal?»

Lo vio casi de inmediato.

Llamó unos minutos después.

—¿Estás trabajando?

—Técnicamente.

—Entonces intentaré ser directa.

Me senté.

—¿El 803 se utilizaba como vivienda temporal?

—No.

La respuesta fue demasiado clara como para que pudiera esquivarla.

—¿Renata no vivió allí?

Sônia respiró antes de responder.

—No.

Miré las facturas extendidas sobre la mesa.

La frase no destruyó ningún recuerdo de inmediato. Solo separó dos cosas que yo llevaba tratando como inseparables.

—Yo estuve allí con ella.

—Te creo.

—Entonces utilizó el apartamento.

—Sí.

—Pero no vivió allí.

—No.

Acerqué la cubierta MARTA / 803.

—Entonces, ¿qué significa esto?

—Puedo explicarte la lógica. No cada papel concreto de tu madre.

—Me sirve.

Sônia tardó unos segundos.

—Un lugar vacío puede ser útil precisamente porque está vacío. Imagina a alguien que no quiere que otra persona descubra dónde se está quedando de verdad.

Esperé.

—A veces sigue haciendo falta una dirección que pueda aparecer en una anotación o utilizarse como referencia sin señalar el lugar real.

Miré MARTA / 803.

—Una dirección de cobertura.

—Puedes llamarlo así.

—El 803.

—En algunas situaciones, sí.

—También con Renata.

—Sí.

La cubierta que tenía delante cambió de significado sin que cambiara una sola letra.

MARTA / 803 no tenía por qué querer decir «Marta vive en el 803».

Podía ser precisamente una forma de impedir que un nombre real condujera al lugar donde aquella persona estaba de verdad.

—¿Y las otras iniciales?

—Pueden estar relacionadas con usos parecidos. No puedo afirmar qué significa cada una sin contexto.

—Entonces el apartamento tenía que seguir oficialmente vacío.

—Era mejor que siguiera siendo exactamente lo que era.

Aquello encajaba con los registros, el consumo y la insistencia de Rui de una forma mucho más sencilla que todas las hipótesis que yo había inventado.

—¿Y por qué estaba Renata allí? —pregunté.

—Porque el apartamento también podía servir como punto de paso.

—¿Qué significa eso?

—Alguien podía esperar unas horas antes de seguir a otro lugar, llegar antes que la persona que iba a encargarse del transporte, dejar una bolsa o recoger alguna cosa. Era un espacio disponible, no una vivienda.

La cocina del 803 volvió a venirme a la cabeza.

Recordaba pocos muebles, algunas cajas, a Renata cerca de la encimera y a mi madre de pie.

Yo había visto provisionalidad y había concluido que se había mudado hacía poco.

Ahora la misma imagen aceptaba otra explicación sin necesidad de cambiar ningún detalle.

—¿Y el cuarto?

—Servía para guardar cosas temporalmente.

—¿De las personas a las que ayudabais?

—En algunas situaciones.

—¿Qué clase de cosas?

—Variaba. No quiero entrar ahora en el contenido porque ni siquiera yo sé qué sigue allí.

La respuesta mantenía el límite.

Ya conocía la función general.

Todavía no sabía qué había sobrevivido.

—Entonces mi madre utilizaba el 803 como dirección de cobertura, como punto de paso y como lugar para guardar cosas.

—Es una simplificación, pero sí.

—Y Renata no vivió allí.

—No.

—Ni siquiera escondida.

—No.

La fotografía seguía sobre la mesa.

Durante días había construido una casa donde no había ninguna casa.

—¿Dónde vivía en realidad?

—Eso no es necesario para que entiendas tu propia historia.

—Quizá sí.

—No.

La firmeza me hizo abandonar la pregunta.

—¿Llegó a dormir en el 803?

—Por lo que sé, no.

—¿Y mi madre sabía que yo creía que vivía allí?

—En aquella época, fue tu madre quien te presentó a esa mujer como alguien vinculada al 803.

La respuesta me dolió de otra manera ahora.

Mientras creía que Renata realmente había vivido en el apartamento, la explicación de Lúcia parecía solo una adaptación conveniente. Un nombre de cobertura para una estancia clandestina.

Ahora estaba claro que la simplificación había ido más allá.

Mi madre me había dado toda una identidad social para aquella mujer.

Vecina, apartamento 803.

Una explicación que convertía cualquier encuentro en el pasillo en algo propio de la rutina de una vecina.

—¿Por qué utilizar precisamente el 803?

—Porque estaba disponible y porque no vivía nadie allí.

—Que estuviera vacío era una ventaja.

—Sí.

La ausencia de residentes permitía que la dirección existiera sin señalar la vida real de otra persona.

Pensé en Rui diciendo que nadie había vivido allí.

En los registros que mostraban exactamente lo mismo.

En los consumos casi nulos.

Ninguna de aquellas pruebas había fallado.

Era yo quien había convertido el vacío en una puesta en escena porque necesitaba preservar la biografía que atribuía a la mujer de la fotografía.

—Entonces los hechos no estaban equivocados —dije.

Sônia guardó silencio.

—Era yo quien utilizaba los hechos para contar la historia equivocada.

—Una parte de ella.

Miré la foto de Renata.

La cicatriz seguía siendo real.

El jazmín podía haber sido real.

Aquella tarde en la cocina podía haber ocurrido.

El error no tenía por qué estar en los detalles. Podía estar en la forma en que los había organizado a lo largo de los años.

Después de colgar, fui hasta el pasillo y abrí la puerta del 802.

Al otro lado del rellano, el 803 seguía cerrado.

Durante mi adolescencia había interpretado aquellos pocos metros como una frontera sencilla. Nosotras aquí, Marta allí.

Ahora sabía que Renata podía haber entrado por el 802, circulado por el pasillo, utilizado la escalera, esperado unas horas en el 803 y después seguido hacia un lugar que yo nunca conocí.

Todos esos recorridos podían ser reales sin formar la rutina de una vecina.

Volví a entrar y cerré la puerta.

Marcelo había dejado un mensaje confirmando la fecha elegida para retirar las cosas del cuarto.

Le respondí pidiéndole únicamente que recalcara a los propietarios que no se descartaría ningún material de terceros antes de identificarlo.

Guardé el móvil.

Ya no pensaba abrir aquella puerta para descubrir dónde había vivido Marta.

Marta nunca había vivido allí.

La pregunta que quedaba era mucho más difícil.

¿Cómo se habían convertido experiencias reales con Renata, dentro de mi memoria, en semanas de la vida de una mujer que nunca había sido mi vecina?