La mujer del 803 Capítulo 9
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Capítulo 9

Rui me llamó poco después de las siete.

Yo estaba en la cocina cuando su nombre apareció en la pantalla. Había guardado el número después de nuestra primera conversación, pero no esperaba que se pusiera en contacto conmigo tan pronto.

—¿Elisa? Soy Rui.

—Ya lo sé. Guardé tu número.

—Menos mal.

Apagué el fuego.

—¿Has recordado algo más?

—Algunas cosas. Pero no me pidas que asegure detalles que no puedo confirmar.

—Prometo portarme bien.

—Lo dudo, pero puede servir.

Me senté a la mesa.

—Reconocí a aquella mujer porque no era alguien que pasara por aquí todos los días —dijo—. La recuerdo sobre todo con tu madre.

—¿Sobre todo?

—Algunas veces apareció sola.

—¿Cuántas?

—Pocas. No sé cuántas. Lo que recuerdo es que, cuando venía sin tu madre, yo llamaba al ochocientos dos.

Me quedé unos segundos sin responder.

—¿Al ochocientos dos?

—A tu madre.

—No al ochocientos tres.

—No.

—¿Eso sí lo recuerdas?

—Lo recuerdo porque era el procedimiento. Si una persona a la que yo no conocía como residente decía a quién buscaba, yo llamaba por el interfono y le daba paso.

Miré la fotografía que seguía sobre la mesa del salón.

Hasta aquel momento, cada confirmación independiente sobre aquella mujer la acercaba a mi madre. Era conmigo con quien aparecía en el 803. Para Rui, llegaba preguntando por Lúcia.

La hipótesis de una ocupación oculta todavía admitía aquello. Si mi madre le hubiera prestado el apartamento sin registrar a nadie, entrar oficialmente como visita del 802 sería una forma sencilla de evitar preguntas.

El problema era que la hipótesis empezaba a necesitar explicaciones antes incluso de haber sido demostrada.

—Hay otra cosa —dijo Rui—. Me crucé con ella una vez en la escalera de servicio.

El recuerdo apareció de inmediato. Marta en el rellano, con una bolsa en la mano y el pelo recogido.

—¿En la octava planta?

—Sí.

—¿Estaba entrando en el 803?

—No lo sé. Yo estaba subiendo y ella estaba en el rellano. Tu madre apareció en una de las puertas de servicio.

—¿En cuál?

—No lo recuerdo.

Las puertas del 802 y del 803 daban a aquel mismo rellano.

En mi memoria, Marta pertenecía de forma natural a la segunda. Nunca me había detenido a pensar que pudiera haber salido de la primera.

—¿Mi madre dijo algo?

—Seguramente, pero no recuerdo qué.

—Yo recuerdo a Marta con una bolsa.

—Puede ser. Eso también lo recuerdo.

La diferencia importaba.

Le pregunté por qué recordaba aquella escena.

—Porque tu madre se quejó del ascensor aquel día. Dijo que estaba tardando demasiado.

Era un motivo lo bastante pequeño como para no parecer fabricado por el propio recuerdo.

Rui también mencionó que, en aquella época, la portería había utilizado distintas formas de registrar a los visitantes.

—Hubo libro, fichas, esas cosas. Dependía del año. Si llegaba sola, podía haber quedado apuntado el nombre, el apartamento al que iba y la hora.

—¿Eso todavía existe?

—Diecisiete años después, no lo sé.

—¿Y si entraba con mi madre?

—Entonces podía no aparecer.

Ya sabía que ningún registro sería completo, pero por primera vez tenía una pregunta concreta que hacerle a un posible libro de registro de la portería: no si Marta había vivido allí, sino qué apartamento decía visitar aquella mujer.

—Hay algo que todavía no encaja —dije—. Si entraba preguntando por mi madre, ¿por qué yo la recuerdo como vecina?

—Eso solo puedes intentar averiguarlo tú.

—Yo la recuerdo en el 803.

—Y reconociste el apartamento.

—Lo reconocí.

La palabra me salió con menos seguridad de la que esperaba.

Había reconocido el espacio. Eso no decía cuántas veces había estado allí ni por qué.

Mi recuerdo de aquella tarde empezaba dentro del apartamento. No recordaba la llegada, a alguien abriendo la puerta ni el camino hasta la cocina.

Nunca había considerado importante aquella ausencia.

—¿La viste alguna vez abriendo el 803? —pregunté.

—Eso no lo recuerdo.

—¿Saliendo?

—Tampoco.

No insistí.

Mi hipótesis seguía siendo posible. Una persona que viviera allí de manera informal podía evitar llamar la atención, usar la escalera de servicio y aparecer vinculada al 802 porque mi madre controlaba el acceso.

Pero empezaba a percibir la asimetría.

Los documentos asociaban el 803 con Nair y Lúcia.

Rui asociaba a la mujer con Lúcia y con el 802.

Yo era la principal persona que asociaba a aquella mujer con la idea de que vivía en el 803.

—¿Marta sigue sin decirte nada?

—No.

—¿Mi madre nunca la llamó así delante de ti?

—No que yo recuerde.

Después de colgar, hice café y llevé la taza al salón.

La mujer de la fotografía seguía pareciendo completamente corriente.

Ahora sabía algo más sobre la forma en que se movía por el edificio. Cuando venía sola, al menos en las ocasiones que Rui recordaba, no se presentaba como alguien que volvía a casa.

Preguntaba por Lúcia.

Aquello podía ser una fachada.

Era, de hecho, la explicación hacia la que mi cabeza corría con más facilidad. Si Lúcia hubiera permitido que alguien se quedara en el 803 sin registrarse, tendría sentido que aquella mujer apareciera oficialmente vinculada al 802.

Pero ya necesitaba suponer la existencia de esa fachada para explicar por qué los hechos no se parecían a los de una residente.

Cogí el móvil y escribí a Marcelo:

«¿Sabes si existen libros o fichas antiguas de entrada de visitantes?»

Respondió unos minutos después:

«¿De qué año?»

Le envié el periodo.

«Tendré que mirar. ¿Por qué?»

Miré la fotografía antes de escribir.

«Quiero saber qué apartamento decía visitar una persona.»

Por primera vez, tenía una pregunta que quizá un registro de la portería pudiera responder de verdad.